Las huellas de Laila 4 La sombra que me defiende
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4 La sombra que me defiende

Mi mejor amiga saltó frente a mi nariz en medio de la selva. Surreal. Sus rulos parecían más grandes y salvajes con la humedad.

—¿Por qué no estás feliz? —Se preocupó al verme desconcertada.

—Estoy… ¡feliz! —Me lancé a abrazarla, sin creerlo aún—. ¿Qué haces aquí, Luna?

—Vine a trabajar de asistente como tú. ¿Pretendías dejarme sola en el pueblo? No podría sobrevivir a esa vida aburrida sin ti. —Nos separamos; ver su rostro sonriente y cálido me reconfortó.

—¿Por qué no me dijiste que postularías? —Le apreté las mejillas.

—Porque si no quedaba, te ibas a poner triste. —Me conocía bien—. Vi que el aviso de trabajo todavía estaba vigente y… aquí estoy. Tuve la suerte de quedar seleccionada. —Abrió y cerró los brazos.

—¡Esto es perfecto! Ahora todo será mejor. —Luna era mi segunda hermana, ese tipo de familia que escoges a medida que creces—. ¿Y tu trabajo en la ferretería de tu padre?

—Ay, se enojó cuando le dije que ya no trabajaría con él, pero ¿qué iba a hacer? Soy mayor de edad. Bonita, necesitaba salir de esa maldita ferretería. Sabes que siempre he querido viajar, y esto me sirve para conocer un poco el mundo. O Sudamérica al menos.

Dante pasó cerca de nosotras. El hombre en cuestión me lanzó una mirada ardiente con la que por poco mi sujetador se desata solo. Fue sutil, siempre tenía cuidado de no mirarme frente al personal, pero mi instinto animal rugió.

—¿Quién es ese? —Me codeó Luna.

—El señor Torms.

—El señor To… Espera, ¡¿el gerente general?! ¿El gerente de Torms de Alba te lanzó una mirada sexual?

—No fue una mirada sexual. —Resoplé.

—No puedes mentirme, ¡te conozco desde que usas pañales!

—Espera. —La alejé del resto de los asistentes. Luna tenía la boca abierta y el rostro lleno de perplejidad.

—Qué. Está. Pasando. Te dejo sola unas semanas y… —La llevé al baño, lejos de los oídos chismosos, y le conté todo.

Mayo 2025

Dante posó los ojos en la sombra que yo todavía no me volteaba a mirar; temía que fuera alguien de la empresa y me reconociera.

—Esta es una conversación privada —declaró Dante con la mandíbula rígida.

—Por supuesto, lo siento… Oh, espera, no me importa. —La ironía destacó en el desconocido—. ¿De verdad quieres vivir con un brazo menos? Porque te estás tardando en soltarla.

Su acento no era del todo sudamericano. Para mi tranquilidad, no era nadie de la empresa TdA propiamente tal, por lo que era casi imposible que supiera quién era yo.

Me giré cuando Dante se situó delante de mí y me liberó.

Tuve que pestañear unas diez veces para procesar lo que veía.

Le sacaba por lo menos diez centímetros a Dante, tenía el pelo negro y unos ojos almíbar en degradé que se veían iluminados incluso de noche. Tenía las manos en los bolsillos de su chaqueta, como si no pasara nada.

—Hey, are you all right? —me preguntó Cyrus Von Stein con su acento británico, desatando un tipo de electricidad que cambió la química de mi cerebro.

La concha de la lora.

Cyrus Von Stein.

El mismísimo Cyrus. Von. Stein.

Era medianamente famoso por su impecable papel de asesino en una mini serie del año anterior. Pude reconocerlo perfecto gracias a que mi hermana era su fan. Por esa misma razón también sabía que su madre fue latina y que su padre era británico, por lo que hablaba ambos idiomas con fluidez.

—Sí… estoy bien —contesté temblorosa.

