Las hojas que nos quedan Capítulo 5 — El arco de octubre
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Capítulo 5 — El arco de octubre

El sonido de una sierra eléctrica se convirtió, durante los siguientes días, en la banda sonora habitual de la plaza de Robledal.

Mateo trabajaba en el arco decorativo en el pequeño taller detrás de la carpintería de su padre, y Elena, cuando no estaba enterrada en presupuestos o redactando correos a su antigua compañera de universidad, encontraba excusas cada vez más frecuentes para pasarse por allí.

—Deberías cobrarme por el café que te traigo —le dijo un jueves por la tarde, dejando un termo sobre el banco de trabajo mientras observaba cómo Mateo lijaba una de las piezas curvas del arco.

—Deberías dejar de fingir que vienes por el arco. —Mateo no levantó la vista, pero la sonrisa en su voz era inconfundible—. Podrías haberme mandado un mensaje preguntando cómo iba, en vez de caminar quince minutos hasta aquí cada tarde.

—Me gusta ver el proceso.

—Ajá.

—En serio. —Elena se sentó en un taburete cercano, observando la madera tomar forma bajo las manos de Mateo con una fascinación que la sorprendía a ella misma—.

En Madrid todo es digital. Diseño gráfico, maquetación, todo en una pantalla.

Nunca veo nada convertirse en algo real con mis propias manos.

—¿Y te gusta eso? Lo digital, digo.

Elena lo pensó un momento, algo que no había hecho en mucho tiempo respecto a su propio trabajo.

—Me gustaba. Creo. —Se encogió de hombros—. O quizás me acostumbré a que fuera suficiente.

Mateo dejó la lija a un lado y la miró, con esa atención completa que Elena empezaba a reconocer como algo característico de él, algo que probablemente siempre había estado ahí y que ella, a los diecinueve años, había sido demasiado joven para valorar del todo.

—¿Y esto? —preguntó él, señalando con la barbilla hacia el arco a medio construir, hacia la librería, hacia el pueblo entero, quizás—. ¿Esto es suficiente?

—Esto es temporal.

—Eso no era lo que pregunté.

Elena no supo qué responder, y el silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado de algo que ninguno de los dos parecía dispuesto todavía a nombrar. Fue el teléfono de Elena, vibrando contra la mesa, lo que rompió el momento.

—Es Marina. —Elena miró la pantalla con una mezcla de nervios y alivio—. Mi contacto del blog de viajes.

Leyó el mensaje dos veces antes de procesarlo del todo, y luego soltó una risa incrédula.

—Va a venir. Al festival. Dice que la idea de "Noche de Hogueras y Letras" en un pueblo gallego real le parece perfecta para una pieza sobre turismo de otoño, y que si funciona bien podría convertirse en un reportaje más largo.

—Eso es una buena noticia. —Mateo sonrió, genuinamente contento, aunque Elena notó algo más detrás de su expresión—. ¿No?

—Es una excelente noticia. —Elena se levantó, con la energía nerviosa de quien de repente tiene una razón real para creer que el plan podría funcionar—. Significa que tenemos que asegurarnos de que todo esté perfecto. El arco, la decoración, la librería...

—Lo tendré listo. —Mateo volvió a la pieza de madera, aunque su voz sonó distinta, más cuidadosa—. ¿Y después?

—¿Después de qué?

—Del festival. De que Marina publique su artículo, de que la librería consiga sus clientes, de que salvéis el negocio. —Mateo la miró de nuevo, y esta vez no había ninguna ambigüedad en lo que preguntaba—. Vuelves a Madrid.

La pregunta cayó entre ellos con el peso específico de las cosas que ambos habían estado evitando desde la conversación en la librería, cinco días atrás.

—Supongo. —Elena escogió las palabras con cuidado, sintiendo que cada una pesaba más de lo normal—. Mi excedencia es de dos meses. Tengo un apartamento allí. Un trabajo al que volver.

—Ya veo.

—Mateo.

