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El tránsito hacia Occidente
Hatshepsut había declarado setenta días de luto por los funerales de Neferura, Hapuseneb y Senenmut, el tiempo que los embalsamadores necesitaban para preparar los cuerpos de los difuntos.
Durante el luto, se prohibió la música en los palacios y las procesiones festivas se suspendieron.
A ello se sumarían treinta días de duelo sagrado en los templos de Amón, para que los sacerdotes recitaran las plegarías para devolver el orden de Maat que había sido quebrado por las pérdidas.
Los traidores que perecieron entre las llamas en la cámara secreta de Dyeser-Dyeseru fueron condenados al olvido.
El cuerpo de Senenmut, a quien no delataron como uno de los instigadores de la conspiración para no infligir más dolor en Hatshepsut, fue entregado a su hermano Amenemhat.
Este lo enterró en el hipogeo inacabado que había mandado excavar en secreto, un sepulcro unido de forma mística al templo funerario de la reina.
En la primera cámara de la tumba, bajo un magnífico techo astronómico pintado, podía leerse la inscripción: «¡Oh, vosotros que vivís sobre las Dos Tierras, escribas conocedores de las cosas secretas y adoradores de Amón, recitad estos ensalmos para el Mayordomo de Amón, Senenmut! » .
Los embalsamadores recogieron los restos humeantes, huesos ennegrecidos y efectos que habían pertenecido a Neferura y a Sat-Ire y con ellos fabricaron unos cuerpos simbólicos de lino y resinas. En su interior, sellaron los fragmentos junto a sendos amuletos de cornalina roja.
Pasaron los setenta días y Tebas se preparó para los funerales de Estado.
El amanecer sobre Ipet-Sut [92] era gris y silencioso.
No había cantos matinales ni sonaban los sistros, ni siquiera los sacerdotes jóvenes murmuraban oraciones.
Solo las plañideras rompían el silencio con sus llantos desde la alborada.
En las dependencias internas del templo de Amón, estaban realizando el wepet-ra [93] .
En su interior estaban los cuerpos momificados de Neferura, Sat-Ire y Hapuseneb, junto a los oficiantes encargados del ritual.
Había un sacerdote sem , que dirigiría la ceremonia; un sacerdote kheri-heb , que recitaría los textos del Libro de los Muertos; los sacerdotes wab , responsables de que ningún elemento impuro interfiriese en el proceso; unos sacerdotes cantores de Amón, que acompañarían el ritual con himnos y lamentaciones, y plañideras, que representarían a Isis y Neftis, entonando lamentos al final de cada sección de la liturgia.
Tras la purificación, que el sacerdote wab llevó a cabo rociando agua del Nilo sobre los cuerpos, y la presentación de las ofrendas, comenzó el ritual de apertura de los sentidos.
El sacerdote wab le entregó el pesesh-kef [94] al sacerdote sem , quien fue tocando los labios, los ojos, las orejas y la nariz de los difuntos, mientras que el sacerdote kheri-heb pronunciaba una fórmula mágica al final de cada acción ritual.
«Tu boca se abre para Amón para pronunciar palabras verdaderas».
«Tus ojos se abren para contemplar a Maat».
«Tus oídos se abren para escuchar la voz de Amón».
«Tu nariz se abre para inhalar el aliento de la vida».
Acto seguido, el sacerdote wab roció los cuerpos con unciones y perfumes de cedro, mirra, loto y resina de enebro, mientras los sacerdotes cantores entonaban himnos y el kheri-heb recitaba un verso:
«Que tu piel viva con el aceite de Horus. Que tu carne se ilumine con la mirra de Isis. Que tus huesos brillen como oro delante de los dioses».
Había llegado el momento culminante de la ceremonia, el rito final del renacimiento. El sacerdote sem alzó ambas manos hacia el cielo mientras recitaba el himno de la resurrección:
«¡Levántate, oh, justo, tú que has cruzado al Occidente!
Ra te llama desde el horizonte. Tu nombre no será olvidado y tus pasos resonarán en la barca solar.
Has abierto tu boca, y con ella hablarás en la sala de Maat.
Has abierto tus ojos, y con ellos contemplarás la luz de Ra.
Has abierto tus oídos y con ellos escucharás la palabra de Amón.
Has abierto tu nariz y con ella inhalarás el aliento de la vida en el Más Allá».
