Las huellas de Laila 11 ¿Te caíste?
19%

11 ¿Te caíste?

No podía creer que lo tenía delante.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté en un susurro histérico, frente a la entrada de arbustos parpadeantes.

—La semana pasada me dijiste que te gustaría conocer el Jardín botánico de Gorgo. Por este festival navideño...

—El festival de luces navideñas del jardín botánico de Gorgo —corregí con la misma ilusión de una niña de ocho años.

Durante una semana al año, exponían esculturas hechas de arbustos junto a luces y adornos que lograban hacerte creer que dichas esculturas estaban vivas.

—¿Por qué me has traído? No te gustan estas cosas.

Dante disminuyó la dureza natural de sus facciones y estiró la mano para acariciarme la mejilla. Un roce áspero y dulce.

—Nos hemos estado conociendo desde hace varios meses. —Se encogió de hombros.

—Siete meses y una semana —aclaré con exactitud—. Pero pensé que nuestra relación era...

Dante chasqueó, callándome.

—No siempre se trata de sexo, Ferrera.

Mayo 2025

A la mañana siguiente, mi café no estaba tan dulce por más azúcar que le añadiera.

Era una estúpida. Extrañaba mucho más a Dante de lo que él me extrañaba a mí. Me picaban los dedos por enviarle un mensaje.

Partimos nuestra relación con un acuerdo sexual. Cuando descubrí que el sexo con él estaba en una escala divina de placer, me volví adicta a nuestros encuentros, y terminé por desarrollar sentimientos profundos.

Estaba requetejodida.

—Quita esa cara de perro triste —se quejó Luna—. Me niego a que comiences el día así porque tu muñeco de sexo se fue.

—¿Y cuando tú sufres por amor yo que hago, ah? Entenderte.

—Eso no quiere decir que esté bien sufrir por quienes no valen la pena. —Se puso una mano en la cintura. Me quedé callada sosteniendo la taza humeante entre mis manos—. Oh, no, no. Dime que no.

—¿De qué estamos hablando? —Me sobresalté.

—Dime que no estás enamorada de ese mequetrefe de camisa planchada y zapatos italianos. —Se llevó los dedos a la frente con dramatismo.

Que lo dijera en voz alta me provocó un pinchazo en el corazón.

—¡No! —gritó, pateando el suelo—. Amiga bonita, tienes que abrir los ojos. Él difícilmente te va a querer como deseas que te quieran.

—¿Por qué crees eso? —repliqué desganada.

—Porque llevan dos años saliendo y, de ser el indicado, no dejaría pasar esa cantidad de tiempo para sostener tu mano en público ni para formalizar la relación.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

—¿Qué cosa?

—Pensar con el cerebro y no con el corazón.

—Ay, bonita, eso lo sé bien. —Luna apoyó una mejilla en mi hombro. Puse mi mandíbula en su cabeza y las dos suspiramos como tontas—. Basta de tristezas. ¿Cómo te va con el príncipe de las tinieblas? ¿Ya le viste la serpiente?

—No hables de su serpiente, no te lo conté para que me molestes.

—¡Es que todavía no entiendo cómo sucedió eso! Ustedes dos entablando una amistad, o lo que sea.

—Si me pides que te cuente la historia otra vez, haré que te pegues en el dedo pequeño del pie —le advertí.

—Ya sé la historia. Eso no explica por qué se preocupó tanto por ti.

Digo, es todo un amargado y no parece ser de los que les gusta meterse en la vida de los demás.

—Arrugó la boca, meditativa—. Pensándolo bien, Cyrus es astutamente sombrío.

Sabe que Dante puede ser tu pasaje al infierno, y solo un ser oscuro como él puede detenerlo en el camino y llevarte de nuevo a la luz.

Su nombre significa sol, ¿lo sabías? Lo busqué por ti.

—Es momento de que dejes de perder tanto tiempo en internet. —Me puse la camiseta para trabajar, sopesando sus palabras—. Yo tampoco sé por qué yo.

—Espera, tal vez no entiendo por qué se preocupa por tu relación secreta con Torms, pero sí me puedo imaginar por qué quiere estar cerca de ti.

—Me dio la espalda para fregar su taza—.

