Las huellas de Laila 1 Café con veneno
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1 Café con veneno

Sus ojos fríos como el acero se clavaron en mi boca al acariciarme la mejilla con el pulgar. No fue un toque suave ni tierno; era la caricia de un depredador. Un dominante.

—Una relación prohibida me parece mucho más excitante y trae menos problemas en la empresa, señorita Ferrera. Mejor será que mantengamos esto en secreto. ¿Estás de acuerdo con esa regla?

—Sí… Sí. Mantenerla en secreto por un tiempo me parece bien —contesté embobada. Húmeda. Excitada. Sin creer que estuviera negociando un acuerdo sexual con un hombre como él.

—Regla número dos: solo se tratará de follar. No esperes nada más, porque no lo habrá.

—No espero nada más.

Se relamió los labios con una lentitud que me hizo temblar.

—Última regla: exclusividad.

—Acepto. —Mi cuerpo se inclinó por inercia hacia él.

—Buena chica. —Me pasó el dedo por los labios.

Mayo 2025

Los molestos granos de arena en mis zapatos quedaron en segundo plano por la zona adolorida de mi trasero.

—¿Se enteraron del cambio de último minuto? —murmuró un camarógrafo mientras desenrollaba unos cables.

La pesada carga laboral del primer día de rodaje no evitaba que los susurros chismosos se colaran por aquí y por allá.

El primer día de rodaje de Raxatar.

—Dicen que el nuevo actor está metido en líos legales —aseguró una chica del departamento de vestuario.

Un gruñido de nuestra supervisora nos obligó a trabajar en silencio.

Como era el primer día de rodaje, estaría allí el gerente general de la empresa: Dante Torms de Alba.

Su familia era una de esas con apellidos bonitos que lograron su fortuna después de emigrar desde Europa hace varias generaciones.

Dante era un jefe estricto y tajante, por esa razón los supervisores estaban histéricos cerciorándose de que los asistentes cumpliéramos con nuestro trabajo.

Los asistentes de producción éramos muy necesarios, pero a la vez muy reemplazables.

La lista de espera para firmar contrato en TdA era de al menos veinte hojas de Excel.

¿Quién no desearía trabajar donde se hacían realidad lo que miles de personas luego veían en una pantalla gigante?

Si cometías un error, no les costaba nada echarte y buscar al siguiente.

No podías sacar el teléfono por más de dos segundos durante los rodajes de escenas, y si tomabas una foto a algo relacionado con la película, se tardaban medio suspiro en dejarte en la calle.

—¿Cómo lograron encontrar un reemplazo tan rápido para un papel así de importante? —cuestionó una maquilladora.

—El nuevo es hijo de un productor famoso, seguro que eso facilitó las cosas —le aseguró su colega, apilando unas paletas de sombra de ojos.

—Aún no lo han confirmado, no tenemos certeza de que sea él —replicó una cocinera, trasladando dos enormes costales de harina a la cocina del recinto.

Mi contrato señalaba que mis tareas consistían en asistir durante el rodaje, lo que en la práctica significaba cumplir con lo que se les viniera en gana a los jefes. Como lustrar los zapatos de los actores, que era lo que hacía en ese instante.

Teníamos prohibido molestar o acercarnos a los actores importantes. Yo era la asistente del asistente del asistente. Una cuye, así nos autodenominábamos los últimos de la cadena alimenticia dentro de la producción de una película.

Viajábamos de país en país dentro de Sudamérica en época de rodajes, invadiendo los mejores paisajes, y esta vez las grabaciones comenzaban en el desierto.

Aquella mañana los asistentes ansiaban conocer —de lejos— a los protagonistas de Raxatar.

Pero yo me encontraba ansiosa por alguien más. Alguien más cercano e incluso más atractivo. Alguien que me ponía la piel de gallina cada vez que lo veía. Treinta y un años, seis más que yo. Mis hormonas temblaban apenas ese hombre ponía un pie dentro del lugar.

Su pelo claro siempre estaba peinado de una manera elegante sin estar engomado; parecía un modelo de Calvin Klein. Sus ojos eran más azules que un mar veraniego. Y para qué hablar de las horas de ejercicio que le invertía a su cuerpo.

Hubo una distracción general cuando llegaron los protagonistas.

Reconocí a Diane Hamilton, la actriz estadounidense; una rubia de ojos verdes eléctricos con millones de seguidores.

A su lado fumaba Tyler Deloux, un francés de piel oscura que desde el año pasado traía suspirando a la mitad del planeta.

Mientras los asistentes de Torms de Alba revoloteaban en torno a ellos antes de que se metieran a sus remolques, yo usé ese efímero descanso para buscar al que de verdad me interesaba.

Después de quitarme los zapatos para botar los kilos de arena que tenía acumulados, lo encontré, por fin; vestía una camisa blanca que se le ajustaba en el abdomen antes de meterse en su pantalón gris claro. Tenía el ceño fruncido.

El director de la película —un tipo calvo y peculiar llamado Frank— gritaba al teléfono junto a él, y sus asistentes personales, las norteamericanas que probablemente recibían veinte veces mi sueldo, corrían en círculos alrededor de ellos, intentando cumplir con sus órdenes.

—¡Dicen que la película está en riesgo! —chilló una de escenografía.

—¿De qué hablan todos? —me preguntó Luna y aprovechó de secarse la frente—. ¿Por qué tanto revuelo?

—Quizás el agua en el remolque de Tyler Deloux no estaba lo suficientemente helada.

