Las horas invisibles Capítulo 4
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Capítulo 4

“cuatro”

— Hola. – responde Aaron asombrado, sin esperar encontrarse a quien estaba sentado allí.

— ¿Qué haces aquí? – pregunta al pequeño con delicadeza.

El pequeño le mira de arriba a abajo para volver a subir la mirada al rostro de Aaron. Seguidamente vuelve a dirigir sus ojos a la pantalla y contesta:

— Estoy viendo una peli. – lo hace como absorbido por la tablet , al tiempo que la señala con el dedo índice.

— ¿Y estás solo? – continúa Aaron el interrogatorio.

El niño pausa la película y se quita los cascos para hablar con Aaron.

— Ahora ya no. – responde mientras le mira a los ojos fijamente.

— ¿Y tus padres?

— No están. – responde el pequeño mientras niega con la cabeza

Aaron prosigue a sentarse en el asiento más próximo al pasillo dejando un hueco entre ellos de diferencia para no asustar al pequeño, aunque realmente siente que él está mucho más intranquilo que aquel niño.

Decide hacer un reset y empezar la conversación de nuevo de la forma en la que tenía que haberla comenzado para ver si puede adivinar que está pasando.

— Me llamo Aaron, ¿y tú?

— Yo me llamo Nico. – Responde sin dejar de mirarle.

— Hola Nico. Me alegro mucho de conocerte. – dice extendiendo la mano para saludarle, pero sin encontrar respuesta alguna.

El niño le observa de forma inocente mientras espera la siguiente pregunta.

— ¿Qué película estás viendo? – pregunta intentando establecer confianza con el pequeño.

— Big Fish… ¿La has visto? –pregunta interesado el pequeño.

— Sí. Hace tiempo, pero sí.

— ¿Y te gustó?

— Mucho. –responde Aaron con melancolía bajando el tono y mirando al infinito, ya que recordaba que era una de sus películas favoritas. –¿A ti te está gustando?

— Sí, aunque yo ya la había visto con mi padre.

— La verdad es que es una buena película para ver con tus hijos. –reflexiona murmullando para sí mismo.

Se hace un silencio, pero no incómodo, como si los dos tuviesen cosas que pensar después de lo que han dicho.

— Y ¿dónde están? ̶ Pregunta Aaron interrumpiendo el momento mientras le mira con cercanía.

— ¿Quién? – responde devolviéndole la mirada.

— Tus padres.

— No están aquí.

El niño le retira la mirada, volviendo a dirigirla hacia delante sin enfocarla en ningún lugar en concreto, agarrando la tablet con ambas manos y apretándola contra su pecho, mientras Aaron no deja de mirarle, intentando establecer de nuevo contacto visual con el pequeño.

— ¿Has tenido miedo alguna vez? – rompe el silencio, dejando descolocado a Aaron que quería seguir llevando la batuta de la conversación.

— Claro.

— Pero, … ¿ahora o cuando eras pequeño?

— Antes y ahora. Lo que pasa es que es diferente el miedo que tienes cuando eres pequeño, del miedo que tienes cuando eres mayor.

— ¿Por qué? – pregunta con atención.

— Pues, porque son diferentes… Cuando eres pequeño, tienes miedo a la oscuridad, o a los monstruos que salen en las películas.

Y tienes miedo de encontrártelos debajo de tu cama, en un armario o cuando duermes y tienes pesadillas.

Pero cuando eres mayor, no tienes miedo a los monstruos.

Al menos no a ese tipo de monstruos. – responde de forma que el pequeño pudiera entenderlo.

— ¿Y a qué monstruos tienes miedo?

— Pues… –reflexiona – por ejemplo, a no estar a la altura de lo que se espera de ti. O miedo a que tu familia y tus seres queridos no estén bien, no tengan buena salud, o no sean felices.

El pequeño le mira atentamente mientras Aaron hace una pausa para tomar aire.

— También tienes miedo de la soledad.

— ¿De la soledad? – Pregunta el pequeño ladeando la cabeza.

— Sí. De no tener a nadie.

— ¿Pero… no se supone que si eres bueno y cuidas a la gente que te quiere, nunca te dejarán solo? – pregunta inocentemente el pequeño.

