Las horas invisibles Capítulo 6
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Capítulo 6

“seis”

Sobresaltado vuelve en sí.

Abre los ojos. La oscuridad desaparece. Respira profundamente.

El aire vuelve a entrar en sus pulmones.

Siente sus extremidades de nuevo. No sabe dónde está, pero está.

Todo parece difuso. Le cuesta enfocar la imagen y tomar consciencia de dónde se encuentra.

Mira hacia todos lados sin saber muy bien qué ha pasado.

Por fin empieza a situarse. Respira aliviado al ver que se encuentra en la última fila del avión, donde se sentó nada más entrar en él y que no hay nadie a su lado. Exactamente igual que cuando se quedó dormido. Ni viejos, ni niños, ni hombres locos que quieren matarle.

— Joder… Ha sido un puto sueño. – dice en voz baja mientras suspira y mira al techo.

Se levanta para ir al baño, que está justo detrás de la fila de asientos donde se encuentra.

Se incorpora un poco mareado, y dando tumbos sale hacia la parte de atrás, empuja la puerta del baño, que está apagado y con el letrero de disponible.

Entra en él, y cierra el pestillo al tiempo que se enciende la luz automáticamente.

Una vez dentro, se sitúa frente al lavabo, acciona el grifo y pone las palmas de las manos hacia arriba recogiendo el agua sobre ellas para seguidamente agacharse y mojarse la cara.

Se toma su tiempo. Siente un frescor que necesitaba, y vuelve a repetirlo un par de veces más.

Todavía inclinado y con la cara chorreando agua sobre el lavabo, extiende su mano derecha hacia el dispensador de papel y toma unas cuantas servilletas para secarse.

Una vez seca su cara, se incorpora y tira el papel mojado en la papelera para a continuación, echar un vistazo al espejo que está frente a él.

Ve algo extraño. Tiene una roncha en la parte que se encuentra debajo de la nuez. Se acerca al espejo lentamente para cerciorarse mejor de lo que está viendo. Con sus dedos, baja un poco las solapas de la camisa y descubre que tiene una marca morada y roja alrededor de todo su cuello.

— ¿Pero qué coño es esto? – exclama, sin dar crédito a lo que está viendo mientras lo mira desde todos los ángulos posibles.

Da vueltas a su cabeza intentando encontrar alguna explicación lógica para lo que está viendo, que no sea la que parece. Abre el grifo, se moja las manos de nuevo y apresuradamente frota la marca intentando que desaparezca sin conseguirlo.

— No puede ser. – dice para sí mismo mientras el miedo vuelve a apoderarse de él.

Saca el móvil de su bolsillo e intenta encenderlo, pero no ocurre nada.

Pulsa el botón con todas sus fuerzas, deseando que sea un problema del propio botón del teléfono, que tal vez no hace bien contacto, pero sigue sin dar la más mínima señal de vida.

Tras varios intentos, y con síntomas de desesperación, vuelve a guardar el teléfono móvil en su bolsillo para intentarlo más tarde.

No sabe qué pensar, y la única explicación, no tiene ningún tipo de sentido.

Así que decide salir del baño para, al igual que “tal vez” hizo anteriormente, intentar averiguar qué está pasando.

Según sale, ve algo que no se espera. Hay una persona sentada en su sitio.

Es un hombre alto, pues su cabeza asoma por encima del asiento, con el pelo engominado negro y peinado hacia atrás.

Está mirando por la ventanilla. Esta vez sin dudarlo y de forma decidida, avanza hacia él hasta ponerse a su altura.

— Hola. ̶ dice Aaron dirigiéndose al hombre.

Este, gira la cabeza hacia él, mirándole atentamente.

Se percata de que es un hombre de una planta imponente, muy bien vestido, con un traje elegante a la par que moderno color azul marino, una camisa blanca impoluta y una corbata granate apagado.

En los pies lleva unos zapatos marrones brillantes de cordones con unos calcetines de rombos escoces en los colores de la corbata y el traje que conjuntan perfectamente.

Todo hecho a medida y con un gusto exquisito.

Va totalmente afeitado a cuchilla con una perfección milimétrica como la de los anuncios de la televisión y sujeta un teléfono móvil en la mano al que le da vueltas como si de un amuleto se tratase.

— Hola, ¿Qué tal? – responde con una voz intensa que recuerda a las de los locutores de la radio.

— Bien. – prosigue Aaron – perdona, pero es que ese es mi sitio.

— Disculpe, no lo sabía. He venido hacia atrás porque delante había mucho jaleo y una azafata me ha dicho que me cambiase a esta parte que estaba todo más tranquilo. Y como no vi a nadie, me senté aquí. – dice al tiempo que se levanta el asiento.

Tiene la impresión de que ese imponente hombre está tan perdido como él, y además le parece una persona bastante normal, así que decide intentar entablar una conversación con él para ver si puede descubrir algo más.

— No, tranquilo, siéntese. Yo me quedo aquí. – dice señalando el asiento de esa misma fila que está más próximo al pasillo y sobre el que ya se encuentra.

— ¿Seguro? – le pregunta educadamente.

