Capítulo 6 — Doña Pilar tiene opiniones
Doña Pilar llegó a la librería un sábado por la mañana sin previo aviso, como una fuerza de la naturaleza envuelta en un chal de lana y con una libreta propia bajo el brazo, decidida —según anunció desde la puerta— a "poner orden en este asunto del festival antes de que alguien cometa una tontería. "
—He oído que van a poner un arco con luces en la plaza —dijo, sin más preámbulo, mientras se sentaba en la silla que Rosario le acercó sin que nadie se lo pidiera—. Y calabazas.
—Así es —confirmó Elena, algo desconcertada por la irrupción, aunque ya había sido advertida por Mateo de que doña Pilar consideraba cualquier decoración pública en Robledal, sin excepción, jurisdicción suya.
—Las calabazas las pongo yo. Siempre las he puesto yo.
—Doña Pilar abrió su libreta con solemnidad, como si fuera a dictar un tratado—.
Pero necesito saber los colores del arco antes de elegir las variedades, porque si vais a poner luces cálidas necesito calabazas naranjas y no esas blancas tan feas que se pusieron de moda.
Elena miró a su abuela, buscando algún tipo de guía sobre cómo navegar aquella conversación, pero Rosario se limitó a esconder una sonrisa detrás de su taza de café, claramente disfrutando del espectáculo.
—Luces cálidas —confirmó Elena, decidiendo que la mejor estrategia era la cooperación absoluta—. Y agradecemos mucho su ayuda, doña Pilar.
—Por supuesto que ayudo. —La mujer cerró la libreta con un golpe seco de satisfacción—. Esta librería lleva aquí más años que yo, y no pienso ver cómo el hijo de los Ordóñez la convierte en uno de esos pisos para turistas con nombres en inglés.
—Es prácticamente el lema del pueblo a estas alturas —murmuró Mateo, entrando en ese momento con más madera para el mostrador que estaba reforzando.
—Porque es una vergüenza, eso es lo que es. —Doña Pilar se giró hacia él con la misma energía imparable—. Y tú, Mateo Vidal, más te vale terminar ese arco a tiempo, porque como me llegue a enterar de que la fiesta se retrasa por tu culpa...
—Estará listo, doña Pilar. —Mateo levantó las manos en señal de rendición, con una expresión que a Elena le pareció adorable en su resignación—. Se lo prometo.
—Más te vale.
La conversación continuó así durante casi una hora, con doña Pilar desplegando un conocimiento enciclopédico de cada festival de otoño que Robledal había celebrado en las últimas cuatro décadas, incluyendo el infame "incidente de la hoguera de 1998" que, según insistió, nadie en el pueblo tenía permitido volver a mencionar en su presencia mientras procedía a contarlo con lujo de detalle.
Cuando finalmente se marchó, dejando tras de sí una lista de tareas que Elena sospechaba las mantendría ocupadas durante días, Rosario soltó una carcajada que llevaba conteniendo desde el principio.
—Esa mujer es un huracán con chal de lana.
—Un huracán muy útil, al parecer. —Elena revisó la lista que doña Pilar había dejado, encontrando entre las anotaciones sobre calabazas y luces varias sugerencias sorprendentemente prácticas sobre logística del festival—. Conoce a todo el mundo en la comarca.
—Por eso hay que tenerla de tu lado —dijo Mateo, terminando de atornillar la última pieza del mostrador—. Si doña Pilar aprueba el festival, la mitad del pueblo se presentará solo por curiosidad de ver qué ha aprobado.
—¿Y la otra mitad?
—La otra mitad vendrá por las castañas de Carmen. —Mateo se limpió las manos con un trapo, observando su trabajo con satisfacción—. La gente de Robledal tiene prioridades muy claras.
Esa tarde, mientras el sol de octubre empezaba a bajar detrás de los tejados de piedra, Elena se encontró revisando la lista de tareas pendientes con una sensación extraña, algo que tardó un momento en identificar: por primera vez en años, no sentía la ansiedad constante que la había acompañado en Madrid, esa urgencia perpetua de estar haciendo algo más, algo mejor, algo que la acercara a una meta que nunca terminaba de definir del todo.
