Epílogo
Tutmosis III, que también se había distanciado de ella, comenzaba a tener la libertad de poder gobernar las Dos Tierras a su antojo.
Empezó a realizar campañas militares desde Gaza hasta el Éufrates, recogiendo tributos, intercambiando prisioneros y aplastando conatos de rebelión.
Rejmira, que actuaba a todos los niveles como visir del faraón excepto por el título, no podía estar más orgulloso con el nacimiento de su primer nieto varón.
Neferkay había alumbrado a un bebé sano, al que llamó Hekai sin ningún pudor, y se había consagrado como sacerdotisa de Amón bajo la tutela del nuevo sumo sacerdote. Nunca más le abriría el corazón a ningún hombre, pues ya lo tenía colmado con el amor de su pequeño Hekai.
Tiaret continuaba ejerciendo como sanadora en el Per Ankh y había acogido a Zayineth como su discípula, enseñándole todo lo que sabía sobre el arte de la curación.
Juntas viajaron a Coptos a hacerle las ofrendas funerarias a Nebuy en el primer aniversario de su muerte, y desde entonces se habían vuelto inseparables.
A ese viaje le siguieron muchos otros, en los que ambas exploraron tierras más allá de las fronteras de Egipto.
La caravana partió con las tres mujeres y el pequeño Hekai, que acababa de cumplir diez meses, antes del mediodía.
Pronto dejaron atrás el Nilo, una cinta de plata que se alejaba lentamente mientras los asnos avanzaban por un sendero pedregoso de la ribera occidental.
Cruzaron unos campos de cebada que precedían al desierto y, en muy poco tiempo, el mundo se convirtió en arena y cielo.
Durante siete días, siguieron las rutas de las caravanas que atravesaban el desierto líbico.
Durante el día, el sol caía sin piedad sobre sus mantos, y Tiaret tenía que refrescarle la frente al pequeño Hekai mojando un paño en agua fría para aliviarle el calor.
De noche, bajo la luz azulada de la luna, Zayineth las entretenía relatándoles historias antiguas sobre las reinas que guiaban ejércitos y las mujeres que hablaban con los dioses en las lejanas tierras de Punt.
El desierto y las dunas, en buena compañía, se convirtieron en un paraíso terrenal.
Al séptimo día, el horizonte cambió. Una línea de palmeras datileras y tamariscos se recortó sobre el cielo y una fresca brisa vino a recibirlas como un bálsamo.
Al llegar al oasis, dejaron el camino que lo conectaba con Abidos, Asyut y el Alto Egipto y se adentraron por una vía que cruzaba pequeños campos de lentejas, cebada y lino.
Al atardecer, el aire se llenó con el zumbido de los insectos y el canto de las aves.
Poco a poco, se vislumbró en lontananza un próspero asentamiento poblado por egipcios, caravaneros nubios y algunos domesticadores de asnos libios.
Un grupo de sacerdotes las saludó cuando pasaron por la puerta de un pequeño santuario de Amón. Neferkay les preguntó sobre la ubicación de la casa del pozo, que era su destino final, y les dieron indicaciones para que tomaran el sendero que llevaba hacia el extremo norte del oasis.
—Encontraréis la casa cerca de una colina de arenisca.
No tiene pérdida, aunque no creo que encontréis a esta hora a nadie allí.
Cada día, al atardecer, se dirigen a los límites del oasis, donde se encuentra el Meret-Akhet [99] , para despedir a Ra.
El problema es que en esa zona el terreno está bastante encharcado y no creo que el carro pueda pasar sin quedar encallado —les advirtió uno de los sacerdotes.
Enviaron a los carretilleros a la casa del pozo, para que fueran descargando las pertenencias, y ellas tomaron un sendero para recorrer a pie el trayecto que las separaba del lago.
El camino era un paseo bordeado por palmeras datileras y helechos.
Tiaret fue recogiendo las amapolas del desierto que fue encontrando, hasta formar un bonito ramo.
Las joviales voces que salían de sus aguas les aceleraron el corazón. Corrieron hacia el margen y, en cuanto las vieron abrazadas bajo una cascada, no pudieron contener por más tiempo la alegría.
Sat-Ire y Neferura estaban bañándose en el lago, desnudas y risueñas de felicidad. Neferkay dejó al pequeño Hekai en brazos de Zayineth y tomó de la mano a Tiaret para zambullirse juntas en las frescas aguas del lago.
—Pero ¿qué hacéis aquí? ¡No os esperábamos tan pronto! —exclamó Shaït en cuanto vio a sus hermanas nadando hacia ellas.
—¿Es esa la forma de dar la bienvenida a quienes se han recorrido todo el desierto para veniros a ver? —la reprendió Neferkay sin poder contener las lágrimas.
El reencuentro de las hermanas con Neferura y Sat-Ire fue emotivo y evocador. Zayineth lloraba de alegría mientras se comía a besos a Hekai, que reía a carcajadas entre sus brazos.
