Las huellas de Laila 9 Sueños frustrados
16%

9 Sueños frustrados

—¿Recuerdas la palabra de seguridad?

—Káiser.

—Bien. —Tiró de la correa que sujetaba el collar en mi cuello y me penetró con bestialidad—. ¿Por qué no contestaste mis mensajes en tantos días, Ferrera?

—Ah… —gemí—. Estaba enojada por lo de mi cumpleaños. —Su otra mano tiró de mi pelo y se me llenaron los ojos de lágrimas. Debía estar loca, solo eso explicaría lo mucho que me fascinaba aquello. Estaba lejos de utilizar la palabra de seguridad.

—No importa lo enojada que estés, eres mía. Debes contestarme siempre. ¿Entendido? —Utilizó el sobrante de la cuerda para darme un latigazo. Aullé—. ¿Entendido?

—Entendido, señor Torms. ¡Oh!

Mayo 2025

Miré la hora en mi reloj de muñeca. Todavía faltaba media hora para la escena de Cyrus, por ende, disponía de veintiocho minutos para terminar mi tarea, escabullirme y lograr ir a verlo.

El equipo de vestuario y el de maquillaje estaban en los remolques de los actores, desde los principales, como Cyrus, Diane y Tyler, hasta los extras.

El resto estaba dentro de un set alistando la escenografía, las cámaras, micrófonos y demás, ya que la escena se filmaría con una pantalla verde de fondo.

Los que sobraban ahí —los cuyes—, le facilitábamos el trabajo al resto. Me tocó organizar prendas por personaje, escena, día y prioridad, junto al señor Ger.

El señor Ger era el de mayor edad entre los cuyes, y era parte de la empresa desde hace cuatro años. Era un señor silencioso e introvertido, así que no sabía mucho sobre él.

Ordenando, llegué a las vestimentas de Diane; era una película apocalíptica, aun así, su vestimenta era llamativa y bien lograda. Me di el lujo de pasar las manos por las distintas texturas y telas de la mejor calidad. Cada centímetro estaba pensado hasta el último detalle.

El tacto me provocó cosquillas en el pecho y despertó un impulso que intentaba mantener dormido la mayoría del tiempo: el crear.

Era obvio que mi deseo en la vida no era ser una asistente cuye, ni siquiera quería ser actriz famosa; mi verdadero sueño era ser diseñadora de vestuario cinematográfico. Me di cuenta de eso en mi adolescencia, cuando busqué información sobre la creación de las ropas que veía en las películas.

«Si quieres estudiar eso, buscas otro lugar donde vivir», dijo mi madre poco después.

Y yo, inmadura y temerosa, me dejé amedrentar.

No por el no tener donde vivir, ya que para ir a la universidad me fui a una ciudad más grande y de todas formas tuve que buscar un sitio donde vivir con el dinero que enviaba mi padre —que era para lo único que se mantenía presente en mi vida—, sino que fue por no confiar en mí.

Por sentir que una chica como yo, de un pueblo en medio de la nada que no conocía nadie, con cero contactos y con nulo conocimiento en diseño, no podría llegar lejos en una carrera así.

Ahora estaba condenada a vivir con ese «¿y si…?». Cumplir aquel sueño frustrado en el presente implicaba irme muy lejos. Tendría que renunciar al trabajo en Torms de Alba, y eso implicaría cesarle la ayuda económica a mi madre. En conclusión, el sueño frustrado era más bien el sueño imposible.

A pesar de eso, en el fondo sabía que ese sueño no se iría a ninguna parte, sino que aguardaba en un rincón de mi corazón, esperando tiempo mejores para hacerse realidad.

—¿Le gustan esos trajes, señorita? No parecen mucho su estilo —comentó el señor Ger, sorprendiéndome. Casi siempre trabajaba en silencio y eficaz.

—Ah, no. Me gusta el diseño, no para usarlos yo —le expliqué. El señor Ger presionó los labios.

—A mi esposa le gustaba mucho diseñar prendas. Le hizo ropa a nuestros nietos. —Las esquinas de sus ojos se arrugaron con nostalgia.

—Oh, qué lindo, y es divertido, además. Mi abuela me hacía disfraces cuando era pequeña. —Hice una pausa—. ¿Su esposa está...?

—Viva —aclaró rápido, para mi alivio—, pero en cama. Tiene una enfermedad autoinmune que le impide hacer una vida normal. —Suspiró pesado—. Mientras yo estoy acá, mi hija mayor cuida de ella.

