Capítulo 3
“tres”
Aaron se despierta, pero de momento no abre los ojos.
Permanece en la misma postura desde que se quedó dormido, con el lado izquierdo de su cabeza apoyado en el lateral de la ventanilla.
No sabe cuánto tiempo ha dormido, pero hacía mucho que no tenía la sensación de haberlo hecho tan profundamente.
Está a gusto, por lo que permanece con los ojos cerrados e intenta volver a coger el sueño.
Le cuesta, así que recuerda que hace tiempo, buscando en internet «Técnicas para quedarse dormido rápidamente», leyó que los marines de Estados Unidos muchas veces tenían que dormir cuando podían en los sitios más insospechados, y utilizaban una técnica para quedarse catatónicos rápidamente, que repasa en su cabeza una y otra vez:
Y la repetían hasta quedarse dormidos. Aaron lo hace hasta tres veces, pero no tiene forma de volver a dormirse.
La paciencia nunca ha sido una de sus virtudes.
Cambia la posición, colocándose recto sobre el asiento y apoyando su nuca en el cabecero mientras echa la cabeza hacia atrás.
Permanece inmóvil unos segundos antes de inspirar aire y soltarlo con un gran resoplido.
Comienza a abrir los ojos poco a poco sin llegar a hacerlo del todo y a cerrarlos despacio de nuevo mirando hacia el techo, mientras continúa respirando profundamente.
Sabe que no se va a dormir de nuevo, pero tampoco está muy despierto, por lo que sigue abriendo los ojos poco a poco y volviendo a cerrarlos sin ninguna prisa por despertarse del todo.
Mientras lo hace, percibe que el avión está oscuro.
Han atenuado las luces como de costumbre en los vuelos nocturnos y solo hay un hilo fino y débil de luz en la parte superior donde el techo se junta con los maleteros a lo largo de todo el avión.
El aire acondicionado no está puesto, pero la temperatura es increíblemente perfecta.
Ni frío ni calor. No se escucha absolutamente nada.
Todo está muy tranquilo. Aaron, sin erguir la cabeza y con la mirada todavía hacia arriba, vuelve a cerrar los ojos permaneciendo así unos segundos.
Seguidamente endereza su cabeza y los abre definitivamente mientras traga saliva al tiempo que saca el teléfono móvil de su bolsillo.
Lo mira para ver qué hora es, pero está apagado.
Pulsa el botón de encendido del teléfono, pero nada ocurre.
No se enciende. Es extraño porque lo había cargado justo antes de subir al avión.
Vuelve a pulsar el botón y esta vez lo hace durante más tiempo intentando que el teléfono se encienda, pero no lo consigue.
— ¡Puto iPhone! – espeta mientras mira el teléfono al tiempo que lo gira para ver si existe algún otro botón para reiniciarlo, sin que este dé ninguna señal de funcionamiento.
Aaron se ahueca en su asiento girando su cuerpo hacia la derecha para poder estirar la pierna y guardar de nuevo el teléfono en el bolsillo izquierdo.
Mientras realiza ese movimiento mira al pasillo.
Se asusta y da un salto hacia atrás moviendo toda la fila de asientos y quedándose con la espalda apoyada en la ventanilla y los brazos extendidos hacia los lados.
Justo en su fila, a solo un asiento de distancia, en la butaca que da al pasillo, se encuentra el hombre que había conocido en el aeropuerto.
Está con los ojos cerrados. No sabe si está dormido, aunque si lo estaba, lo más seguro es que se haya despertado del tremendo golpe que Aaron ha dado a los asientos al asustarse.
Aaron se le queda mirando. El hombre permanece inmóvil con los brazos apoyados en los reposabrazos y con una posición erguida que se adecua perfectamente a la línea del asiento.
Parece una estatua. No se le mueve ni un músculo, como esas personas que cuando duermen parece que están muertas.
Se recoloca sobre su asiento muy despacio después de tranquilizarse un poco, sin dejar de mirar al hombre ni un segundo.
Vuelve a girar la cabeza hacia el frente después de un tiempo sin mirar a otro lado que no fuese a ese extraño individuo, pero rápidamente como si no pudiese dejar de pensar en él, torna sus ojos de nuevo hacia el hombre, volviéndose a asustar, ya que este ha girado la cabeza, ha abierto sus ojos y le está mirando fijamente con una expresión condescendiente sin decirle absolutamente nada.
Los dos se miran fijamente, pero mientras que Aaron tiene una expresión de desconfianza y miedo en sus ojos, el hombre está sentado, inmóvil, sin parpadear mirándole de una forma muy profunda, como si pudiera ver qué hay dentro de él, y con una media sonrisa que Aaron no entiende.
De repente el hombre interrumpe la escena:
— ¿Problemas? – le dice sin apartar la mirada de los ojos de Aaron.
— ¿Cómo? – responde Aaron con extrañeza, sin entender nada.
— El móvil… No se le enciende, ¿no? – vuelve a intervenir.
