Capítulo 6 #2
Se sienta de nuevo en el sitio donde había estado hablando con él, sin dejar de mirarle. Aquel hombre, por el contrario, no cambia ni un ápice la posición de su cuello y continúa mirando a la ventana.
— Lo he visto desde el principio, y no le encuentro ninguna explicación. ¿Qué cree que es esa niebla de fuera? – pregunta Aaron, deseoso de conocer su opinión.
— No lo sé. Supongo que será el color normal de la niebla por la noche. Yo me refería a que extraño es el mundo ahí fuera. – responde mientras gira la cabeza para mirarle, como si fuese otra persona completamente distinta.
A pesar de no ser la respuesta que quería escuchar, tiene el presentimiento de que ese individuo tiene algo que decirle, así que no se mueve del asiento, esperando profundizar más en lo que está ocurriendo allí y posponiendo su aventura hacia la parte delantera del avión en busca del viejo.
Mira hacia delante y suspira pensativo, intentando encontrar las palabras para redirigir la conversación.
Mientras tanto, el hombre interrumpe el momento de divagación de Aaron.
— Por cierto… ¿A qué se dedica? – espeta cogiéndole totalmente desprevenido.
— Emmm… Soy conferenciante. Bueno al menos antes lo era. – aclara dubitativo después de unos segundos.
— ¿Ya no lo es? – indaga el hombre de forma curiosa.
— Bueno…, supongo que sí. Pero digamos que fui alguien que tuvo mucho éxito hace algún tiempo. Salía en la televisión, en la radio, tenía muchos seguidores en redes sociales.
— Así que según dice, solo se consideraba conferenciante por salir en la televisión, la radio y tener repercusión. – pregunta de forma retórica el hombre.
— Bueno, no. Pero antes tenía éxito.
— Éxito… ̶ murmulla – curiosa palabra. ¿Qué es el éxito?
Aaron piensa cuidadosamente antes de responder. Mientras tanto el hombre prosigue.
— A menudo cuando pensamos en el éxito, se nos vienen a la cabeza dos palabras: fama y dinero. Como si eso fuera la descripción exacta de lo que es tener éxito en la vida.
— Bueno, en realidad, tiene mucho que ver, aunque no creo que sea así exactamente. – contesta Aaron aclarando su respuesta.
— Pero usted ha dicho que antes tenía éxito y lo ha relacionado con salir en la televisión y ser conocido. Además, supongo que le pagarían por ello. ¿No? – Contraataca con una lógica aplastante. – así que ahí tiene los dos factores: Fama y dinero.
Aaron se siente abrumado por la rapidez de pensamiento de aquel hombre.
Normalmente no es así, él es el que acorrala a sus oponentes con su velocidad mental, sus recursos lingüísticos, y su elocuencia.
Pero ese individuo que tiene enfrente le intriga e impresiona profundamente a partes iguales.
Además, se siente fascinado ante la oportunidad de hablar con alguien con esos recursos.
Así que después de escuchar la inapelable explicación de su oponente, se lanza a contestar como si de una conferencia se tratara.
— El éxito es algo difícil de explicar, pero muy fácil de sentir. Es verdad que se relaciona con tener fama y dinero, pero es normal puesto que la sociedad en la que vivimos nos hace tener esos objetivos desde que somos pequeños.
— ¿Y eso no es triste? – pregunta el hombre, seguro de la respuesta.
— Tal vez, pero sirve de gasolina para pelear por lo que queremos. – asevera Aaron.
— Ese es el gran problema, que no tenemos claro el objetivo. El objetivo no puede ser ganar dinero o tener fama. Eso no es un objetivo. Puede ser una consecuencia, pero no el fin.
— El otro gran problema es que no se le da importancia al camino. Y es muy importante. La historia nos ha dejado claro que no todo vale.
— ¿Qué quiere decir? – le pregunta con curiosidad.
— Imagínese. Nuestro objetivo es tener dinero y fama. Entonces nos convertimos en un narcotraficante de nivel top. Según lo que usted dice, el objetivo está cumplido, pero… ¿a qué precio?
— Eso nos demuestra que el objetivo no puede ser ese, y el camino es muy importante. No puedes dejar cadáveres en tu travesía.
La exposición de aquel hombre no deja ni una grieta a posibles interpretaciones. Aún así, Aaron insiste en no dar la batalla por perdida, aunque en el fondo piensa lo mismo que él.
— No me vale. Es un ejemplo extremo. – responde con rapidez, pero sin convencimiento ninguno.
— Lo que no vale es mirar para otro lado en casos así. – le contradice aún más rápido, sin dejar pasar prácticamente ni un segundo.
“Jaque mate”. Piensa Aaron, que se siente acorralado, para sí mismo.
No recuerda la última vez en la que quedó por debajo de alguien en una conversación, y menos el no llevar la voz cantante ¿Acaso todo este tiempo que no ha sido quien es, ha mermado su capacidad?
Así que se queda en silencio mirando al hombre con admiración, al tiempo que su oponente interrumpe.
— El éxito es una patraña. – asegura el hombre de forma inapelable.
