5 Una cerveza fría
—Hemos follado cinco veces hoy —le comenté a Dante.
—Sí, ¿tienes quejas?
Era gracioso que lo preguntara porque, a pesar de tener marcas dolorosas en las muñecas y tobillos por haberme amordazado, no podía estar más satisfecha.
—En absoluto. —Le sonreí—. ¿Y tú? ¿Aburrido de ser el amo de una sumisa? —Moví las cejas.
Dante borró la diversión de su rostro en un pestañeo.
—No creo ser capaz de aburrirme de tenerte en mis brazos, Ferrera.
Esa fue la primera vez que Dante provocó cosquillas en mi corazón.
Mayo 2025
Mamá: Laila, necesito que pidas un adelanto. Tuve un imprevisto y Nana necesita realizarse un ecocardiograma esta semana.
«Imprevistos», así llamaba a sus repentinos ataques de alcoholismo. O a apostar mal en la ruleta del casino de juegos.
Después de la reconciliación en la oficina de Dante, me dediqué a etiquetar el vestuario. Gracias a las chicas del departamento de diseño me enteré de que Cyrus iba a interpretar a Maxon, el villano de la película. Es que con esa pinta tenía que ser así.
Me lo crucé casualmente cuando me dirigía a almorzar; se detuvo en seco al reconocerme y por poco nos estrellamos. Esta vez había sol. Mucho sol, y algunos reflejos más claros relucieron entre la oscuridad de su pelo.
Mi respiración se entrecortó y, antes de que él pudiera hablar, me adelanté:
—Perdón.
—¿Perdón? —Entrecerró los ojos.
—Eh, sí. Por el mal rato de ayer, y también por casi chocarte ahora.
No pude aguantar la intensidad de sus iris almíbar y mi mirada cayó al suelo. Cyrus no respondió hasta que levanté la vista otra vez.
—Me gustaría saber si ese payaso te hizo algo, porque hablaré con Richard y la producción podría demandarlo —habló tan tranquilo, tan normal, tan seguro de lo que decía, que me puso los pelos de punta.
¿Qué pasaba? ¿Por qué estaba tan preocupado? ¿Y quién demonios era Richard?
—Esto... —Le sonreí con una mueca—. De verdad no fue nada, solo una discusión que se agrandó más de lo que debía ser.
Me observó fijo durante lo que me pareció una eternidad.
—All right, love. —Hizo otra pausa en la que me quedé quieta y muda—. Si recuerdas que no fue así, búscame.
Siguió su camino encendiéndose un cigarro.
Bueno, todo muy normal.
Mi cabeza giró como la de un búho para apreciarlo a lo lejos; corrí la cara cuando él me espió por encima del hombro.
No podía creerlo. En mi corta vida ya había hablado con Cyrus, ese Cyrus, dos veces. Y me llamó «love» dos veces también.
El atardecer llegó rápido y bañó la arena y las suaves colinas del desierto de un color anaranjado intenso, donde aprovecharon de grabar una escena romántica entre Diane y Tyler. Al acabar, pasé por delante de uno de los sets para mañana y escuché una conversación en inglés.
No quería ser una metida, pero el que hablaba era Cyrus, y la intriga pudo conmigo. Me detuve y fingí ordenar cosas que ya estaban ordenadas en un carrito con maquillaje.
—You must control yourself. This is a great opportunity —decía Diane Hamilton, la actriz que estaba en pleno boom de su carrera—. Make the effort of your life. You never know, maybe this could get you an Oscar.
Hubo una pausa. Me dio la impresión de que Cyrus estaba fumando. Y yo estaba escuchando una conversación privada entre dos actores de Hollywood.
—They gave me the role because that jerk got fired —respondió Cyrus. Había algo rasposo en su voz que me encantaba, y para qué mencionar lo de su acento británico.
Cyrus se refería al que originalmente tenía su papel y que echaron de un rato para otro por un altercado con uno de los productores.
—But you're here now, not him. Show them that you were the best option from the beginning —lo instó Diane—. This will be good for your career, Cy.
¡Le hablaba coqueta!
—And we will share a lot of time together —agregó más coqueta aún.
Susurraron algo más y luego Cyrus salió al exterior de golpe.
Me pilló.
—Hola, hola —lo saludé cantarina, fingiendo estar muy concentrada en ordenar las cremas por tono, las cuales, para sorpresa de nadie, se me cayeron.
Ay, Dios.
—Hey —contestó pausado, mirándome largamente—, ¿sabes dónde puedo conseguir una cerveza, de casualidad? —preguntó en perfecto español.
