10 Cita
Dante me apartó un mechón de pelo de la cara. Posé la mejilla en su pecho; ambos caímos desnudos y exhaustos sobre la cama.
—Mmm —emití por el gusto que me dio su toque delicado; lo opuesto a lo salvaje que había sido hace un momento.
—Anoche no recibí tu «buenas noches» —soltó de repente.
—Se... ¿seremos de esos que se dicen buenas noches por mensaje?
—Quiero recibir siempre un buenas noches y un buenos días. —Se acercó a besarme el hombro y luego me abrazó para dormir.
Mayo 2025
Al acabar la jornada, usé la media hora que me quedaba para arreglar el desastre que era y bañarme otra vez.
Me depilé lo que hacía falta y ya era una chica decente y bien vestida. Esta chica llevaba los labios color malva. Nada que ver con mi versión cuye.
Me aseguré de no cruzarme con nadie conocido en mi camino hacia el estacionamiento. Eso último era difícil en el terreno del desierto, debía serpentear por las carpas, containers, construcciones de tabiques y remolques para no ser vista.
Llegué a las ocho en punto y me acerqué al vehículo de Dante: un elegante modelo sedán que estaba vacío. Revisé el teléfono y solo tenía un mensaje de Luna diciendo que no me olvidara de usar condón para evitar engendrar a un mini estirado.
Esperé quince minutos más y, cuando ya estaba lista para devolverme con la dignidad por el suelo, Dante llegó.
—Se me acabó la batería del teléfono —explicó acercándose, muy tranquilo. No me saludó; hacerlo ahí era muy peligroso—. Ya estoy listo.
Pasó por mi lado, y su olor denso y masculino me inundó la nariz.
—Perdonado. —ironicé por su disculpa inexistente y me acomodé el tirante del bolso en el hombro.
—Estás deliciosa.
—Ya lo sé.
Dante sonrió como un lobo hambriento mientras me subía al vehículo, y se me quedó mirando más tiempo de lo normal.
—¿Tengo algo en la cara? —Me llevé una mano a la punta de la nariz.
—No tienes nada, Ferrera. —Siguió sin cerrar la puerta. Alcé las cejas y él entrecerró los ojos—. ¿Pensaste que te había plantado?
—No sería la primera vez. —Moví el hombro con desdén. Dante exhaló brusco.
—Nunca superarás ese día.
—¿El día que faltaste al momento más triste de mi vida? No.
—Ferrera, se murió tu mascota, y tu pueblo quedaba lejos de donde estaba. Te dije que lo lamentaba.
—No lo digas como si no fuera importante. —Le lancé una mirada severa—. Fira era todo para mí. Y estabas solo a dos horas de distancia, pero preferiste asistir a una reunión de colegas.
Dante cerró la puerta sin decir otra cosa. Rodeó el sedán y se subió al puesto del piloto.
—Ferrera...
—Ya sé, ya sé.
Era lo que me pedía cada vez que salíamos juntos.
Incluso cuando me fue a buscar una vez a mi pueblo lejano para llevarme un fin de semana a su gran ciudad —solo para follar como conejos en un AIRBNB, claro—.
Busqué en mi bolso los lentes oscuros que me quedaban ridículamente grandes para taparme la cara pese a que el sol ya se había escondido.
Me apliqué una capa densa de labial, y quedé irreconocible entre la peluca pelinegra y los lentes.
Me llevó al mismo hotel donde se quedaba la gente importante de la producción, pues no existía otra cosa decente ni a su nivel en esa ciudad.
Era un oasis cinco estrellas construido en el desierto; tanto lujo desencajaba un poco con el ambiente arenoso.
Las luces de sus instalaciones iluminaban más que las propias luces públicas.
Solo me quité los lentes y la peluca cuando cerró la puerta de la habitación detrás de mí.
Me detuve en seco al encontrarme con diferentes ramos de tulipanes, rosas y lirios descansando sobre las superficies.
Los acompañaban unos cuantos velones encendidos, y en la antesala había una mesa de mantel blanco con una cena tapada.
—No pensé que llegaría el día de decir esto, pero ¡eres adorable! —exclamé fascinada—. Gracias. Mil gracias. Está hermoso.
Dante era frío, pocas veces demostraba cariño y, según mi análisis, tenía un gran trauma con exponer sentimientos.
Me gustaba culpar a la crianza que tuvo.
La cosa es que a veces, pocas noches como aquella, afloraba un Dante detallista y encantador, y era esa versión suya la que hacía que me ilusionara con un futuro juntos.
—No tienes que agradecerme —contestó con un toque orgulloso y seguro de sí mismo—. Quería despedirme de ti como corresponde. No volveré hasta dentro de unas buenas semanas.
Le dediqué un puchero y me lancé a sus brazos. Nuestras lenguas se enrollaron, y aproveché del hecho de estar con un Dante cálido, uno que me abrazaba con ternura y me besaba efusivo.
Nos acariciamos como algo más que dos personas que solo desean follar. Metió las manos por mi espalda y trazó un recorrido de sur a norte. Después se entretuvo paseando por mi cintura, mi cadera y finalmente deslizándose con adoración por mis piernas.
Después de los besos y toqueteos, nos sentamos a comer el salmón con puré de papas. Dante y su obsesión por los pescados. Yo era más de pastas, papas fritas y pollo, pero esa noche el salmón me pareció hasta romántico.
