Capítulo 6 #3
Aaron vuelve a quedarse sin palabras. Nunca se había considerado una persona fácil de descifrar.
De hecho, era muy cuidadoso en ese aspecto.
Trabajaba en ello para que nadie le conociese demasiado bien y así llevar siempre ventaja ante el resto de las personas.
Pero en ese preciso momento se da cuenta de lo vulnerable que te vuelves cuando algo te da en el corazón.
— No me he equivocado. ¿verdad? – Insiste aquel individuo, al que ya no ve de la misma forma.
– Lo que demuestra lo que le estaba diciendo.
Usted tenía todo el éxito del mundo, pero dejo de ser feliz.
Y eso hizo que el éxito le diese absolutamente igual.
Desapareció de la vida pública. Pero usted no hace un personaje, es real, lo que se ve es lo que hay.
Así que seguramente también desapareció de su vida privada.
Se limitó a estar y no a ser. En inglés se dicen igual, pero no existen dos significados más dispares para la misma palabra.
Se olvidó de ser un conferenciante, pero seguramente también de ser un marido, de ser un padre, un amigo, creando un gran vacío en su familia, que le llevó a no ser una parte activa en sus vidas.
— Estar, pero no ser. Eso no es justo. – dice, haciendo una pausa que crea solemnidad en su discurso.
— Sé que la muerte de sus padres tuvo que ser un golpe muy duro, pero en la vida hay que seguir siendo por los que se quedan. Estoy seguro de que sus padres no habrían querido verle así.
Las lágrimas se desbocan por sus ojos sin que pueda evitarlo.
Siente que no tiene ningún tipo de control sobre la situación.
Nunca nadie había tenido el valor de decirle tantas verdades.
Nunca antes se había sentido a merced de nadie.
Aquel hombre había hecho una radiografía exacta de todo lo que pasaba sin conocerle.
Por un momento piensa que eso mismo ha podido hacerlo más gente, algo que no le agrada ni lo más mínimo, pero rápidamente esa idea se esfuma de su pensamiento.
Aprieta los puños, toma aire y recupera la compostura.
Esa persona que tiene ante él no es cualquiera. Y no está allí por casualidad.
— Buen intento. – expresa Aaron con seguridad mientras le penetra con la mirada, que ha tornado de descolocada a vigilante – Pero no me lo creo.
— ¿Qué no se cree? – pregunta incrédulo.
— Que me conozca nada más que de los medios.
— Que solo sepa eso de mí por lo que ha escuchado.
— Que haya venido hacia aquí atrás por casualidad.
— No me creo absolutamente nada.
— ¿Quién es y que está pasando aquí? – le pregunta convencido de que es el momento de obtener respuestas.
El hombre le mira. Continúa en silencio, sin decir nada, pero sus ojos le delatan.
Aaron está convencido. Sabe más de lo que demuestra, y eso es mucho.
El pulso de ambas miradas es electrificante, como si estuviesen encarnados en una discusión salvaje sin necesidad de articular ninguna palabra.
Los segundos se hacen eternos. Finalmente, el hombre rompe el silencio.
— No sabe lo que dice. – exclama.
— Sé perfectamente lo que digo. – asevera Aaron.
El hombre emite un bufido como si no se tomase en serio lo que está escuchando.
— No estamos manteniendo esta conversación por casualidad. Aquí está pasando algo y usted sabe lo que es. ¡Dígamelo! – exclama levantando la voz.
— No tengo ni idea de qué está hablando. – se explica – Aquí lo único que ocurre es que tiene un mal día y yo le he dicho algo que duele escuchar porque en el fondo usted sabe que es la verdad – responde implacable.
— Así que me lo estoy imaginado todo, ¿no?
¿Y entonces esto que es? – pregunta mientras con su mano derecha agarra y tira hacia debajo de las solapas de su camisa señalándose el cuello.
