Las horas invisibles Capítulo 10
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Capítulo 10

“diez”

— ¿Lia? – dice con un hilo de voz rasgado, demostrando sin querer felicidad y sorpresa a partes iguales.

No contesta. Solo le observa y sigue acariciándole la mano, que sostiene entre las suyas con más fuerza.

— ¿Cariño, qué haces aquí? – pregunta mientras la ve sonreír dulcemente.

Lia suelta su mano y se levanta lentamente retrocediendo hasta que sale de su campo de visión.

Intenta seguirla con la mirada, pero no es capaz.

Los ojos le duelen y su cuello está agarrotado.

Intenta conectar el cerebro con sus extremidades enviándolas órdenes para que se activen, y poco a poco comienza a moverse, como si fuese una máquina que han puesto en funcionamiento después de mucho tiempo apagada.

Se gira hacia un lado y se incorpora torpemente apoyando sus manos contra el suelo hasta quedarse sentado en una posición incómoda.

Se siente un poco mareado, pero quiere seguir a su hija, así que enseguida coge fuerzas, y dando media vuelta sobre sí mismo se pone de pie.

Observa incrédulo la sala donde se encuentra.

Mira en todas direcciones, pero no hay ni rastro de Lia.

Se acerca a la puerta por donde ha aparecido allí y pasa sus dedos a lo largo del marco observando que está completamente sellada.

— ¡Aaron! – le reclama una voz lejana a su espalda.

Se da la vuelta inmediatamente y observa que en una de las dos sillas hay alguien. Se acerca hacia ellas con cautela, dando pasos pequeños e inseguros mientras se siente observado. Cuando está a solo unos metros la figura comienza a hacerse reconocible.

— ¡Es usted! – exclama perplejo.

— Hola Aaron. – responde el viejo que le había reconocido mientras esperaba a que saliese la puerta de embarque de su vuelo en la sala de espera del aeropuerto.

— No entiendo nada. ¿Qué hace aquí? ¿Dónde estamos?

— Sé que ahora mismo tienes muchísimas preguntas en tu cabeza y muy pocas respuestas. Así que intentaré resolverlas todas con la mayor claridad posible. – explica mientras sonríe y hace un gesto con la mano para que le acompañe a sentarse en la otra silla que se encuentra libre.

Aaron le mira atónito, nervioso, pero acepta la invitación, ocupando el asiento restante con extremo cuidado, casi sin tocarla. Se sienta con las piernas juntas y coloca ambas manos sobre la parte superior de sus rodillas esperando indicaciones ante la atenta mirada del hombre.

— ¿Estás bien? – le pregunta de forma cercana.

— No. – responde desconfiado sin entender nada.

— Bueno, tranquilo. A ver, ¿qué quieres saber?

Cientos de preguntas invaden su cabeza. No sabe cuál hacer primero, ante el temor de dejarse alguna importante sin contestar.

Lanza la más obvia:

— ¿Esto es el cielo?

— No. – responde contundente.

— ¿Es el infierno?

— ¿Te imaginas en serio el infierno así?

— No sé, supongo que no… Pero entonces… – duda.

— ¿Mmm? – pregunta el viejo sin hablar, solo emitiendo un sonido mientras frunce el ceño, abre más los ojos y suelta una bocanada hacia dentro sin abrir la boca, invitándole a seguir preguntando.

— Quiero decir… ¿quién eres?

— ¿Tú que crees?

— ¿Eres Dios? – pregunta sin recibir respuesta – ¿Eres el Diablo?

Le mira con una medio sonrisa, como si ya se esperara la pregunta y hubiese disfrutado viendo los rodeos que daba hasta hacérsela, pero no le contesta. Solo permanece con un gesto ambiguo, ante la atenta mirada de Aaron, que espera una respuesta en alguna de las dos direcciones.

— ¿Acaso crees que importa? – responde con otra pregunta.

— Sí. – dice, convencido de la explicación que va a darle – Claro que importa. Dios representa el bien, todas las cosas buenas que hay en el mundo. Por el contrario, el Diablo es el mal. ¡Sí! Depende de quién seas todo cambia.

— Así que, según tu razonamiento, según quien sea yo, tu actuarías de una forma u otra. Curioso… Yo siempre he pensado que creíais lo contrario, y dependiendo de cómo hubieses actuado tú en tu vida, yo sería uno u otro.

No sabe que decir ante aquella afirmación, y rápidamente entiende que con ese hombre no vale de nada lo que intente ni lo ágil que pueda ser mentalmente. Siempre va a escapar a su control.

— Bueno… lo que quería decir…

— ¡Tranquilo! Estoy bromeando. – le interrumpe mientras sonríe con gesto amable.

— ¿Cómo?

— Quien sea yo no depende en absoluto de cómo te hayas comportado en tu vida.

Normalmente pensáis que, si has sido bueno irás al cielo y verás a Dios, y si has sido malo irás al infierno y allí vagarás con el Diablo durante toda la eternidad.

Pero no funciona así. – hace una pausa intrigante que contrasta con su expresión cercana y amigable – Verás…

nosotros no somos “el bien” y “el mal”. Más bien somos un equipo.

Y somos complementarios. Hay cosas que él no puede hacer y yo sí, y viceversa.