En ese momento, los embalsamadores introdujeron los cuerpos de los difuntos en los sarcófagos, mientras los sacerdotes cantores y las plañideras alzaban sus voces y llantos.
Tres barcas fúnebres esperaban alineadas en el Patio del Festival: una para la Dama de las Dos Tierras, la princesa Neferura, otra para la intérprete de sueños, Sat-Ire, y una tercera para el sumo sacerdote de Amón, Hapuseneb.
Todas estaban cubiertas con telas de lino blanco que ondeaban al viento del este.
Los sacerdotes sacaron los féretros del templo y los subieron a las barcas.
Una multitud se había reunido en absoluto silencio: sacerdotes de Amón, servidores de Mut, soldados de la división de Amón de Tebas, nobles, escribas, artesanos y vecinos, que habían acudido movidos por el amor que profesaban a los difuntos.
Miles de antorchas apagadas bordeaban los muros, esperando el solemne momento en que serían encendidas.
Hatshepsut apareció en el patio apoyada sobre un bastón ceremonial.
Vestía un manto blanco sin adornos, el rostro grave por las noches en vela, y el alma mancillada de dolor.
A su lado caminaba el faraón Tutmosis, serio, conteniendo la aflicción.
Detrás venían Rejmira, Djehuty, Useramon y los altos mandos del clero.
Entre los asistentes, el grupo que más atraía las miradas era el de las jóvenes sacerdotisas que habían acompañado a los difuntos en sus últimos momentos y que habían conseguido salir milagrosamente ilesas del incendio.
Neferkay, visiblemente embarazada, Tiaret y Zayineth, todas vestidas de blanco, todas con el rostro velado.
Un sacerdote portador del incienso abrió la procesión. El humo se elevó en espirales y el nuevo sumo sacerdote de Amón alzó la voz para decir:
—Hoy acompañamos al Oeste a tres pilares de Egipto: la hija del Dios, la guardiana de los sueños y el servidor más fiel de Amón. Que Aaru reciba a cada uno según dicte la justicia de Maat.
La barca de Neferura fue la primera en avanzar hacia el Gran Patio.
Llevaba su sarcófago cerrado, y Hatshepsut había colocado sobre él el collar de oro que le había regalado cuando la nombró esposa del dios.
La segunda, más pequeña, fue la de Sat-Ire.
Sus hermanas habían depositado sobre el sarcófago ramos de flores silvestres y papiros frescos.
La tercera era la más austera, por deseo expreso de Hapuseneb.
Solo flores, sin ornamentos, y el símbolo de Amón pintado en dorado sobre el lino que cubría su sarcófago.
Unos sacerdotes de alto rango golpearon el suelo con sus bastones tres veces, en señal de respeto, y tres antorchas fueron encendidas al mismo tiempo; fueron entregadas a Hatshepsut, a Tutmosis y al sumo sacerdote.
Luego, cada antorcha fue encendiendo dos más, y así hasta que un enjambre de luces iluminó el patio.
Los sacerdotes y sacerdotisas comenzaron a cantar el Himno de los Seis Portales [95] , un canto antiquísimo, para guiar a los difuntos por los caminos de la Duat.
Las barcas se elevaron, con la ayuda de los porteadores y avanzaron hacia el estanque sagrado de Karnak.
Las sacerdotisas se colocaron en semicírculo y, cuando empezó a declinar el sol lentamente por el horizonte occidental, las tres barcas fueron depositadas sobre unas barcas menores, que fueron conducidas lentamente hacia la salida del templo.
El aire olía a mirra y a loto. La procesión siguió a las barcas fúnebres, que viajaban sobre unas andas de madera dorada, sostenidas por sacerdotes escogidos entre los más jóvenes del clero.
Delante, abrían el paso los portadores de antorchas cuyos resplandores se reflejaban en el agua del canal sagrado.
Detrás, el cortejo se extendía como una serpiente luminosa y silenciosa.
La comitiva avanzó bordeando el canal que conducía desde Karnak hacia el embarcadero real. Allí aguardaban tres barcas funerarias mayores, en cuyas proas, talladas en forma de chacal, habían pintado unos ojos que les permitirían ver el camino del Más Allá.
Los remos golpearon el agua con un rítmico «uno, dos…, pausa; uno, dos…, pausa». El eco de los cánticos se mezclaba con el sonido de los remos formando una triste melodía.
