Las hijas del visir 54 #2
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Antes de entrar en el corredor que comunicaba con la sala, Mutnofret se despidió de ellos. Debía reunirse con Pahemre y Khnumose para darles las últimas instrucciones antes de la sublevación. Así que los primeros en llegar a la cámara fueron Meriamon y Nebet-Iset.

—Has estado muy callado, sobrino. ¿Estás nervioso?

—¿Acaso no lo estás tú?

—¡Claro que sí! ¿Por quién me tomas? —bromeó—. Sin embargo, estoy sumamente excitada porque hoy vamos a hacer historia, Meriamon. ¡Tú te convertirás en faraón!

Los delirios de grandeza de su madre parecían no tener límites. Quería destronar a Tutmosis III, un faraón eclipsado por la reina Hatshepsut, para colocar en su lugar a otro títere que pudiera controlar a su antojo.

El juez advirtió que en la alacena había vasijas de vino y llevó una a la mesa.

—Creo que me tomaré un trago. ¿Te apetece una copa, tía?

—¡Oh, sí! —dijo dando unas palmaditas de alegría.

Mientras degustaba el caldo, Meriamon repasó mentalmente todos los pasos de su minucioso plan.

Encargó a dos oficiales de confianza, que acudieron desde Menfis a cambio de una generosa cantidad de oro, que se infiltraran entre las filas rebeldes responsables de la defensa del interior del templo.

Uno de ellos se encargaría de conducir a Hapuseneb y a sus compañeras hacia la cámara secreta, mientras el otro guiaría por una vía segura a Tutmosis y Hatshepsut para que pudieran escapar del recinto.

Aquella era parte la más dura emocionalmente de su estrategia: Meriamon había decidido priorizar la seguridad de los faraones de Egipto, a expensas de exponer a un mayor peligro a sus compañeras y a su gran mentor, Hapuseneb.

Otro de los aspectos del plan que más inquietaban a Meriamon era asegurar la intervención de los ejércitos de la división de Amón, leales a Tebas y al poderoso clero del dios, para sofocar la revuelta.

Sabía que los generales estarían presentes en la ceremonia y que la seguridad del perímetro de Dyeser-Dyeseru, a cargo de un numeroso contingente de soldados de la división de Amón, sería insuficiente para contener a las fuerzas sublevadas.

Por ese motivo, había dado instrucciones a uno de los niños espías a su servicio para que entregara, a una hora precisa, un papiro sellado a uno de los jueces más influyentes de Tebas, que era muy amigo suyo.

En dicho documento, lo advertía del inminente levantamiento contra la Corona en el templo de Dyeser-Dyeseru.

Meriamon confiaba en el buen criterio de su colega para alertar de inmediato a los oficiales de guardia en los acuartelamientos y movilizar todas las tropas disponibles con el fin de neutralizar la sublevación.

El punto más importante de su estrategia, sin embargo, era que el devorador de almas cumpliera con su palabra y se personara en la cámara secreta justo en el momento oportuno.

Por fortuna, la hoja de ruta se cumplió como el juez la había planificado.

**

Meriamon desató a sus compañeras sin atreverse a mirarlas a la cara. Al pasar por el lugar donde yacía el cuerpo de Hapuseneb, no pudo contener las lágrimas.

Sat-Ire fue la primera en dirigirse a él.

—No sé qué decirte, Meriamon. ¿Este ha sido tu plan desde el principio?

—Lamento mucho haberos engañado y haber jugado con vosotras, causándoos tanto dolor. Pero no tenía otra alternativa, y lo volvería a hacer —se reafirmó—. Soy consciente de mi mal proceder y estoy dispuesto a aceptar las consecuencias sin oponer resistencia.

—¿Era necesario traicionarnos, Meriamon?

—advirtió Zayineth, mirando el cuerpo sin vida de Hapuseneb—.

¡Él confiaba en ti, y ahora está muerto!

Lo mismo sucedió con Hekai… ¿Por qué te aliaste con esa alimaña asesina?

¿Acaso has perdido la razón? —gritó mientras ponía el filo del puñal en el cuello del juez—. ¡Mereces morir!

—¡No lo hagas, Zayineth! —intervino Neferura—. No vale la pena ensuciarse las manos con ese traidor. —En ese instante, se percató de lo que estaba haciendo el devorador de almas—. ¿Se puede saber qué haces? —lo increpó.

Nebamun había tomado varias lámparas de aceite de un estante y estaba derramando su contenido sobre el ajuar de la cámara secreta.

—Él está preparado para aceptar la muerte de tu mano, Zayineth —señaló Meriamon—. Sé que no te devolverá a tu padre, pero por lo menos aligerará el dolor de tu alma.

—¡Estoy harta de todo esto! —explotó Zayineth, arrojando el puñal al suelo—. Han muerto demasiadas personas, y no quiero que pese sobre mi conciencia ninguna muerte más —expresó, escupiendo al suelo—. ¡Vámonos de este maldito lugar! Parece que estos dos tienen deudas pendientes que saldar.

Zayineth tomó de las manos a Neferkay y a Tiaret y las condujo a la salida.

—¿Qué vas a hacer, Meriamon? —quiso saber Sat-Ire.

—Asumir las consecuencias de mis actos —respondió el juez.

—¿Qué haces ahí parada, Shaït? Ven con nosotras y deja que esos dementes paguen por sus crímenes —voceó Neferkay desde el quicio de la puerta.

—Quedaos un momento Neferura y tú, por favor —pidió Meriamon, sujetando a Sat-Ire por la muñeca.

—¡Vámonos ya, Shaït! —le instó Neferura, al ver que todas habían abandonado la sala.

En ese momento, Nebamun atrancó la puerta de la cámara secreta provocando un estruendo.

—¿Qué estás haciendo, Meriamon? —inquirió Sat-Ire, nerviosa.

El devorador de almas tomó una lámpara de aceite encendida y la estampó sobre la mesa. El fuego prendió de inmediato y empezó a propagarse rápidamente por toda la estancia.

—Sat-Ire, vosotras también debéis morir —sentenció el magistrado.

***

Solo quedaban ellos dos con vida en la cámara secreta.

Nebamun fue el primero en ser consumido por el fuego.

Las llamas carbonizaron sus pellejos como si fueran papiro, y, sin embargo, no hubo ni un quejido ni un lamento.

El devorador de almas recibió a la muerte con serenidad. Por fin, su alma descansaría en paz.

Meriamon había tomado a Mutnofret en su regazo y le acariciaba los cabellos mientras el fuego acechaba a su alrededor. No recordaba haber sentido tan a flor de piel el amor que profesaba a su madre como en aquel momento; quizá porque nunca la había sentido tan cerca de él.

Las llamaradas explosionaron, convirtiendo la cámara secreta en un infierno.

El fuego purificador fue consumiendo los cuerpos atrapados entre aquellas cuatro paredes.

Las llamas se encargarían de borrar la huella de una traición que se había cobrado cientos de vidas inocentes y que había hecho temblar los cimientos de Egipto.

Por desgracia, también se llevarían las vidas de dos mujeres que tuvieron que morir para poder ser libres.

Fuera de la cámara, los gritos de desolación de Neferkay, Tiaret y Zayineth fueron testimonio vivo de la cruel jugada que les había deparado el destino.