—No, está bien. —Él levantó una mano, aunque el gesto no logró disimular del todo algo parecido a la resignación—. Tiene sentido. Tu vida está allí.

—Mi vida está... —Elena se detuvo, insegura de cómo terminar esa frase, insegura incluso de si sabía la respuesta.

—¿Sí?

—Complicada —terminó, finalmente, con una honestidad que la sorprendió incluso a ella—. Mi vida está complicada ahora mismo.

Mateo asintió lentamente, como si aquella respuesta, aunque incompleta, fuera suficiente por el momento.

—Entonces supongo que tenemos tres semanas para el festival —dijo, volviendo a su lija con una determinación que Elena reconoció como su manera de manejar lo que no sabía cómo decir en voz alta— y el tiempo que sea necesario después para lo complicado.

Elena se quedó observándolo trabajar unos minutos más, sintiendo que la cuenta regresiva del festival se había convertido, sin que ella lo planeara del todo, en una cuenta regresiva mucho más personal.

Esa misma noche, después de dejar a Mateo en el taller, Elena se encontró incapaz de conciliar el sueño, la conversación pendiente sobre Madrid dándole vueltas en la cabeza con una insistencia molesta.

Bajó a la cocina, todavía a oscuras, y encontró a Rosario despierta también, sentada a la mesa con una taza de manzanilla y un libro que no parecía estar leyendo realmente.

—No puedes dormir tú tampoco —observó Rosario, sin sorpresa, señalando la silla vacía frente a ella.

—Demasiadas cosas en la cabeza. —Elena se sentó, aceptando la taza de manzanilla que su abuela le sirvió sin preguntar—. Mateo me preguntó si voy a volver a Madrid después de todo esto.

—¿Y qué le dijiste?

—Que es complicado. —Elena hizo una mueca ante lo insatisfactorio de su propia respuesta—. Que no lo sé.

Rosario la observó con esa mirada evaluadora que Elena había heredado, sospechaba, de generaciones de mujeres Castillo acostumbradas a leer a la gente con precisión quirúrgica.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo finalmente—. Pienso que a veces nos aferramos a los planes antiguos no porque sigan teniendo sentido, sino porque cambiarlos nos obliga a admitir que la persona que los hizo ya no existe del todo.

—¿Estás hablando de mí o de ti?

—De las dos, probablemente. —Rosario sonrió, con una tristeza suave que Elena no había visto antes en su expresión—.

Yo también tuve la oportunidad de irme de Robledal, hace muchos años.

Un trabajo en Vigo, en una editorial de verdad, no como esta pequeña librería de pueblo.

Lo rechacé porque tu abuelo ya me había pedido matrimonio, y en ese momento me pareció la decisión correcta.

—¿Y lo fue?

—La mayoría de los días, sí. —Rosario se encogió de hombros, con una honestidad que Elena agradeció—.

Pero hubo momentos, sobre todo los primeros años, en los que me pregunté qué hubiera pasado si hubiera elegido diferente.

No creo que exista una decisión perfecta, Elenita.

Solo existen las decisiones que tomamos, y lo que construimos después de tomarlas.

La conversación se quedó con Elena durante días, resonando cada vez que pensaba en la pregunta de Mateo, en la llamada pendiente de su jefa en Madrid, en la vida que técnicamente seguía esperándola en una ciudad que empezaba a sentir cada vez más lejana, no solo en kilómetros sino en algo más profundo y difícil de nombrar.

Al día siguiente, mientras Mateo continuaba trabajando en el arco, Elena aprovechó para visitar el ayuntamiento de Robledal, buscando información sobre posibles permisos necesarios para el festival y, de paso, sondear el interés del consistorio en colaborar con la iniciativa.

El alcalde, un hombre de mediana edad llamado Ramón que Elena recordaba vagamente de su infancia como el hijo del panadero de aquel entonces, la recibió con un entusiasmo que superó ampliamente sus expectativas.

—Llevamos años intentando encontrar la manera de atraer más visitantes al pueblo —confesó Ramón, mostrándole varios estudios de viabilidad turística que el ayuntamiento había encargado sin mucho éxito práctico—.

