Las huellas de Laila 2
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CAMBIOS DE ÚLTIMO MINUTO

Abrí la caja que Dante me entregó y mis cejas se dispararon hacia arriba. No sabía si reírme, excitarme o tener miedo. O todas las anteriores.

—¿Qué es todo esto?

—Lo mejor para satisfacerte.

Elevé uno de los artículos: un látigo de varias cuerdas. Con la otra mano saqué un collar, como de perro, ¡solo que era para mí!

Me mordí el labio inferior y un revoloteo cálido se desató en mi vientre.

—Si te parece demasiado, comenzaremos con lo suave hasta que te acostumbres. —Dante se acomodó en su silla de jefe y entrelazó sus dedos en el regazo.

Me había llamado a su oficina por temas laborales. ¡Esta reunión no podía estar más lejos de temas laborales! Lo único relacionado con el trabajo era que él mandaba y yo obedecía, y con gusto.

—No. —Guardé los artículos en la caja.

—¿No?

—No quiero empezar por lo suave. —Curvé los labios e, irónicamente, la sonrisa fría y acechante que me devolvió me calentó hasta los huesos.

Mayo 2025

El segundo día amaneció fresco; la brisa otoñal del desierto me erizó la piel.

Pero no me hacía falta el calor y nada me quitaba la felicidad.

Tenía ojeras por lo poco que había dormido otra vez, y me dolían hasta las vísceras por las embestidas incesantes, pero lo había valido, porque Dante era la versión mortal de un dios del sexo.

—Oye, Laila, podría jurar que vi al jefe entrar en tu container anoche —saltó la voz de Cristina, una de mis colegas, mientras ordenábamos un juego de cables de sonido.

—¿Cómo? ¿A cuál jefe? —fingí desinterés. El corazón empezó a latirme deprisa.

—Al jefe de los jefes.

—¡¿Qué cosa?! ¿Al señor Torms? —Resoplé una risa, terminando de enrollar unos cables—. ¿Qué podría hacer el gerente general en un container?

Cristina se encogió de hombros.

—Pues dime tú.

Resoplé otra vez, más fuerte.

—¡¿Estás loca?! Gracias por elevarme la autoestima. Ya quisiera yo estar con alguien como él. Es lo que pido en las cartas de navidad de cada año: un hombre guapo, rico y elegante —inventé cualquier cosa.

Nadie, absolutamente nadie (excepto Luna) podía saber que Dante y yo teníamos encuentros sexuales.

Primero, porque él ya había dejado en claro que no correspondía que dos personas dentro de la empresa tuviesen una relación ocasional, donde él estaba en el tope de la jerarquía y yo en lo más bajo.

Segundo, porque su familia, los Torms de Alba, sufrirían ataques cardiacos colectivos si se enteraran de que el importante y prodigio Dante Torms tenía una relación extraoficial con una cuye.

Sus padres le presentaban a las que consideraban las solteras más convenientes de todo Sudamérica, algunas de Estados Unidos, y otras de Europa, pero Dante las rechazaba.

Según yo, Dante era víctima del perfeccionismo con el que suelen presionar esas familias y, en realidad, él deseaba otro tipo de vida.

A su madre se le caería el pelo de la desilusión si se enterara que mantenía una relación sexual con alguien como yo; alguien sin una familia prestigiosa, sin una empresa en sus manos y sin una mansión para vivir.

Y su padre... Imposible saber lo que le diría ese hombre, conocido como uno de los empresarios más rígidos del continente.

No hablábamos mucho del tema con Dante, pero yo tampoco era ilusa.

—Laila, espabila —chasqueó Luna.

—Las de maquillaje necesitan que ordenemos las bases y las sombras —apremió Cristina.

Tenía que hablar con Dante para que fuera más cuidadoso y discreto a la hora de acercarse a mi container.

Tyler y Diane grababan una escena intensa de acción.

Los de estilo se encontraban listos para saltar hacia ellos en caso de ser necesario.

Los de vestuario poco menos tenían las agujas con hilo en la boca.

El director tenía el puño contra los dientes, concentrado en las pantallas, analizando lo que captaban las cámaras.

Y metros más allá estaba Dante, acompañado de dos productores y con su teléfono en mano.

Se me escapó un suspiro de solo mirarlo. Mis piernas se volvieron gelatina al recordar su pelo claro entre mis muslos la noche anterior.

Ese hombre me tenía en la palma de su mano y no lo valoraba lo suficiente.

Hicieron una pausa para almorzar después de una fuerte discusión entre Tyler y el director. El actor francés quería hacer las cosas a su manera, por lo que Frank gritó en inglés que nos diéramos un descanso.

