Las horas invisibles Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

Inicia su camino repitiendo la misma fórmula, paso decidido pero cuidadoso, colocando las manos en los respaldos de los asientos según avanza y mirando cuidadosamente a todos lados, con tanto detalle como la oscuridad le permite, para tratar de captar cualquier cosa que arroje un poco de claridad a lo que está pasando allí.

Al igual que en su sueño, si es que lo fue, el avión está completamente vacío, y la inquietante tranquilidad a la que no termina de acostumbrarse del todo, le provoca escalofríos en cada paso que da.

No sabe si es por los nervios, pero tiene la sensación de llevar caminando bastante tiempo, como si hubiese entrado en un bucle de asientos que pasa dejando a ambos lados, sin encontrar el fin, hasta que a solo unos metros de donde está, la oscuridad comienza a hacerse más intensa, como si de las profundidades de una cueva se tratase.

Si antes podía ver a escasos 2 metros de donde se encontraba, en ese punto no lograba ver a más de unos pocos centímetros.

Vuelve a sentir miedo, pero su instinto le hace seguir avanzando.

Achina sus ojos, intentando que las pupilas se contraigan para acostumbrarse a una luz más baja que le permita intuir alguna forma, al mismo tiempo que acerca su cara a la oscuridad.

No lo consigue. Si quiere saber qué se esconde a partir de ese punto, va a tener que adentrarse en él.

Así que se coloca de medio lado, flexiona las piernas levemente al tiempo que extiende su mano derecha hacia delante con la palma extendida para prevenir cualquier contacto y, con cautela, comienza a avanzar lentamente reduciendo la amplitud de sus pasos.

Poco a poco se va introduciendo en la oscuridad hasta el punto de no ver absolutamente nada.

Se siente como cuando entras en una habitación oscura y no eres consciente de dónde está el interruptor de la luz.

Ha perdido por completo la noción espacial, así que gira levemente la cabeza, sin perder la posición, para comprobar que a su espalda se atisba algo de luz por el pasillo por donde ha venido.

Esa pequeña escapatoria en forma de claridad le hace ver el espacio recorrido, devolviéndole ligeramente el control de la posición, para perderlo de inmediato cuando vuelve a mirar hacia delante de nuevo.

Continúa avanzando, y después de varios pasos, su mano tropieza con algo que, aunque no sabe a ciencia cierta qué es, parece una extraña puerta que sella completamente el paso al otro lado.

Todavía en la posición inicial con el brazo extendido, la palpa intentando empujarla, y a pesar de moverse levemente cada vez que la toca, parece pesada y difícil de abrir.

Su tacto es duro y robusto, con un recubrimiento de plástico grueso que está frio al tacto.

Se sitúa frente a ella y apoya las palmas de las manos para a continuación, empujarla con fuerza sin conseguir abrirla.

No está cerrada, pero parece que está anclada en los bordes.

Prueba otra vez un poco más fuerte, pero sin llegar a conseguirlo, así que lo intenta de nuevo, pero esta vez se separa de la puerta dando dos pasos hacia atrás para coger más impulso.

Prepara el hombro para cargar con él, y arranca con fuerza hasta chocar contra ella.

La puerta se suelta del borde por su lado derecho quedándose mínimamente entornada.

Por la ranura se deja ver una luz amarillenta, mucho más intensa que la que ha visto hasta ahora.

Aaron se asoma con dificultad por el pequeño hueco que se ha abierto, pero no consigue ver nada más que lo que parece ser un pasillo iluminado.

Se coloca de nuevo frente a la puerta y apoya las manos en el borde derecho de la misma.

La empuja, cediendo esta, hasta quedar abierta lo justo para pasar.

Le sorprende que parece haber bastante más luz que la que había hasta ahora, aunque eso no es decir mucho.

Atraviesa la puerta cuidadosamente y se queda inmóvil sin saber muy bien que pensar.

Está sorprendido por la diferencia de energía que se siente en el ambiente, como si fuesen dos lugares completamente diferentes, separados por esa extraña puerta.

Al otro lado hay un pasillo iluminado con una luz cálida, bastante acogedora.

Tiene unos 5 metros, sin ventanillas, con un suelo almohadillado en moqueta azul marino y termina en una cortina opaca de color beige que se extiende hasta el suelo.

Comienza a recorrerlo de forma desorientada con paso lento, mirando a todos lados hasta llegar a la cortina.

Se detiene frente a ella y alarga su mano izquierda cogiendo de forma cruzada el lado derecho de la misma para retirarla.

Al abrirla, aparece un departamento del avión con los asientos dispuestos de la misma forma que en la parte trasera, donde estaba sentado, iluminado por una luz algo más tenue que en el pasillo que acaba de atravesar, aunque igualmente agradable.

Pero la luz no es la principal diferencia.

Lo extraño es que todos los asientos están ocupados, aunque nadie emite ni un solo ruido.

