Las horas invisibles Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

— Hay veces que no basta con eso. Hay que demostrarlo y no lo hice.

– asevera consternado – Con mi madre lo intenté.

Pero el peso era ya muy grande. Además, el tiempo no jugó a mi favor y a los pocos meses murió de pena.

En ese momento, me quedé sin fuerzas. Y dejé todo.

Traté de retomar el control de mi vida y decidí centrarme en lo que más quiero: mi mujer y mi hija.

Pero tampoco supe hacerlo. Yo, que las debería haber puesto en el centro.

Haberlas cuidado. Haberlas protegido. Me centré más en mí que en ellas.

En intentar estar bien yo. Sin darme cuenta de que segundo a segundo, las estaba consumiendo la energía.

Les estaba robando la alegría. No lo hice a propósito.

Nunca les haría nada malo. Pero mi cabeza no estaba allí.

Estaba en un lugar muy oscuro del que no sabía salir.

Tan oscuro como este avión. – hace una pausa para continuar con su explicación – Todavía a día de hoy, sigo sin ser yo.

Te juro que lo intento con todas mis fuerzas, pero no puedo.

Se hace un silencio por unos segundos entre los dos. Sin decir nada, ambos saben la frase que viene a continuación:

— Hablando contigo ha sido la primera vez en muchísimo tiempo que he notado algo diferente. Que he visto algo de mí. De lo que era. Y eso me desconcierta.

— ¿Por qué?

— Porque no tenía esperanzas de volver a ver esa versión mía en este viaje.

Hace una pausa solemne que permite casi oír el silencio, antes de continuar:

— Y porque ha sido contigo. – dice casi susurrando.

Isabella le mira apesadumbrada. No dice nada, pero él puede sentir la desilusión en su cara ante sus palabras.

— Perdona, no me he explicado bien. Lo que quiero decir es que siempre pensé que, si alguien podía hacerme ser yo otra vez, sería mi mujer.

Se hace un silencio desgarrador entre ellos.

Por primera vez las palabras no fluyen y las miradas se cortan sin llegar a alcanzar al otro.

Aaron tiene sentimientos encontrados, y en su cabeza se entrelazan pensamientos confusos.

Tras varios segundos sin decir nada, ella trata de retomar la normalidad:

— Bueno, da igual como haya sido. Lo importante es que te has vuelto a sentir así. ¿No? – dice como si no hubiese oído os últimos segundos de la conversación.

— No es tan fácil. – responde resignado.

— ¿No?

— No.

— ¿Por qué?

Aaron guarda silencio ante su insistencia.

Lo normal sería pensar que no entiende que sea tan fácil salir del pozo en el que ha estado durante tanto tiempo por el simple hecho de en un momento puntual, haberse sentido él de nuevo.

Pero la verdad es que eso no es lo que le preocupa.

De hecho, siente que volverse a encontrar de nuevo, era lo que le hacía falta, por muy breve que haya sido, y que en realidad sí que ha podido ser un cambio hacia la recuperación de su yo anterior.

Sin embargo, el motivo es lo que le hace estar serio y distante.

Es como si tras mucho tiempo a la deriva, en medio del mar y sin ver tierra, alguien le hubiese lanzado un salvavidas, pero no sabe si quiere agarrarse a él.

Intenta disimular, pero la conexión que hay entre ambos juega en su contra.

— ¿Qué pasa? ¿Piensas que ha sido algo momentáneo?

— No, no es eso.

— ¿Entonces?

Permanece callado con la mirada hacia abajo.

— El problema soy yo. ¿Verdad? – deduce ante el silencio que gobierna gran parte de la conversación.

— Sientes que no ha sido algo sin importancia. Te has encontrado bien de verdad. Pero te sientes realmente mal por tu mujer. Como si lo que tenéis hubiese acabado en el momento en que te has vuelto a sentir tú conmigo – explica, como si pudiera ver lo que hay en el interior de su cabeza.

Sabe que es imposible resistirse a coger ese salvavidas, pero aún así intenta entender que le está ocurriendo.

Las teorías vuelan por su mente. No hay ningún tipo de lógica a lo que le ha pasado que no sea que se ha enamorado de esa mujer.

Pero nadie se puede enamorar de otra persona en unos minutos por mucha conexión que exista entre ellos.

Lo que siente trasciende al físico, y es precisamente lo que le preocupa.

Aún así, intenta imprimir algo de cordura.

— Si, algo así. – dice intentando aparentar que no está convencido del todo.

Isabella le mira con desaprobación sin terminar de creérselo.

— Mira, lo único que sé es que llevo mucho tiempo sintiéndome como una mierda y sabiendo que hago sentir así a toda la gente que quiero.

Estando en un agujero del que ni sé salir, ni veo la salida y sin lograr ser ni un ápice de lo que un día fui y que asombró al mundo.

En definitiva, llevo mucho tiempo sin ser yo.

En todos estos años lo he intentado todo, pero nada me devolvía a mi yo original.