Usé ese mini receso para escabullirme a la oficina de Dante —que era otro container, dos veces más grande que el que compartía con Luna—, y me detuve antes de entrar tras percatarme de que no estaba solo.

Me puse bajo una ventana abierta para escuchar, cual rata chismosa. Algo pasaba en la producción desde ayer y yo quería saber qué era.

—Es nuestra mejor opción. —Era el director, Frank—. Nos va a salir menos caro, incluso. Valdrá la pena traerlo. Ya me decidí.

—Si tú estás seguro, hombre, es tu película. Yo estoy para ayudarlos —le respondió Dante en tono profesional y dispuesto—. Arreglaremos todo para que se integre al elenco de la forma más cómoda posible.

Tan serio y compuesto que era en el trabajo. Si supiesen cómo era en la cama...

—Para que sepas, hay que manejarlo con cautela —continuó Frank—.

Tiene un carácter difícil y es algo introvertido, pero su padre lo puso frente a las cámaras antes de que aprendiera a caminar y sabe lo que hace.

Tiene bastante talento. Es el mejor reemplazo posible, siempre y cuando no lo hagamos enojar antes de que firme el contrato.

—Lo importante es que tú estes contento con esta decisión —respondió Dante en un tono optimista que le quedaba rarito.

—Lo estoy. Su agente dijo que probablemente llegue mañana por la mañana y el equipo legal lo hará firmar cuanto antes para que no se eche para atrás.

—¡Laila! —escuché gritar a Luna a metros más allá—. ¡Laila!

Agité mi mano para que cerrara la boca y me escapé serpenteando rápido entre los containers ejecutivos para que Dante no me pillara espiándolo si es que se asomaba por la ventana.

—¿Tenías que gritar así? —gruñí al alcanzarla—. Estaba enterándome del chisme.

—Oh, lamento haber interrumpido tu misión, agente 007, ahora dime, ¿qué alcanzaste a escuchar?

—Casi nada, si te pusiste a gritarme como oveja pariendo.

Luna se rio falso.

—Como oveja gritarás tú en la cama con el estirado… —Ver al maldito de su ex, Bruno, caminando cerca de nosotras hizo que se le apagara la voz.

Mis ojos fingieron tener el poder de asesinarlo durante unos segundos, hasta que se alejó lo suficiente.

—¿Para qué me llamabas? —intenté distraerla.

Luna pestañeó y se concentró en mí con mucha fuerza de voluntad.

—Porque es sábado. No hay filmaciones hasta el lunes, solo arreglo de escenografía mañana, y eso quiere decir que haremos una fogata cuye. —Meneó las caderas.

Rumba. Fiesta. Tomadera. Carrete; como quisieran llamarlo en Sudamérica. Eso era lo que necesitaba: alcohol en las venas. Habíamos tenido un comienzo de rodaje muy extenuante.

El sonido de mi teléfono me distrajo.

Dante: ¿Estabas cerca de mi oficina? Escuché tu nombre.

Dante: Nos veremos esta noche. Ponte el conjunto rojo que te compré.

Luna pegó un resoplido de fastidio y se dio la vuelta.

Laila: Estaba por ahí buscando algo que me pidieron.

Laila: Hum, esta noche no podré. Sorry.

Escribiendo... En Línea. Escribiendo...

Dante: ¿Qué tienes que hacer?

Estaba segura de que necesitaba terapia, porque el señor posesivo me encantaba.

Laila: Los cuyes haremos una fogata.

Dante: Me cambias por una tropa de empleados aburridos. Haces que me pique la mano, señorita Ferrera.

Me mordí el labio, disfrutando de su amenaza sexual.

Laila: Será un rato, señor Torms. Pásate a la media noche. Estaré de vuelta y podrás drenar tu enojo. Jiji ;).

Dante: ¿Echarás a la hippie?

Por fortuna, Luna estaba muy ocupaba en su propio teléfono organizando lo de esa noche como para estar mirando mi pantalla y descubrir el apodo que le tenía Dante. Se odiaban entre sí y jamás se habían hablado cara a cara.

Laila: No te preocupes por LUNA.

Dante: Tómate un analgésico, lo necesitarás.

Madre de Dios. ¿Cómo había acabado siendo la sumisa de mi jefe? No, la sumisa del jefe de mis jefes.

Laila: Oye, ¿Va todo bien con la película? He escuchado algunos rumores.

Dante: Tuvieron que encontrar un reemplazo para el actor que renunció, nada de lo que tengas que preocuparte. Tú solo debes cumplir con tus tareas y hacerme sentir mejor más tarde. Los rumores son para gente con mucho tiempo libre.

—Listo, Cristina se consiguió tequila en el pueblo. ¡Noche de intoxicación! —Luna me dio una fuerte palmada en el culo.