Si antes pensaba que no había nada que le produjese más tensión que sentir el avión vacío con un silencio inquietante, se equivocaba.

Era mucho peor sentir ese mismo silencio con un avión lleno de gente.

No puede permitirse el lujo de parar, así que se desliza por el pasillo de la derecha lentamente, intentando avistar alguna cara “conocida”: el viejo del principio, el hombre que estaba en su sitio, aquella mujer…

A cada paso que da, gira el cuello a ambos lados, mirando con detenimiento a cada persona sentada en las filas que están a su alrededor sin lograr su objetivo.

Es sobrecogedor. Nadie le devuelve la mirada.

Nadie le hace el más mínimo caso. Todos tienen la vista fija hacia el respaldo del asiento delantero como si estuvieran abducidos.

De repente, solo un par de filas más adelante a su izquierda, un asiento libre.

No sabe por qué, pero siente un impulso incontrolable que le hace acelerar el paso hasta ponerse a su altura.

El corazón le da un vuelco. Justo al lado de ese asiento libre está sentada la preciosa mujer con la que había coincidido antes.

Tiene las piernas cruzadas, y la cabeza agachada mientras lee un libro, sin advertir la existencia de Aaron, que se ha cuadrado hacia ella y espera a ser visto, con su brazo izquierdo apoyado en el respaldo.

La mujer, que no se había percatado de su presencia, sin variar la posición, levanta la cabeza y la gira hacia él. Le examina con detalle y esboza una sonrisa agradable que le hace ponerse nervioso.

— ¡Ay hola! – dice la mujer sin dejar de sonreír al mismo tiempo que cierra el libro, pero manteniendo una de las manos en la página por la que va, para no perderse.

— Mmm… ¡Hola! – dice Aaron devolviendo una tímida sonrisa que se instala más tiempo del debido en su cara.

La mujer, sin dejar de mirarle, intenta aguantarse la risa cerrando la boca sin conseguirlo, soltando un ruido contenido interior que no llega a ser una carcajada.

— ¿Qué haces? – pregunta la mujer sonriente – ¿Quieres sentarte?

— ¿No hay nadie? – responde obviando la primera pregunta.

— Tú, si te sientas – apunta jocosa sin dejar de sonreír.

Se sienta lentamente, tratando de que no se le noten los nervios, sin conseguirlo.

Para si mismo, piensa que es irónico que no le ponga nervioso hablar ante cientos de personas, o intervenir en la radio o en programas de televisión, pero con esa mujer parezca un novato.

En su interior, intenta autoconvencerse de que se debe a la falta de costumbre y al tiempo que ha estado parado… aunque sabe que no es así.

— ¿Ya? – bromea ella.

Aaron pone cara de circunstancias y asiente, provocando que la bella mujer, ahora sí, suelte una carcajada.

— Soy Isabella. – espeta todavía riéndose mientras se lanza a dar dos besos a Aaron, que hace el gesto con su cabeza, pero vergonzoso, no se los devuelve.

— Yo Aaron. – responde levantando las cejas con una expresión entre asombro y extrañeza, superado por la situación una vez más en ese viaje. Pero esta vez no le molesta en absoluto. Está relajado al lado de esa mujer y ya ni siquiera piensa en todo lo que ha pasado ni en lo que puede pasar.

— Ya, Aaron Hidalgo. Si te conozco. – responde con seguridad.

— ¿Ah sí? – pregunta desconcertado, pensando en las anteriores personas que le han dicho lo mismo durante ese viaje.

— Sí. – hace una pausa corta que le genera nerviosismo – Siempre les pongo a mis alumnos tus charlas para tratar de inspirarles.

Aaron respira un poco más tranquilo. No quiere bajar la guardia, pero la verdad es que se siente muy a gusto con aquella mujer y no quiere ni imaginar que la situación vaya a enrarecerse como pasó las anteriores veces.

— ¡Muchas gracias! – exclama, sacando una sonrisa mucho más amplia, que sacude su recién estrenada timidez.

— Así que eres profesora. – dice, tratando de averiguar más sobre ella.

— Bueno, no exactamente. Soy psicóloga, pero ahora no ejerzo como tal.

Estoy en un Máster de un Instituto de Empresa dando clases sobre psicología en el mundo laboral.

– dice, cerrando el libro definitivamente y guardándolo en el compartimento delantero del asiento preparándose para una conversación más larga sin preocuparse por marcar la página por la que se había quedado.

— ¡Vaya! – exclama verdaderamente sorprendido – suena interesante.

— La verdad es que lo es. Lo que ocurre es que la mitad de mis alumnos no entiende por qué.

— ¿Qué no entienden? ¿la psicología o el por qué es interesante?

— Bueno, yo diría que seguramente no entienden nada. – los dos ríen al mismo tiempo de forma cómplice – pero me refería más bien a por qué es interesante.