Las huellas de Laila 14 Videollamada
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14 Videollamada

Había pasado frío todo el día por la nieve y el viento de la montaña, y solo por eso acepté la invitación de esa noche, para entrar en calor en más de un sentido a pesar de seguir molesta y herida. Las pelis de supervivencia eran geniales solo en las pantallas, no el trabajar en dichos rodajes.

Cuando Dante me llevó al lugar donde dormía —una hermosa casa rústica— me encontré con una chimenea encendida y un enorme ramo de tulipanes sobre la mesa.

—¿Y esto?

Dante me abrazó por detrás. Esos gestos cariñosos se estaban volviendo cada vez más frecuentes.

—Sé que estás resentida por no haber estado para ti cuando se murió tu...

—Fira. Se llamaba Fira —lo corregí antes de que la llamara «mascota» de nuevo.

—Cuando Fira dejó este mundo. No pensé que te afectaría tanto. —Depositó un beso en mi cuello—. Lamento tu pérdida, Ferrera. De verdad.

Dejarme sola para un día tan difícil me hubiese parecido imperdonable si fuese mi novio, pero no lo era. Solo era el hombre con el que follaba. El duelo lo llevaba con personas que me querían de verdad.

Fira se había llevado mi corazón entero. Dante era momentáneo en mi vida.

Mayo 2025

El aura sombría de Cyrus estaba extinta cuando pasó por nosotras. En el hotel nos llevó a un bar pequeño en el último piso. Dijo que no le entusiasmaba que nos rodeáramos de lameculos.

Diane se nos cruzó en un pasillo y le preguntó a Cyrus que si quería ir a cenar con ella. Cyrus la rechazó y la actriz frunció el ceño tras percatarse de nuestra compañía. Ni siquiera la invitó a venir con nosotros.

El bar de la azotea era íntimo y estaba casi vacío. No era el spa cinco estrellas con el que había fantaseado, pero nos estábamos riendo mucho más de lo que lo haríamos con pepinos en los ojos.

Los únicos presentes en el lugar, además de nosotros, eran dos de los escritores, y se encontraban sumergidos en una conversación de trabajo. A ratos nos miraban raro por nuestros estallidos de carcajadas.

Vaciamos tres copas de tragos diferentes en un par de horas. Cyrus pidió comida como si fuéramos una multitud, y nos atiborramos de sushi, mini hamburguesas y tablas enormes con quesos, jamones, aceitunas y otras delicias más que no supe cómo llamarlas.

—¿Qué pediremos ahora? —Cyrus investigó la carta de cócteles en su teléfono.

—Tienes un hígado de oro. Deberías hacerle un poema —murmuré con la vista brumosa.

—Vamos, una más. Solo una. —Levantó el dedo índice y me puso ojos de cachorrito.

Chasqueé fuerte.

—¿Quién se podría resistir a esa carita? —Suspiré.

—Tú no, ni a esa ni a ninguna cara que te ponga —se burló Luna. Le atesté un codazo.

Cyrus se mordisqueó el labio y se acercó más a mí. Madre santa, ¿en qué momento nos quedamos sin espacio entre nuestros cuerpos? Luna nos observó desde el otro lado y sonrió lobuna. De repente el aire se volvió denso y una idea horrible me asaltó la mente.

—Creo que esto se nos está yendo de las manos. —Me levanté aleteando los brazos—. Aquí nadie hará un trío, ¿está bien? —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlas. Los escritores nos dieron una mirada de espanto.

—¡¿Qué?! —chilló Luna, avergonzada.

—¡Laila, por favor! —Cyrus fingió horrorizarse—. ¿De qué estás hablando?

—Lo siento. La vibra se puso rara y solo quise asegurarme de que no pensaban en eso. —Podría echarle la culpa al alcohol, pero hablar sin pensar era una característica normal en mí.

—¡¿Cómo crees que haría algo así?! ¡Eres mi hermana! —se quejó Luna.

—Tampoco se me pasaría por la mente, Laila —aseguró Cyrus, bajando la barbilla.

—Y además estoy tocando el violín —chistó Luna, poniendo labios de pato—. Debería irme. Sí, me voy. —Se giró en su asiento. Le empujé el hombro para que se quedara sentada.

—De aquí nos vamos todos juntos. —Me gané otro gesto incómodo de parte de los escritores. Cyrus bufó divertido—. Solo pide la última ronda y ya.

—¿Qué me recomiendas? —Me mostró el menú.

—Pide algo típico. Fernet, pisco, cachaza, aguardiente. Lo que sea.

—¿Con qué toman esos generalmente?

—Naciste de una mujer latina, si no sabes cómo se toman, sería vergonzoso.

—¿Más que gritar lo del trío frente a los escritores? —Le bajé la visera de la gorra con un golpe y volvió a reír—. Tres piscos con Coca cola, por favor —le pidió finalmente al barman.

—¿Ves? Algo sabes de tragos latinos.

—Solo quería saber cómo les gustaba, yo me los tomo solos.

