Las huellas de Laila 3 El video
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3 El video

En una localización particular en la selva, me tocó compartir cabaña con otras seis chicas. Un día, después de trabajar, un ramo de rosas rojas me esperaba sobre mi cama.

Mis colegas se pusieron como locas y me quitaron la tarjeta antes de que pudiera leerla. Para mi alivio, el remitente no puso su nombre.

No me esperaba un detalle así después de nuestra primera noche juntos. La nota, tan simple y críptica, le provocó tirones a mi vientre.

A las once de la noche perdí la cuenta de los chupitos de tequila.

Tenía aguante con el alcohol gracias a que Nana me enseñó a tomar vino desde pequeñita para crear resistencia, o eso decía ella en esa época, pero el tequila mexicano podía conmigo.

Me mareaba, me envalentonaba y me hacía querer más.

El calor de las llamas calentaba mis pies mientras todos nos acomodamos en sillas de la producción alrededor de la fogata.

Esa noche me esmeré un poquito más en mi apariencia; quizá para mí misma, quizá porque vería a Dante por tercera velada consecutiva.

Mis labios estaban cubiertos de un rojo oscuro y mi pelo caía en ondas cobrizas más allá de mis pechos.

Luna era otra guapa con sus pantalones anchos de varios colores y su sujetador tejido a crochet color lila.

Ya habíamos jugado a la pirámide con los naipes, lo cual acabó dejando ebrio a la mayoría.

Bruno pasó por ahí, llevando bajo el brazo a una pelirroja de las de maquillaje. Sus ojos oscuros escrutaron a Luna de arriba abajo para provocar que ella lo mirara también.

Descerebrado infeliz.

Jugábamos a verdad o reto cuando Cristina me lanzó su pregunta:

—Laila, ¿te has metido con alguien de la producción? —Sus labios ebrios se movieron con el veneno digno de una víbora.

—Reto —respondí sin dudarlo.

Emitieron un «uuuuh» general.

—Que te beses con Vico.

Vico. Vico era el más bonito de los cuyes. Tenía pelo negro largo, ojos cafés, era alto y tenía unos bíceps marcados y redondos. Era amable y se hacía el tierno, sin embargo, yo sabía que era todo un rompecorazones entre las chicas más jóvenes de la producción. Creo que solo tenía veintidós.

—¡Eso! —aulló Luna.

Vico se levantó y balanceó los brazos a los costados, esperándome.

Y bueno... Allá iba.

Quisiera decir que los chupitos de tequila me hicieron caminar hacia él moviendo las caderas y sacando pecho, pero en el fondo fue porque Cristina me tenía hasta los ovarios con sus indirectas.

Le mostraría que era soltera, feliz y libre.

No dejaría que ella descubriera mi secreto y lo arruinara todo.

Los ojos de Vico titilaron coquetos cuando apoyé los dedos en sus hombros. Sus manos fueron directas a anclarse en mis caderas.

—No te pongas nervioso y no sudes —me burlé.

Nuestros espectadores se rieron ansiosos, y a modo de salvar su orgullo, Vico bajó más las manos.

Acercó su cara y cerró su boca sobre la mía sin darme la oportunidad de prepararme. Sus labios eran suaves, rellenos y besaban bien. Menos mal no tenía mal aliento, solo sabía a alcohol.

Quise que el beso durara poco, pero Vico metió su lengua en mi boca y nos vitorearon. Tuve que abrir los ojos y retroceder.

El grupo entero aclamó. Cristina asintió satisfecha, haciéndose la tonta. Algunos tenían las cámaras de sus teléfonos apuntándonos, cosa que me dio igual gracias al tequila en mi sangre.

Dejé que otra chica tomara mi turno de hacerle la pregunta a alguien y le pedí a Luna que me acompañara al baño.

—Cristina lo sabe —anuncié con urgencia.

—¿De qué estamos hablando? —Me miró con ojos turbios a través del espejo.

—Lo mío con Dante. Cristina lo sabe —susurré. Luna arrugó el ceño, la boca, y luego toda la cara.

—No creo... No —balbuceó.

—Anoche lo vio entrar al container, y no me ha dado tregua con sus indirectas. —Me arreglé el pelo al ver que lo tenía despeinado.

—Bueno, no pasa nada, llevan más de dos años juntos.

—Sí pasa, si el personal se entera, será un adiós al sexo divino. —Y adiós Dante, porque me importaba más él que solo el sexo. Esa lamentable verdad me la guardé solo para mí.

—Hablaré con ella e intentaré sacarle mentira por verdad, a ver qué sabe —ofreció mi amiga.

—Preferiría que no. Podría confirmarle las sospechas.

Un mensaje en mi teléfono nos cortó la conversación. Aproveché de ver la hora, eran recién las once y cuarto.

Dante: A mi oficina.

Dante: Ahora.

—¡Ay, no!

Luna asomó la cabeza por encima de mi hombro.

—¡¿Qué se cree dándote ordenes tan tarde?! ¡A esta hora no es tu jefe!

