Las huellas de Laila 12 Venganza
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12 Venganza

Mi madre tomó su bolso para salir después de la cena.

—Mamá, es la quinta vez que vas al casino a jugar esta semana.

—¿Y? Trabajo como burra para mantener esta casa, me lo merezco. —Se puso el abrigo—. Mejor preocúpate de hacer ejercicio en vez de estar tan pendiente de lo que hago. Tus pantalones parecen dos salchichas a punto de reventar, hija. Estoy preocupada por tu salud.

Desviación del problema con un ataque personal para despistarme. Ya conocía ese patrón; hace mucho tiempo puse un límite mental contra esos comentarios.

—Dijiste que no tenías dinero este mes. ¿No quieres quedarte y que veamos una película, mejor?

—Para esto sí tengo dinero. Mi vida es una miseria y me haces problemas por ir a distraerme un rato. Basta.

—No es eso. Es que deberíamos hablar sobre el problema que tienes. Podríamos ir al médico.

—Déjame tranquila. Salgo a divertirme por algunas horas luego de veinticinco años de criarlas sola, y de estar para ti y Kimber cada noche. No me jodas por vivir un poco la vida ahora que las dos son adultas. —La puerta se azotó con fuerza detrás de ella.

Mayo 2025

¿Cómo iba a explicarle?

—Tiene que ver con el porqué no te respondí anoche. —Le dediqué una sonrisa inocente—. Te busqué después de tus grabaciones y te vi practicando con tus colegas. No quise interrumpir.

Cyrus bebió otra vez de su copa. Llegó más abajo de la mitad en dos tragos.

—¿Te caíste en el barro y te salió un hematoma? —Aparecieron arrugas de preocupación en su frente.

Chanfles. Cierto que me vio cubierta de barro.

—No, lo del barro fue antes, y después... Yo... —Tosí una risa—. Me fui con Dante.

Cyrus abrió la boca, volvió a beber y se terminó todo. Se sirvió más.

—Lo siento por no responderte, es que no vi el mensaje y después era tarde —continué.

—Entendible.

—Alguien tiene sed —repuse viendo el líquido disminuir de nuevo a la mitad.

—Mucha.

—Creo que no deberías beber a estas horas dentro del trabajo. —No era un buen momento para comentar algo así; me di cuenta luego de decirlo.

—Tienes razón —dijo inexpresivo. Me encogí de hombros.

—Dante se fue por dos semanas, era nuestra despedida. —No sabía por qué diantres le daba detalles innecesarios.

—¿Y él te hizo esa marca en el mentón?

—Sí, pero no de la forma que crees.

—Me temo que sí fue de la forma que creo. —Mostró una sonrisa irónica que no le produjo líneas en las comisuras.

—Entonces supongo que fue cómo crees que fue.

Cyrus agarró la botella y fuimos a la pequeña sala. Se acomodó en uno de los asientos empotrados, con las piernas bien abiertas, y yo me senté en el sofá cama frente a él.

—Hay algo que todavía no entiendo, Laila, ¿por qué estabas cubierta de barro? ¿O eras parte de la escenografía?

Casi escupo el agua al reír.

—No te ofendas, te veías muy guapa con ese look exótico —se adelantó con un brillo de diversión.

—¡No fue gracioso, deja de reírte!

—¡No estoy haciendo nada! —Me miró como si estuviera loca. La risa con Cyrus era preocupantemente fácil, como si lo conociera de hace mucho.

—A ver, bueno, es otra larga historia.

—Si tiene que ver con sexo, no lo quiero saber.

—¿Quién crees que soy? No todo tiene que ver con sexo en mi vida.

—Eres la señorita «marca roja en el mentón». —Amplió los ojos con evidencia—. No me extrañaría un poco de barro.

—Buen punto, pero no. —Arrugué la nariz—. Un idiota llamado Bruno engañó a Luna.

—A Luna, tu amiga —recordó, poniéndose serio.