— ¿Qué está haciendo? – pregunta Aaron cortante.
— A mí me ha pasado lo mismo con el mío. – dice el hombre mayor mientras se mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacando su móvil para enseñárselo.
— ¿Que qué hace?, ¿Que quién coño es usted? ¿Y por qué me está siguiendo? – pregunta Aaron de una forma muy agresiva.
— ¿Yo? – responde extrañado el hombre mientras se señala a sí mismo.
— ¡Sí! ¡Usted! ¿Qué hace aquí? Antes no estaba. – señala buscando una respuesta.
— Es mi asiento. – dice con tranquilidad el viejo.
— ¡No!, no es su asiento. Lo sé porque a mí me han cambiado de asiento, y las azafatas me han dicho que estaba solo en la última fila.
Además, he entrado el último al avión, me he sentado y no había nadie en toda la fila.
¡Así que no! ¡Este no es su puto asiento!
– dice mientras sube su nivel de enfado.
— Pero ahora sí que lo es. – responde el hombre esbozando una media sonrisa.
Aaron le mira con extrañeza sin saber muy bien si está tomándole el pelo o es simplemente un loco.
— No se enfade. Solo quiero hablar con usted.
— Bueno, … ̶ dice mientras hace una pausa sin apartar la mirada ̶ la verdad es que necesito hablar con usted. – asevera el hombre mientras asiente con la cabeza esperando que Aaron lo comprenda. –
— Verá… A lo largo de mi vida he conocido a muchos como usted.
Gente que estaba en la cima del mundo, que había saboreado las mieles del éxito, que había tenido el reconocimiento que todos soñaríamos tener algún día.
Personas que habían triunfado en la vida, pero que de repente, cuando parecía que nada podía ir mal, les habían venido mal dadas y habían caído por diferentes motivos.
No me malinterprete, caer a veces es inevitable, y más cuando algún ser querido nos falta.
Es lo que le pasó a usted, ¿no? Pero hay que levantarse, amigo mío.
En esta vida por fortuna, lo único esperanzador de que los buenos momentos no sean eternos, es que los malos tampoco lo son.
— No se equivoque, usted no me conoce de nada.– interrumpe Aaron con voz grave mientras achina los ojos y niega con la cabeza para advertirle.
— Déjeme que le cuente una historia. ̶ comienza el hombre como si no le importase en absoluto la actitud de Aaron con él. ̶
— Hace un tiempo conocí a dos hermanos. Los dos habían tenido una vida completamente diferente el uno del otro.
Por suerte para uno de ellos, la vida había sido muy buena con él.
Había visitado cientos de países, vivido historias increíbles, conocido a personas interesantes, tenía una mujer y dos hijas preciosas.
Había sido un gran hombre de negocios amasando una fortuna.
Y para colmo, nunca había pasado ninguna pena ni mal momento en su vida.
— Sin embargo, su hermano era todo lo contrario, no había tenido una vida especialmente increíble.
De hecho, su vida había sido bastante normal.
Conservaba el mismo trabajo que consiguió cuando salió de la carrera, no tenía una personalidad arrolladora, siempre veraneaba en el mismo lugar y posiblemente, la persona más interesante que conocía era su propio hermano.
Estaba soltero y nunca había tenido una relación de más de 6 meses con ninguna mujer.
Además, no tenía mucho dinero y había pasado por momentos bastante difíciles en su vida.
— Cuando les pregunté a los dos que, si eran felices, los dos hermanos me respondieron lo mismo. Sí
— Pero cuando les pregunte que por qué eran felices, las respuestas de los dos hermanos fueron muy diferentes.
— El primero me dijo que era feliz porque lo tenía todo, mientras que el segundo me respondió que era feliz porque su hermano era feliz.
— Bueno, supongo que cada uno tenía sus motivos para ser feliz. – dice Aaron, que parecía no estar escuchando la historia.
— Sí. – responde el hombre – quizás, pero cuando seguí hablando con ellos, el primero tenía un miedo terrible a que todo lo que poseía desapareciese, mientras que el único miedo del segundo era que su hermano no fuera feliz.
Aaron, le mira mientras suspira con desesperación contestándole.
— Supongo que esta historia tiene una moraleja y que lo que quiere decirme es que no sea como el primer hermano y que debo ser feliz sin importarme lo que tenga.
— No. – dice el viejo haciendo una pausa reflexiva para después continuar con su explicación – Le estoy diciendo que es importante no ser como el primer hermano, y que debe ser feliz, porque muchas veces la felicidad de alguien depende de la nuestra.
Aaron tiene sus ojos incrustados en ese hombre sin saber muy bien qué decir, aunque rápidamente y sin querer dar su brazo a torcer, interrumpe el silencio.
— Oiga, mire… ̶ exclama rebajando el tono y armándose de paciencia mientras respira profundo. – No quiero que se moleste ni se lo tome a mal, pero es que yo solo quiero estar tranquilo, en mi asiento, sin hablar con nadie.
A lo que el hombre le responde