— Sí, de verdad. No hay problema

Los dos se sientan y se miran esbozando una sonrisa de aprobación al mismo tiempo. Tan solo han transcurrido unos segundos cuando Aaron se presenta.

— Por cierto, soy Aaron.

— Alexander. Mucho gusto. – responde el hombre.

— Igualmente.

— Así que… ¿delante hay mucho lío? – pregunta indiscreto para contrastar información.

— Sí, la verdad es que se está más tranquilo aquí. – le responde con naturalidad.

— Ya. – asiente con una sonrisa falsa.

Seguidamente, Aaron gira su cabeza y hace una mueca de preocupación con su boca mientras achina los ojos. El hombre que continúa mirándole fijamente, tras unos segundos, le pregunta:

— Perdone que le pregunte. Pero ¿se encuentra bien? No tiene buena cara.

Al escucharle, de inmediato vuelve a mirar al hombre, parpadea marcadamente varias veces mientras suspira y dice con desesperación:

— Ya, bueno… Si se lo cuento, no me creería.

— Pruebe. ¿Acaso tiene algo mejor que hacer?

En ese momento, en su cabeza existen mil preguntas que necesitan respuesta, pero por otro lado piensa que le puede venir bien hablarlo, aunque todavía ni él mismo le haya encontrado ningún tipo de sentido.

Además, ese hombre parece agradable y, sobre todo, no le produce malas vibraciones.

Así que comienza a contarle toda la historia desde el principio: la espera en el aeropuerto, las pantallas donde se cancelaron los vuelos, el “sueño” con ese niño al que dejaba solo y aquel aterrador individuo que acababa asfixiándole con una bolsa.

— Luego desperté aquí, en mi asiento. ̶ dice señalando en el que en ese momento se encuentra sentado el hombre.

– En el mismo sitio donde me había quedado dormido.

Con mal cuerpo, pero con la sensación de alivio de saber que todo había sido un sueño.

Fui al baño a refrescarme y cuando salí, le vi sentado aquí. El resto de la historia, la conoce.

Se hace un silencio entre los dos.

— Joder. – exclama impresionado tras escuchar la narración con todo lujo de detalles. ̶ La verdad es que no me extraña que se levantase con mal cuerpo a pesar de que fuese un sueño.

No se atreve a decirle nada de la marca del cuello ya que piensa que le puede tachar de loco, y se limita a asentir con la cabeza mientras pone cara de circunstancias.

— Bueno… ¿Y usted? – le pregunta, tratando de averiguar algo sobre él.

— ¿Yo?... Yo no tengo una historia tan impactante como la suya.

– sonríe levemente ̶ Llegué tarde porque estuve en un atasco por un accidente más de una hora.

Corrí como hacía mucho tiempo que no corría y entré el último.

Justo cuando estaban cerrando. Supongo que no nos vimos por segundos.

Una vez montado en el avión, me puse mis cascos y me dormí, hasta que un hombre mayor me despertó pidiéndome la revista que tenía en el bolsillo delantero de mi asiento.

Después de dársela, comenzó a hablarme sobre trajes, entiendo que, porque le gustaría el que llevo, aunque él también iba muy bien vestido.

Y después de eso no paró de hablarme todo el tiempo.

— ¿Un hombre mayor? – pregunta intrigado.

— Sí.

— ¿Cómo era?

— Pues… – el hombre hace una pausa, frunciendo el ceño para pensar bien en los detalles – Tenía el pelo blanco y barba arreglada. Y llevaba un traje verde botella. La verdad es que parecía salido de un anuncio.

— Yo he visto a ese hombre. Se acercó a hablar conmigo mientras esperaba a que saliese el número de vuelo – expone sin dar detalles de lo que realmente hablaron. –

— ¿Está aquí? – pregunta esperanzado Aaron.

— Sí. Si es el mismo que usted dice, está delante.

– contesta mientras señala tímidamente a la parte delantera ̶ El caso es que no paraba de hablar a pesar de que le di a entender en varias ocasiones que solo quería estar tranquilo.

Hasta que finalmente decidí levantarme y eso me trajo hasta aquí.

Como usted ha dicho, el resto de la historia, ya la conoce.

Los dos vuelven a sonreír forzadamente, como esas risas de trabajo que todos saben que son falsas, pero no pueden evitar hacerse.

No quiere ser maleducado, y aunque por un momento, durante la conversación con aquel hombre, no ha pensado en lo que está ocurriendo, saber que ese viejo está allí, sin saber por qué, le da absurdas esperanzas para responder todas las preguntas sin respuesta que no se puede quitar de la cabeza.

— Disculpe, no quiero ser maleducado, pero… voy a echar un vistazo delante. – dice mientras se disculpa amablemente y se levanta de su asiento, esperando encontrar a aquel viejo en su periplo.

Según termina Aaron de disculparse, el hombre mira hacia la ventanilla y dice:

— Es extraño lo de ahí fuera, ¿verdad? – acaparando de nuevo por completo la atención de Aaron, que ya estaba dispuesto a iniciar su camino hacia la parte delantera, pero que al oír sus palabras, se queda inmóvil observándole.

— ¿Cómo? – pregunta asombrado, ya que por fin alguien no esquiva lo que ocurre.

— Lo de ahí fuera. – insiste.