Capítulo 8 #3
Después de casi un minuto y con signos de ahogamiento al no permitir siquiera que, durante el tiempo que ha estado dejando salir todo lo que tenía dentro, el aire le entrase en los pulmones, se detiene para coger fuerzas.
Su pecho se hincha y se deshincha de forma exagerada, casi estallando los botones de la camisa, que se estira en cada respiración poniendo a prueba su resistencia.
En ese momento, aprovechando la pausa, la anciana, con una calma aterradora que contrasta con el nerviosismo de Aaron, dice:
— Todas las personas tienen una condición.
Aaron, continúa respirando alterado, mientras espera una explicación.
— La condición es lo que nos hace ser quien somos en realidad. Casi nadie sabe cuál es su condición. Pero está ahí.
— No sé a qué te refieres. – dice con desgana.
— Lo sé. Si la conocieras, sabrías que eres un afortunado.
— ¿Afortunado?
— Si, afortunado.
Más calmado, y con resignación, intuye a que se refiere.
— Ya… Va a decirme esa chorrada de que soy afortunado porque mi situación es buena en comparación con otras personas cuya vida es peor. ¿No?
— Y también eso de que mis problemas no son realmente graves porque hay personas que sufren enfermedades, que incluso les impiden hacer una vida normal, o personas que viven en la indigencia y no tienen para comer.
— No. No voy a decirte eso. Cada persona es diferente y lo que se vive es interpretable por el que lo sufre. Comparar los problemas de individuos diferentes no tiene sentido, aunque tenga mi propia opinión sobre ello.
— ¿Y cuál es? – responde como si supiese la respuesta, pero aun así quisiera oírla.
— ¡Que es cierto que muchas veces nos preocupamos por estupideces sin tener un problema real! – levanta controladamente la voz – Eso está en el ADN del ser humano.
— Pero ese no es el caso. Vuelves a estar equivocado. Estás mezclando las cosas. Tú hablas de situación, y yo hablo de condición. La situación es lo que vivimos, y la condición es lo que somos. – hace una leve pausa – Es el motivo.
— ¿El motivo? – pregunta intrigado.
— Sí. Es algo mucho más amplio. Esa es la parte que casi nadie entiende.
Extrañamente las palabras de aquella anciana han cambiado la forma en la que se siente, y aunque comenzó mal, ahora siente mucha curiosidad por la explicación.
Incluso en su cabeza, la voz ha pasado de ser tenebrosa y amenazante a comprensiva y cercana.
Mientras todo esto ocurre, sigue sin poder mover un solo músculo, aunque sin saber por qué, ya no le preocupa tanto.
— Pero lo que vivimos es lo que nos hace ser como somos… – contraataca Aaron.
— No. Somos lo que somos, y lo que vivimos no cambia para nada quienes somos y cuál es nuestro motivo.
Aaron se toma un segundo para reflexionar en intentar entender la explicación.
— No lo comprendo.
— Tu conoces lo que hace una enfermedad a la persona que la sufre y a quienes le rodean, ¿verdad?
— Sí. – dice apesadumbrado.
— Pero la enfermedad no define quién eres.
— Lo siento, sigo sin entenderlo. – balbucea.
— ¿Te has preguntado alguna vez por qué tú? – insiste.
Aaron se sorprende de la pregunta, aunque sabe de sobra la respuesta
— Sí. – afirma resignado – Muchas veces.
— Pero no me refiero solo a lo malo. También a lo bueno. – dice la voz abriendo un nuevo enfoque en su cabeza.
Eso nunca lo había hecho. Siempre que ocurría algo malo se preguntaba cuál era la razón por la que le había pasado eso a él, pero, por el contrario, cuando se encontraba con algo bueno, no se hacía la misma pregunta.
— Hazlo. Y cuando lo entiendas, sabrás tu motivo.
El silencio vuelve a apoderarse de la conversación.
Aaron piensa en las palabras que ha escuchado, y las intenta asimilar desordenadamente ante el exceso de información que ha provocado en su mente.
No sabe si lo entiende bien. Tan solo tiene la percepción de que lo que esa voz le ha revelado, es muy valioso.
— Pero… a mí el dolor por la pérdida de mis padres me cambió. Cambió mi forma de ser. Yo era feliz, tenía todo lo que quería. Y de repente, en tan solo unos meses, todo se esfumó. Lo que era, ya no lo soy.