—Lo siento, señor Ger.

—Nunca se sabe —se encogió de hombros—, a veces los milagros suceden, y podría llegar el día en que pueda pagarle esa terapia costosa con medicamentos exclusivos de los que tanto nos hablan los doctores.

—Así será, señor Ger. Decretado —expresé con sinceridad. Respondió con un pestañeo apretado a modo de agradecimiento.

Terminé de separar los cinco trajes idénticos que Diane podría usar ese día, porque era común que el que llevaba se le arruinara filmando alguna escena.

Revisé el teléfono y tenía varios mensaje de Luna chillando porque Tyler posó los ojos en ella cuando le llevó una botella de agua, pero sin duda el que llamó mi atención fue el último, de otro número.

Xux: Señorita Laila, el señor Von Stein pregunta por usted.

Okeeey. Cyrus hizo que una asistente ejecutiva me escribiera. No esperé que estuviera atento a mi presencia. ¡Era surrealista! Esas cosas no le pasaban a los cuyes.

Y qué rarito era que lo llamaran «señor».

El mensaje me sorprendió tanto que apenas reparé en el hecho de que no tenía ningún mensaje de Dante.

Encontré a Cyrus dentro del set, en una silla con el nombre de su personaje en el respaldo. Se fumaba un cigarro y repasaba el libreto. Un fantasma de sonrisa apareció en sus labios al verme.

—¿Te lo ibas a perder si no te lo recordaban? —Apagó el cigarro en un cenicero alto, lanzando el humo hacia el otro lado.

—Por supuesto que no. —Le froté el hombro con la mano para darle ánimos—. ¿Estás nervioso?

Cyrus negó con desdén.

—Solo con un poco de ansiedad. Un trago me vendría bien. —No supe si lo decía en serio—. Oye, ¿me compartirías tu número de teléfono? Así te escribo yo mismo para la próxima.

Recé para que el calor que se propagó en mi estómago no tiñera mis mejillas de rojo.

—Por supuesto.

—¡Ferrera! —gritó Carli a mi espalda.

Cyrus enarcó una ceja. Mis músculos se tensaron cuando Carli volvió a insistir con mi nombre.

—¿Sí? —Le dediqué la mejor de mis sonrisas a mi supervisora.

—Deja de molestar al señor Von Stein, niña. Necesito que pongas a enfriar botellas y máscaras de gel —me gruñó como una hiena. Cyrus se giró en la silla—. ¡Rápido!

De verdad debían eliminar la palabra «señor» antes del apellido de Cyrus. No le pegaba para nada.

—Disculpa, ella me está asistiendo. ¿Podrías, por favor, pedírselo a alguien más? —solicitó Cyrus.

Carli se quedó estática y el rubor le llegó hasta las sienes.

—Co-con gusto, se-señor Von S-S-Stein —canturreó en un tono agudo, y se marchó rápido.

Nada más perturbador que ver a Carli derretirse por Cyrus.

—¿Acabas de…?

—¿Proclamarte como mi asistente de esta mañana? Sí.

—¿Cuál será mi trabajo? ¿Observarte? Tienes como a tres asistentes personales ya. —Los asistentes norteamericanos nos miraron de reojo.

Ellos no eran parte de Torms de Alba, venían directamente de Hollywood para ser el puente entre el director, productores y actores, y el personal latinoamericano de TdA.

Las comisuras de sus labios se estiraron tanto que se le formaron unas líneas preciosas en los bordes de estos.

—Pero ninguno de esos eres tú —susurró a modo de secreto—. Puedes negarte si no quieres.

Guau. Triple guau. Esos ojitos almíbar eran más que llamativos.

—¿En qué podría ayudarte? Sabes que no tengo experiencia —murmuré inquieta.

Cyrus espió por encima de mi hombro, y volvió a concentrarse en mí. Cuando estaba a punto de responder, Diane apareció con su traje de apocalipsis que le marcaba la silueta estilizada en los lugares correctos, y su caótico pelo rubio estaba mucho más decente que el mío.

—Ready, honey? —Puso una mano sobre el hombro de Cyrus con una sonrisa gatuna—. Two minutes to go.

Cyrus me sostuvo la mirada un segundo más.

—Te veo en un rato, Laila con «i» latina.

Y se fueron.

