Capítulo 8
“ocho”
Silencio. Mucho silencio. Es lo primero que percibe después de la caída.
Está desorientado. No sabe qué ha pasado realmente, ni si tiene algún hueso roto o una herida grave que deba preocuparle.
Todavía no ha tratado de mover ni un solo músculo y permanece en la posición en la que ha vuelto en sí.
Tiene el cinturón abrochado, y se encuentra inclinado hacia delante con el lateral izquierdo de su frente apoyado sobre el respaldo delantero y los brazos colgando sin tensión hacia los lados de ambas piernas.
Aún no ha abierto los ojos. Tiene miedo de hacerlo y encontrarse un escenario desolador.
Aún así, es consciente de que no tiene muchas más opciones.
Suspira sufridamente varias veces, intentando sacar fuerzas de cualquier resquicio de su cuerpo, y lanza sus párpados hacia arriba como si de un ejercicio de press se tratara, pero solo consigue abrir una ínfima ranura por donde no es capaz de apreciar el lugar en el que se encuentra.
Los parpados le pesan demasiado, como si alguien estuviese tirando de ellos con fuerza hacia abajo.
Aun con los ojos cerrados, decide cambiar de estrategia y emplear la poca energía que le queda en intentar incorporarse.
Así que levanta los brazos con dificultad y apoya las palmas de las manos en el respaldo del asiento delantero, haciendo fuerza hasta conseguir incorporarse.
Ya con la espalda apoyada totalmente en el respaldo de su asiento, pero con los ojos aún cerrados, intenta mover las piernas que van reaccionando poco a poco, cogiendo cada vez más consistencia.
Parece que su cuerpo comienza a funcionar de nuevo.
Solo le falta ser capaz de abrir sus ojos para ser plenamente consciente de la situación.
Le duelen, pero no puede permanecer más tiempo a ciegas.
Así que esta vez los aprieta, cerrándolos con fuerza, y tras varios segundos, los abre con toda la energía que puede, haciendo que se abran por completo.
Mantiene la mirada al frente, y va consiguiendo enfocar lentamente la imagen.
Permanece con la cabeza inmóvil, y solo sus ojos se mueven a ambos lados intentando adivinar formas.
Se imaginaba una situación devastadora con todo totalmente destruido, pero para su sorpresa, el avión está intacto.
Los maleteros cerrados, todos los asientos en su sitio, y ni un ápice de destrucción de la cabina.
Como si nada hubiera pasado realmente. Solo hay dos cosas que han cambiado: ese lado del avión estaba lleno de personas, y ahora se encuentra completamente vacío.
No hay ni rastro de los pasajeros que ocupaban los asientos, ni tampoco de la mujer con la que había estado hablando justo antes de que cayesen.
Y la otra es, que vuelve a haber una oscuridad aterradora, como la que le había acompañado justo antes de entrar en ese compartimento.
No entiende nada. Se encuentra más desconcertado si cabe que cuando aún no había abierto los ojos.
Justo antes del accidente, la cabina estaba destrozada, y ahora no existe ninguna señal de que allí haya ocurrido nada.
Se desabrocha el cinturón torpemente y se levanta hacia su lado derecho apoyándose en el brazo del asiento con una mano y en el respaldo delantero con la otra hasta erguirse casi por completo.
Todavía con la mano en el respaldo delantero, gira la cabeza echando un vistazo rápido a la fila de asientos que se encuentran a su derecha.
Algo le llama la atención. Su expresión muta en asombro mientras frunce el ceño como si no pudiera creer lo que está viendo.
Se acerca ese lateral donde se encuentra la fila de asientos y sube su rodilla al que está más cerca de él, apoyándose con las manos a los espaldares de los asientos de ambos lados y aproximando su cabeza a la ventanilla con incredulidad:
— Pero… – dice en voz baja con asombro para sí mismo permaneciendo inmóvil, totalmente incrédulo por la estampa que tiene ante él.
La niebla gris ̶ rojiza ha vuelto, y no se aprecia un solo signo de que el avión se encuentre en tierra y ni mucho menos que hayan sufrido un accidente.
Vuelve a percibir esa calma intranquila que le había acompañado desde el principio y de la que se había olvidado desde que accedió a ese departamento. Y eso le aterra.
Retrocede situándose en el pasillo de nuevo para decidir qué hacer.