Observa en un punto entre el miedo y la fascinación la explicación de aquel enigmático hombre. Supone que será por la situación y todo lo que ha vivido en ese viaje, pero la percepción que tenía sobre él ha dado un giro de 180 grados.

— Entonces… ¿Estoy muerto? – continua con su interrogatorio.

— No, no lo estás.

— Lo siento, pero entonces, no entiendo nada. Si no estoy muerto. ¿Qué es esto? Y si es cierto que eres alguno de los dos, ¿Qué haces aquí?

— Déjame que te lo explique. – señala al tiempo que se levanta levemente de la silla, la agarra de la base del asiento con sus largos dedos y la mueve para acercarse unos centímetros más a Aaron.

Se vuelve a sentar y sonríe expresando calidez mientras le mira a los ojos como un abuelo que quiere explicarle algo a su nieto.

– Cuando las personas nacen, todas llevan una condición en su interior.

— El motivo. – afirma para sí mismo en voz alta, recordando la conversación que tuvo con la anciana.

— ¡Eso es! – dice sonriendo – Todos tenéis uno en mayor o menor medida, y todo lo que ocurre en vuestras vidas va enfocado a un objetivo: Cumplir con el motivo.

Por eso cuando muchas veces no entendéis por qué os ocurren ciertas cosas, es porque no tenéis en mente o no sabéis exactamente cuál es vuestro motivo, pero hay un plan donde para conseguir vuestro motivo, ese hecho debe ocurrir.

— Entonces cuando se nace… ¿se sabe exactamente cómo va a ser la vida de cada persona? El destino está escrito. – asevera.

— No, no es exactamente así.  Imagínate la vida como un camino que debéis recorrer, con un principio y un final.

En algunos casos es más corto, y en otros es más largo.

Ese camino dicta por donde debéis ir. – prosigue tras una breve pausa – Cuál es vuestro comienzo, cuál vuestro final y cuál vuestra condición o motivo.

Pero todos los caminos, sin excepción, son anchos, y podéis moveros con total libertad por él.

Esa anchura son las diferentes formas que tenéis de recorrer vuestro camino, o dicho de otra forma, de vivir vuestra vida, con las decisiones que tomáis.

Dichas decisiones afectan exclusivamente a la persona que las toma y a su entorno.

Aaron traga saliva mientras escucha atónito la explicación con una atención milimétrica a cada palabra que sale de su boca y que, sin esperarlo, ilumina una travesía que hacía ya mucho tiempo que estaba en tinieblas.

— Entonces… – interviene como si quisiera preguntar y afirmar algo al mismo tiempo, pero no encuentra la manera de expresarlo.

El viejo hace una pausa esperando que complete la frase, pero decide continuar ante el bloqueo de Aaron.

— Esto que te he contado, le ocurre a todo el mundo sin excepción. Pero luego hay personas que nosotros denominamos “especiales”.

— Son pocas. Muy pocas. – aclara con énfasis – pero todo en ellas es distinto.

— ¿Por qué? ¿No tienen motivo? – amontona preguntas impacientemente.

— Sí, sí lo tienen. Pero su cometido es distinto.

— ¿Qué quiere decir con distinto?

— Para empezar, su camino no es como el del resto.

Sí, tiene un principio y un fin, y sí, es ancho para permitirles elegir entre un abanico controlado de opciones que les afecta únicamente a ellos.

Pero la diferencia es que no es un camino único, sino que, en un punto del mismo, tiene ramificaciones.

Y deben elegir si ir por un lado, o por otro.

De esa elección dependen muchas cosas, en menor o mayor medida.

Los dos caminos en los que se ramifica son completamente diferentes.

No tienen nada que ver. Y llevan a destinos diametralmente opuestos.

Pero esa elección no solo es importante para esas personas y su círculo, sino que desata una reacción en cadena que puede afectar a muchísima más gente. Tanto para bien, como para mal.

Se hace un leve silencio en el que Aaron intenta asimilar toda la información, que rompe con una pregunta:

— ¿Cuánto es muchísima más gente?

— Depende: Cientos, miles, millones… ninguna elección es igual a otra. – aclara.

— ¿Pero eso significa…?

— Sí. – interrumpe – Tú eres una de esas personas especiales, aunque de un modo totalmente distinto.

— ¿A qué se refiere?

— Dentro de ese grupo de personas que están fuera de lo común, hay algunas extraordinarias, que tienen en su poder la capacidad de que ocurra algo excepcional que afecta directamente a toda la humanidad.

— Pero… – es lo único que acierta a decir, abrumado por la última frase.

— A lo largo de la historia, siempre han existido épocas en las que nada ocurre.

No hay avances. Todo se encuentra estancado.

Y eso puede deberse a dos motivos: Que en ese periodo no aparezca nadie que posea ese don.

O lo que es más probable. Que, si lo hay, no esté dispuesto a hacer el sacrificio que conlleva.

— ¿Qué sacrificio?

— Todo don conlleva una acción. Y toda acción tiene un antes y un después. El después es una consecuencia, y el antes un sacrificio, que es el que empieza todo, y sin el que no podría llevarse a cabo dicha acción. Todo debe tener un equilibrio, ¿recuerdas?

— ¿El karma?