Las hojas que nos quedan Capítulo 7 — El primer roce
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Capítulo 7 — El primer roce

La mañana siguiente amaneció con esa claridad especial de octubre, cuando el aire fresco y el sol todavía tibio parecían haber llegado a un acuerdo temporal antes de que llegara el frío de verdad.

Elena encontró a Mateo ya en la plaza, descargando las piezas del arco de una furgoneta prestada, con las mangas de la camisa remangadas a pesar del frío.

—Llegas justo a tiempo —dijo él, pasándole sin ceremonia un extremo de una de las vigas curvas—. Sujeta esto mientras marco dónde van los soportes.

Trabajaron en un silencio cómodo durante la primera media hora, cayendo en una coordinación casi instintiva que sorprendió a Elena: ella sujetando, él midiendo y marcando, ambos anticipando los movimientos del otro con una facilidad que no debería haber sido posible después de siete años de distancia.

—Se te da bien esto —comentó Mateo, mientras ajustaba uno de los soportes de metal—. Pensé que ibas a quejarte de las astillas a los cinco minutos.

—Tengo más paciencia de la que recuerdas.

—O has cambiado más de lo que pensaba.

Elena no supo qué responder a eso, así que se concentró en sostener la viga con más firmeza de la necesaria, mientras Mateo se acercaba para ajustar el ángulo.

Fue en ese momento, con los dos inclinados sobre la misma pieza de madera, las manos de ambos a apenas centímetros de distancia, cuando el mundo pareció, por un instante, reducirse únicamente al espacio entre ellos.

—Mateo...

—Sujeta ahí un segundo —dijo él, sin percatarse aparentemente de la tensión que Elena sentía crecer en su propio pecho, o quizás percatándose perfectamente y decidiendo ignorarla con la misma determinación con la que ignoraba las astillas en sus manos.

Ajustó el último tornillo, y cuando se enderezó, sus rostros quedaron mucho más cerca de lo que la tarea técnicamente requería.

Elena sintió el impulso, breve pero intenso, de acortar esa distancia final, y por la manera en que la mirada de Mateo bajó un segundo hacia sus labios antes de volver a sus ojos, supo que no era la única.

—El arco —dijo él, con la voz ligeramente más ronca de lo habitual, dando un paso atrás que pareció costarle un esfuerzo considerable—. Necesitamos comprobar si aguanta el peso de las luces.

—Claro. —Elena se apartó también, sintiendo el calor subirle a las mejillas de una manera que nada tenía que ver con el trabajo físico—. El arco.

Terminaron de montar la estructura en un silencio distinto al de antes, cargado ahora de algo que ninguno de los dos mencionó pero que ambos sentían con la misma claridad con que sentían el frío de la mañana.

Cuando finalmente colocaron la última pieza y el arco se irguió completo sobre la plaza, esqueleto de madera esperando las luces y calabazas que doña Pilar había prometido, Mateo dio un paso atrás para admirar el trabajo.

—No está mal —dijo, con una satisfacción genuina que le suavizó la expresión.

—Está perfecto. —Elena lo miró a él en vez de al arco—. De verdad, Mateo. Esto va a ser precioso la noche del festival.

—Todavía falta lo importante. —Mateo se giró hacia ella, y algo en su tono había cambiado, se había vuelto más deliberado—. Elena, sobre lo de ayer, sobre lo de "complicado"...

—Mateo, no creo que sea el momento de...

—Nunca es el momento. —Su voz no sonó impaciente, sino cansada, del tipo de cansancio que viene de contener algo demasiado tiempo—. Llevamos siete años sin ser el momento adecuado.

Elena abrió la boca para responder, pero cualquier palabra que hubiera podido decir se perdió cuando Carmen apareció al otro lado de la plaza, agitando los brazos con entusiasmo.

—¡Elena! ¡Marina acaba de escribirme, dice que va a traer también a un fotógrafo para el reportaje!