Las mujeres salieron del agua y se reunieron con Zayineth. Sat-Ire tomó a su sobrino en volandas, radiante de felicidad.
—Tú debes de ser Hekai, ¿verdad? —le susurró con una dulce voz. El bebé rompió a reír con las carantoñas de su tía—. Esta chica tan guapa es tu tía Neferura. ¿Te quieres ir con ella?
El bebé dudó un instante, pero, al ver la sonrisa de Neferura, alzó los brazos para que lo cogiera.
Las risas, los abrazos y los besos se sucedieron sin tregua hasta que empezó a oscurecer.
El camino hacia la casa del pozo resultó ser una senda de redención para las cinco mujeres.
Iban tomadas de las manos, sin decir nada, dejándose llevar por la dicha de tan anhelado reencuentro.
Solo estaban ellas, el pequeño Hekai y el enjambre de estrellas que empezaban a parpadear en el firmamento.
Atrás habían quedado los días de llanto y desesperación provocados por una despedida indeseada y clandestina: la huida furtiva de Sat-Ire y Neferura en mitad de la noche, y un funeral simulado al que tuvieron que asistir Neferkay, Tiaret y Zayineth sin saber que ellas habían sobrevivido.
Atrás quedaron, también, los largos meses que tuvieron que pasar, día a día, hasta que por fin llegó ese ansiado momento del reencuentro.
Lucía una luna creciente en el cielo cuando llegaron a una edificación, construida con adobe y piedra, con techo plano de vigas de palmera.
La casa tenía una pequeña azotea desde la que se podía observar el firmamento y estaba cercada por un muro bajo que protegía una huerta, varios árboles frutales y un pozo.
En la puerta, un diminuto letrero, que rezaba «Per-Shaït» [100] , daba la bienvenida a aquel lugar.
Los porteadores les habían dejado las pertenencias que traían desde Tebas junto a la entrada antes de irse: unos baúles de madera, que contenían la ropa y complementos de las visitantes, varias cestas con viandas y un par de vasijas con vino del Delta.
—Dejad todas las cosas por ahora ahí. ¡Quiero enseñaros nuestra casa! —anunció sonriente Shaït.
La entrada estaba orientada al este, para que aquella estancia recibiera la primera luz de Ra, y daba acceso a un pequeño zaguán sombreado con una cortina de lino.
En una repisa había un altar doméstico con una figura de Bes, dios protector del hogar y de los sueños, y un cuenco con flores de loto y aceite perfumado.
La sala principal era un espacio rectangular en el que había un altar con una figura de Amón-Ra y una estatuilla de Hathor, ambos cubiertos con una tela de seda azul.
Era el espacio más sagrado y misterioso de la casa.
Durante el día, la luz entraba tamizada por una estrecha rendija situada en lo alto del muro, creando un ambiente entre la penumbra y un resplandor dorado.
Shaït les comentó que aquella estancia era la Sala de los Sueños.
En su interior había un lecho ritual de madera baja provisto de unas patas con forma de garras de león.
Era el lugar donde los consultantes que acudían al Per-Shaït se recostaban para relatar sus sueños o para dormirse bajo el influjo de los inciensos y los aceites esenciales.
En una de las paredes había un mural que contenía pinturas simbólicas, como el ojo de Horus, serpientes y constelaciones, junto con inscripciones que hacían referencia al mundo onírico.
—Esta sala es la que nos proporciona el sustento para vivir holgadamente, sin lujos pero sin necesidades —señaló Shaït mientras les enseñaba el lugar.
La Sala de los Sueños comunicaba con una segunda cámara, más amplia y luminosa, que daba acceso a un patio interior con una gran higuera.
En su interior había un banco de piedra con esteras de palma, unas mesas con cálamos y tinteros, y una de las paredes estaba decorada con jeroglíficos sencillos.
En un rincón, había un santuario con una figura de Maat con las alas extendidas.
Neferura se acercó a un estante en el que había figurillas de animales que les servían para enseñar los principios del mundo natural y religioso a los niños de la aldea: el ibis de Thot, el escarabajo de Khepri, la vaca de Hathor, entre otros.
—Aquí doy las lecciones a mis niños —dijo con rostro sonriente.
Al salir al patio, pudieron ver un cielo nocturno estrellado.
—Debéis de tener hambre, ¿verdad? Vamos a la cocina a preparar algo para cenar —dijo Shaït mientras entraba a una de las estancias a las que se podía acceder desde el patio.
Al pequeño Hekai le prepararon unas gachas con miel, y para ellas hicieron un estofado de lentejas con hortalizas de la huerta.
Durante la cena, se fueron poniendo al día después de tanto tiempo de ausencia.
Y también dieron buena cuenta de una de las vasijas de vino del Delta, todas excepto Neferkay, que todavía amamantaba a Hekai y no le sentaba bien el alcohol.
—¿Cómo conseguisteis salir de la cámara secreta, Shaït? —le preguntó Tiaret.