Hice una mueca. De verdad su hígado era de acero.

—Oye, Cyrus. —Luna asomó la cabeza desde mi otro lado—. Dime una cosilla, aquí entre nos, ¿cómo se hicieron amigos Laila y tú?

—¿No te lo ha contado ella? —replicó luego de darle las gracias al barman por los tragos.

—Sí, pero quiero que me cuentes tu versión —insistió mi amiga.

—Estás muy ebria —intenté intervenir.

—Cállate, bonita. Déjalo hablar.

—Todo comenzó la noche que llegué al recinto por primera vez —utilizó un tono enigmático y se me calentaron las mejillas—.

Torms estaba siendo un tarado de primera, ya sabes, lo habitual.

Los escuché discutir y noté que el imbécil estaba teniendo problemas para entender lo que Laila le pedía —dijo con ironía—.

Nos topamos otra vez al día siguiente y me cayó bien porque no es una lameculos, y fuimos por una cerveza.

Laila fue un alivio entre tanto cinismo del ambiente, y además seguía preocupado por ella.

Lo demás solo fluyó, ¿no? —Me lanzó una sonrisa fugaz.

Me di cuenta de que estaba mirándolo con ojos brillantes estilo caricatura japonesa.

Luna hizo un ruido de entendimiento tipo psicóloga.

—Interesante, príncipe de las tinieblas.

—¿Príncipe de qué?

—Ignora eso —le sugerí a Cyrus—. Cambiando de tema, quiero pedirte algo enorme.

—Es hora de que los deje solos —concluyó Luna—. Ya me dio sueño.

—Basta —solté.

—¿Segura de que no quieres eso? —probó Cyrus. Disparé una mirada severa. Descubrí que estando ebrio se ponía un poquitín más coqueto.

—Es que mi hermana, Kimi, es admiradora tuya —comencé a explicarle, evadiendo su sugerencia atrevida— y no me cree que somos…

—¿Amigos? —Cyrus terminó mi frase.

—Exacto. —Sonreí aliviada—. Es tu superfan y no me ha dejado tranquila.

—¿Traemos a tu hermana al desierto y nos vamos de fiesta con ella? —ofreció Cyrus. Parecía dispuesto a conseguirle un avión. Luna se atoró con algo.

—Creo que con una foto bastará. —Asentí despacio.

Cyrus chasqueó por un costado de la boca. Estiró la mano para alcanzar mi teléfono y lo puso enfrente de mi rostro para desbloquearlo.

—Pero qué...

Se metió a mis contactos favoritos y, antes de procesar lo que estaba ocurriendo, le marcó videollamada al único contacto de esa lista: «hermanita».

Dos tonos después, Kimi apareció en la pantalla con pijama y audífonos gamer.

—¿Qué quieres? —preguntó sin mirar mientras presionaba los botones del control de su PlayStation.

—Hello, Kimi —saludó Cyrus con su acento británico. Kimi dejó de mover los dedos y se quedó congelada.

—No puede ser. —Giró la cabeza hacia la pantalla—. ¡No puede ser! —estalló al verlo. Se quitó los audífonos de un manotazo y empezó a dar saltitos—. ¡Me voy a morir! ¡No! ¡Ah! ¡No puede ser! ¡Ah! ¡Ah, ah, ah!

—Lindo osito. —Se refirió al oso blanco en el centro de la camiseta roída que usaba para dormir. A Kimi no le importó de lo eufórica que estaba.

—¡Era cierto! ¡Todo era cierto! —Siguió dando saltitos—. ¡Pudiste acercarte a él!

Cyrus elevó una esquina de sus labios y me pasó un brazo por los hombros.

—Al revés: yo me acerqué a tu hermana. Soy su nuevo admirador. —Posó los labios en mi mejilla.

Me revoloteó el estómago.

—Cyrus, sigo tu trabajo desde que empezaste, en Blood’s Kingdom fuiste mi favorito, eras tan joven y lo hiciste taaaan bien.

Estoy muy emocionada por esta nueva película, ¡mándame un autógrafo, por favor!

—La boca de mi hermana se movía a la velocidad de la luz—.

¿Besas a alguien en Raxatar? ¡Qué suerte tienes, Laila!

Los tres nos reímos de su ansiedad.

—Tu hermana tiene suerte, eso es verdad —aceptó el hombre a mi lado—, pero más suerte tengo yo de poder disfrutar de su compañía, ¿no te parece?

—Eh, por supuesto. —Kimi agitó la mano en el aire.

—Ya viste que mi amistad con Cyrus es real, ahora tenemos que seguir aquí. Te dejo —interrumpí tomando el teléfono.

—¡Nooooooo!

Tranqué y alcancé mi vaso con más energía de la necesaria. Un poco de líquido cayó al suelo cuando me lo llevé a la boca. ¿Por qué estaba tan alterada?

—Tomémonos una foto —propuso Cyrus—. Acércate, Luna —le pidió. Luna no respondió. Cyrus estiró el cuello y yo me volteé.