Luna me otorgó un codazo por insultar a su amor platónico.

Ese día se arregló un montón, como si entre todas las personas de producción fuera a fijarse en ella.

A ver, mi amiga era atractiva y muy bonita, era una barbie latina y bohemia de piel morena y rizos oscuros, pero los milagros había que dejarlos para la ficción.

—Lo que puedo decirte es que él me está provocando un orgasmo visual. —Moví la barbilla hacia mi amor-no-tan-platónico.

—Qué asco —espetó Luna.

—¡¿Cómo puedes decir eso?!

Luna me pasó un brazo por los hombros.

—Mereces más, mucho más que a ese tipo creído con calzoncillos importados de Italia. No importa cuán guapo sea, encontrarás a alguien mejor. —Es lo que me decía siempre, y yo siempre le respondía que no tenía idea de lo bueno de la vida y que cerrara la boca.

¿Alguien mejor? Ni hablar. Ni con filtros de Instagram alguien podría ganarle a sus facciones del Olimpo y a su cuerpo con el que daban ganas de probar todas las posiciones del kamasutra.

Los que se dedicaban a intentar llamar la atención de los actores, quienes jamás los mirarían ni por si acaso, no tenían idea de lo que se perdían por no observar a alguien mucho más accesible.

Más o menos accesible, más bien.

—¡¿Para esto les estamos pagando?! —La voz chillona de nuestra supervisora nos sobresaltó. Carli, la supervisora cejona, bufó con desagrado—. ¡A trabajar! Me demoraría cinco minutos en encontrar un reemplazo que sí cumpla con las tareas.

Los asistentes cuyes nos dispersamos como un panal de abejas invadido.

No paramos hasta las once de la noche. Terminamos de acomodar todo, servirles café, correr con papeles y tablets de un lado a otro; ayudar con los cables, llevar los carros de maquillaje o las prendas del departamento de vestuario, subirnos arriba de enormes escaleras solo para enderezar una rama de árbol, y todas esas cosas que nadie quiere hacer.

Incluso reponer las toallas refrescantes de los puntos de descanso.

Agotada, me fui a la zona de containers.

La gente más importante dormía en el hotel cinco estrellas que se encontraba en la ciudad cercana; los no tan importantes, como Carli, dormían en unas cabañas; pero a nosotros, los cuyes, nos tocaba dormir en unos containers facilitados por la empresa TdA, dentro del recinto.

Aproveché que estaba oscuro y puse un poco de laxante en el pequeño estanque de agua de Bruno. Ese imbécil se merecía eso y mucho más. Los laxantes eran solo el comienzo de mi venganza.

Compartía mi container con Luna, pero esa noche ella estaría con Laura, ¿o era Lourdes? Era una del equipo de camarógrafos.

Abrí la puerta con las piernas acalambradas. A mí me podían faltar tornillos, y Luna tenía un estilo hippie, pero gracias al ser superior santísimo las dos éramos ordenadas y limpias, y siempre era reconfortante regresar a nuestro lugar de descanso.

Saqué mis cuadernos de diseño a pesar del cansancio; mi cabeza estallaba en ideas después de ver el vestuario de la película.

Estaba preparándome un descafeinado cuando la puerta se abrió y cerró con lentitud a mi espalda. Claramente no era Luna.

El espacio era tan pequeño que el calor de su cuerpo me inundó por detrás. Mis uñas se afianzaron a la melamina del mesón. Su perfume costoso actuó como un estimulador directo dentro de mi ropa interior.

Su mano derecha se deslizó por mi cintura y pegó su cuerpo al mío con un evidente bulto clavándose en mi espalda. Mis labios se entreabrieron dejando escapar un gemido. Así de fácil era yo cuando se trataba de él.

—Hoy estabas espectacular —susurró en mi oído.

Tuve que tragar y esperar unos segundos para no contestar con otro jadeo.

—¿Tuviste tiempo para mirarme?

—¿Para mirar tu culo redondo corriendo de lado a lado? Imposible no hacerlo.

Su mano se metió en el interior de mi camiseta, enterrando los dedos en mi vientre. Una corriente placentera se disparó hacia abajo.

—¿Estabas preparándote un café a esta hora? —Puso su sonrisa contra mi oreja.

—Sí... —Eché la cabeza hacia atrás, perdida en sus caricias.

¿Cómo alguien podía ser tan sexual solo con tocar un poquito?

—¿Me prepararías uno? —Sus labios bajaron hasta mi cuello y lo mordió. Mis caderas se balancearon y él no dudó en embestirme desde atrás.

—¿Cómo lo quieres? —pregunté con un hilito de voz.

—Con veneno —se rio entre dientes.

El concepto de «café con veneno» se lo había enseñado hace un tiempo; en mi pueblo pedían café con veneno cuando querían tomar café con un chorrito de alcohol. Mi madre lo había descubierto al mudarnos a Río Polson después de que mi padre la dejara por otra hace casi veinte años.

Intenté alcanzar una taza, pero él me abrió el botón del pantalón y tomó posesión de mi centro sin más preámbulo.

—Estás mojada.

—Señor Torms, por favor —gemí.

¡Sí, sí, sí! Tenía en mi container nada más y nada menos que al gerente general de la empresa: Dante Torms de Alba. Ese hombre elegante, drástico, tajante y casi inalcanzable.

Él era la razón por la que todavía tenía el trasero adolorido desde la noche anterior.

En ese momento todavía creía que el señor Torms era la persona más interesante que había conocido, sin saber que lo mejor estaba por llegar.