Eres la mujer más divertida que conozco.

Eres cálida, espontánea, aunque media tarada.

—Elevé la rodilla y le pegué en el culo—.

No, en serio. Él tiene razón, eres mil veces mejor que esos creídos lameculos de los productores.

No me extraña que quiera pasar tiempo contigo. Solo un idiota no querría.

—Te adoro —musité con voz pequeñita.

—¿Eso quiere decir que me regalarás tu bolso rojo?

Camino a la zona de cámaras, repasé los mensajes que tenía sin contestar. Tenía treinta mensajes de Kimi exigiéndome una foto de Cyrus. Mi hermana ya había confirmado en una página de fans que efectivamente este se unió al reparto a último momento, así que ahora enloquecía el triple.

Tenía otros mensajes que me daba fastidio contestar, como los de mamá; sus mensajes rutinarios para preguntarme cómo iba todo.

Solo le preocupaba que no me hubieran despedido, y así le siguiera enviando dinero.

Nunca me preguntaba si estaba feliz, bien, sana, si me alimentaba balanceado, o yo qué sé.

En fin, no tenía ningún otro mensaje de Cyrus.

Era absurdo esperar uno, puesto que fui yo la que no le respondió.

No me lo topé durante la mañana. Carli nos puso a Luna y a mí a separar bombillas de repuesto del equipo de iluminación. Nunca me hubiera imaginado que existían tantos tipos de bombillas.

Cerca de medio día, comencé a tener remordimiento por no haberle respondido a Cyrus la noche anterior, y me decidí a usar mi media hora de almuerzo para ir a buscarlo personalmente después de enterarme de que no le tocaban más escenas en la tarde.

—Hola —saludé a un chico de gafas que era uno de sus maquilladores—, ¿sabes dónde está Cyrus?

El chico me miró por encima de las gafas y leyó mi cargo en la tarjeta que colgaba de mi cuello. Alzó las cejas de forma despectiva y me dio la espalda.

El muy idiota.

—Mira, amigo, no me vengas con esas miraditas porque puede que yo no sea Brad Pitt pero tú tampoco eres Angelina Jolie. Necesito saber dónde está.

—No es mi trabajo darte esa información —me contestó altivo. Se me cruzó por la mente darle unos buenos tirones a ese cabello rubio de puntas con gel.

—Si quieres llámalo y dile que lo estoy buscando —desafié. Enseguida se me instaló la incertidumbre que si a Cyrus le importaría o no que lo estuviese localizando.

—Agh —emitió irritado—. Está en el remolque de Diane, ahora déjame trabajar.

Vaya.

Antes de acobardarme, terminé justo afuera del remolque de Diane y toqué dos veces. Se escuchó una risa femenina dentro.

Me entró un no sé qué y me arrepentí; me di media vuelta, pero la puerta se abrió y ya era demasiado tarde. Apareció Diane con su cabello dorado cayendo en cascada, ojos verdes, alta, cuerpo esbelto, un cenicero en una mano y una expresión de confusión.

—Yes?

Gran cuerno de satanás.

Nunca había tocado el remolque de ningún famoso. Jamás había llegado tan lejos. Incluso podrían despedirme si ella se molestaba o incomodaba.

—¡Buen día, señorita Hamilton! Perdón por interrumpir, pero necesito saber si Cyrus está aquí —pregunté con alegría.

Diane separó sus carnosos labios. La puerta terminó de abrirse y apareció Cyrus con un cigarro encendido en los labios.

—Laila —murmuró con sorpresa, sin quitar el cigarro de su boca.

—Hola. —Sonreí—. Te estaba buscando.

Su comisura se curvó.

—Ayer te envié dos mensajes —replicó desenfadado. Diane volteó la cara hacia Cyrus con el ceño arrugado.

—Lo siento, estaba... —Comencé a responderle.

—Espera, voy contigo —me interrumpió—. Diane debe descansar, tiene una escena en unas horas.

Diane alzó ambas cejas y se cruzó de brazos apoyándose en el marco de su puerta.

—Right.

Cyrus colgó su chaqueta negra en su antebrazo, apagó el cigarro en el cenicero que Diane todavía sostenía y le dio las gracias de manera escueta. Ella se despidió con una mueca.