Ay, no. Hasta el barman se rio cuando nos encontramos con la cabeza de Luna apoyada sobre la barra con los ojos cerrados. Durmiendo. Roncando. Babeando.

—¡Luna!

—Shuuu. Habla más despacio —moduló apenas.

—La perdimos —anunció Cyrus.

Me empecé a preocupar de cómo la subiríamos a la habitación, cuando otra duda saltó a mi mente.

—Cyrus.

—¿Sí, Laila?

—¿Cuántas camas tienes en tu habitación? —Miré el líquido moverse dentro de mi vaso—. Por favor, no me digas que una.

—Laila...

—No iremos a dormir los tres en una cama, ¿verdad?

Compartir una cama entre dos sería mucho, pero entre tres sería, no sé, algo que está fuera de mis ligas.

Se vería muuuy mal para mi consciencia —solté un poco avergonzada—.

Aquí hacemos muchas cosas locas, pero los tríos no son lo mío, no con mi mejor amiga, al menos.

—Menos mal los escritores ya se habían marchado. Cyrus resopló fuerte.

—Laila. —Tomó mis hombros con cuidado—. Nadie quiere hacer un trío, te lo juro. No las habría invitado si no tuviera una cama extra para ustedes.

No podría describir el alivio que me invadió.

—Ah, menos mal. Pensé que… bueno, supongo que has hecho tríos antes. —¿Qué estaba saliendo por mi boca?

—Jamás te propondría algo así, no lo haría contigo. —Me soltó los hombros.

La seguridad en su voz me generó curiosidad.

—¿Es porque no tengo buenas tetas o un culo digno de tríos?

Frunció el ceño y entreabrió la boca.

—Tienes buenas tetas y un excelente culo. Sí, puede que te haya mirado un poco —admitió a regañadientes.

—Dios santo. —Me tapé la cara con las manos y lo espié entre los dedos—. No acabas de decir eso.

—Tenía que corregir la blasfemia que salió por tu boca. —Su expresión se neutralizó—. No lo haría porque tú no eres para eso.

—¿Y para qué soy? —Para meterme con el gerente general de la empresa.

—Eres para que te quieran como si el sol saliera y se escondiera con tu presencia. Para que te toquen con el mismo cuidado que en la creación de un universo, y para que te hagan sonreír todo el maldito día, regresando al menos una parte de la luz que tú entregas a los demás.

—No me conoces demasiado bien como para decir esas maravillas. —El pulso se me había desbocado.

—Conozco lo suficiente.

—¿Lo dices para que suba mis estándares actuales? —Mi cerebro y mi lengua estaban oficialmente desconectados.

Cyrus quitó la mano de mi espalda. Ni siquiera supe cuando llegó ahí, pero de inmediato extrañé los círculos suaves que trazaba en mi columna.

—Te lo digo porque es la verdad. No todo tiene que tratarse del imbécil de Torms.

El barman tuvo la consideración de meterse en la cocina.

Me removí y volví a beber del trago. Aun así, mi boca se secó.

—Entonces… entre todas las celebridades que conoces, actores, gente superimportante de tu mundo, ¿te hiciste amiga de una cuye porque sientes que te entrego luz?

—Algo así. —Apoyó los antebrazos en la superficie de la barra. Dios, ¿por qué tenía que estar tan bueno?—. Me hiciste recordar cosas que había olvidado.

—¿Qué tipo de cosas?

Respiró hondo, meditando, hasta que por fin contestó:

—Contigo no soy Cyrus, el actor. Cyrus, el problemático.

Cyrus, el tipo con la historia de mierda.

—Entorné los ojos; no conocía su historia con profundidad como para saber a qué se refería—.

Contigo soy una persona que no era desde hace mucho, y más que eso, contigo revivo partes de mí que daba por perdidas.

Eso terminó por poner a mi corazón en estado de frenesí.

—Me hace feliz ayudarte de esa manera. —Me rasqué el cuello—. Linda charla de borrachos, ¿no es así? Emotiva y todo.

Era una tonta. Cyrus estaba diciendo cosas hermosas y me daban ganas de correr. Demasiado bueno para ser cierto, quizá. O tal vez yo sabía que él estaba muy subidito de alcohol.

Sí. Probablemente era eso último.

—¿Te da vergüenza que sea así de sincero? —Levantó las cejas.

—Solo me pones un poco nerviosa. ¿Me ayudarías a subir a Luna a la habitación, por favor?

Además de nerviosa, estaba abochornada, histérica, y a punto de ofrecerle una mamada, quizá.

—Primero tomémonos la foto, si es que quieres —pidió—. No tengo ninguna contigo.

Puso la cámara frontal en su teléfono, me tomó de la cintura y me acercó a él.

Como me sacaba treinta centímetros en altura, tuve que sentarme arriba de un taburete.

Pegó su cabeza a la mía, formó una leve sonrisa mientras yo me retocaba el labial a toda prisa para salir decente, y después capturó la foto.