– Cuando llegué aquí no tenía nada, pero ahora tengo esta marca como si me hubiesen intentado asfixiar. Como en el sueño.
El hombre le mira inmóvil sin decir nada, ni siquiera parpadea. Una expresión de extrañeza se dibuja en su cara.
— ¿Qué marca? – pregunta en voz muy baja, casi susurrando.
— ¿Qué? – responde quedándose sin aire, sin dar crédito a la pregunta.
— Que no tiene nada en el cuello. – aclara con firmeza.
— ¡No puede ser!
No sabe dónde mirar ante la incredulidad que le invade.
Otea a todas partes y a ninguna mientras las imágenes se mezclan en su cabeza.
Parece una quimera, algo que se ve en las películas, pero no es capaz de distinguir que ha sido real y que no.
Ni siquiera presta atención a aquel hombre que tiene ante él y que hasta hace solo unos segundos, le había impresionado profundamente durante la conversación que habían mantenido.
— Tranquilícese. – advierte, alargando el brazo lentamente con la palma de la mano abierta hacia abajo, acercándose y manteniendo las distancias al mismo tiempo.
Sin hacer el más mínimo caso, totalmente ensimismado, se levanta como un resorte e inicia el camino hacia el baño rápidamente, ante la atenta mirada del hombre.
Llega atropelladamente a la puerta del baño, se posiciona justo enfrente de ella y sin pararse la empuja con el brazo derecho con todas sus fuerzas golpeándose con los marcos y adentrándose en él de la propia inercia.
La puerta se cierra a su espalda, la luz se enciende y fija su mirada en el espejo.
Vuelve a agarrar el cuello de su camisa con violencia y lo baja hasta el punto de casi arrancarse los botones.
Ni una marca, ni una señal. No puede entender nada.
Tira de la camisa un poco más y gira la cabeza a ambos lados sin dejar de inspeccionarse en el espejo, retorciendo sus ojos hasta dolerle, para comprobar que es cierto que no tiene ninguna señal.
Nada. Ni rastro. Paz y nervios al mismo tiempo, si eso es posible, le recorren como una descarga eléctrica.
Suelta su camisa. Las yemas de sus dedos que están blancos de la presión de agarrar tan fuerte las solapas, recuperan el color normal.
Sin dejar de mirarse, apoya las dos manos a ambos lados del lavabo y se inclina acercando su cara al espejo.
Permanece así unos segundos. Baja la cabeza, inspira llenando su boca de aire y lo suelta emitiendo un resoplido.
La sube de nuevo para volver a mirarse de nuevo en el espejo.
Su aspecto desgarbado delata que no ha tenido su mejor día.
Tiene la camisa por fuera, totalmente arrugada, los pelos despeinados como si hubiese tenido una pelea y cara de no haber dormido en una semana.
No es él. Aún en los últimos años, en los que han dejado de importarle muchas cosas y se ha abandonado bastante, siempre ha sido una persona con un aura especial y que impresionaba allá por donde iba.
Debe recomponerse. Intenta adecentarse mínimamente para salir y tratar de dar otra impresión que no sea la de un loco sin control, aunque así es como se siente ahora mismo.
Se recoloca la camisa como puede metiéndola por dentro del pantalón para tratar de estirarla lo máximo posible y así, que no se noten las evidentes arrugas.
Seguidamente acciona el grifo, moja las palmas de sus manos con el agua, las escurre bien para que ninguna gota salpique su ropa y se lava la cara frotándola como si quisiera borrarse el rostro.
El agua está bastante fría, eso le sienta bien.
Moja sus manos de nuevo y se las pasa por el pelo tirando de él hacia atrás para humedecerlo sin llegar a empaparlo.
Con su mano izquierda lo alborota levemente revolviéndolo para tratar de darle forma.
Por increíble que parezca, ya está medianamente decente.
Gira hacia la puerta y se dispone a salir con la poca dignidad que puede quedarle. La abre y se queda sin palabras.