Tras las barcas fúnebres, seguía una barca más pequeña. En ella viajaban la reina y el faraón, acompañados de los dignatarios de la corte. Más atrás, en otras embarcaciones, viajaban Neferkay, Tiaret y Zayineth.
Cuando alcanzaron la mitad del trayecto por el Nilo, el cielo empezó a tornarse violeta. Las calmadas aguas reflejaban los últimos destellos del sol y, por un instante, pareció que las barcas flotaban entre dos mundos.
Los sacerdotes vertieron sobre el agua jarras de leche, vino y miel, para apaciguar a las divinidades del río y facilitar el paso de los difuntos al Oeste. El sonido de los sistros se elevó desde una de las barcas marcando el ritmo con el que unos sacerdotes cantores recitaban:
—Que los dioses guíen sus almas por la Duat, y que Maat los reciba con las alas abiertas.
Al atracar en la orilla, la luz del día había desaparecido casi por completo. Las antorchas encendidas iluminaban el sendero que ascendía hacia la necrópolis. Allí aguardaban los guardianes de las tumbas, los embalsamadores y los sacerdotes funerarios del clero de Amón.
Los sarcófagos fueron colocados sobre trineos de madera tirados por bueyes, adornados con guirnaldas de flores secas, que comenzaron a arrastrarlos hacia las tumbas del valle.
El primero en llegar a su hipogeo fue Hapuseneb. Unos sacerdotes se llevaron su féretro hacia su lugar de descanso eterno, y la procesión continuó más arriba hasta llegar al templo de Dyeser-Dyeseru.
Doce portadores arrastraron los trineos que transportaban los sarcófagos de Neferura y Sat-Ire hacia la rampa central que ascendía a la primera terraza. Delante, varios sacerdotes portaban incienso y antorchas para alumbrar el camino.
Las colosales columnas del primer pórtico parecían observar el paso de los féretros.
Los relieves que narraban la primera expedición a Punt y las glorias de la reina-faraón eran testigos mudos de la procesión.
En el centro del patio se alzaba un altar bajo, cubierto de flores, vino y pan.
Los sacerdotes depositaron los sarcófagos, uno a cada lado, con las cabezas orientadas en dirección al sol naciente como símbolo de renacimiento.
Hatshepsut descendió de su litera y caminó hasta situarse entre ambos féretros. El viento agitaba su manto y, por un instante, pareció más madre que faraón.
—Que Amón os reciba y permita que la vida que no pudisteis vivir en este mundo la viváis en Aaru —proclamó con los ojos cubiertos de lágrimas.
En el extremo norte de la terraza, tras un corredor oculto, se hallaba la dependencia funeraria que Hatshepsut había mandado preparar, contigua al santuario inferior del templo.
Dos puertas de piedra se abrieron con lentitud, dejando escapar un aire frío y denso.
Dentro, las antorchas sostenidas por sacerdotes iluminaban los relieves recién terminados que representaban escenas de Neferura ofreciendo flores a Amón y de Sat-Ire interpretando sueños ante la diosa Mut.
El resplandor de las lámparas hacía que las figuras parecieran moverse, como si las almas de las dos mujeres ya estuvieran allí, esperándolos.
Los sarcófagos fueron depositados en cámaras contiguas, separadas solo por un muro y con una abertura simbólica, para que sus espíritus pudieran encontrarse en el Más Allá.
Sobre la tapa del sarcófago de Neferura, los sacerdotes colocaron un collar de amatistas y un loto recién abierto. Sobre Sat-Ire, un papiro enrollado con plegarias oníricas y un amuleto de lapislázuli con forma de ojo de Horus.
El sumo sacerdote de Amón pronunció las palabras finales:
—Que las difuntas se despierten juntas en la campiña de Aaru y que sus nombres sean pronunciados siempre unidos, como el de la reina y su templo, como el del sol y su sombra. ¡Que Maat sea restablecida!
Los presentes repitieron al unísono:
—¡Que Maat sea restablecida!
El albañil más anciano del templo colocó el último sello de arcilla con el cartucho de Hatshepsut en la puerta de piedra. El eco del golpe se perdió por los corredores como una lejana despedida.
—Descansa, hija mía. Pronto nos volveremos a reencontrar en la pradera de Aaru.
Tras la ceremonia, la comitiva regresó hacia Tebas en silencio.