—Cyrus? —Diane salió del set y solo volteó en mi dirección porque él lo estaba haciendo—. What are you doing? —lo interrogó confundida.
—Exactly what it looks like, tengo una conversación con la señorita Ferrera. —Si no fuera porque estaba muy serio, habría jurado que algún grado de diversión se coló en su tono.
Y guau, se acordaba de mi apellido.
—Ah, sí —reaccioné por fin—. Si no quieres irte a tu hotel, sé que en el comedor VIP guardan alcohol.
—¿Puedes mostrarme dónde es? —me pidió.
Diane puso los brazos como jarras y se giró en redondo hacia él.
—I can help you —le ofreció con un tono obvio.
—No, thanks. —Cyrus ni siquiera la miró—. ¿Señorita Ferrera?
El aire se puso incómodo.
—Claro, te mostraré —accedí en el modo más profesional que pude.
—Qué linda —murmuró Diane en un muy precario acento español con algo que pretendía ser una sonrisa y que me dio escalofríos.
Cyrus movió la barbilla para que avanzáramos. Dejé las bases en su sitio y me atusé el pelo lleno de arena en un intento de verme un poquito más decente.
Caminamos en un sorprendente cómodo silencio hacia el comedor VIP, donde comía el director, los productores, los escritores y los actores.
También Dante, el subgerente y otra gente importante.
Era domingo y el lugar se encontraba vacío; la cocinera organizaba cajas de barritas de proteína detrás del mesón.
—Aquí es. —Me detuve junto al comedor hecho de tabiques desarmables y plástico transparente.
—Genial, entremos.
—Eh, bueno, no, gracias, es que... yo no puedo entrar. —Apunté con el pulgar hacia otro lado—. Pero está todo bien, debo ir a descansar. Ojalá tengan cerveza ahí dentro, sino puedes culparme de hacerte perder el tiempo. Eeeh, que pases buena noche.
A pesar de mi repentina timidez, no estaba nerviosa. Raro. Rarísimo.
—Si te invito a entrar, es porque puedes entrar. —Empujó el plástico grueso—. A menos que estés muy cansada, o que no quieras.
Lo miré dudosa.
Cyrus curvó una comisura de su boca para formar una sonrisa ínfima pero arrasadora.
—¿Por qué sonríes? —quise saber.
—Por tu cara de conejo asustado. —Su sonrisa se expandió un poco más—. ¿No bebes alcohol?
—Eh, sí, sí tomo.
—¿No te gusta la cerveza? —Bajó la barbilla.
—Sí me gusta. —Mis respuestas eran dignas de una niña de cinco años. Caray.
—Entonces concédeme el honor de tomarte una conmigo. Sin presión —alzó ambas manos—, pero por favor.
Ese «concédeme el honor» medio irónico y su sincero «por favor» me hipnotizaron y me compraron. No lo pensé más y entré con él. Allí todos respetaban a los actores, y si él me invitaba a pasar, ¿por qué no? No era correcto rechazarlo. El trabajo de los cuyes era contentar a todos, ¿verdad?
Esa era la excusa que daría si Carli me pillaba ahí.
Nos acomodamos en la mesa de más al fondo. La señora cocinera se alteró mucho cuando vio a Cyrus. Se mostró amable, enérgica y dispuesta, y comenzó a ofrecernos todo tipo de bebidas.
Cyrus le dijo que no se preocupara, y él mismo fue a buscar dos cervezas frías. Casi le saca un grito de locura a la mujer por levantarle una caja del suelo que a ella se le hacía muy pesada. No podía culparla; Cyrus tenía ese aire misterioso que solía gustarnos a todos.
Dejó los botellines de cerveza abiertos sobre nuestra mesa, se sentó en la silla frente a mí y me miró con profundidad.
—Entonces, señorita Ferrera, me gustaría saber tu nombre.
—Laila. Con «i» latina.
—Laila con «i» latina. —Se acomodó de costado y abrió más las piernas—. ¿Cuál es tu rol aquí?
Me aclaré la garganta; cuando supiera mi labor, se arrepentiría de estar ahí conmigo.
—Soy una asistente cuye.
—¿Asistente cuye? —Frunció el ceño.
—Pues sí. Asistente de los asistentes de los asistentes.
—Ah. —No pareció importarle en absoluto—. Laila con «i» latina, te preguntaré algo incómodo, y me disculpo por eso, pero lo haré de todos modos. —Ladeó la cabeza—. ¿Cómo caíste en las manos de ese abusador?