El momento se rompió con la misma facilidad con que se había formado, y Elena sintió una mezcla confusa de alivio y frustración mientras se giraba hacia Carmen, dejando la conversación pendiente suspendida entre ella y Mateo como una promesa aplazada una vez más.

—Eso es una noticia estupenda —le dijo a Carmen, aunque por el rabillo del ojo vio a Mateo recoger sus herramientas con más fuerza de la necesaria.

Cuando finalmente se giró de nuevo hacia él, Mateo ya había recuperado la compostura, aunque algo en su mirada permanecía distinto, más resuelto.

—Vamos a necesitar terminar esta conversación en algún momento, Elena.

—Lo sé.

—Antes del festival, quizás. —No era una pregunta, sino algo cercano a una petición—. No quiero que las luces se enciendan esa noche y sigamos fingiendo que no hay nada más que decir.

Elena asintió, sintiendo el peso de la promesa que acababa de hacer, mientras a su alrededor Robledal continuaba preparándose para un festival que, cada día que pasaba, parecía menos sobre salvar una librería y más sobre todo lo que ella y Mateo habían dejado sin decir en una estación de autobuses, siete años atrás.

Después de que Carmen interrumpiera el momento entre ellos, Elena pasó el resto de la tarde distraída, incapaz de concentrarse del todo en las tareas pendientes mientras la conversación aplazada con Mateo seguía pesando en su mente.

Encontró un momento de respiro sentándose en el interior de la librería, donde Rosario atendía a un cliente ocasional con la paciencia infinita que parecía reservar exclusivamente para las personas mayores del pueblo que llegaban más a charlar que a comprar.

—Pareces distraída —comentó Rosario, cuando el cliente finalmente se marchó sin haber comprado nada más que una postal antigua.

—Estoy bien.

—Elena Castillo, llevo conociéndote desde que naciste. Sé cuándo no estás bien. —Rosario se sentó junto a ella, con esa paciencia particular que reservaba para las conversaciones importantes—. ¿Es por Mateo?

—Es complicado.

—Todo el mundo en este pueblo dice "complicado" cuando en realidad quiere decir "tengo miedo". —Rosario le tomó la mano con una ternura que sorprendió a Elena—. ¿De qué tienes miedo exactamente?

Elena consideró la pregunta con una honestidad que no había practicado en mucho tiempo.

—De que si dejo que esto vaya a algún lado, y después las cosas no funcionan con la librería, o yo tengo que volver a Madrid por cualquier razón, voy a terminar rompiéndole el corazón otra vez.

Y esta vez sabiendo exactamente lo que estoy haciendo, no como una niña de diecinueve años que no entendía las consecuencias de sus decisiones.

—Ese miedo tiene sentido. —Rosario asintió, sin restarle importancia a la preocupación de su nieta—. Pero también podrías equivocarte por evitar algo bueno solo porque podría salir mal. La vida no viene con garantías, Elenita. Ni el amor, ni los negocios, ni nada que realmente valga la pena.

—¿Y si me equivoco?

—Entonces te equivocarás, y aprenderás de ello, y seguirás adelante. —Rosario se levantó, dando por terminada la conversación con la practicidad que la caracterizaba—. Pero al menos lo habrás intentado, en vez de pasarte otros siete años preguntándote qué hubiera pasado.

Las palabras de su abuela se quedaron resonando en Elena durante el resto del día, dándole una perspectiva distinta sobre el miedo que llevaba cargando desde su reencuentro con Mateo, un miedo que empezaba a reconocer como menos sobre las consecuencias prácticas de una relación fallida y más sobre su propia capacidad de comprometerse con algo, o alguien, sin la salida fácil de la distancia geográfica que Madrid siempre le había ofrecido.

Esa misma tarde, después del momento tenso interrumpido por Carmen, Elena decidió aprovechar un rato de tranquilidad para escribir en un diario que había empezado, casi por impulso, la primera noche de su llegada a Robledal.