Cyrus ladeó la cabeza. Su mandíbula marcada, su altura y su amenaza previa lo convertían en un tipo rudo de manual.

—La señorita Ferrera y yo resolvíamos una situación profesional —interrumpió Dante—. Como te dije, es privado. Te invito a retirarte.

La mirada del actor se intensificó.

—Tu invitación me la paso por los huevos. Cuando una mujer te dice que la sueltes, la malditamente sueltas en ese segundo.

Diosito y Jesús. Temí estar soñando.

«Laila, a ti sí que te pasan cosas sorprendentes».

—Céntrate en tu trabajo y deja que los demás hagamos el nuestro —le refutó Dante sin intimidación alguna—.

De todos modos —le dio un repaso despectivo—, Frank dijo que no te veríamos hasta mañana.

Puedes ver si es que te aceptan en el hotel.

Aunque, como dije, no te esperan hasta mañana. Tal vez tengas que dormir en el suelo.

—No necesito dormir cuando tengo la posibilidad de romperle la cara a un imbécil —contestó el actor, esbozando una sonrisa falsa.

—No sabes de lo que hablas. Todavía no es ni tu primer día y ya estás causando conflictos. Intenta lo que quieras y me aseguraré de que no te vuelvan a contratar en tu vida.

—Es suficiente. —Me interpuse entre los dos, por fin saliendo de mi estupor—. Ya pasó. Todo está bien. Respiremos.

Yo necesitaba respirar.

Cyrus Von Stein me estaba defendiendo.

En la oscuridad. En el desierto. Al lado de un container.

Estaba a medio segundo de golpear a Dante; podía anticiparlo por sus puños cerrados y su mirada decidida.

Era el mismo Cyrus por el cual mi hermana escribía fanfics.

Cyrus quitó los ojos de Dante para volver a mí. Gracias al maldito Satanás (o quién fuera que controlaba a ese hombre), no se entregó a la violencia.

Escuché a Dante suspirar antes de decir:

—Señorita Ferrera, por favor, váyase a su dormitorio antes de que este tipo se descontrole y tenga que llamar a seguridad —me ordenó en un tono mucho más suave del que usó durante nuestra discusión.

Y «dormitorio» era una palabra muy elegante para referirse a mi caja de metal minúscula.

—No hace falta llamar a nadie, ahora me voy —aseguré. No quería crear más problemas—. Buenas noches.

—Oye —me llamó Cyrus, ignorando las últimas palabras de Dante—, ¿segura de que estás bien?

—Ajá. Todo perfecto.

—De acuerdo. —Se quedó allí, esperando que nos moviéramos. Clavó los ojos en Dante, así que tal vez estaba asegurándose de que él se fuera.

Hervía por tomarle una foto para enviársela a mi hermana. Hasta olvidé lo desgraciado que había sido Dante. Pero habría sido muy, muy inadecuado hacer una foto justo en ese momento.

—La veo mañana, señorita Ferrera —zanjó Dante cuando se le agotó la paciencia. A continuación, se metió a su oficina y cerró la puerta.

Y ya.

Se metió a su oficina y ya. Me dejó ahí con el actor sin siquiera disculparse.

Qué maldita vergüenza.

Cyrus botó aire por la boca, fue como una carcajada ruda.

—Night, love.

—Gracias, good night —contesté con un acento horrible. Mi agradecimiento fue ridículamente insuficiente.

Cyrus agitó dos dedos en el aire en gesto de «de nada» y se marchó.

Esa noche Dante no fue a mi container, ni me envió un mensaje, ni hizo absolutamente nada más que quedar como un idiota.

Le conté a Luna por la mañana lo que pasó con Dante y, como era de esperarse, enloqueció y prometió que lo denunciaría en un número anónimo de maltrato femenino si volvía a forcejear conmigo.