Aquí, con una lista concreta y un plazo claro, con doña Pilar dictando sentencia sobre calabazas y Mateo construyendo arcos de madera con sus propias manos, todo parecía, extrañamente, tener más sentido.
—¿En qué piensas? —preguntó Mateo, sorprendiéndola con la mirada perdida en la ventana.
—En nada. —Elena sacudió la cabeza, volviendo a la lista—. En que quizás doña Pilar tenga razón sobre las calabazas naranjas.
Mateo la miró un momento más de lo necesario, como si no creyera del todo su respuesta, pero no insistió.
—Voy a necesitar ayuda mañana para colocar la estructura base del arco —dijo en cambio—. ¿Te apuntas?
—Cuenta conmigo.
Y mientras la tarde caía sobre Robledal, Elena se descubrió esperando el día siguiente con una impaciencia que no tenía absolutamente nada que ver con arcos de madera ni calabazas naranjas.
Después de que doña Pilar se marchara, Elena aprovechó para preguntarle a Rosario sobre la historia de aquella mujer que parecía conocer cada detalle de la vida del pueblo con una precisión casi inquietante.
—Pilar lleva viviendo en Robledal desde que se casó, hace más de cuarenta años —explicó Rosario, mientras ordenaba los libros que habían quedado desordenados durante la visita—. Vino de un pueblo vecino, y al principio todos la consideraban una forastera, aunque de eso hace ya toda una vida.
—¿Y cómo se convirtió en la autoridad indiscutible de cada evento del pueblo?
—Organizó la boda de su propia hija con tal perfección que la gente empezó a pedirle ayuda con las suyas.
—Rosario sonrió con cariño—. De ahí pasó a los festivales, las fiestas patronales, hasta que se convirtió en algo así como la memoria institucional de Robledal.
Sabe cosas de este pueblo que ni siquiera los que nacimos aquí recordamos.
—Es un poco intimidante.
—Es completamente intimidante. —Rosario rio—. Pero también es la razón por la que este festival tiene alguna posibilidad de funcionar. Sin su bendición, la mitad del pueblo ni se hubiera molestado en participar.
Esa tarde, mientras Mateo terminaba los últimos ajustes al mostrador, Elena se sorprendió observándolo con una atención que iba más allá de la simple curiosidad profesional sobre su trabajo.
Había algo en la manera en que se concentraba en cada detalle, en la precisión casi meditativa de sus movimientos, que le resultaba fascinante de una manera que no sabía bien cómo procesar.
—Me estás mirando —dijo él, sin levantar la vista del tornillo que estaba ajustando.
—No es cierto.
—Elena. —Mateo finalmente la miró, con una media sonrisa que la hizo sentir descubierta—. Llevo trabajando con madera toda mi vida. Sé cuándo alguien me está observando.
—Estaba pensando en la disposición de las mesas para el festival —mintió ella, sintiendo el calor subirle a las mejillas.
—Claro que sí.
Ni ella ni él insistieron más en el tema, pero el momento se quedó flotando entre ambos durante el resto de la tarde, una pequeña grieta más en la barrera de profesionalismo cuidadoso que ambos intentaban mantener mientras evitaban, todavía, la conversación pendiente que Mateo había prometido tener antes del festival.
Unos días después de la visita de doña Pilar, Elena tuvo la oportunidad de conocer mejor a otra figura importante del pueblo: el padre Anselmo, el sacerdote local que, según le había advertido Mateo con una sonrisa cómplice, tenía sus propias opiniones firmes sobre cómo debían organizarse los eventos comunitarios en Robledal.
—He oído que van a encender hogueras en la plaza —comentó el padre Anselmo, deteniéndose frente a la librería durante uno de sus paseos matutinos habituales—.
Espero que se respeten las distancias adecuadas de seguridad respecto a la iglesia.