Si esto de la librería y el festival funciona, podría ser exactamente el tipo de iniciativa que necesitábamos.

—¿Estaría dispuesto el ayuntamiento a colaborar de alguna manera? Permisos para las hogueras, quizás alguna contribución para la publicidad...

—Puedo conseguir permisos sin problema, y hablaré con el consejo sobre una pequeña contribución económica.

—Ramón consultó sus propias notas—. También podríamos ayudar con la limpieza posterior y quizás con transporte adicional desde la estación de autobuses, si esperamos una afluencia significativa de visitantes.

La reunión, que Elena había planeado como un simple trámite administrativo, se convirtió en una conversación productiva sobre las posibilidades a largo plazo para el desarrollo turístico sostenible de Robledal, plantando semillas de ideas que irían más allá del festival puntual hacia una estrategia más amplia de revitalización del pueblo.

De vuelta en la librería, compartió con Mateo y Rosario los detalles de la reunión, encontrando en ambos un entusiasmo renovado ante la posibilidad de contar con apoyo institucional para sus esfuerzos.

—Esto podría ser mucho más grande de lo que originalmente imaginamos —comentó Rosario, con una mezcla de emoción y cautela—. Aunque también significa más responsabilidad, más expectativas que cumplir.

De camino de vuelta del ayuntamiento, Elena se cruzó con Fernando Ordóñez en la calle, en lo que resultó ser su primer encuentro directo con él desde que había llegado al pueblo.

Aunque no había tenido todavía ninguna interacción formal, la reputación de la familia Ordóñez como rivales tradicionales de los Castillo hacía que el encuentro se sintiera cargado de tensión implícita.

—Así que tú eres la nieta de Rosario, la que ha venido a intentar salvar la librería. —Fernando la observó con una mezcla de curiosidad y condescendencia apenas disimulada—. He oído hablar de tus grandes planes para el festival.

—Espero que funcionen mejor de lo que sugiere tu tono. —Elena mantuvo la compostura, decidida a no dejarse intimidar.

—No pretendo ser desagradable. —Fernando sonrió, aunque la sonrisa no alcanzó del todo sus ojos—.

Simplemente creo en ser realista sobre las posibilidades de negocios en declive.

Mi familia lleva generaciones viendo cómo pequeños comercios como el de tu abuela luchan contra fuerzas de mercado que, francamente, son más grandes que la voluntad individual de cualquiera.

—Quizás tu familia debería considerar que algunas cosas valen la pena preservar más allá de la lógica puramente económica.

—Un sentimiento admirable, aunque poco práctico. —Fernando se encogió de hombros—. En cualquier caso, buena suerte con tu festival. Espero, sinceramente, que funcione, aunque mi experiencia sugiere lo contrario.

El encuentro, breve pero cargado de tensión, dejó a Elena con una determinación renovada de demostrar que Fernando y su familia estaban equivocados, no solo por el bien de su abuela sino como una cuestión de principio sobre qué tipo de valores debían guiar el desarrollo de comunidades como Robledal.

De vuelta en la librería después del encuentro con Fernando, Elena compartió el episodio con Rosario, quien escuchó con una expresión que combinaba resignación y determinación renovada.

—Fernando siempre ha tenido esa manera de sonar razonable mientras dice las cosas más desalentadoras posibles —comentó Rosario, sacudiendo la cabeza—. Es un talento peculiar de esa familia, la verdad.

—No dejaré que sus palabras nos desanimen, abuela.

—Lo sé, Elenita. Y por eso mismo estoy tan orgullosa de ti. —Rosario le apretó la mano con calidez—. Tu abuelo solía decir que la mejor respuesta a los escépticos era el éxito silencioso, no las discusiones públicas.

La sabiduría de aquella filosofía resonó con Elena, quien decidió canalizar cualquier frustración residual del encuentro con Fernando hacia un trabajo aún más meticuloso en la preparación del festival, determinada a que los resultados hablaran por sí mismos de una manera que ninguna réplica verbal podría igualar.