Las horas invisibles Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

— ¡Sí! Todos piensan que cuando estás a punto de matarlos hablan mucho, con la verborrea típica del que sabe que va a morir, suplicándote que no lo hagas.

– hace una pausa mientras aprieta las mandíbulas enseñando los dientes y se agarra fuertemente la oreja izquierda taponándola con su mano para acto seguido continuar – y que después, cuando ya está hecho, hay silencio.

– vuelve a detenerse para inspirar exageradamente aire por su nariz y después esbozar una leve e incómoda risa.

— ¡Pero es justo al revés!

Le mira absorto, con cara de incredulidad, esperando impaciente la siguiente palabra.

— ¿Cómo que al revés?

— Sí. – dice, quedándose callado, con gesto relajado y aparentemente más tranquilo – Cuando has acabado con ellos, su voz se mete en tu cabeza y es cuando más cosas te dicen.

— Ya están para siempre contigo.

— Nunca dejan de hablarte.

Aaron está totalmente absorto ante las palabras de aquel “loco”, como si las creyera sin dudarlo.

— ¿Y qué dicen? – pregunta con miedo de saber la respuesta.

El hombre, que estaba totalmente absorto mientras exteriorizaba todo aquel dolor, fija sus ojos en él y le responde con solemnidad:

— Todo de lo que se arrepienten. – solloza con angustia, estremeciendo el rostro – Todo lo que no han dicho. Todo lo que les ha quedado dentro. Y no tiene fin… lo repiten una y otra vez. – respira – También es duro para ellas.

— ¿Para quién? – pregunta manteniendo el tono casi susurrante.

— Para las voces.

De nuevo se hace el silencio entre ambos, pero esta vez mucho más crudo, mucho más tenso.

Aaron observa al hombre, hipnotizado por sus palabras.

El hombre mira a Aaron, pero lo hace con la mirada vacía, como si no estuviera allí realmente, o como si las miles de voces que retumban en su cabeza se percatasen de su dolor y le hubieran dado un respiro en ese instante.

Repentinamente, un golpe fuerte y seco al otro lado de la puerta, que retumba con violencia, asusta a ambos, que salen de su trance para devolverles a aquella incierta situación.

— ¡Pero tú no! – dice, señalándole amenazante con el dedo índice de la mano derecha, los ojos abiertos hasta el punto de casi salirse de las cuencas, y una vena hinchada que aparece en su cuello a punto de explotar. –

— ¡Tú no vas a hacerme eso!

— Oye, ¿qué estás diciendo? – pregunta, esperando escuchar otra respuesta diferente a la que tiene en su cabeza.

— ¡Que tú no me vas a joder! ̶ responde exaltado, mientras saca un arma que llevaba en la parte de atrás de la cintura de su pantalón y apuntándole al pecho desde donde se encuentra.

Aaron se queda petrificado, sufriendo una parálisis que, salvo un ínfimo espasmo para extender las palmas de sus manos, le impide mover un solo centímetro de su cuerpo.

Tiene un sentimiento de terror que le recorre en todas direcciones y le agita con violencia revolviéndole el estómago.

Nunca le habían apuntado con un arma. Es la peor sensación que ha tenido en toda su vida.

Su cuerpo no reacciona, pero por dentro siente explosiones de miedo en cada rincón, que terminan desembocando en su cabeza, haciéndole creer que es el final.

Nunca se detuvo a pensar en ello, pero si lo hubiese hecho, jamás habría imaginado que sería a merced de un loco con un arma.

Tal vez una enfermedad, o un accidente de coche. Pero no así.

— ¡Escucha! ¡No tienes que hacer esto! ¡Baja el arma por favor! – suplica.

— Si tengo que hacerlo. Es mi misión – responde nervioso con el brazo extendido, sin dejar de apuntarle y acercándose medio paso hacia él.

— ¡No! No sé quién te ha dicho que tienes que hacer esto, pero está equivocado. ¡Ni siquiera me conoces!

— ¡Que te calles! – grita con rabia.

Un nuevo golpe, esta vez más fuerte y violento, vuelve a sacudir la puerta desde el otro lado, haciendo que Aaron se asuste y gire por un segundo su cabeza, pero sin desviar la atención del arma.

— Espera… – su cuerpo empieza a reaccionar permitiéndole alzar los brazos hacia delante, manteniendo las palmas en dirección a aquel hombre para intentar calmar la situación – Pero piénsalo por favor. ¿Vas a disparar a alguien que no conoces de nada? ¡Eso no está bien!

— ¿Bien? Lo que no está bien es que os quedéis a vivir en mi cabeza porque no habéis sido lo bastante valientes para hacer las cosas cuando se deben hacer.

Así que dime todo lo que tienes ahí dentro.

¡Todo lo que no hiciste o hiciste mal! ¡Todo lo que te reconcome por dentro!

¡Todo lo que no te deja dormir! ¡Todo lo que te hace ser un miserable!

Porque no voy a dejar que te quedes en mi cabeza para la eternidad.

– dice de fuera de sí, mientras se acerca por completo a Aaron y aprieta con fuerza el cañón del arma contra su frente, provocando que este apoye su espalda contra la puerta.

— ¡Vale! – dice con los ojos medio cerrados – Siento no haber sido mejor persona.

— ¿Me estás tomando el pelo? – pregunta agresivo, mientras aprieta aún más el cañón del arma contra su cabeza.

— ¡No joder! ¡Vale! Siento no haber hecho feliz a mi mujer y a mi hija.

— ¡¿Qué más?

— Y siento haberme perdido cosas importantes para ellos.

Y no haber estado cuando mi hija dio sus primeros pasos, o cuando dijo su primera palabra.

Siento no haberles dicho te quiero cada día.

Y haberme comportado de una forma que no se merecían.

Siento no haber tenido otro hijo. Me arrepiento muchísimo.

– dice mientras empieza a llorar – Y siento no haberme podido despedir de mi padre, y no haberle demostrado todo lo que le admiraba.

Y también no haber podido evitar que a mi madre se le fuera la cabeza y se muriera de pena, porque en el fondo sé que yo tengo la culpa porque no me veía bien.

Me arrepiento de no haberles dicho lo importante que eran para mí, porque ahora que no están, les echo de menos cada día, y me siento muy desprotegido.

— Y siento solo haber estado a la altura con el trabajo y no con lo importante que es mi familia. Les quiero con locura y haría cualquier cosa por ellos.

Aaron se desliza casi hasta el suelo con la espalda apoyada todavía en la puerta, mientras rompe a llorar desconsoladamente con los ojos cerrados permaneciendo por unos segundos en esa posición. El cañón del arma sigue tocando su cabeza, pero la presión ha disminuido.

— ¡Levanta! – dice la voz del hombre al que ha dejado de ver durante los últimos instantes al cerrar los ojos.

Se incorpora. Continúa con su espalda recostada sobre la puerta y los brazos cayéndole a cada lado, como si soltar todo lo que tenía dentro le hubiese terminado de romper y relajar al mismo tiempo.

Abre los ojos con dificultad y por primera vez ve calmado a aquel individuo, que eso sí, le sigue apuntando con el arma.

Pero parece otro. No hay ni rastro de aquel loco bipolar que se había puesto tan agresivo con él.

El hombre da un paso hacia atrás y dice de forma relajada:

— Gracias. Era lo que necesitaba

Y le dispara a bocajarro en el corazón.