Tomamos una copa de champagne y le puso a la mía dos fresas dentro, como me gustaba, a pesar de que siempre decía que con eso arruinaba el verdadero sabor.
Nos deshicimos de la ropa en el sofá tres copas después. Los besos se volvieron más urgentes y acabé sentada sobre él a horcajadas.
—Laila. —Su glande paseó por mi entrada. Apretó los dientes sin cerrar los labios. El hecho que me llamara por mi nombre de pila me puso al cien—. Traje unos juguetes.
—No. Esta noche no. Déjame hacerlo de una manera más natural, a ver si así no te olvidas de mí.
—Mírame a los ojos —exigió y obedecí—. Jamás podría olvidarme de ti, Laila Ferrera. —Su boca aterrizó sobre uno de mis pezones, y comenzó a chuparlo con fuerza, moviendo la cabeza de lado a lado.
Una corriente de electricidad me azotó la espalda. Eché la cabeza hacia atrás para gemir, enredando los dedos en su pelo sedoso.
Jugamos un poco más con la punta del pene en mi entrada, y ya no pudimos más. Yo misma alcancé un condón del bolsillo de su pantalón, lo desenrollé en su miembro —que estaba duro como un fierro—, y me senté sobre él, haciéndolo entrar hasta el fondo.
—Mierda —aulló ronco.
—Lo sé.
Deseé congelarle la expresión en ese gesto exacto; su boca abierta, su frente fruncida, su pelo revuelto. Uf. UF. Uuuuuf.
Comencé a moverme despacio, apretándolo con mis músculos internos tan fuerte que logré arrancarle un largo y sexy gemido masculino.
Nos movimos en ese vaivén lento pero intenso hasta que sus dedos comenzaron a pasear por la línea de mi culo, y decidí que hasta ahí debía llegar la ternura.
—Hazlo más rápido —exigí. Dante tomó mis caderas y comenzó a menearlas con violencia. Su pelvis subió y bajó cada vez más dura y veloz, como una máquina sexual.
—Eres mía, ¿entiendes? Mía. —Me mordió el cuello—. El día que te vea con otro voy a destrozarlo todo.
Su brutalidad me dolió. En ese momento todo me parecía excitante, y le pedí más, más y más.
Nuestros cuerpos entraron en una sincronía perfecta. Los labios de Dante pasaron por cada trozo de piel que alcanzó y terminó chupando y mordiéndome el mentón, mientras mis gemidos y sus jadeos se convirtieron en gritos de placer.
Una de sus manos me agarró del culo para dejarme presionada contra sí y se deslizó dentro de mí sin salir del todo.
—Dan… Oh. Ya, ya.
Me puso la otra mano en la nuca y juntó nuestras bocas abiertas hasta que me corrí con una intensidad abrumadora. Dante dio dos estocadas más y se quedó muy al fondo en mi interior, alcanzando el clímax. Supe que su orgasmo fue tan grande como el mío porque le temblaron los hombros.
Nos quedamos así, con sus brazos rodeándome y recuperando el aliento por un largo rato. No lo quería soltar.
—Te echaré mucho de menos —murmuré con una mejilla en su hombro.
«Te quiero más de lo que crees. Me gustaría oírte decir que volverás pronto, que me extrañarás cada día lejos».
—Ya lo creo. Yo también echaré de menos tus caderas letales.
—¿Piensas en mí cuando estás lejos? Y me refiero a más allá de mis tetas o mi culo.
Dante tragó saliva y acarició mi pelo en silencio. Se produjo una pausa en la que el sabor de la humillación hizo que me arrepintiera de habérselo preguntado.
—Claro que te pienso y te echo de menos. —Se tardó tanto en responder que sus palabras no me contentaron ni un poco.
Repetimos tres veces más esa noche. Cristo, éramos unas máquinas de placer. No me explicaba de dónde sus partes fabricaban tanto líquido.
Me sentó sobre la mesa de la cena. Descansamos. Después me puso en cuatro patas sobre la cama. Otro descanso. Y, por último, follamos en la ducha para sacarnos el sudor.
Cuando nos tumbamos sobre el colchón, escuché que las personas importantes del rodaje comenzaron a subir a sus habitaciones. Sus chistes, bromas y risas ebrias llegaron de forma amortiguada desde el pasillo.
Sabía que no podía quedarme a dormir o me los encontraría a todos mañana en el desayuno. «Incluyendo a Cyrus», pensé.
Esperamos un rato para estar seguros de que no quedara mucha gente por ahí. En ese proceso tomé mi teléfono y me encontré con dos mensajes de Cyrus de hace horas.
Cyrus: Te he buscado por todos lados. Recién terminé con los ensayos.
Cyrus: ¿Dónde te envió tu encantadora jefa?
Qué va. Mi jefa nada, pero mi jefe me envió directo al reino del sexo.
Preferí no responderle. ¿Qué podía decirle? «Disculpa, el hombre que te parece un maltratador me estaba exprimiendo en orgasmos».
Dante me fue a dejar de vuelta al recinto cerca de las tres de la madrugada. Repasé mi cara en el espejo del parasol durante el trayecto, y noté una marca roja en mi barbilla por sus mordidas.
Nos despedimos dentro del vehículo con un beso medio apresurado, y luego se bajó para abrirme la puerta. Me abrazó en la oscuridad durante dos segundos antes de marcharse.
Un abrazo de su parte era un regalo del cielo.
Me estaba conformando con abrazos de dos segundos.