Pero enloqueció el doble al enterarse de que había conocido a... bueno, a Cyrus Von Stein, que este era el nuevo actor del reparto, y que ese mismo Cyrus había amenazado a Dante con arrancarle el brazo.

Vaya. Todavía se me hacía difícil creer que eso hubiese ocurrido de verdad.

—¡¿Estás segura de que era él?! —me interrogó histérica.

Me hizo contarle todo tres veces, incluyendo los detalles de las expresiones faciales y los tonos de voces, mientras le revisaba la cuenta de Instagram.

Después de eso, y aunque Luna quisiera matarme, yo debía hablar con Dante por lo de ayer. Seguía enojada y dolida; él debía entender que esas actitudes eran inaceptables y no tenían justificación, o de lo contrario nuestro acuerdo llegaría a su fin.

«Cada vez será más difícil alejarte de ese tóxico», dijo Luna. Según ella, debía buscar a Cyrus y darle conversación. Lo cual, por supuesto, no haría jamás.

Era domingo y los actores tenían libre; solo trabajaban los que preparaban las escenografías.

A lo lejos, en una carpa abierta, atisbé a Cyrus hablando con Frank, el director. Llevaba pantalones y camiseta grises, sin chaqueta. Noté que tenía las venas marcadas en el antebrazo, y que fumaba.

Era un hábito asqueroso y no me gustaban los hombres que fumaban, pero por la madre de todo lo humano, ¿por qué los hombres con esa energía tenían que volverse tan atractivos solo por llevarse un cáncer pulmonar a los labios?

Quizás el hecho de que me defendió la noche anterior me estaba nublando el juicio. Toda esa protección elevaba las hormonas de cualquier mujer. Nunca lo encontré demasiado guapo cuando mi hermana me lo mostraba en fotos. En cambio, viéndolo en persona, estaba más bueno que un churro relleno.

Seguramente estaba poniéndose al día con lecturas de guion y ese tipo de cosas que se perdió por unirse al elenco en el último momento.

Me alejé antes de que Cyrus me reconociera a la distancia, y luego me presenté en la oficina de Dante. Me aseguré de que estuviese solo antes de entrar sin tocar.

Lo encontré trabajando en su computador, y ni siquiera levantó la cabeza.

Estúpido papanatas.

Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Vengo a pedirte que me devuelvas las llaves que tienes de mi container y que no vuelvas a dirigirme la palabra —solté eso con más convicción de la que sentía y me dejé caer en la silla frente a él en un movimiento brusco.

Dante bajó la pantalla de su computador y subió sus fríos ojos azules hasta mi cara. Entrelazó los dedos de las manos frente a su boca.

—Lo que hiciste en ese video estuvo mal y lo sabes —comenzó.

—Bien. Adiós. —Tomé impulso para irme.

—Espera —me detuvo—. No quise llamarte fácil.

—Llamarme una cualquiera —le recordé explícitamente. Inhaló brusco.

—Me sentí traicionado y no pensé bien la elección de palabras.

—Que estés enojado no te da derecho a tratarme mal ni a agarrarme a la fuerza, eso es inconcebible. Es de abusador. De un bruto insensible que luego terminará denunciado. —La parte estúpida de mí fantaseaba con que me pidiera perdón de rodillas.

Me urgía terapia.

—Tienes razón. —Sus facciones se suavizaron—. No volverá a ocurrir.

—Un mensaje con una disculpa anoche hubiera sido más adecuado de tu parte. Y mucho más valioso en vez de tener que buscarlo yo.

Se levantó lento, rodeó su escritorio y apoyó su trasero en el borde de este, tal como la noche anterior. Dejé de respirar con tal de no sucumbir ante su perfume.

—No solo un mensaje, debí pasarme por tu container.

—Su mirada fría ahora ardía seductoramente—.

Debí dormir contigo, abrazarte por detrás y besarte hasta que se te olvidara todo.

Me di cuenta de eso hoy al despertar, pero amanecimos con otros inconvenientes y tuve que solucionarlos. Planeaba buscarte durante la tarde.

