Capítulo 5
“cinco”
Camina agarrándose con fuerza a los respaldos de cada asiento, que van apareciendo a los lados según avanza en la oscuridad.
Fuera sigue ese tono gris -rojizo que se ve a través de las ventanillas del avión, como una densa niebla.
Dentro, todo está impregnado de una tranquilidad exagerada, hasta el punto de ser inquietante.
Avanza sin variar el ritmo, mirando a todos lados intentando adivinar alguna figura en la oscuridad.
Está muy confuso. Por un lado, está deseoso de encontrar a esa persona que pasó hace tan solo un instante o a cualquier otra que pudiese arrojar alguna respuesta a lo que está pasando, pero al mismo tiempo intenta ser sigiloso y avanza con sumo cuidado de no emitir ningún sonido que pudiera revelar su presencia.
También por momentos piensa que sería mejor si las luces estuvieran encendidas, pero por otro lado le da auténtico pánico ver lo que la oscuridad esconde.
Llega a la altura de una cortina de las que separan las diferentes clases de los aviones.
Es la primera que se encuentra en su camino desde que decidió marcharse de su asiento.
La cortina está extendida a la mitad, tapando el paso casi por completo, por lo que no puede ver nada de lo que se encuentra detrás de ella.
Se acerca despacio. Mucho más de lo que caminaba antes, e intenta sin tocarla, asomarse con sigilo, pero no logra atisbar absolutamente nada.
Sabe que, si quiere saber qué hay detrás, tendrá que retirarla.
La tensión se agrava aún más si es posible.
Contiene la respiración que en el silencio retumba como si hubiese estado corriendo una maratón.
Agarra la cortina de la esquina… y la retira rápidamente.
Nada. No hay nada detrás, salvo la continuación de ese pasillo que se pierde en la oscuridad.
Aaron avanza unos pasos hasta dejar la cortina justo tras él y se dobla hacia delante, poniendo las manos sobre sus rodillas para intentar digerir la tensión y recuperar fuerzas.
De improviso, interrumpiendo ese pequeño oasis de calma, algo le roza por detrás. Se da la vuelta con rapidez y ve un hombre sentado en la fila central, en el asiento que está justo en medio de los cinco que hay.
Si antes estaba alerta, ahora mucho más. Justo ha pasado lo que no quería; encontrarse a alguien que le da más miedo que estar solo.
Le observa atentamente de arriba a abajo, reparando en cada detalle de aquel hombre.
Está sentado, pero parece alto. Viste unos pantalones negros de cargo bastante desgastados, con bolsillos laterales, unas botas negras muy aparatosas con hebillas plateadas a los lados, y una camiseta blanca bajo una cazadora de piel, que está agrietada por los hombros y los antebrazos de haberla llevado durante mucho tiempo.
Es bastante corpulento, se le nota que tiene músculos, pero no de ir al gimnasio, al menos no a uno que no esté en una cárcel.
Tiene las manos gruesas, bastante trabajadas, como si se dedicase a hacer algún trabajo forzado, pero la verdad es que, si Aaron tuviese que apostar, diría que las tiene así de dar palizas.
Su mano derecha tiene un tatuaje de la cabeza de una serpiente que ocupa todo el envés dejando solo libre los dedos, y que se intuye que continúa hacia arriba por su brazo.
Además, lleva varios anillos de color plata y negro.
El más llamativo, es uno de una calavera de un toro y que porta en el dedo índice.
Mientras que en la mano izquierda no lleva ninguno, pero, por el contrario, la tiene tatuada completamente en negro, como si hubiese querido tapar algo.
Tiene el pelo moreno, largo y medio rizado, con aspecto de no lavárselo habitualmente, y le cae por la cara, dificultando aún más poder ver su rostro nítidamente, algo que a Aaron le incomoda bastante.
Mientras el hombre le mira, y como si le estuviese leyendo la mente, se retira con su mano negra el pelo de la cara, dejando ver su rostro que está marcado por varias cicatrices.
Las más aparatosas son las del labio y la del lado izquierdo de la cara.
Parecen cortes mal curados hechos con una navaja infectada.
Sus ojos son tan negros que casi no se logra distinguir el iris de la pupila, y tiene una expresión extraña, con la mandíbula inferior prominente, y que dibuja una sonrisa de esas que tienen las personas a las que parece que les duele hacerlo.
Aaron decide interrumpir su análisis mental y pregunta:
— Hola, ¿quién eres?
— ¿No estabas buscando gente? Pues ya la has encontrado. – responde con una voz grave que da mucho más miedo que su aspecto.
No sabe qué decir ante eso.
— Aunque tal vez no soy a quien querías encontrar. – Razona de forma soberbia y con un toque de chulería, consciente del temor que le provoca.
— “Tiene razón”. – piensa para sí mismo. – “Si hiciese una lista de las personas con las que no me gustaría estar en una situación como esta, este tío estaría en las primeras posiciones.”
