Las horas invisibles Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Tras solo unos segundos, vuelve en sí su mente, pero no su cuerpo, que permanece paralizado en la posición en la que se desmayó.

Abre los ojos, y sin poder mover la cabeza, los retuerce en todas direcciones tratando de ver a aquella mujer que le ha agarrado por detrás.

No lo consigue, pero para su asombro, y hasta donde le alcanza la vista, se percata de que todos los asientos que había allí han desaparecido.

El compartimento está totalmente diáfano, y lo más desconcertante es, que no hay signos de que no haya sido así alguna vez.

Ni rastro de los asientos que ocupaban casi la totalidad del espacio.

Tampoco de los maleteros que se situaban en la parte superior junto al techo.

Parece una habitación de aislamiento. Lo único que no ha cambiado es la moqueta sobre la que yace inerte pero consciente.

Las ventanillas también siguen allí. Al igual que la niebla del exterior, haciéndole tener una extraña sensación de falsa paz de que al menos algo es conocido, ante el miedo que se apodera de él a cada instante que pasa.

Mientras tanto, intenta moverse sin conseguirlo.

En mitad de todos los infructíferos esfuerzos, escucha una voz que proviene justo del ángulo que se encuentra detrás de su cabeza y que no alcanza a ver. Es de una mujer mayor. Muy mayor. Pero lejos de ser afable, suena contundente y amenazadora.

— No pareces estar bien. – dice tensando la situación.

— ¿Quién es? – pregunta desconcertado a la voz.

— ¿Y tú?

Se hace un silencio mientras duda si contestar. Finalmente entiende que no tiene muchas más opciones.

— Me llamo Aaron – dice gritando desesperado.

— Hola Aaron. – responde la mujer interrumpiéndole.

— ¿Es usted la mujer que…?

— ¿Qué mujer? – vuelve a interrumpirle.

— Justo después del accidente me he despertado y ha aparecido una mujer. ¿Es usted?

— ¿Accidente? ¿De qué accidente hablas?

— Del que ha habido. – explica desesperado.

Se hace un silencio.

— ¿Has mirado fuera? – pregunta la anciana.

— Sí, he mirado. Se que estamos en el aire, pero le juro que el avión se ha estrellado.

Vuelve a hacerse otro silencio, esta vez sin respuesta.

— Se lo que parece. – intenta explicarse ante la misteriosa presencia. – Sé que pensará que estoy loco, pero aquí han estado pasando cosas muy extrañas durante todo el viaje.

— Ya.

No ver a esa extraña mujer le produce desconcierto, por lo que no sabe interpretar esa respuesta.

Tal vez sea porque piensa que está loco, o tal vez porque de alguna forma le da la razón y lo que está pasando allí no tiene ningún tipo de sentido.

O quizás ella ha sido la que ha provocado todo y simplemente está jugando con él.

En cualquier caso y aunque no vaya a solucionar nada, necesita ver la cara de aquella voz que le crea tanto desconcierto.

— ¡Escuche! – exclama con desasosiego. ¿Puede moverse para que pueda verla? Es muy incómodo hablar con alguien sin verle la cara.

La mujer no contesta

— Por favor, al menos ayúdeme a levantarme. No puedo moverme.

— Será mejor que no te toque.

— No tranquila, no ha sido del accidente. – intenta explicarse – Ha sido después.

— Lo sé. – responde, haciendo que a Aaron se le ericen todos los pelos de su cuerpo.

— ¡Eres la mujer que me ha hecho esto! ¿Qué me has hecho? ¿Por qué no puedo moverme?

Vuelve a hacerse un silencio. Aunque no puede verla, sabe que está ahí, de pie, justo detrás de él. Siente su presencia que emana un frio desolador que le cala hasta las entrañas.

— ¿Quién eres? – grita abatido ̶ ¿Qué está pasando?

No contesta. Cada vez que deja de gritarle, lo único que se escucha es la respiración exagerada y los latidos acelerados de Aaron a lo largo de los segundos que se hacen interminables.

— ¿Eres buena persona? – interrumpe la anciana.

— ¿Qué? ¿De qué está hablando?

— ¿Te consideras una buena persona? – repite.

Ahora es él el que guarda silencio mientras continúa inmóvil en el suelo, a los pies de aquella misteriosa figura. No sabe por qué le pregunta eso, ni lo que debe responder.

— Sí, … supongo. – responde entre sollozos.

— ¿Supones? Todo el mundo sabe si es buena persona o no lo es. ¿Lo eres o no?

— ¿Por qué me pregunta eso? – dice casi llorando, mientras intenta moverse sin poder conseguirlo.

— ¿Sabes lo que es el karma?

— Sí.

— ¿Y crees en él?

— Sí. – responde vacilante.

— ¿Por qué?

No entiende nada. No tiene ganas de contestar, no tiene ganas de seguir con la conversación.

Solo quiere poder moverse y que todo termine, pero no le queda más remedio que seguir a merced del interrogatorio sinsentido al que le está sometiendo esa inquietante voz, con la esperanza de que quiera ayudarle y no hacerle más daño, algo que se le ha estado pasando por la cabeza desde que estando en el suelo, inmóvil, se dio cuenta de que no estaba solo.

