13 Adiós luz
Las lágrimas empaparon mis mejillas.
—Dante, ¿cuánto te falta para llegar? Dormirán a Fira en una hora. —Apenas reconocí la voz trémula que grababa el mensaje de voz.
Kimi estaba lejos, en la universidad, mi madre trabajando, Luna cuidando a sus hermanos con gripe y a Nana le subía la presión si me veía sufrir, así que la envié a hacer el mercado.
Y yo necesitaba que alguien —Dante— me diera la mano cuando pusiera a dormir a la criatura de cuatro patas y cola peluda que me acompañó durante diecisiete años.
Ya sabía que llegaría el día y que debía estar agradecida de haberla podido disfrutar por un tiempo muy superior al promedio, pero eso no disminuía el dolor.
Quince minutos después, recibí su respuesta con otro mensaje de voz:
—Ferrera, no iré. Aprovecharé que un futuro productor está en la ciudad y lo invitaré a tomarnos algo. Lamento lo de tu mascota. Piensa que tuvo una larga vida. Nos vemos el próximo fin de semana. Besos.
¿Mascota? Fira representaba mi soporte emocional. Familia. Amistad. Compañía. Amor incondicional.
El hecho que me dejara sola en un momento así me dolió, pero que la llamara «mascota» y no por su nombre justamente el día que me despediría de ella, me dejó una cicatriz en el corazón.
Mayo 2025
Bruno se reportó enfermo tres días después. Por lo que oí entre los cuyes, la alergia a la hiedra le provocó una infección secundaria en sus partes íntimas.
Antes de eso, lo escuché (escondida detrás de unos estantes) explicándole a Carli que tenía un problema personal y que debía ausentarse una tarde.
Cuando ella lo increpó y le preguntó si se murió alguien, porque era la única excusa que aceptaba, Bruno le respondió que tenía problemas en su cuerpo que estaban poniendo en riesgo su salud.
No podría determinar quién se rio más, si nosotros al contarle a Luna cuando cenamos pizza en el remolque de Cyrus, o mi amiga escuchando nuestra hazaña.
No faltó el comentario de Cyrus sobre mi pantalón roto y mis bragas malva.
Tampoco el tener a Luna hiperventilada por estar cenando con el mismísimo Cyrus.
El día del pago llegó, y después de enviarle el resto del monto acordado a mi madre, no recibí más mensajes de ella preguntándome cómo estaba. Solo me quedaba esperar que se gastara el dinero en la abuela o en cosas para la casa, y no dañando a su hígado.
Cyrus se mantuvo muy ocupado durante los días siguientes entre lecturas de guion exprés, ensayar diálogos, coreografías de batallas, las horas que pasaba sentado para tener el look del personaje, y grabando las escenas propiamente tal.
Charlábamos un rato si nos topábamos en horario laboral, pero se las arregló para verme al menos una hora cada día luego de trabajar, para conversar, y a veces comíamos algo juntos.
Incluso vimos un par de películas en su remolque en los días que el trabajo de ambos terminó más temprano.
Después se devolvía tan agotado a su hotel como yo a mi cama.
En ocasiones terminaba dormido en el sofá de su remolque.
Pude verlo actuar otra vez, y en esa ocasión sí pude darle mi opinión. No fue una crítica profesional de cineasta.
—No deberías jadear tanto en las escenas de lucha. —Ese fue mi consejo.
—¿No? —Enarcó una ceja.
—Las mujeres se excitan escuchándote, y esto no es una película romántica para adultos —aseguré.
Cyrus se atoró con el agua que bebía—. ¡Es en serio!
El otro día vi a la cocinera pasarse un paño frío en la nuca después de mirar una de tus escenas.
También escuché a Carli comentarle a otra supervisora que se le sube la temperatura durante tus peleas.
Cyrus arrugó el gesto.
—Preferiría no saber esos detalles. —Nos reímos los dos.
Luego, cuando el viernes estaba por acabar y Cyrus estaba quitándose la vestimenta de Maxon en su remolque, recibí un mensaje de Dante.
Dante: Hola. ¿Qué tal vas con todo?
