Las huellas de Laila PRÓLOGO
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Las huellas de Laila

Las huellas de Laila

Por Ghia Zanetti

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PRÓLOGO

Mi madre me llamó a la cocina para entregarme un recorte de periódico. Frunció los labios por mi cara de confusión.

—Tienes que postular a este trabajo —explicó con firmeza—. Cintia dijo que estarán contratando personal la próxima semana y que pagan muy bien.

El papel se sintió pesado entre mis dedos.

—¿Es el trabajo del que me hablaste hace unos meses? ¿El de asistencia en rodajes de películas? —Ella asintió—. Pero acordamos que trabajaría en la boutique de Julia para poder estudiar online el resto del tiempo —le recordé con cautela.

La expresión obstinada de mi madre empeoró.

—Eso fue antes de saber cómo pagan de bien en este otro trabajo. Podrás viajar, Laila. —Pretendió sonreír—. Sé que te gustará mucho más que venderle ropa a la gente de este pueblo. Acabas de terminar con tu novio, ¿no quieres irte, tener otras experiencias y conocer a más gente?

—Tal vez, pero...

—Necesitamos más sustento —me cortó—. Nunca llegamos bien a fin de mes, y tampoco criaré a una vaga. —¿Vaga?—. Si te quisiste salir de la universidad, tienes que aportar. Yo no puedo mantener sola a Nana, a ti, a tu perra, a Kimi, y a mí.

—Kimi pasa casi todo el año en la universidad y vive del dinero de papá todavía.

Yo pago mis cosas con lo que gano, y los gastos de Fira también —defendí mi postura, porque el estudiar diseño de vestuario online me tenía entusiasmada—.

De todos modos, podríamos reducir gastos. Ir menos al bar, por ejemplo.

Las fosas nasales de mi madre se expandieron.

—¿Qué quieres? ¡¿Qué me vuelva loca?! ¡He dado todo por ustedes sin ayuda de nadie! ¡Tu sueldo no alcanza para nada!

Cerré los ojos y me obligué a guardar silencio para evitar que estallara en otra de sus crisis.

Papá nos pagó todo siempre, pero fue ella la que nos crio, era verdad; la que estuvo ahí física y emocionalmente.

El problema era que desde que Kimi vivía en otra ciudad la mayor parte del año por sus estudios, mamá comenzó a gastarse una buena parte de su sueldo bebiendo alcohol y apostando en el casino de juegos, y la cosa empezaba a complicarse.

Ella no se daba cuenta de que estaba cayendo en una enfermedad, y cada vez que mi hermana y yo intentábamos hacerla entrar en razón, explotaba.

La última vez, Nana, mi abuela, terminó desmayada y con la presión por las nubes.

—Ya, mamá. —Si no cedía, ella me miraría con decepción cada día que viviera en su casa.

Y también lo hice por la salud mental de Nana, de Kimi y hasta la de Fira: mi perrita que ya tenía diecisiete años, apenas se movía, y yo no quería que pasara sus últimos días escuchando cosas feas—.

Postularé a este trabajo que dices. Si quedo, te enviaré casi todo mi sueldo para que estés más tranquila.

Nana cuidará de Fira en mis días de ausencia.

—Daba lo mismo estudiar algo que me gustase, supuse.

No importaba que mi sueño frustrado se encogiera todavía más en mi corazón.

En ese momento no me esperaba que al llegar a mi nuevo trabajo conocería a un hombre que me pondría de cabeza. Literalmente.

Pero lo que jamás habría podido imaginar ni en mis sueños más locos, fue lo que vino después. Quién vino después.