Y de repente, sin querer, en un vuelo en el que pasan cosas extrañas todo el tiempo, me encuentro contigo y me vuelvo a sentir como hacía mucho tiempo que no lo hacía.

De repente todo empieza a funcionar. Sé que no hemos hecho nada, pero no me deja estar bien completamente que, sin apenas conocernos, me recuerde tanto lo que me haces sentir a lo que sentía antes con mi mujer. Me destroza la cabeza.

Isabella que le ha mirado atentamente durante toda la explicación le interrumpe.

— Aaron, eres muy especial, pero hay algo que no entiendes. Te ocurre lo que a la gran mayoría de las personas. No sabes distinguir entre el momento y el todo. – dice volviendo a recuperar el tono cercano que había perdido en los últimos minutos.

— ¿Qué? No entiendo que quiere decir eso.

— Es sencillo. El problema es que tú solo estás pensando en que yo te he hecho sentir así.

Eso ha sido el momento. Pero como has dicho, ya llevabas mucho tiempo intentando volver a ser tú, trabajando en ello.

Y no lo hacías solo. Tu mujer y los tuyos estaban ahí, día tras día, decepción tras decepción, construyendo la escalera que te acercaba más a tu objetivo, aunque no eras consciente de ello.

Ese es el todo. Sin todo ese trabajo continuo que ya habías realizado, el momento de volver a sentirte como antes no habría llegado.

Una vez más, queda impresionado por aquella mujer. No solo es preciosa, sino que desprende un carisma que sería capaz de convencer a cualquiera sin lugar a duda de que lo que dice es la verdad absoluta sin admitir ningún tipo de discusión.

Reflexivo, permanece callado analizando en su cabeza cada frase que ha salido de su boca. La verdad es que después de escuchar su explicación y observar como las palabras iban cayendo en el sitio exacto hasta formar un amasijo de pensamientos sin fisuras, se siente un poco más tranquilo.

— “Tal vez es cierto que todo el trabajo ha tenido sus frutos. Además, en este avión ocurren cosas que no se explicar y que tal vez ha tenido algo que ver” – piensa para sí mismo.

Tras casi un minuto sin decir nada por ninguna de las dos partes, ella interrumpe sus pensamientos:

— De todas formas ¿piensas que es posible?

— ¿El qué? – pregunta desconcertado sin entender bien a qué se refiere.

— Desenamorarte de tu mujer así de fácil.

Aaron siente como su corazón cambia de ritmo al oír esa frase como si le hubieran dado una descarga eléctrica directamente en el pecho.

— ¡No, claro que no! – responde ofendido.

La mujer continúa observándole con detenimiento, sin apenas pestañear, sin mover ni un músculo de su cara, como si quisiera presionarle para que no dudara ni un segundo de la respuesta que le acaba de dar.

— Ok, porque por un momento pensé que te habías vuelto loco.

La mira extrañado ante esa afirmación, mientras espera expectante a la explicación.

— Me parecería realmente extraño que te puedas desenamorar de alguien con quien has compartido todo, por el hecho de coincidir unos minutos conmigo.

Quiero que me entiendas bien: Soy plenamente consciente de la situación, y es verdad que existe una conexión muy fuerte entre nosotros.

Yo también la siento. Pero conmigo como tal, no has vivido ninguna de las cosas que han marcado tu camino y que te han hecho ser como eres.

No es posible comparar ambas situaciones.

— El momento y el todo… ¿recuerdas?

La expresión de aquella increíble mujer ha ido mutando durante la explicación hasta alcanzar un tono con el que se siente muy a gusto nuevamente.

Vuelve de nuevo a estar sorprendido con ella, que por enésima vez escoge en sus intervenciones las palabras exactas en el momento exacto, como si supiese que tiene que decir para hacerle sentir mejor ante la marabunta de emociones que le golpean en cada suspiro.

De repente, y como si no hubiese acabado su explicación, ella da un giro inesperado y quebranta su aparente tranquilidad.

— Aunque también puede ser que lo que teníais tu mujer y tú murió hace ya mucho tiempo y has estado escondiéndote en tu depresión para no afrontar la situación.

Hasta un punto en que lo más cómodo ha sido vivir de esa manera, y te has acostumbrado a sentirte mal en ese pozo oscuro de dolor, para no dar explicaciones a nadie, porque en el fondo sabes que, de alguna forma, no serías capaz de estar sin esa red de seguridad que es ella.

No se cree lo que acaba de escuchar. Al oírla decir eso, todo se ha revuelto en su interior dándole incluso náuseas. Ahora, siente rabia y dolor por las palabras de aquella cambiante mujer, que hasta entonces no creía capaz de revolverle de aquella manera.

— ¡Cállate! – grita enrabietado – No tienes ni idea de lo que dices.

Lo que tenemos mi mujer y yo es increíble y no lo podría tener con nadie más ni coincidiendo en diez vidas.

Ella es la persona más buena que existe.

Ha aguantado lo imposible para estar conmigo y ha tirado de mi en los peores momentos.

No la conoces, no tienes derecho a hablar de ella.