Intenté hacerme la fuerte y mandé un mechón de pelo a mi espalda.

—No es mi culpa que no asumas tus gustos y que elijas esconderte —proseguí para sacar lo que tenía atorado—.

Tus secretos no son mi responsabilidad y no es justo tener que hacer lo que sea para mantener tu imagen de Don Perfecto.

Y no quiero que me tomes nunca más si te estoy diciendo que me sueltes.

Tampoco es que te crea mucho que me ibas a buscar en la tarde, así que esta es la última oportunidad de mantener lo que tenemos, Torms.

Dante estiró la mano para acariciarme la mejilla. Ese pequeño y bendito roce disparó chispas en mí.

—¿Me estás dando un ultimátum, señorita Ferrera?

—Tómalo como quieras. Fuiste grosero y violento. —Me puse de pie, haciendo caer su mano—. La próxima vez que me toques cuando te diga que no, se acaba todo.

Antes de que pudiera alejarme, sus enormes manos me atajaron de las caderas.

—¿Y ahora quieres que te toque?

Le puse mala cara.

—Lo que te acabo de decir es serio.

—Y mi pregunta también.

—Este problema comenzó porque fuiste descuidado al ir a verme. Nos habríamos ahorrado todo si fuésemos novios de verdad. A nadie le parecería extraño vernos juntos.

Dante se mordió el labio superior. Sus dedos ejercieron presión en mis muslos y me llevó hacia él. Cuando me tuvo cerca, metió sus rodillas entre las mías.

No sé cómo acabé de piernas abiertas contra él y con mis manos acariciándole el pelo de la nuca.

—Tal vez tengas razón, deberíamos serlo. Ahora déjame compensarte —susurró antes de comerme la boca. Su lengua tomó posesión de la mía, y el fuego entre nosotros se encendió como si yo fuera gasolina y él un fósforo.

¿Qué me pasaba con este hombre? Era adicta a sus besos.

Sus manos volaron al borde de mi camiseta y la sacó por mi cabeza. Le desabroché a la carrera los botones de su camisa y la empujé hacia atrás. Él sacó los brazos con desesperación, besándome el cuello. Nuestras respiraciones rápidas y entrecortadas envolvieron el ambiente de su oficina.

Se abrió el pantalón, yo lo empujé hacia abajo y se lo terminé de sacar con el pie. Mi mano voló a la notoria erección dentro de sus boxers y se la acaricié con ganas. Echó la cabeza hacia atrás y liberó un ruido gutural.

—Todavía no te he dicho que me toques, Ferrera —gruñó. Le resoplé—. Insolente.

Alcanzó su camisa y utilizó las mangas de esta para atarme las manos. La excitación escaló de nivel; ya estaba completamente húmeda.

Me tomó por la cintura para poner mi pecho contra el escritorio, dejándome de espaldas a él. Me bajó los pantalones a tirones, agarró mis caderas y me levantó el culo tan arriba que tuve que ponerme de puntillas.

—¿Qué acabas de hacer? —desafió antes de que su mano se azotara contra mi culo.

—¡Ah! —gemí de dolor y placer.

Mi cráneo ardió cuando me tiró el cabello y me dio otra nalgada feroz.

—¡Ay!

Esto sí. Aquí sí que me gustaba la violencia.

—Responde.

—¡Te resoplé!

Me arqueé cuando tomó mis bragas y las deslizó por mis piernas.

—La próxima vez te dejaré el culo morado. —Me acarició el músculo adolorido. Luego metió dos dedos entre mis pliegues y los hundió dentro de mí—. Ahora dime qué quieres.

—Que me des duro —me las arreglé para pronunciar mientras mi humedad bañaba sus dedos.

Eso fue todo lo que necesitó para ponerse un condón que sacó de un cajón y, sin cuidado, me penetró hasta el fondo.