La última vez que tuvimos un incidente con fuego cerca del edificio, tardamos meses en reparar los daños en la fachada.
—Le aseguro que tomaremos todas las precauciones necesarias, padre. —Elena intentó proyectar una confianza que no sentía del todo, consciente de que la logística de seguridad del festival era un aspecto que todavía no había considerado con suficiente detalle.
—Bien, bien. —El sacerdote asintió con satisfacción—. Y espero que también haya espacio para alguna actividad de carácter más espiritual durante el festival. Quizás una pequeña bendición de las cosechas, como se hacía antiguamente.
La sugerencia, aunque inesperada, le pareció a Elena una adición interesante que podría añadir una capa más de autenticidad tradicional al evento, conectándolo con las raíces históricas del pueblo de una manera que reforzaría precisamente el tipo de narrativa que estaban intentando construir con Marina y su reportaje.
—Me encantaría que participara, padre. Podríamos incluir una breve ceremonia al principio del festival, antes de que comience la parte más festiva de la noche.
El padre Anselmo se marchó visiblemente satisfecho con el acuerdo, dejando a Elena con una tarea más que añadir a su lista, ya considerablemente larga, de detalles a coordinar antes del gran evento.
Esa misma tarde, después de la visita de doña Pilar, Elena tuvo tiempo de reflexionar sobre la red compleja de relaciones sociales que sostenían la vida del pueblo, una estructura que había olvidado casi por completo durante sus años en Madrid, donde las interacciones tendían a ser más transaccionales y menos entrelazadas con décadas de historia compartida.
Decidió, con la ayuda de Rosario, elaborar un mapa mental de las principales figuras del pueblo que podrían resultar relevantes para el éxito del festival: Carmen y su red de contactos en la panadería, doña Pilar y su influencia en la organización comunitaria, el padre Anselmo y su conexión con las tradiciones más antiguas, el alcalde Ramón y su capacidad de proporcionar apoyo institucional, e incluso figuras más periféricas como el dueño de la ferretería local, quien según Rosario tenía contactos útiles en el negocio de la iluminación decorativa.
—Es como un rompecabezas social —comentó Elena, mientras completaba su mapa—. Cada pieza conectada con las demás de maneras que no siempre son evidentes a primera vista.
—Así funcionan los pueblos pequeños. —Rosario asintió con la sabiduría de décadas de experiencia navegando aquellas dinámicas—.
Todo está interconectado, para bien y para mal.
Un favor pedido hoy puede generar una deuda social que se cobra años después, de maneras que ni siquiera recuerdas haber generado.
—Suena complicado.
—Lo es, pero también es hermoso a su manera. —Rosario sonrió con nostalgia—. En Madrid, probablemente puedes vivir años sin conocer realmente a tus vecinos. Aquí, cada persona forma parte de una historia compartida que se extiende generaciones.
Esa noche, mientras Elena revisaba el mapa social que había elaborado con Rosario, se sorprendió a sí misma sintiendo una conexión creciente con la comunidad que iba mucho más allá de la necesidad práctica de conseguir apoyo para el festival.
Cada nombre en aquel mapa representaba una historia, una relación potencial, una persona real cuya vida podría entrelazarse con la suya de maneras que apenas comenzaba a imaginar.
—Creo que estoy empezando a entender por qué la gente ama tanto los pueblos pequeños —le confesó a Mateo por teléfono esa noche—. Hay algo profundamente satisfactorio en conocer verdaderamente a las personas que te rodean, en formar parte de una red social tan interconectada.
—Bienvenida a Robledal —respondió él, con humor evidente—. Aunque advierto que esa interconexión también tiene sus desventajas, como descubrirás la primera vez que todo el pueblo sepa de algún error tuyo antes de que hayas terminado de cometerlo.
La broma le arrancó una carcajada genuina, aunque también reconoció la verdad subyacente en la observación de Mateo sobre las complejidades de la vida comunitaria tan estrechamente entrelazada.