Ayuda, incomodidad a la vista.

Cyrus me rozó la espalda con su mano, y un cosquilleo me subió por las piernas y revoloteó en mi vientre.

—¿Cómo estuvieron las grabaciones hoy? —le pregunté después de alejarnos unos pasos.

—Bien, mejor, estoy agarrando el ritmo.

—Ah —emití al ver que su remolque estaba literalmente al lado del de Diane. Quince pasos, más o menos. Cyrus me hizo un gesto con la cabeza para que entráramos.

El remolque no se comparaba en nada a mi pobre container.

Era lujoso y nuevo. Tenía una mini cocina más moderna y una nevera más grande que la mía.

También una pequeña sala con una mesa y dos asientos empotrados, y un sofá cama con una televisión gigante enfrente.

Tenía un baño privado; otra cosa que mi container no tenía.

Al fondo del pasillo tenía un tocador con un espejo, colgadores de ropa con algunas de sus cosas, un parlante, y varias fotos que representaban a su personaje.

—Ahora me da vergüenza haberte llevado a mi container —murmuré fascinada.

—No digas tonteras. —Estiró el brazo para cerrar la puerta detrás de mí y el olor masculino de su perfume me pegó.

Los perfumes de hombre deberían considerarse el afrodisiaco número uno. Me ponían en estado primitivo.

Su siguiente movimiento fue lanzar su chaqueta directo al sofá.

—Nunca había entrado en un remolque de estos en el tiempo que llevo trabajando para Torms de Alba, ¿puedes creerlo?

—Me alegro de ser el primero. —Me guiñó un ojo, y sentí el rubor subiéndome hasta las orejas.

Se inclinó para abrir la nevera y sacó unos botellines de bebidas gasificadas con alcohol.

—Tu container estuvo perfecto, por cierto. —Destapó un botellín y comenzó a verterlo en una copa—. Pero puedes venir aquí cuando quieras.

Miré la hora en mi reloj. Me quedaban diez minutos.

—Oye, tengo que irme. Solo tengo media hora de almuerzo. —Presioné los labios a modo de disculpa—. Solo quería venir y disculparme por no responder los mensajes, los vi tarde y no quise despertarte.

Cyrus soltó aire por un costado de la boca. Después sacó su teléfono del bolsillo trasero de los pantalones.

Bueno, hola buen culo.

—¿Has dicho que tienes que irte?

—Sí, en ocho minutos —puntualicé.

—Ya no.

Mi boca se entreabrió.

—Si vas a decirle a Carli que te estoy asistiendo, y que por eso no volveré a mis tareas, harás que mi supervisora me odie más de lo que ya lo hace, y creerá que tenemos algo.

—Eso es exactamente lo que estoy escribiendo. No que tenemos algo, lo otro. —Me lanzó una mirada—. Y no a Carli. A la jefa de tu jefa, de ese modo no te odiará, pensará que estás trabajando tan fabulosamente bien que los mismos actores requieren tu asistencia.

—No lo hagas. No tienes que hacerlo.

—¿No quieres quedarte? —Ladeó la cabeza.

—Claro que quiero, pero es mi trabajo.

—Y yo necesito a mi asistente de bienestar.

—Asistente de bienestar —repetí, observándolo teclear en su pantalla—. Un término muy convincente de parte de Cyrus Von Stein.

—Mi convencimiento es impecable. Ya está todo arreglado. —Cyrus guardó el teléfono y me tendió la copa.

—¿No es muy temprano para beber? —No pude evitar pensar en mi madre y su «problemita» con el alcohol. Ella bebía a estas horas. O a cualquier hora—. Preferiría un vaso de agua, por favor.

Unas sombras le invadieron el rostro.

—Quizá tengas razón. —Iba a deshacerse de la copa, pero se arrepintió y bebió de esta—. En realidad, nunca es demasiado temprano para beber cuando estás con la compañía correcta.

No opiné más, aunque no me parecía apropiado.

—¿Qué te pasó en la barbilla, Laila? —Apuntó mi piel con el dedo índice de la mano que sostenía la copa—. ¿Te caíste?