Las huellas de Laila 8 Fan estúpida
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8 Fan estúpida

En la vitrina de una tienda vi una bata rosada con corazones rojos.

—¿Te gusta eso? —inquirió Kimi—. Ese diseño no combina, ¿o sí?

—Que no combine y que aun así sea linda, es lo que la hace resaltar.

Cyrus me tocó la puerta a las cuatro treinta de la madrugada para ir a desayunar, dos horas antes de que comenzaran a personificarlo.

Ambos teníamos ojeras, pero a Cyrus incluso le quedaban bien. Yo comencé con la frente en alto, no me quedó otra.

Durante el desayuno me pidió ayuda con los diálogos, a lo que accedí con emoción.

No los dijo con ningún tono en particular, solo quería asegurarse de haberlos memorizado.

Sostuve su libreto mientras lo oía, y encontré muy tiernas sus anotaciones en el borde del papel; «apretar los dientes» agregó en uno de los diálogos.

Su letra era pequeña y media desordenada.

Me dio las gracias cuando acabamos, y me pidió que viera su escena para que le diera mi opinión después. ¿Qué sabía yo de actuación? Nada, pero si él me lo pedía, alguna opinión que sonara cool inventaría.

Mamá: Laila, estoy esperando el dinero. A Nana le urge hacerse el examen. Kimi me cedió una parte de la mesada paterna, solo me falta lo tuyo, y así podemos llegar a fin de mes. Avísame cuándo será, para organizarme.

Llegaría mucho más holgada de dinero a fin de mes si dejara de apostar en el casino.

Gruñí. Resoplé. Rabié. Conté hasta diez y le respondí antes de llamar a Kimi para distraerme unos minutos.

Laila: Ya pedí el adelanto. Te transferiré apenas reciba el pago.

Kimi contestó al tercer tono.

—¿Por qué me llamas tan temprano? ¿O por qué me llamas, más bien?

—Porque soy tu hermana.

—Ya no se usan las llamadas, anciana.

Por un momento pensé en trancarle, pero me causaba ilusión lo que quería contar.

—¿Qué harías si te digo que anoche Cyrus Von Stein estuvo en mi container, y que lo sometí al juego de la verdad?

Hubo una pausa.

—¿Qué? —arrastró la palabra—. Deja de decir estupideces, tengo sueño.

—No son estupideces. La antenoche me defendió en una discusión que tuve en el trabajo con…

eeeh, nadie importante. El punto es que al otro día fuimos por una cerveza que terminó con vodkas en mi container, y esta mañana desayunamos juntos.

Hasta lo ayudé con los diálogos, ¿qué te parece?

Tenías razón, es mucho más guapo en persona.

—Menos mal que no había nadie cerca, porque el tamaño de mi sonrisa era ridículo.

Hubo otra pausa.

—Estás esquizofrénica.

—¿Recuerdas que trabajo en rodajes de películas?

—Él no está en el reparto.

—Ahora sí lo está.

—No. Estás mintiéndome para reírte de mí. Pruébalo. Envíame una foto con él. —La histeria se filtró en su voz.

—No tengo, ¿crees que le tomaría fotos como una fan estúpida? Sabes que lo tengo prohibidísimo.

Si me pillaban tomándole una foto a un actor sin su consentimiento, no solo acabaría en la calle, sino que me llegaría una demanda millonaria.

—¡Eres una fan estúpida! ¿Cómo no vas a tomarle una foto?

—¡Tú eres la fan estúpida! —exclamé y luego eché un vistazo por encima de mi hombro—. Me dijo que era mejor que los lameculos de por aquí. No fue coqueto ni nada de eso, obviamente, solo le caigo bien, supongo.

Lo próximo que escuché fue un grito de Kimi, otros chillidos de rata loca, y luego una sarta de preguntas sobre Cyrus.

Antes de que le respondiera, Carli y sus frondosas cejas me ladraron para que me pusiera a trabajar.

—Tengo que irme.

—¡¡¡Dile que lo amo!!! ¡¡¡Y mándame la foto!!! ¡¡¡Tócale el culo!!! ¡¡¡Y si es una broma, no me hables nunca más...!!! —Le tranqué en plenos gritos.

—¿Muy ocupada? —habló la ácida de Carli—. ¿Deseas que te prepare un té, cielo?

—Mi turno comienza en media hora —refuté desdeñosa. La mirada de Carli me dio tanto miedo que hasta temí que se me contagiara su uniceja y mi buena disposición se renovó—. ¿Dónde me necesitas, jefa?

Carli abrió paso hacia la carpa de vestuario y señaló el interior con su dedo con esmalte a medio sacar.

—Allá voy —canturreé, balanceando el brazo.

Mi modo feliz se acabó cuando Bruno pasó por detrás de ella. El puerco se rio porque me estuvieran regañando. Si no fuera porque podrían despedirme y necesitaba el trabajo, me hubiera lanzado a rasguñarle esa cara altanera y pecosa que tenía.

—Será mejor que te apures —se mofó.

—¿Cómo estás de tu diarrea asquerosa? —contrataqué.

A juzgar por cómo se le borró la sonrisa, confirmé que el laxante había hecho efecto y el triunfo estalló dentro de mí.