—Sí, mi otra mitad. Bruno le fue infiel, ella los pilló en su propia cama, y como si no fuera suficiente, el bastardo se dedicó a decirles a todos que ella inventaba cosas, y la trató muy mal. —El calor me subió a la cara por recordar a mi amiga destruida—. Ah, y también le pegó un herpes genital.

—Ese no es un idiota ni un bastardo —negó con la cabeza—, es un real hijo de puta.

—Bueno, sí. Sea como sea, yo le juré venganza. Para partir, le puse laxante en el estanque de agua de su container, y le hice saber que fui yo.

Cyrus abrió la boca, y le tomó dos segundos procesar la información.

—¿Le provocaste a ese tipo una cagadera asquerosa? —preguntó anonadado.

—Ajá, y ojalá hubiera hecho que se le salga el maldito intestino por el culo.

La cosa es que me devolvió la jugada: me dijo que Carli me buscaba en el invernadero y, cuando entré, me cayó un balde lleno de porquerías.

—Hice el gesto de subir las manos e imitar el momento en que el objeto se estrelló contra mí.

—¿Ese imbécil te tiró un balde con barro en la cabeza? —Se movió hasta el borde de su asiento, interesado.

—Lo dejó colgando para mí —confirmé—. También contenía estiércol y otras cosillas mugrientas.

Se pasó la lengua por el labio inferior.

Cyrus podía verse todo malo, amargado y sombrío, pero bajo esa energía oscura existía un hombre comprensivo, divertido y amable.

—¿Y qué esperamos para contraatacar? —soltó.

—¿Cómo?

—Ese infeliz ahora está trabajando, ¿no? —Se levantó.

—Debería. Supongo. —Con los dedos de una mano me toqué los dedos de la otra.

—¿Conoces la hiedra venenosa?

—¿Esa cosa que crece sin que se lo pidan y que no deberías tocar?

—Vi unas por aquí cerca. Vamos a rociarle eso en su ropa interior con un poco de agua en un atomizador.

—Su expresión brilló en plan infantil y malicioso—.

Le causará una reacción alérgica de mil mierdas.

Te lo digo por experiencia. Una experiencia cuando niño de la que no quiero hablar.

—Movió la mano una vez, zanjando el tema.

—Oh, por Dios. Sí.

—¿Sí? —La emoción creció en él.

—¡Sí! Es una idea magnífica. —Saboreé la maldad, y me precipité hacia la puerta. Cyrus le echaba gasolina a mi venganza—. ¡Eres un genio! En la enfermería tienen atomizadores.

Solo nos tomó diez minutos encontrar la hiedra y luego robarle el atomizador a la enfermera. Pobre señora, era mayor; se lo devolveríamos más tarde.

Llevé a Cyrus hasta el container de Bruno; estaba cerrado con llave. Cyrus murmuró una grosería, me hizo retroceder, y de una patada abrió la puerta.

—Por el amor a las papas fritas, estás para el papel de agente 007 —exclamé. Cyrus me empujó dentro con una curva sensual en los labios.

Me dio un poco de asquito entrar; Bruno era desordenado y malagradecido. Era de los pocos que dormía solo, y no lo aprovechaba. Tenía varias tazas y platos sin lavar, ropa sucia tirada en el suelo, y la cama sin hacer. Al menos no tenía cucarachas caminando por ahí.

Cyrus fue directo a los cubículos de ropa, y sin rodeos agarró un bóxer.

—No quiero tocar eso. —Arrugué la cara. Cyrus hizo una mueca expresando que estaba de acuerdo.

—Valdrá la pena. Tráelo.

Me acerqué con el atomizador en mano y rociamos esa prenda. Luego otra, otra y otra.

Me empezó a entrar la risa. Estaba con el mismísimo Cyrus Von Stein, actor ad portas de volverse muy famoso, rociando agua de hiedra concentrada en la ropa del estúpido ex de Luna. No lo podía creer. Sin duda era lo más divertido que había hecho en... No sabía cuánto tiempo.

Cuando casi terminábamos, alguna vibración del universo me hizo espiar por la pequeña ventana del frente.

—¡Cyrus! —chillé por lo bajo—. ¡Ahí viene!