Nunca había sido una persona particularmente dada a la escritura personal, pero algo en la intensidad de las últimas semanas la había impulsado a intentar procesar sus pensamientos de esa manera.

"Día 19", escribió, sentada en el alféizar de su ventana con la vista de la plaza a oscuras extendiéndose ante ella.

"Hoy casi besé a Mateo Vidal mientras montábamos un arco de madera decorativo.

No estoy segura de si esto cuenta como progreso o como un desastre en potencia, considerando todo lo que dejamos sin resolver hace siete años. "

Continuó escribiendo durante un buen rato, procesando en papel la complejidad de sentimientos que llevaba experimentando desde su llegada: la sorpresa de descubrir cuánto disfrutaba del trabajo práctico y directo que implicaba salvar la librería, comparado con la naturaleza más abstracta de su trabajo en Madrid; la incomodidad persistente de no saber exactamente qué esperaba de su relación con Mateo, más allá de la atracción evidente que ambos sentían; y una pregunta que empezaba a formularse con más claridad en su mente: qué significaría realmente para ella, a largo plazo, quedarse en Robledal.

Cerró el diario justo cuando escuchó a Rosario llamándola para la cena, sintiendo que el ejercicio de escritura, aunque nuevo para ella, le había proporcionado una claridad valiosa sobre sus propios pensamientos que las conversaciones habladas, por más honestas que fueran, no siempre lograban capturar del todo.

Después de la interrupción de Carmen, mientras Mateo terminaba de recoger las últimas herramientas del día, Elena aprovechó para observarlo con una atención renovada, notando detalles que no había registrado conscientemente hasta entonces: la manera en que sus manos, ásperas por años de trabajo, manejaban las herramientas con una precisión casi delicada; la concentración total que dedicaba a cada tarea, por pequeña que fuera; la paciencia evidente en cada movimiento, tan distinta de la urgencia constante que caracterizaba el ritmo de trabajo en Madrid.

—¿Sigues ahí? —preguntó Mateo, notando su mirada fija.

—Perdona, estaba distraída. —Elena sacudió la cabeza, intentando disimular la intensidad de su observación—. Solo pensaba en cuánto ha cambiado todo desde que llegué.

—¿Para bien o para mal?

—Definitivamente para bien, aunque también complicado. —Elena se sentó en uno de los escalones, invitándolo silenciosamente a unirse—. Nunca pensé que volver aquí me haría cuestionar tantas cosas sobre la vida que había construido en Madrid.

—¿Qué tipo de cosas?

—Si realmente era feliz allí, o si simplemente me había acostumbrado a una versión de felicidad que en realidad era solo comodidad y rutina.

—Elena consideró sus propias palabras con sorpresa ante su propia honestidad—.

Aquí, a pesar de todo el caos y la incertidumbre, me siento más viva de lo que me he sentido en años.

Mateo se sentó junto a ella, sin decir nada inmediatamente, simplemente ofreciendo el espacio silencioso necesario para que ella continuara procesando sus propios pensamientos en voz alta, un gesto de comprensión intuitiva que Elena apreciaba profundamente, especialmente considerando lo poco común que resultaba encontrar a alguien capaz de simplemente escuchar sin necesidad de resolver o comentar inmediatamente cada revelación emocional.

Antes de que Carmen los interrumpiera, en ese momento suspendido entre ambos con el arco recién terminado como testigo silencioso, Elena había sentido una claridad extraña sobre sus propios sentimientos, una certeza que trascendía la simple atracción física hacia algo más profundo y aterrador en su honestidad.

Durante el resto de la tarde, mientras terminaban los últimos detalles del arco, aquella claridad persistió como un acompañamiento silencioso a cada interacción, cada mirada compartida, cada momento de colaboración natural entre ambos que sugería una compatibilidad que iba mucho más allá de la nostalgia por un romance adolescente no resuelto.