Las horas invisibles Capítulo 7
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Capítulo 7

“siete”

— ¡Perdón! – exclama sin parpadear.

— ¡No, disculpe usted! – dice una dulce voz femenina que encaja en plenitud con un rostro totalmente perfecto.

Frente a él, una mujer de piel morena, alta, de aproximadamente un metro ochenta, con un vestido ajustado de color verde camuflaje por encima de la rodilla y escote elegante, que deja intuir un cuerpo delgado, esbelto, de medidas casi perfectas.

En los pies, zapatos de tacón fino no muy pronunciado a juego con el vestido, que la estilizan aún más si eso es posible.

Tiene el pelo liso, negro, y lo lleva cogido con una coleta alta, que deja ver un rostro que parece esculpido por los dioses.

Ojos color miel, que no son nada comparado con cómo los usa en esa mirada que hace sentir un calor abrasador con tan solo recibirla directamente durante una fracción de segundo.

Labios carnosos, pero sin llegar a ser exagerados, que no lleva pintados.

No le hace falta. Y que dibujan una sonrisa perfecta que le achina los ojos haciéndola parecer más cercana, y que haría volverse loco al hombre más cuerdo del mundo.

Va arreglada, pero no excesiva. Y se ve difícil, pero no inaccesible.

La mujer por la que todo hombre mataría, aunque ella parece no saberlo o no darle importancia.

La mujer se retira levemente hacia un lado ocupando el poco sitio que queda para dejar salir a Aaron.

Baja milimétricamente la cabeza, pero sin dejar de mirarle a los ojos como si le diese vergüenza, con una media sonrisa que en cualquier otra persona luciría extraña pero que, en su atractivo rostro, queda muy sensual.

Aaron, deslumbrado y nervioso, intenta salir como puede, no llegando a chocar sus cuerpos por escasos centímetros, y absorbido por la mirada penetrante de aquella mujer.

Se sobrepasan, y aunque ya no se miran, parece que lo hacen, como si hubiesen tomado ambos una foto mental de aquel instante.

La mujer entra en el baño y se escucha el sonido de la puerta cerrándose.

Aaron hace una pausa, mira de reojo hacia atrás sin saber por qué y por un segundo permanece inmóvil.

Acto seguido, continúa el breve camino hasta llegar a la última fila donde se encuentra su sitio.

Todavía pensando en ella, y como si fuese en piloto automático, se apoya en los respaldos para acomodarse en el asiento que está más cerca de la ventana.

Se sienta, con la mirada perdida, como cuando es de noche, llueve, y dentro del coche observa las gotas caer y resbalar por el parabrisas, con las cambiantes luces del semáforo de fondo.

Pero esta vez las gotas son el rostro de esa mujer.

No puede pensar en otra cosa. Se siente relajado por primera vez en el viaje.

Permanece inmóvil y con una expresión tranquila, muy diferente a la que tenía cuando entró al servicio.

Finalmente, después de unos segundos vuelve en sí y se percata de algo extraño.

Aquel hombre con el que ha hablado justo antes de entrar al baño y que parecía conocerle incluso mejor que él mismo, se ha esfumado.

— “Seguramente habrá vuelto asustado a su sitio después del numerito que he montado. La verdad yo tampoco me hubiese quedado” – piensa para sí mismo, aunque sigue convencido que lo que está ocurriendo allí no es normal.

Echa un vistazo a través de la ventanilla que se encuentra a su izquierda. La niebla rojiza de fuera sigue ahí.

Echa otro vistazo hacia el interior. Todo permanece oscuro, apenas se ve, y como ha ocurrido durante todo el viaje, no se escucha un solo ruido.

Decide rebuscar en el bolsillo delantero del asiento, por si aquel hombre se ha dejado algo.

Lo abre con su mano izquierda tirando de él para estirar la goma que tiene para fijar los enseres, pero no hay nada.

Ni siquiera esa revista que dejan para amenizar el vuelo, y que comienzan con una carta del CEO de la compañía, donde habla de la felicidad que siente al trabajar en una empresa que hace felices a los demás, expone el éxito de la aerolínea bajo su mandato y cuenta alguna anécdota personal, la cual relaciona a la perfección con el ámbito laboral y los desafíos que vienen, para después, según avanzas por ella, informarte de los destinos disponibles haciendo que pienses en el siguiente viaje sin haber terminado siquiera el que estás haciendo.

Ni rastro. Pero lo que más extraña a Aaron es que tampoco se encuentran las instrucciones de seguridad con las viñetas explicativas para saber lo que hay que hacer en caso de emergencia.

Mira el resto de los bolsillos de los asientos adyacentes, pero tampoco hay nada.

En el perturbador silencio, se escucha el pestillo de la puerta del baño, advirtiendo que aquella mujer va a salir.

Aaron se pone nervioso sin saber por qué y torna la cabeza para no perderse ni un segundo de la imagen de aquella diva, intentando que ella se percate de que la está mirando.

La puerta se abre y aparece de nuevo. Una vez ha salido, se gira sobre sí misma y la cierra, apretándola con las dos manos, con excesivo cuidado para no hacer ruido.

Se siente vigilada, así que levanta la cabeza y ve que Aaron la observa por encima del respaldo de su asiento.

Baja la mirada y sonríe con las manos aún apoyadas en la puerta.

Las retira e inicia su marcha hacia la parte delantera mirando de reojo a Aaron, que no aparta su atención de ella.

Al pasar justo a la altura de su asiento y sin detenerse, la mujer le mira descaradamente y con esa media sonrisa, de su boca sale un “hola” al que Aaron totalmente abducido, no responde, para seguidamente, continuar camino de su sitio y desvanecerse en la oscuridad, no sin antes, un par de filas más adelante, donde todavía se ve, girar su cabeza, lanzarle una última mirada, y volver a sonreír para después, desaparecer en la oscuridad.

Ha comprobado de primera mano la teoría de la relatividad que tantas veces había explicado en sus charlas y en la forma en la que lo hacía:

“Pasa un minuto al lado de una estufa ardiendo y te parecerá una hora. Pasa una hora al lado de una mujer preciosa y te parecerá un minuto. En esta vida, todo es relativo”

Pero no había sido una hora, habían sido solo unos segundos.

Mira hacia abajo, cierra los ojos con fuerza y resopla para tratar de centrarse de nuevo.

Por un momento ha conseguido olvidarse de todo lo que le ha pasado en ese viaje, pero después de ese impasse , debe volver a ser él, y poco a poco parece que lo consigue.

Toma consciencia de dónde está, de la absoluta nada de fuera, de la escalofriante tranquilidad de dentro.

Y las preguntas vuelven a aflorar en su mente.

— “¿Dónde está la gente?

— ¿Por qué hay tanto silencio?

— ¿Qué es esa niebla de fuera?

— ¿Todo lo que le ha pasado ha sido un sueño o ha sido real?”

Sabe que no va a encontrar respuesta a ninguna de esas preguntas sentado allí.

En su interior sospecha que aquel hombre que no estaba cuando salió del baño, sabe más de lo que le ha dicho, y que emprender su búsqueda es un buen comienzo.

Así que se levanta con decisión, apoyándose en los reposabrazos para impulsarse de manera ágil, avanza lateralmente hasta llegar al pasillo, y una vez ahí, otea de nuevo su alrededor tratando de grabar mentalmente todos los detalles sin saber muy bien por qué, como si intuyese que puede serle de utilidad en algún momento.