Las horas invisibles Capítulo 9
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Capítulo 9

“nueve”

Ya no se acuerda de que hace tan solo unos minutos estaba tirado en el suelo sin poder moverse.

Ya no le importa que apenas pueda verse a dos metros de dónde se encuentra.

Ya no le preocupan hombres que quieren matarle, ni mujeres que le inmovilizan cuerpo o corazón.

Ya no siente ningún tipo de miedo. O al menos ninguno tan fuerte que le impida ir a la llamada de su hija, aunque no tenga ningún sentido.

Corre el pasillo, que se está convirtiendo en infinito, con una velocidad asombrosa.

Sin importarle nada, avanza de forma vertiginosa dejando atrás las filas de asientos a ambos lados mientras dibujan una imagen en movimiento que no es capaz de distinguir.

De repente, se encuentra con el final del pasillo que desemboca en una pared de color negro con una puerta en el medio del mismo tono.

Va a tanta velocidad y la visibilidad es tan baja, que no le da tiempo a frenar y choca violentamente saliendo despedido hacia atrás, perdiendo por un momento parcialmente el equilibrio.

Obstinado, se acerca de nuevo a la puerta, que tiene un pequeño picaporte redondo en su lado izquierdo y lo agarra.

Lo gira infinitamente sin llegar a descubrir el tope, pero no abre.

Como si no estuviese conectado con el pestillo.

Sin soltarlo, tira hacia él de la puerta con fuerza, y hace varias veces el movimiento de abrirla y cerrarla, pero no se mueve siquiera, como si estuviese pegada al marco.

— No se va a abrir. – dice una voz de hombre entre sollozos que proviene de detrás de él.

Se asusta, pegándose más a la puerta si cabe, sin soltar el pomo, al tiempo que mira hacia atrás intentando distinguir de dónde sale esa voz.

A unos metros, en el pasillo opuesto del avión, junto a la ventana, inmerso en la oscuridad, distingue una figura agazapada, hecho un ovillo, de medio lado, con los pies subidos en el asiento, abrazando sus rodillas y la cabeza escondida entre ellas, como si quisiera protegerse de algo o hubiera visto cosas terribles que quiere olvidar.

— ¿Quién eres? – pregunta sin convicción. ̶ ¿Has oído a una niña decir papá?

— No – responde sin levantar la cabeza después de un corto silencio.

Suelta el pomo de la puerta y decide ir hacia el hombre. Atraviesa con movimientos casi automatizados la fila de asientos central por enésima vez y se dirige hacia él. Se para justo a su altura, coloca las manos en los respaldos, echa un vistazo a ambos lados, y le pregunta:

— ¡Eh, oye! ¿Estás bien?

— No. – responde llorando.

— ¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa? – hace una pausa  ̶  ¿No te encuentras bien?

No contesta ninguna de las preguntas. Ni siquiera parece hacerle caso, solo se escucha la respiración entrecortada a causa del llanto, que sale con eco por tener escondida la cabeza en el hueco que forman sus arqueadas piernas.

Aaron se acomoda en el asiento que está justo en el pasillo, dejando uno libre entre los dos para no agobiarle, mientras insiste:

— ¿Es por estar aquí?

El hombre levanta levemente la cabeza y le mira de reojo.

— No, aquí es donde debo estar. – dice displicente.

— No te entiendo. ¿Cómo que debes estar aquí? – pregunta con desconcierto.

El hombre levanta la cabeza, baja las piernas del asiento adquiriendo una postura más adulta y se restriega los ojos secándose las lágrimas con el envés de ambas manos, para después mirar de medio lado a Aaron sin terminar de girar la cabeza.

Es un hombre joven, de estatura media, delgado, y de unos 30 años.

Tiene aspecto desgarbado, tal vez por la ropa que lleva puesta: botas negras, un vaquero ancho desgastado, camiseta del mismo estilo de color gris claro, muy dada de sí, con la frase “Fuck Fate” escrita en ella, y una sudadera negra con la cremallera desabrochada y una capucha que no se ha quitado en ningún momento.

No se le ve el pelo, aunque por los mechones que asoman, parece que es oscuro, no muy largo y despeinado.

El lado de la cara que apenas deja ver tiene marcas rojas a la altura del pómulo y la barbilla, no sabe muy bien si de llorar, de haber estado apoyado sobre las rodillas o de algún golpe.

Las manos están magulladas y llenas de cortes, como si se hubiese peleado no hace mucho, y desprende un olor fuerte a tabaco.

— ¿Tienes un cigarro? – pregunta nervioso para interrumpir el análisis de Aaron.

— No. – responde sin esperarse la pregunta, para luego continuar. – Pero de todas formas aquí no se puede fumar.

— Importará mucho lo que se pueda hacer aquí. – susurra.

No sabe cómo tomarse esa última frase ni el comportamiento alterado de aquel hombre que, sin previo aviso, comienza a divagar hablando consigo mismo mientras cierra los ojos con fuerza y pone las manos en sus orejas intentando aislarse sin conseguirlo.

— ¡Ya lo sé, ya lo sé! – dice intranquilo – Sé que tengo que hacerlo, pero no me gusta pensar en hacerlo.

— ¿Qué dices? ¿Con quién hablas?