— Bueno…, la verdad es que no es así de fácil. Hay veces que incluso aunque les cuides mucho y te portes muy bien con ellos, se van. –dice Aaron mientras hace una pausa para continuar. – Y te sientes solo…

— ¿A ti te ha pasado eso? – pregunta el pequeño que le observa con detalle.

— Sí. – responde Aaron casi susurrando, como si le doliese recordarlo, mientras agacha la mirada.

— ¿Con quién? – insiste el niño ajeno a su dolor.

— Con mis padres. –responde mientras traga saliva para poder continuar – Hace unos años.

Fue difícil porque todo ocurrió muy rápido.

Primero murió mi padre. Fue de repente. Ni me imaginaba que podía pasar.

Teníamos pendiente que le llevara a comprar unas pinturas, pero yo lo dejaba y lo dejaba.

Sin darle importancia. Como si fuera a estar ahí siempre para mí.

No sabía que nunca más volvería a hablar con él.

Que nunca podría agradecerle todo lo que hacía por mí, ni decirle todo lo que le quería una última vez.

–relata mientras cae una lágrima por la parte exterior de su ojo recorriendo su mejilla, que se limpia rápidamente disimulando como si algo se hubiese metido en su ojo – Y después, al poco tiempo se fue mi madre, que no pudo aguantar la vida sin él.

De ella si me pude despedir. Pero cuando se van tus padres…

A pesar de que no les disfrutamos como deberíamos y les obviamos en muchas ocasiones, pensando que siempre van a estar ahí para nosotros.

– vuelve a tragar saliva mientras esta vez caen varias lágrimas de sus ojos enrojecidos que no puede ni quiere controlar – Te sientes muy solo.

Y desde entonces, no hay un solo día que no me acuerde de ellos.

— ¿Pero no tienes a nadie más? – pregunta el pequeño, que por primera vez se siente afectado por las palabras de Aaron. ̶ ¿no tienes mujer o hijos?

— Sí, eso sí. –dice Aaron al que le cambia la cara casi sin quererlo, expresando una felicidad contenida. – Tengo una mujer maravillosa y una hija increíble.

— Entonces no estás solo. –razona el pequeño dejando a Aaron sorprendido por la inocente realidad de sus palabras.

— Eso es verdad. Pero, aún así…, echo de menos a mis padres.

— Así que…, por eso estás triste. ̶ afirma el niño.

— Sé que cuesta entenderlo siendo tan pequeño. ̶ le dice, mientras le mira con complacencia.

— La verdad es que sí lo entiendo. – dice mientras gira la cabeza y enfila su expresión con un tono adulto que vuelve a sorprenderle.

Incrédulo, contempla a aquel pequeño, que ha clavado sus ojos en él como si de dos puñales se tratasen.

— Mis padres murieron el año pasado en un accidente de tráfico.

Mi padre conducía y yo iba en el asiento que estaba detrás suyo mientras mi madre, girada hacia mí, me preguntaba qué tal me había ido el colegio ese día.

Todo estaba bien, como siempre. Pero de repente un coche que nos intentaba adelantar nos dio un golpe y nos echó de la carretera.

– Aaron le observa sin poder decir una palabra, como si no pudiese creer lo que le está contando.

– Desde ese momento todo empieza a dar vueltas y mi mundo tranquilo y seguro desaparece en solo unos segundos.

Veo todo. Cristales rompiéndose, a mis padres golpeándose contra todo y el coche aboyándose tanto, que nos aplasta dentro de él.

Hasta que para, quedándose boca abajo. En ese momento, todo se queda en silencio.

Mis padres y yo estamos sujetos por los cinturones, que hacen que no nos descolguemos.

Les llamo, pero sé que no van a responderme.

Sé que no voy a verlos nunca más, ni les voy a poder abrazar, ni jugar con ellos, ni contarles como me ha ido el colegio.

Sé que estoy solo. Solo de verdad, porque yo no tengo una mujer ni una hija que me quieren.