— Sigues cometiendo el error de no verlo todo en conjunto. Lo que pasó fue duro, pero no cambia en absoluto tu condición. Sigo diciendo que eres afortunado. Pronto lo irás comprendiendo.
— ¿Me estás diciendo que no hay nada, por muy triste y doloroso que sea que pueda cambiar mi condición? ¿Que pueda cambiar el motivo por el que estoy aquí?
La anciana medita su respuesta:
— Sí. – hace una pausa – Es complicado decir esto, pero ni el mayor dolor que puedas imaginar, cambiaría la condición de cada uno. Incluso algo para lo que no estamos preparados, mantendría intacto nuestro motivo.
— Nadie está preparado para sufrir. – reflexiona Aaron en voz alta.
— Te equivocas de nuevo. Estáis exactamente preparados para eso.
El dolor es algo intrínseco al ser humano.
Y lo experimentáis durante toda la vida.
Se nace sufriendo, lo que ocurre es que no os acordáis.
De hecho, es uno de los mayores traumas que existen en vuestra vida.
Pero vuestra memoria, os protege de ello.
Si no fuese así, tendrías tanto miedo de todo lo que vendrá, que no seríais capaces de vivir siquiera.
Después, durante toda vuestra vida, el dolor está presente de diferentes formas:
— Cuando se es pequeño y salen los dientes, cuando se sufre una caída, cuando no se entiende algo, cuando se discute con amigos o familia, en el desamor, en el rechazo, en las enfermedades, cuando se pierde a gente que se quiere, en la soledad, en la vejez…
y finalmente… en la muerte. Y precisamente, eso es lo que hace que los momentos felices sean tan increíbles.
Sin el dolor, no experimentaríais la felicidad.
Y debe ser en pequeñas dosis, porque si fuese al revés, si la mayoría de vuestro tiempo vivieseis con felicidad y puntualmente sintieseis dolor, esos momentos serían completamente inaguantables.
— Todo tiene una razón.
Aaron, aunque con reservas, cree que empieza a entender lo que le quiere decir.
— Creo que lo entiendo… Aun así, hay momentos para los que no estamos preparados, como es la muerte de la gente que queremos. – razona, tratando de mostrar que tiene muy presente la pérdida que sufrió.
La anciana le corrige con determinación:
— Se que perder a tus padres en tan poco tiempo, y de la forma en la que fue, no debió ser fácil. Lo siento de veras. Pero la única muerte para la que el ser humano no está preparado es la de sus hijos.
Otra frase que le sacude como un mazazo en plena nuca.
No sabe que decir, la respiración se acelera, los ojos se le nublan y el corazón empieza a bombear de nuevo con violencia, como si quisiera explotar.
Cierra los ojos para tratar de calmarse, pero la imagen de su hija en diferentes etapas de la vida se apodera de sus pensamientos.
La voz de su pequeña llamándole, retumba en su cabeza:
Papá, Papá, Papá…
Abre los ojos. Sigue tumbado boca arriba, pero todo es diferente.
Las filas de asientos que le rodeaban antes de que aquella extraña mujer le abrazara, están ahí de nuevo.
Como los maleteros que se sitúan sobre ellas.
Sigue habiendo oscuridad, pero percibe el ambiente muy cambiado.
Sin tensión. Poco a poco siente como la movilidad llega a todas sus extremidades y se incorpora despacio hasta quedarse sentado en medio del pasillo.
Mira hacia todos lados buscando poner cara a la extraña voz que le ha hablado hace solo un momento, pero no hay ni rastro de ella.
Como tampoco lo hay del amasijo de hierros en el que se había convertido la pared de la parte trasera del habitáculo donde se encuentra.
Vuelve a mirar hacia delante y relaja la posición arqueando las piernas y colocando los codos sobre ellas al tiempo que se lleva las manos a la cara y se la frota tratando de comprender una vez más que ha ocurrido.
Entrelaza sus manos y hunde la cabeza hacia abajo intentando abstraerse de la situación.
— ¡Papá, Papá!
Yergue la cabeza de un golpe seco y se queda inmóvil, tratando de no hacer ningún movimiento que no le permita escuchar con claridad.
— ¡Papá! ̶ vuelve a llamarle.
Es la voz de su hija.
Se levanta rápidamente y sale como una exhalación corriendo hacia la parte delantera.