Aun así, coge fuerzas y contesta.

— Si haces cosas buenas, te pasarán cosas buenas, y si haces cosas malas, te pasarán cosas malas. Eso es el karma. Por eso me esfuerzo en ser una buena persona. – explica angustiado sin saber que le puede traer esa explicación.

— Ya. – vuelve a decir de nuevo la siniestra anciana mascullando sus palabras. –

— ¿De verdad piensas que funciona así?

— ¿Qué?... Sí. – responde desconcertado.

— Lamento decirte que no. – hace una pausa que eleva el nivel de atención de Aaron, que espera la explicación con desconfianza.

– El karma existe, y es verdad que es un equilibrio entre las cosas buenas y las malas, pero no como lo entendéis.

Realmente es como el yin y el yan. – aclara con un tono siniestro y sosegado ̶ Un equilibrio perfecto entre lo positivo y lo negativo.

Si todo es bueno o todo es malo. No existe dicho equilibrio.

— Pero eso no tiene sentido. – espeta Aaron compaginándolo con una respiración angustiosa.

— ¿No lo tiene?

— No, porque si fuese así, daría igual que la gente fuera buena o mala. – razona intentado desmontar la teoría de la anciana.

— Eso es exactamente lo que estoy diciendo.

Aaron queda sin respuesta por unos segundos, intentando asimilar lo que acaba de escuchar.

Su expresión es seria, tiene la boca cerrada con los labios apretados.

Mira a todos lados intentando encontrar algo de clarividencia mientras inhala aire por su nariz, hinchando su pecho en cada respiración de forma exagerada.

Su cara denota que no entiende lo que le está intentando decir.

Haciendo un esfuerzo, intenta seguir firme en su razonamiento anterior.

— Pero hay gente a la que le sale todo bien y a gente que no. Así que lo que dice no puede ser.

La mujer prosigue con su explicación.

— Para que todo funcione, el número de cosas buenas y malas debe estar equilibrado.

Ese equilibrio debe darse en cada persona, pero en algunas ocasiones ocurren excepciones.

Y se debe igualar ese número. Por lo que a alguien al que le pasen cosas buenas, debe ser contrarrestado con alguien al que le pasan cosas malas.

— ¡No! ¡No! ¡No! – niega con desesperación.

— ¿No?

— ¡No! – exclama una vez más con mucha más contundencia.

Después de ese grito, el silencio se apodera de la situación volviéndose realmente molesto. Ninguno de los dos dice nada, hasta que la anciana, casi susurrando, expulsa dolor en forma de palabras que literalmente le revienta.

— ¿Tu padre era buena persona?

A Aaron le da un vuelco el corazón al oír esas palabras.

Ni siquiera le importa no poder moverse.

Hasta el miedo desaparece de su mente, que se ha inundado de una absoluta falta de fe en todo lo que ha creído siempre ante aquella pregunta que no necesita contestación.

Esa voz a la que no pone cara acaba de desmontar su mundo con una simple frase.

Por supuesto que su padre era una buena persona. No tiene ninguna duda de eso.

Pero entonces: ¿Por qué le pasó lo que le pasó?

No existe otra explicación que la que esa dañina voz acaba de darle, y no sabe si le afecta más que así sea o haberlo tenido siempre tan cerca y nunca haberse parado a pensar en ello. Se siente totalmente desubicado y con una sensación de engaño que no se puede quitar de la cabeza.

— Tranquilo… Pasa siempre. Es doloroso conocer la verdad.

— No puede ser. – niega una vez más desesperado.

La mujer contesta con silencio.

— ¡No es justo! – grita.

— Tenía que ser así.

— ¿Entonces de qué vale? ¿De qué vale ser buena persona? ¿De qué vale comportarse bien? ¿Ayudar a los demás? No vale de una mierda, porque alguien con más suerte que tu va a estar bien sin importar si se lo merece o no.

— No es tan sencillo. Hay algo más. Tienes que verlo como un todo. No pensar individualmente. – trata de explicarle.

— ¡Que le follen a tu “algo más”! ¡Esto no es justo!

¡Y me da igual el resto del mundo! Nunca supe por qué perdí a mi padre de esa manera, sin poder despedirme de él.

Esto me ha perseguido durante mucho tiempo.

Mucho tiempo en el que intenté comprender por qué.

En el que dudé de todo. En el que destrocé mi vida, e hice infeliz a mi familia.

En el que la gran parte de cada día que pasaba me esforzaba en intentar superarlo.

Y resulta que por mucho que diga que no es tan sencillo, la explicación es que hay alguien por ahí al que ni siquiera conozco que es más afortunado que mi pobre padre.

— Pero eso no es lo peor. Lo más triste es que da igual lo que hagas en la vida porque no tienes la mayor incidencia en nada de lo que pase.

— ¡No lo acepto!

La anciana le observa sin inmutarse, dejando que expulse por la boca todos sus demonios.

Lo necesita. A pesar de continuar en la misma situación que al principio, ha olvidado el miedo que sentía por no poder moverse.

Ni siquiera siente el dolor físico que le ha provocado aquella mujer cuando le agarró por detrás.

Sólo siente rabia, que expulsa a borbotones en forma de blasfemias que se atropellan en su boca con una ira desmedida.