Si era sincera, no había pensado mucho en él, más que para los rutinarios mensajes de «buenos días» y «buenas noches». Las charlas y cenas con Cyrus me mantuvieron entretenida, y luego me quedaba dormida apenas mi cabeza tocaba la almohada.
Laila: ¡¡Hola!! Todo en orden, jefe.
Dante: Te llamaré esta noche, asegúrate de estar sola.
Eso solo significaba que el elegante Dante Torms de Alba tenía ganas de escucharme decir cochinadas por teléfono.
Según él, no tenía sexo con nadie más que conmigo. En general le creía, pero una nunca podía estar segura con hombres como él: adictos al placer.
Laila: Perfecto. Hoy llevo ropa interior de encaje color negro que nunca has visto.
Escribiendo… En línea.
Pasó un buen rato en el que pensé que ya no respondería, pero después recibí una foto. Una foto del pantalón abierto de Dante. Era evidente que estaba en un baño; su mano sostenía con firmeza su glorioso miembro venoso. Y su glande tenía una gotita en la punta.
Dante: Me pusiste tan duro que no iba a sufrir solo. Hablamos en la noche.
Esperé mi explosión hormonal con la que siempre moría de ganas por tenerlo sobre mi cuerpo... Y seguí esperando. Le hice un acercamiento a la foto y nada. Me preocupé, sus fotos siempre me ponían cachonda. Tal vez estaba demasiado cansada.
—Hello, love. —El acento británico de Cyrus me cortó la concentración.
—¡Hola! —Me aclaré la garganta.
—¿Qué...? —Escrutó mi rostro—. ¿Qué tienes? ¿Por qué te ves molesta?
—No, nada de eso. ¿Cómo te fue...? —Me callé al percatarme de que su mirada se desplazó a la pantalla sin bloquear de mi teléfono, donde el arrogante pene de Dante estaba expuesto en toda su gloria—. Dios. —Me apresuré a presionar el botón lateral.
La poca luz de esas horas acentuó las sombras perversas del rostro de Cyrus.
—Lamento haberte interrumpido en un momento tan… —No pudo encontrar una palabra—. Te dejo para que sigas con eso.
—No interrumpes nada, en serio. ¿Ya te vas? —pregunté avergonzada cuando comenzó a alejarse—. ¿Y si nos tomamos algo en mi container? Es viernes, mañana solo hay trabajo de indumentaria.
Cyrus hizo una mueca de negación.
—Estás ocupada y yo estoy cansado. Queda para otro día.
—Cyrus, hurry! Let's go! —le gritó Diane a lo lejos.
La actriz lo esperaba dentro de un vehículo de puertas corredizas. A su lado estaba Tyler, y otro actor secundario. Eran el grupito de chicos populares llamándolo desde una camioneta de vidrios oscuros.
—Me voy, preciosa. —Me besó rápido en la mejilla.
—Bueno, te veo el... —Cyrus se alejó sin esperar que le respondiera—. El lunes.
¿Me dijo preciosa? Sí. Lo dijo. Y luego se fue.
Llegué a mi container con la cola entre las piernas sin poder quitarme la sensación de que hice algo malo, y de que Cyrus estaba enojado conmigo.
¿Pero por qué? Ya sabía que a Cyrus le desagradaba Dante y que opinaba que era un maltratador psicológico, un aprovechado, un idiota, un lameculo, entre otras muchas cosas que soltaba cada vez que tenía oportunidad, pero era mi vida sexual.
—¡Solo quiero morir! —exclamó Luna. Se quitó los zapatos y dio un portazo al entrar.
—Yo también. —A mi teléfono le quedaba poca batería y debía cargarlo para la llamada sucia de esa noche—. ¿No te verás con nadie hoy?
—Bonita, si por fin darás un paso de sabiduría y te enrollarás con Cyrus, te agradecería de corazón que encuentren otro lugar, porque planeo ver series hasta que se me cierren los párpados.
Le lancé una mirada al mismo tiempo que buscaba el cargador del teléfono en la pared detrás de mi cama.
—No nos enrollamos ni nada. Somos amigos. —Así lo consideraba yo al menos, aunque lo conociera desde hace poco.
Luna se rio entre dientes.