Para no tener problemas ni conversaciones incómodas por si me preguntaban qué hacía ahí, fingí asistir a los camarógrafos. Ya tenían todo en orden y se pusieron histéricos porque tocara sus cables, sobre todo los que estaban encima de la grúa para grabar desde arriba.

La escena comenzó con Iveer —Diane— inspirando a un ejército antes de una batalla. Tenía a algunos extras detrás de ella y a dos actores secundarios.

En medio de su discurso, con voz imponente y algo burlona, entró Maxon —Cyrus—, el villano, para atacarla.

Los dirigían como en una coreografía de baile, y cortaban la toma cada dos por tres. A pesar de que Cyrus no tuvo tiempo para ensayar, realizó los movimientos con fluidez y sin errores mayores, exceptuando uno o dos problemas de pies. Vaya que tenía talento.

El personal de grabación estaba tenso y concentrado, y el director no paraba de dar órdenes.

Hubo que repetir algunas tomas, y Cyrus me buscó entremedio para que lo ayudara a repasar el libreto. No se distrajo ni por un segundo, porque el que tenía al frente no era el hombre con el que estuve bebiendo anoche, sino que era Maxon, el antagonista peligroso.

Después de tres horas (para una escena que se transformaría en una secuencia de tres minutos, típico) donde renovaron el maquillaje, retocaron la escenografía e iluminación, e hidrataron a los actores, Frank gritó «corte» y «buen trabajo», y el personal se dispersó satisfecho, listos para preparar el siguiente escenario.

Mucha gente rodeó a Cyrus; Frank, algunos directores de equipo, y sus verdaderos asistentes personales para darle algo de comer y más agua.

Bruno se acercó con cara de fastidio para decirme que Carli me buscaba en el invernadero, que estaba furiosa y que me quería ahí con urgencia.

El miedo a Carli y a sus cejas me hizo correr sin pensar demasiado en qué podría querer Carli en el invernadero, puesto que este no se utilizaba en la película, sino que era de los dueños del terreno.

—Jefa, ¿me buscaba? —Abrí la puerta con temor—. Recién terminé de ayudar a…

Un líquido frío y espeso se estrelló sobre mi cabeza, se esparció en mi cara, y se derramó a mis hombros, pecho y espalda. Antes de procesarlo, estaba cubierta de algo asqueroso. Era barro, estiércol, y quién sabe qué más podría oler así de pútrido.

Por supuesto que Carli no estaba ahí, ni me estaba buscando.

Bruno de la gran puta.

Me hirvió la sangre. Conté mentalmente hasta cincuenta, pateé una cubeta y me obligué a controlarme. Si iba donde Carli a acusarlo, ese cobarde negaría todo y la situación se vería como un berrinche entre dos mocosos problemáticos.

Me tragué el ácido que me subía por la garganta y me forcé a dar un par de respiraciones profundas. «La venganza se sirve en plato frío», me repetí.

Al devolverme y toparme de casualidad con Carli, que me miró con ganas de matarme por estar así de sucia y maloliente, le expliqué que tuve un pequeño accidente y que iría a cambiarme. Mantuvo la expresión asesina y se reservó los comentarios.

Me crucé con Luna, cuya risa se apagó solo tras revelarle el autor de la broma.

Entre la multitud fuera del set, noté que Cyrus estiraba el cuello y fruncía el ceño al verme en esa pinta. Avergonzada, me apresuré para que me perdiera de vista lo más rápido posible.

Tuve que ponerme champú tres veces antes de lograr sacarme la excesiva cantidad de porquería pútrida del pelo. El agua cayó color café al comienzo, hasta que poco a poco fue diluyéndose.

No me crucé ni pude ver a Cyrus durante el resto del día. Él no tenía que filmar escenas muy largas, pero como se había integrado a último minuto, tenía que ensayar con sus colegas los próximos diálogos y las coreografías de peleas.

Solo me topé con Dante una vez durante la tarde, en la cual ni siquiera me miró. Cerca de las seis, recibí un mensaje suyo.

Dante: A las ocho te espero en mi vehículo. Ten cuidado con que nadie te vea y, por favor, usa la peluca.

A las diez de la noche grabarían una escena en la que solo participaban actores secundarios.

Sería algo simple, por lo que me imaginé que no sería necesario que Dante estuviera cerca.

Después de todo, era el gerente general, su trabajo consistía en planificar, delegar al subgerente, y dar órdenes. Y yo no estaba de turno a esa hora.

Intenté buscar a Cyrus para despedirme, pero lo vi con Diane practicando una escena, y me dio pena molestar.