Se sorprende al oír eso y aunque no sabe por qué extraña razón, piensa que puede llegar a estar de acuerdo con esa afirmación. Así que espera con los cinco sentidos puestos en la explicación que va a darle.
— Solo nos consideramos que somos algo, si tenemos éxito. Como usted antes cuando me ha dado a entender que en el pasado se consideraba un conferenciante de verdad porque tenía éxito. Eso no tiene sentido, y más sabiendo que no tenemos clara la definición de lo que es el éxito.
— Lo que somos, lo somos. Y el éxito no tiene nada que ver en eso. Tal vez el éxito hace que lo seamos para los demás, pero esa no puede ser la regla para nosotros mismos.
El hombre hace una pausa creando expectativa
— Además, se nos olvida lo más importante. ̶ asevera de forma vehemente.
— ¿El qué? – pregunta Aaron obnubilado, queriendo saber más, aunque disimulando no estar impresionado.
— La felicidad. – afirma con rotundidad – ¿Dónde queda la felicidad?
Con esa pregunta abierta, siente la oportunidad de reengancharse a la conversación e interviene ágilmente.
— El éxito la da de alguna forma. ¿No?
— No. – le responde tajantemente propinando otro mazazo.
– La felicidad es necesaria para el éxito, pero el éxito no lo es para la felicidad.
Si el éxito según usted es tener fama y dinero, le recuerdo que existen miles de casos donde gente con muchísimo dinero y reconocimiento no son felices.
Están deprimidos, no encuentran su lugar en el mundo y no se sienten bien con ellos mismos, incluso hasta el punto de acabar muy mal.
Le puedo dar nombres: Simone Biles, Robin Williams,… o incluso usted, Aaron Hidalgo.
Al escuchar su nombre, se queda totalmente petrificado. No se lo esperaba.
¿Cómo ha llegado la conversación a ese punto?
Aquel individuo le conoce y por lo que parece, bastante bien.
No sabe qué decir. Y le vuelve a invadir el miedo por enésima vez en ese viaje.
Pero no como antes. Es profundo, diría casi psicológico, como si aquel imponente hombre hubiese pautado la conversación a su conveniencia llevándola hasta ese punto sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.
Como si pudiese meterse en su cabeza y jugar a su antojo con todo lo que hay ahí dentro.
No es una sospecha, tiene la absoluta certeza de que así es.
Nunca le ha pasado, y le aterra. Intenta reaccionar, pero no acierta a articular palabra, solo le mira petrificado.
Está en shock. Su pulso se ha acelerado ostensiblemente y el corazón palpita en su pecho como si quisiera salir de él.
El hombre le mira fijamente, saca la punta de su lengua levemente, casi a cámara lenta, para humedecer sus labios y continua.
— No se asuste, le he reconocido cuando ha entrado. Aaron Hidalgo, el conferenciante de habla hispana que revolucionó el mundo de las charlas y lo cambió todo. – expresa con admiración, intentando rebajar la tensión.
Aaron sigue mirándole sin decir nada. Se va tranquilizando poco a poco.
El corazón va volviendo a su ritmo normal, el aire vuelve a entrar en sus pulmones con fluidez y su cuerpo cada vez está menos rígido, pero no se fía de aquella persona que tiene a su lado.
Con su depresión, ha tratado un tema que nadie fuera de su círculo conoce, y quiere saber por qué él sí. Quiere oír más.
— Siento si he sido muy intenso, no todos los días tengo la oportunidad de hablar con alguien famoso, y quería impresionarle. ¿Lo he conseguido?
Aaron continúa con los ojos clavados en él, intentando decidir cuidadosamente las palabras exactas sin encontrarlas. Miles de opciones se amontonan en su cabeza sin que ninguna le convenza, así que decide actuar sin pensar.
— ¿Cómo sabe eso? – pregunta de forma cortante.
— ¿Qué cómo sé quién es? – le responde haciéndose el tonto – Antes aparecía por todos lados: charlas, televisión, radio, internet… Era el hombre de moda.
— No. ¿Que como sabe lo de mi depresión? – insiste, más agresivo si cabe.
El hombre esboza una mueca que no llega a ser una sonrisa, y comienza con su explicación.
— No hay que ser muy listo para darse cuenta.
De la noche a la mañana, y cuando estaba en todos lados, de repente, se esfuma.
– hace una leve pausa y procede con la explicación ̶ Pasamos de verle en tertulias de programas mañana, tarde y noche, con un peso grande en todos ellos, a desaparecer por completo.
Podría haberse debido a problemas con algún directivo de la cadena, o una negociación para aumento de caché que no llegó a buen puerto, pero no tenía sentido.
Se lo rifaban. Si eso hubiese ocurrido, alguna otra productora le habría fichado, y eso no pasó.
Pero es que además dejó de subir vídeos a su canal de YouTube, de publicar en Twitter, de subir fotos a Instagram.
Así que en ese momento supe que algo que no tenía que ver con lo laboral le había ocurrido.
Después salió la noticia que informaba del fallecimiento de sus padres, y lo relacioné todo.
– hace una pausa de nuevo y le mira profunda y sentidamente.
— Lo siento mucho.