Lo único que tengo es el recuerdo de mi madre que justo antes de que empezásemos a dar vueltas, me agarró de la mano y me miró haciéndome sentir que siempre estarían conmigo.

Aaron no puede articular palabra. Está totalmente devastado por el relato del pequeño, que desmonta todo lo que él le contó hace solo unos minutos sobre los tipos de miedo y la soledad.

Sabe que cualquier cosa que le diga, no será lo que debe decir.

Ese niño conoce perfectamente todos los tipos de miedos y lo que es la soledad.

Y sin embargo ha contado algo que nadie le desearía ni a su peor enemigo sin titubear, sin derramar siquiera una sola lágrima.

Siente una culpabilidad extrema por sentirse así, y más comparándose con aquel pequeño que está sentado a su lado.

— Lo siento Nico… – es lo único que acierta a decir.

— Ya lo sé. – le responde el pequeño mientras prosigue: Y también sé que, si tuviera a alguien más, tan importante para mí como lo son para ti, tu hija o tu mujer, intentaría que me viesen bien, que fuesen felices y que mis malos momentos no se convirtiesen en sus malos momentos.

— Al fin y al cabo, muchas veces la felicidad de los demás, depende de la nuestra.

— “Esa frase…” ̶ piensa para sí mismo Aaron, recordando que fue la misma que dijo el viejo cuando le contó la historia de los dos hermanos.

En ese momento, todo en su cabeza se pausa, y mira al crío sin comprender absolutamente nada, intentando entender que está pasando realmente, mientras el niño da vueltas a la Tablet para intentar encenderla de nuevo como si nada hubiera pasado.

De repente, alguien pasa a toda velocidad por el otro pasillo hacia la parte delantera del avión, lo que hace que Aaron se active apoyando sus manos en los reposabrazos y levantándose como un resorte al tiempo que grita.

— ¡Eh!, ¡Oiga!, ¡Perdone! – dice sin moverse apenas del sitio, sin que esa persona, que avanza a toda velocidad, se gire siquiera.

Aaron se da la vuelta dirigiéndose al pequeño para que le acompañe.

— ¡Nico, ven conmigo!

El niño que ya se había puesto los cascos de nuevo se los retira tranquilamente y le contesta.

— No. Me han dicho que no me mueva de aquí.

— ¿Quién? ¿Quién te lo ha dicho? ̶ pregunta Aaron alterado, que tiene prisa para ir a buscar a aquella figura que había pasado a toda velocidad.

Por un momento duda. No quiere dejarle solo de nuevo. Pero por otro lado sabe que debe averiguar qué está pasando allí, y que, si hay alguna forma de hacerlo, es siguiendo a aquella sombra que ha pasado como una exhalación.

Finalmente, ante la impasividad de Nico, decide ir en busca de aquella figura que se aleja sin parar y a la que ya no ve. Pero antes de ir en su búsqueda, le dice con urgencia y medio gritando:

— ¡Nico!, quédate aquí y no te muevas. Voy a averiguar qué está pasando y ahora vuelvo.

El pequeño ni se inmuta ante su advertencia, y sigue mirando la pantalla de la tablet con los cascos puestos como si nada.

Aaron cruza de medio lado la fila central de asientos con alguna dificultad agarrándose a los respaldos de delante y detrás para no perder el equilibrio, hasta llegar al pasillo por donde ha pasado esa misteriosa persona.

Ya en el pasillo, echa una última mirada al crío para cerciorarse de que sigue bien.

Seguidamente mira hacia delante y vuelve a percatarse de que no se ve absolutamente nada, más allá de unas cuantas filas, volviéndole a invadir una sensación de miedo.

Pero extrañamente, el miedo que siente ahora es muy diferente al que ha sentido en los últimos tiempos.

Vuelve a ser ese miedo a los monstruos de cuando eres pequeño y que le había relatado a Nico hacía solo unos minutos.

Y le asaltan muchas preguntas

¿Quién era esa persona que pasó a toda velocidad?

¿Por qué no le hizo caso cuando le gritó?

¿Qué estaba buscando?

¿O de qué huía?

Tras un instante, vuelve en sí, y cauteloso, emprende el camino hacia la parte delantera por ese inquietante pasillo.