— “Tenía que haberme quedado con el pequeño, o incluso con ese viejo loco”. – piensa, dejando ver su grado de desesperación.
Sabe que ya no puede hacer nada para remediarlo, así que decide afrontar la situación y conseguir su objetivo de saber que está pasando allí.
— ¿Eras tú el que ha pasado antes a toda velocidad?
El hombre le mira fijamente sin decir una palabra.
— ¿De qué huías? – prosigue para intentar que reaccione.
El hombre deja salir de su boca entre un bufido y una carcajada contenida, mientras continúa mirando fijamente a Aaron como si no se tomase en serio lo que acababa de decir.
— ¿Tengo pinta de huir de algo?
— No. –responde, dándose cuenta de que debe ir con más cuidado si quiere conseguir algo de esa conversación. –¿Sabes qué está pasando? –pregunta esta vez menos incisivo.
— ¿Qué está pasando? – le responde el hombre como si lo supiera, pero no quisiese decírselo.
— El avión antes estaba lleno de gente. Y ahora está vacío. – insiste, aun dándose cuenta de que el hombre sabe perfectamente a qué se refiere.
— ¿Te da miedo que no haya nadie?
— No es miedo. ̶ miente ̶ Es que me gusta entender las cosas y esto no tiene ninguna explicación.
Cuando he entrado, todos los asientos estaban ocupados, he visto bastantes azafatas, y había mucho movimiento.
Ahora el avión está vacío, no se ve absolutamente nada, y si miras por la ventana, estamos envueltos en una niebla de color gris y rojo.
Además, está todo demasiado tranquilo…, tan tranquilo que parece que en realidad no estamos volando.
El hombre le mira imperturbable durante su explicación, y Aaron espera alguna reacción por parte de aquel individuo ante la misma. Algo que no llega.
— Es un avión grande, y yo la verdad no he visto tanta gente como dices. Además, cuando vuelas de noche, bajan las luces para poder descansar, y todo está más tranquilo. Ahí tienes tu explicación – responde el hombre, desmontándole todas las teorías.
— ¿Y lo de fuera del avión, qué? – insiste, mientras grita perdiendo las formas de nuevo.
— Yo solo veo oscuridad. – responde con un tono amenazante, mientras echa un vistazo a la ventanilla que está más lejos, advirtiéndole a que no le gusta la forma en que le ha hablado.
Aaron está cansado de estar ahí y no obtener ninguna respuesta así que olvida el propósito de buenas formas y dice ante la atenta mirada del hombre:
— No tengo tiempo para estas mierdas. Voy a buscar a alguien que me explique qué está pasando.
Lo ha dicho, y está decidido a dejar plantado a aquel tipo, al que por un momento ha perdido el miedo, pero no sabe por qué no puede dejar de mirar a aquel inquietante ser, que le penetra con esa mirada oscura.
Quiere moverse, pero está bloqueado, inmóvil.
Su cuerpo no responde ante la necesidad de salir de allí a toda prisa.
— ¿Por qué no te sientas? ̶ Dice el hombre con un tono amenazante, que parece de todo menos una pregunta.
Aaron sigue inmóvil…, como si el único acto que pudiera hacer su cuerpo fuese obedecer aquella orden, sin saber por qué lo hace y sintiendo más miedo del que ha tenido en toda su vida.
Así que toma el asiento de la fila central que está más próximo al pasillo donde se encuentra, dejando uno libre entre él y aquel monstruo, como si eso le hiciese sentir más seguro.
— Así podemos hablar más tranquilos. – razona el hombre, intentando relajar la situación, pero consiguiendo justo lo contrario.
Aaron le observa de medio lado, tenso e inmóvil en su asiento.
— Así que… ¿has visto a más gente en el avión?
— Sí… ̶ asiente con un hilo de voz mínimo – un viejo que estaba sentado a mi lado y un niño que me he encontrado cuando venía hacia aquí. Después vi a alguien que pasó corriendo, pero no le logré distinguir quién era. Le grité, pero no me hizo caso. Parecía que huía de algo.
— Y ahora…, estas sentado aquí conmigo. – reflexiona con una chulería apabullante que le acongoja, para acto seguido continuar con su discurso – Entiendo que si te has movido de donde estabas, era porque imaginabas que cualquier situación era mejor que la que tenías.
Y sin embargo ahora estarías encantado de volver a estar allí.
Lo que demuestra que siempre queremos lo que no tenemos.
— “Tiene razón”. – Piensa Aaron mientras le echa una mirada sin cambiar el semblante, para que el hombre no note nada.
— No pienso en lo que podía haber sido, ni en lo que dejo atrás en las decisiones que tomo. Como te he dicho, simplemente quiero entender que está pasando.
— Vaya… Don Perfecto sale de la cueva para darnos una lección de vida y moral. – dice con sorna.
— No me conoces. No sabes nada de mí. – responde a la defensiva Aaron.