Mira hacia la parte trasera, algo que no había hecho desde que había despertado allí, y vuelve a sobrecogerse.
Donde antes estaba la cortina y el pasillo por el que había accedido a ese habitáculo, ahora se encuentra un amasijo de hierros fundidos los unos con los otros, formando una imponente pared desde el techo hasta el suelo y que no le permite retroceder.
Permanece estático en el pasillo. Gira la cabeza y mira vacilante hacia la parte delantera del compartimento para ver si ha ocurrido lo mismo, pero la oscuridad oculta esa zona.
El miedo vuelve a recorrer su cuerpo haciéndole sentir vulnerable.
Aún así, reúne como puede las fuerzas, que va recuperando poco a poco, y decide aproximarse al amasijo de hierros para verlo más de cerca.
Con paso cauteloso, se aproxima a la parte trasera hasta encontrarse a solo un palmo de la pared.
La toca, empujándola con ambas manos para comprobar si es tan robusta como parece a simple vista.
Lo es. Hace varios intentos para tratar de moverla, pero no se desplaza ni un ápice.
Como si siempre hubiese estado ahí. Además, está fría.
Gélida. Como si fuese la pared de una cámara frigorífica.
Y cada vez que la toca, siente que ese frío se le mete en el cuerpo y va conquistando a toda velocidad partes de él.
Desde las manos, hasta los brazos, el tronco y las piernas.
Hace un último intento, y se acerca quedándose solo a un palmo de esta, mientras apoya su oreja contra ella para tratar de escuchar el otro lado. Nada.
— Por aquí es imposible. – murmura mirando la pared al tiempo que retrocede con un paso hacia atrás separándose de ella.
Al girarse, el corazón le da un vuelco. A tan solo unos metros, donde la oscuridad no deja ver más, se adivina una forma de alguien que no logra distinguir, mirándole impasiva.
Parece una mujer mayor, de corta estatura y con un vestido negro que le cae hasta el suelo.
Lleva un velo que oculta su pelo y su rostro, haciéndola todavía más intimidante, y aunque no puede ver sus ojos, siente como le está mirando. Imperturbable. Desafiante.
Después de unos segundos, todavía con las piernas temblorosas, decide intentar comunicarse con ella.
— Hola. ¿Cómo esta? ¿ha sentido usted el golpe? ¿se encuentra bien? – pregunta intentando disimular su titubeante voz.
La mujer no responde ni hace ningún amago de reaccionar a sus preguntas, permaneciendo en la misma posición que al principio.
Ante la impasividad y la falta de reacción de aquella inquietante figura, decide, no sin miedo, dar un paso hacia ella.
Al tiempo que avanza, la figura retrocede en igual medida de una forma fantasmagórica, como si no le hiciese falta mover los pies.
Aaron no entiende por qué esa figura se aleja de él cada vez que intenta acercarse, y siente como el miedo comienza a expandirse por todo su cuerpo cual virus, hasta el punto de hacerle moverse de una forma torpe y descontrolada.
Con mucha dificultad, Aaron vuelve a avanzar hacia la perturbadora figura que tiene ante él, con el objetivo de poder verla con más claridad, pero el resultado es el mismo.
Cada paso que avanza, la mujer responde alejándose, imitando su movimiento en distancia y velocidad hasta perderse en la oscuridad.
Aaron progresa de nuevo para tratar de verla, pero no hay ni rastro de ella. Se ha esfumado.
De repente, percibe una presencia a su espalda, a la par que un frío desgarrador que le atraviesa hasta llegar a los huesos.
Ni siquiera le da tiempo a girarse cuando la extraña figura que perseguía, le agarra del pecho abrazándole, lo que le provoca un dolor insoportable en forma de descarga eléctrica que le martillea desde la piel hasta los órganos como miles de punzones afilados.
Nunca había sentido un dolor igual. Intenso.
Interminable. Intenta gritar, pero no le sale la voz.
Un pitido agudo y doloroso, como el de los silbatos de los perros, es lo único que escucha taladrándole los oídos de forma constante.
Intenta zafarse del abrazo de aquella “bestia”, pero no siente ni su propio cuerpo.
No puede soportarlo más. Solo quiere que el dolor acabe.
De la forma que sea. Sin esperarlo, le suelta, desplomándose como un peso muerto en medio del pasillo, y quedándose tumbado boca arriba, inconsciente y sin poder moverse.