—Mierda. Mierda y media —mascullé al ver que estaba en línea.

Algún colega cuye debió enviar el video del beso al grupo de WhatsApp de la producción. Era normal; el día anterior recibimos uno de cómo una maquilladora se tragaba un corto de ron poniendo todo el borde del vaso dentro de su boca.

—Mierda nada. Mierda él. No le respondas y regresemos a la fogata —resolvió Luna.

—Tengo que ir. —Mi espalda comenzó a sudar.

Luna siguió insistiendo con que no fuera, pero es que debía ir, o Dante sería capaz de despertar a Carli solo para que me fuera a buscar a la fogata y me llevara a su oficina con la excusa de «temas laborables».

Me tomó cinco minutos llegar hasta su puerta. Me repasé el labial para verme más compuesta y entré sin tocar, con mi mejor cara de sobria.

Se había cambiado de ropa; estaba con su conjunto deportivo que lo hacía verse casual, irresistible, y Dios mío, la forma en que se le marcaba ese pantalón de algodón al estar de pie...

—Ferrera —me llamó cuando yo tenía los ojos puestos en su paquete.

—Querido señor Torms —le sonreí para aligerar el ambiente—, si es por lo del video...

—Es exactamente por eso. —Lanzó el lápiz que tenía en la mano sobre el escritorio.

—Fue por salvarnos —me adelanté.

Dante entornó los ojos y, de forma muy pausada, rodeó el gran escritorio antes de apoyar el trasero en su parte frontal. Me convertí en un corderito acorralado por un lobo.

Virgencita, qué lindo estaba.

«Concéntrate».

—Por salvarnos. —Asintió con expresión gélida.

—Una chica sospechaba de nosotros, y me hinchó las bolas, las que no tengo, durante todo el día, entonces quería demostrarle que yo...

—¿Qué? —me cortó a secas—. ¿Acabas de decir que una chica sospecha? —Movió su dedo de mí hacia él y viceversa.

—Te vio entrando en mi container anoche. —Tragué saliva—. Fue tu culpa por ser tan descuidado.

—¿Y por eso te besas con un pobre imbécil? ¿No pudiste arreglar el asunto como una adulta?

Mi sonrisa se hizo menos sincera y las venas comenzaron a picarme.

—No puedes enfadarte. Hice lo que debía para proteger nuestro secreto. Deberías agradecerme, Torms.

—No me hables en ese tono, Ferrera.

—Y te recuerdo —proseguí, ignorando su advertencia— que lo nuestro es algo casi meramente sexual. No deberías enfadarte por un beso actuado.

—La exclusividad es una de las reglas —marcó la segunda palabra con los dientes—. No me interesa estar con una mujer que se besa con uno y otro, y que se abre de piernas como una cualquiera.

Mi cara desfigurada debió desconcertarlo y se mostró arrepentido inmediatamente después.

—No es lo que quería decir.

—Ah, no, yo te entendí bien. —Me di media vuelta hacia la puerta—. ¡Prácticamente me acabas de llamar prostituta! Vete a la mierda, Torms.

—Me refería a otra cosa. —Abandonó su escritorio para seguirme—. No me des la espalda cuando te hablo.

Me detuve afuera de su oficina; a esas horas ya no andaba nadie, y de todos modos estaba demasiado molesta como para que me importara el estar expuestos.

—¿A qué otra cosa, ah? —Lo enfrenté con fuego de fiera—. ¿Sabes qué? Si fuese prostituta, tendrías que pagarme bastante bien para dejar que me hagas todo lo que me haces, ¡porque no sería una prostituta barata!

Dante me tomó del brazo y me retuvo.

—Baja la voz —siseó con dureza—. Entiende de una vez que no te compartiré con otros. Te quiero solo para mí, o no te quiero en absoluto.

Solté una carcajada seca.

—Bah, qué tonta, cómo no me di cuenta antes de tu gran compromiso con nuestra relación. —No pareció entender mi ironía—. ¡Me quieres tan sooolo para ti que ni tus amigos pueden saber que existo! ¡Solo me necesitas bajo tu cuerpo y entre cuatro paredes!

—Ferrera, no sigas —dijo con advertencia. Tiré de mi brazo para liberarme—. Deja de gritar o no te gustará el castigo. Hablo en serio.

—Suéltame, por favor.

—No.

—¡Suéltame!

—¡No te soltaré hasta que te calmes, mierda! —bramó tan duro que me quedé estupefacta.

¿Quién se creía que era?

—Una cosa son los insultos y que me inmovilices en la cama, Dante, pero fuera de ella no puedes tratarme de esta manera.

—Te trato como yo quiera. Eres mía.

—¡¿Estás demente?! ¡Eres un abusivo!

—¡Baja la voz!

—¡Déjame o te pateo las bolas!

Nuestra discusión quedó en el aire cuando una sombra se detuvo detrás de mí, y los ojos de Dante volaron por encima de mi hombro.

—O le quitas las manos de encima —masculló esa sombra—, o te arranco el puto brazo.