—¡Qué aburrido! ¿Hasta cuándo durarán con esa tontería?
Me quedé callada conectando y desconectando el cargador de mi teléfono.
—¿Laila? —insistió.
—Préstame tu cargador.
—Quiero saber cuándo te comerá la alcachofa.
—Alcachofa, Luna, ¿qué diría tu madre?
—Ella solo quiere que alguien ponga un bebé dentro de mi alcachofa, pero eso jamás pasará.
—Tu cargador, por favor. —Le batí las pestañas.
—Terminarás pisándote la cola, y yo cantaré teee looo diiijeeee.
Cuando su mano se estiró para alcanzar el interruptor y así aclarar la penumbra que nos rodeaba, nada sucedió. Luna presionó dos veces más, y nada.
—¡Nos han dejado sin luz! —estalló furiosa—. ¿Cómo se supone que veré series ahora? ¡Sin luz para cargar mi tablet!
Me asomé afuera y vi que ningún container tenía luz. Todo estaba quedándose a oscuras.
—Ahora sí que me quiero matar —refunfuñé y le escribí un mensaje a Dante.
Laila: El recinto se quedó sin luz. Nuestra llamada ardiente tendrá que quedar para otro día… A menos que puedas solucionarlo.
Pulsé enviar con esperanzas de que tuviera tantas ganas de decirnos cochinadas como para que arreglase el problema a la distancia.
Luna salió a ver qué ocurría, y regresó dando pisotones.
—¡Se estropeó el generador!
Era gracioso verla molesta; se le marcaban tres pequeñas venas en una sien. Se parecía a un pequeño herbívoro sin sus zanahorias.
—¿Y qué harán al respecto?
—Qué van a hacer, qué les importa a ellos. No les afecta. Carli dijo que le avisaron al subgerente y a tu querido Dante, pero ¡el técnico no puede venir hasta mañana! —Se desplomó sobre su cama en plan princesa Disney dramática.
Dante: Ya me enteré. No pueden solucionarlo hasta mañana. Te tocará encender velas. Tal vez te ayude a meditar un poco.
A Dante hasta le parecía gracioso que viviéramos como unos primitivos mientras él de seguro estaba en su mansión Torms De Alba viendo una película con un Whisky en mano.
Me llegó otro mensaje, y este detuvo mis pensamientos recelosos.
Cyrus: Escuché que no tienen luz. ¿Por qué no te vienes al hotel?
Laila: Uf, gracias, pero estoy con Luna. No la dejaré sola con los problemas del tercer mundo.
Cyrus: Jaja. La invitación incluye a tu otra pierna.
Mi mente fabricó toda una escena de Cyrus recibiéndonos en su hotel.
Luna y yo mezcladas con Frank, con los productores, escritores y actores.
Nos cruzaríamos con la expresión confundida de Diane, y tal vez con la cara altiva de Tyler.
Luego estaríamos en un spa con pepinos en los ojos y un trago entre los dedos, al mismo tiempo que dos chicos con dientes lindos nos masajearían los pies.
Cyrus: Voy saliendo a buscarlas.
—¿Y tú por qué sonríes tanto? —interrogó Luna, indignada porque no estuviera en modo dramático con ella.
—Prepara una muda de ropa y tu pijama —Agarré su bolso con símbolos de paz y se lo lancé—. Nos largamos de esta miseria.
—Dime que tu príncipe de las tinieblas nos salvará. —Luna levantó la cabeza.
Las comisuras de mi boca se curvaron hacia arriba.
—El príncipe de las tinieblas viene por nosotras y nos llevará a ese hotel fino.
Una sonrisa tan grande como la mía apareció en su cara y saltó como un resorte.
—¡Está loco por ti! —exclamó con júbilo, guardando el mejor pijama que tenía dentro de su bolso.
—Siempre te digo que es mejor tener amigos que dinero. —Tomé mi bolso negro de cuero y metí el pijama menos vergonzoso que tenía.
Luna soltó una risita.
—Solo porque nos has salvado de una miserable noche de viernes compartiendo historias de terror en una fogata con los demás cuyes... Te diré que sí. Cyrus es el mejor amigo que podrías desear.