—¿Cómo que viene?

—¡¡¡El estúpido de Bruno viene para acá!!! —aullé. Cyrus escupió un «mierda» y dobló el último bóxer.

Había otra ventana más grande que daba a la parte trasera del container, pero estaba alta. Cyrus la abrió y me hizo un gesto con las manos para que me acercara.

—Ven —apremió. Dudé; me daba vergüenza que cargara mi peso en sus manos—. Bloody hell, Laila, come on! —Entrelazó sus dedos para formarme un escalón.

Como una niña pequeña que confía en el que tiene más edad, puse el pie en sus manos y me impulsó desde ahí. Cuando pasé la pierna para el otro lado, escuché ese maldito sonido de la tela rasgándose, y a continuación sentí aire en mis nalgas.

—Me cago en la puta madre del conejo. —Me dejé caer hacia el exterior.

Me di duro contra la arena al aterrizar como saco de papas. Cyrus cayó como una pantera a mi lado y me tapó la boca.

Escuchamos que Bruno entró. Miré a Cyrus a los ojos y me subió otro ataque de risa. Esta vez Cyrus se contagió, y verlo aguantarse las carcajadas era lo más lindo que había visto en ¿toda mi vida?

Lo empujé para que se moviera antes de que Bruno se asomara por la ventana abierta, y escapamos haciendo el menor ruido posible.

Una vez que estuvimos dentro de mi container, a salvo, oí el sonido de sus carcajadas junto a las mías. Eran profundas y rasposas. Se llevó una mano al estómago y con la otra se sujetó del mesón.

No podía parar de reírme, quizá por los nervios. Las carcajadas rebotaron por las paredes de lata. Llegamos al punto de tener lágrimas, y nos tomó un buen rato poder tranquilizarnos.

—Las bolas le arderán como ají —solté ahogada, recuperando el aire—. ¿Crees que le provoque disfunción eréctil al menos por un tiempo?

—Espero que sí. —Se limpió una lágrima.

—Sí que te estás divirtiendo —resoplé—. Te hubiese incluido en mis planes de venganza mucho antes de haber sabido que te lo pasarías tan bien.

—Sobre todo si tengo un puesto en primera fila para ver cómo saltas por una ventana con el pantalón roto y me pones las nalgas en la cara. —Su diversión se renovó.

Santa cachucha madre de todo. ¡Lo había olvidado!

Me llevé una mano al glúteo. El pantalón se me había rajado justo debajo de este, dejándome una gran abertura en la costura central.

—Déjame ver. —Antes de que pudiera detenerlo, tomó mi brazo y me hizo girar—. Very nice. —Vi que apretaba los labios otra vez.

—¡No te rías! ¡Eran mis pantalones favoritos!

—Se te veían bien, es cierto.

—¡¿Me miraste el culo?! —El calor inundó mi cara. Cyrus abrió la boca y la cerró de golpe.

—No me siento cómodo respondiendo esa pregunta. Pero ahora estoy viéndolo sin pantalón, y te juro que es mucho mejor.

Moví rápido la mano y le atesté tres golpes en el brazo.

—¡Ya, ya! Está bien. —Alzó las manos—. Me lo merecía.

—Esto también es culpa de Bruno —refunfuñé, intentando determinar si podía coser el pantalón.

—Escúchame, bragas malva —me llamó así por el color de mi ropa interior y le puse cara de perro enojado—. Te conseguiremos otro pantalón, y te sentirás mejor cuando el tal Bruno termine con el pene rojo.

Se movió por mi cocina hasta encontrar dos bebidas, sin alcohol esta vez; las abrió y me tendió una.

—To us —brindó.

—Por Bruno, para que le arda hasta la próstata. —Choqué su botellita con la mía—. Y por nosotros, también.

Se le formaron dos hoyuelos adorables en sus mejillas. Cuando bajó la bebida, me pasó un brazo por los hombros y me besó en la sien. Casi se me sale el corazón. Después dijo algo todavía más inesperado:

—Gracias por dejarme conocerte.