— ¡No me lo repitas más, por favor! – continua sin hacer caso a Aaron. – ¡Ya hay bastantes! ¡Tú no!

— Oye, ¿qué te pasa?, ¿a quién le estás hablando?

El hombre ni siquiera le mira. Parece estar sumido en una batalla interior. Aaron intenta que hable con él, pero nada de lo que le dice atrae ni lo más mínimo su atención.

— Aunque a lo mejor, si hablo con él, entiende por qué tengo que hacerlo y me deja tranquilo. – explica adoptando un aire comprensivo.

— ¿Hablar con quién?... ¿Hacer el qué? – pregunta Aaron sin obtener respuesta.

— Solo un minuto por favor. Solo uno. No te pediré nada más.

— ¿Un minuto para qué? Joder, ¿con quién coño hablas?

No contesta

— ¡A la mierda! – dice Aaron harto de la situación mientras se levanta y se dirige de nuevo a la puerta negra para intentar abrirla.

— Vale. Entonces este y me dejas un minuto. – dice, haciendo ver que está satisfecho de lo que ha conseguido.

Aaron se acerca de nuevo a la puerta, mientras en segundo plano el hombre continúa farfullando palabras ininteligibles en su asiento.

Agarra otra vez el pomo con fuerza y lo gira de nuevo varias vueltas sin encontrar el tope.

Acto seguido carga con el hombro contra la puerta sin conseguir que ceda ni un milímetro, como si pesase toneladas.

Coge más impulso y lo intenta de nuevo alejándose para imprimir más fuerza al golpe, pero no se mueve.

En su desesperación, agarra el picaporte con fuerza y lo gira a ambos lados al tiempo que lo empuja adelante y atrás de forma mucho más violenta que la primera vez para intentar abrir la puerta, mientras le da golpes desesperado con el pie.

De repente, sin esperarlo, alguien agarra el pomo por el otro lado frenándolo en seco.

La resistencia es descomunal, evitando que gire ni un ápice.

Se hace el silencio. Se sobrecoge y mira la puerta con un miedo que le recuerda sus primeros momentos en ese viaje.

El corazón se le encoge. Se aleja lentamente, pero sin dejar de sujetar el pomo.

Como si no pudiese evitar estar conectado a lo que hay al otro lado.

La sensación es aterradora. No se escucha absolutamente nada.

Ni siquiera a aquel hombre desequilibrado que hace solo un segundo escupía palabras sin sentido. El silencio es espeluznante.

Un golpe seco y atronador a la puerta desde el otro lado termina de quebrar la tensión.

— Te dije que no se iba a abrir. ¡Ahora le has enfadado! – exclama el hombre, que se encuentra de pie mirándole, a su espalda.

Aaron suelta el pomo y se da la vuelta despacio para mirarle de frente.

Se encuentra a escasos dos metros de él, como una figura inmóvil donde la oscuridad esconde su cara, que apenas puede verse.

Es más alto de lo que parecía y su postura es relajada, con los hombros bajos, los brazos pegados a los laterales de su tronco y las piernas ligeramente abiertas.

Sin embargo, de alguna manera, resulta imponente.

— ¿A quién he enfadado? – pregunta desconfiado.

El hombre permanece imperturbable frente a él.

Mirándole, sin decir nada y sin contestar a su pregunta.

Los segundos se eternizan. Aaron no sabe dónde mirar.

Siente que debe controlar los movimientos de aquel extraño ser, pero le pone muy nervioso mantenerse de espaldas a la puerta.

Sabe que haga lo que haga, será una mala decisión.

— No tenías que haberlo hecho. – dice el hombre con la mirada perdida.

— ¿Qué? ¿Qué no tenía que haber hecho? – responde atemorizado

— Intentar abrir la puerta. Todavía no.

— ¿De qué me estás hablando? ¿Cómo que todavía no?

El hombre guarda silencio con la mirada ausente.

— Por ahora olvídate de eso.

— He oído la voz de mi hija. Por eso la he intentado abrir. – explica sin que eso termine de tener sentido para él.

— ¿Ha venido contigo?

— No. – responde, dándose cuenta de a dónde quiere llegar con esa pregunta.

— Entonces… ¿cómo va a ser eso posible?

— No lo sé. – expresa incrédulo – ¡pero la he escuchado!

El hombre vuelve a provocar un silencio incómodo mientras le observa sin parpadear, con los ojos abiertos, atravesándole con una mirada que le revuelve el estómago, y le advierte de que algo malo va a pasar.

— ¿Alguna vez has matado a alguien? – pregunta, provocando estupor en Aaron.

— No. – responde, casi sin salirle la voz.

— Es extraño… Al menos la primera vez. – explica nervioso.

Aaron tiene claro por su última frase, que aquel hombre sí, pero no se atreve a continuar por ese camino, y aunque siente un extraño impulso, no quiere preguntar a cuántos… , por lo que se limita a observarle atemorizado ante la inestabilidad que desprende el monstruo que tiene ante él.

— No es como todos piensan. – prosigue, ahora bastante alterado, mientras hace muecas con su cara de forma descontrolada, que casi le convierten en una persona totalmente diferente al de hace unos segundos –

— ¡Te hablan!

Aaron, que no entiende a qué se refiere, pregunta casi instintivamente.

— ¿Cómo que te hablan?