54
Redención
Meriamon recordaba a su padre como un ser amable, cariñoso y muy cabal, el contrapunto perfecto a una madre fría, arisca y radical.
Paneb era uno de los oficiales de máxima confianza de Tutmosis II, con estrechos vínculos con el ejército y la Administración; leal al faraón y a la regla de Maat.
Como militar, pasaba largas temporadas fuera de Tebas, y en uno de sus regresos, trajo consigo el mejor de los regalos para Meriamon: un hermano pequeño.
Sin embargo, la llegada de Pacer a su casa distanció a sus padres, si cabía, más de lo que lo estaban.
Mutnofret nunca se adaptó a las refinadas costumbres de Tebas.
Procedente de una familia noble de Menfis, se casó con Paneb forzada por su familia.
Su carácter indómito y rebelde le causó muchos problemas a su madre, una mujer con una salud delicada, que murió cuando Mutnofret tenía nueve años al dar a luz a su segunda hija, Nebet-Iset.
El padre de Mutnofret, un alto funcionario menfita muy cercano al visir del Bajo Egipto, la envió a Tebas para contraer matrimonio con Paneb en cuanto cumplió los catorce años.
Tal fue la furia de Mutnofret que amenazó a su padre con quitarse la vida si no le dejaba llevarse con ella a su hermana a la capital.
Así fue como Mutnofret llegó a Tebas, acompañada de una niña de cinco años, levantando toda clase de rumores sobre el parentesco que las unía.
Pese a ello, el matrimonio se consagró, tal y como había dispuesto su padre, aunque Paneb no pudo tocarle ni un pelo hasta que ella cumplió los dieciséis años de edad.
Meriamon llegó al mundo al año siguiente y fue una bendición para un padre que tuvo que ejercer también de madre, dado el poco apego que sintió Mutnofret por él desde que nació.
Ella solo tenía ojos para Nebet-Iset, a la que la fue moldeando para que en el futuro le sirviese en los grandes planes que ya comenzaban a materializarse en su cabeza.
Con los años, Meriamon se convirtió en un hijo obediente, cariñoso y prudente, cualidades que acabaron por alejarlo más de su madre.
Luego llegó Pacer, un niño espabilado y con carisma, poco amigo de las normas y díscolo con todo aquello que no se alineaba con sus propios intereses: el prototipo de hijo perfecto de Mutnofret.
Para su desgracia, al ser bastardo, nunca llegó a estar ni siquiera cerca de ablandar su gélido corazón, pese a que el niño la idolatraba.
La poca felicidad de Meriamon saltó por los aires el día de la muerte de su padre.
Le dijeron que había fallecido de una penosa enfermedad, pero nunca creyó aquella versión, porque su padre gozaba de una encomiable salud antes de morir.
A los pocos años, Pacer fue expulsado de la familia y a él lo enviaron a Menfis, con la familia materna, para que se formara como juez lejos de la capital.
El aislamiento y el desapego maternofilial acabaron por moldear en Meriamon una personalidad recta y leal a los principios de Maat, a imagen y semejanza de su padre.
Siendo joven, en una de sus idas y venidas a Tebas, conoció a Hapuseneb. El carácter afable e íntegro del joven Meriamon y sus ganas de aprender captaron la atención del sumo sacerdote de Amón, que se encargó personalmente de su proceso de formación durante sus largas estancias en Tebas.
Su madre, que por aquel entonces ya había cambiado de identidad y mantenía un perfil bajo en la alta sociedad, vio con buenos ojos que Meriamon estuviera bajo las faldas de Hapuseneb.
Al final resultó que aquel muchacho callado y reservado quizá le iba a ser útil en sus maquiavélicos planes.
Sin embargo, la relación que mantenía con su hijo continuaba siendo fría y distante.
Y empeoró más cuando Meriamon descubrió, por casualidad, que su padre había sido asesinado.
Fue el día que regresó a casa antes de lo previsto, aquejado por un problema estomacal.
Al llegar a la puerta, vio que su madre estaba hablando con un hombre en el vestíbulo.
El tono que mantenían era mucho más que cordial, a juzgar por las risotadas que soltaba Mutnofret.
Meriamon decidió que era mejor no interrumpir aquella conversación con su presencia y esperó a que se marchara la visita recostado contra el muro.
La conversación no fue de su interés hasta que escuchó el nombre de su padre.
Afinó entonces el oído y oyó con claridad cómo el hombre le recordaba a Mutnofret el día que había acabado con la vida de Paneb.
Meriamon, cegado por la rabia, quiso irrumpir para matar con sus propias manos al asesino de su padre, pero Nebet-Iset se lo impidió llevándoselo en volandas hacia el jardín.
—¿Qué hacías husmeando en secreto una conversación ajena? —le reprendió su tía.
—¡Ese hombre mató a mi padre, y mi madre es cómplice del asesinato! ¡He escuchado cómo se burlaban de él! —gritó Meriamon, sin poder contener el llanto.
Nebet-Iset, consciente de la gravedad del descubrimiento de su sobrino, se lo llevó a su habitación para evitar males mayores.
Sentía un profundo amor por su hermana mayor, pero también conocía el carácter implacable que tenía cuando estallaba de ira.
Sabía que la vida de Meriamon correría peligro si Mutnofret llegaba a enterarse de que él sabía aquel oscuro secreto.
Por esa razón, empleó sus avanzados conocimientos de alquimia para elaborar una pócima con la que esperaba borrar la memoria de su sobrino.
El joven se quedó dormido tras ingerir el brebaje y, cuando despertó, encontró a su madre y a su tía sentadas a ambos lados de la cama.
Meriamon, que conservaba intactos todos los recuerdos, fingió ignorancia.
Temía que su madre hiciera con él lo mismo que había hecho con su padre.
Pero desde aquel día comenzó a urdir en su privilegiada mente un plan con el que esperaba conocer toda la verdad respecto a la muerte de su padre.
Aprendió a moldear su carácter para adaptarlo a los gustos de su madre, y, poco a poco, fue ganándose su confianza.
Años más tarde, cuando Meriamon ya era un respetado juez en Menfis, bajo la tutela del magistrado Satepnahk, comenzó a recopilar información sobre la trama que estaba construyendo Mutnofret para conseguir sus objetivos.
Espió los movimientos corruptos de Satepnahk y dejó constancia de todos los fondos que este recaudaba para la organización, incluidos los lugares donde los ocultaba y las personas involucradas en la trama criminal: escribas, asesinos, funcionarios y otros cómplices.
En uno de esos registros, descubrió que su hermanastro Pacer formaba parte de la cúpula, bajo supervisión directa del lugarteniente de Mutnofret.
Consciente de la ambición de Pacer, lo citó en secreto con la intención de facilitarle la información confidencial que había recabado sobre los fondos reservados de la organización.
A cambio, le pediría que lo mantuviera informado de todo lo que estuviera relacionado con el misterioso lugarteniente.
El día en que se reunió con Pacer fue la primera vez que ocultó su rostro bajo la máscara de Ptah.
La diligencia que demostró Meriamon en sus funciones dentro de la magistratura, con la que se había ganado la confianza de cargos tan importantes de Menfis como el gobernador de la ciudad y el sumo sacerdote Pashedemheb, acabó dando sus frutos.
Mutnofret le ofreció ocupar un lugar en la organización como su mano derecha, que Meriamon aceptó sin dudar, aunque sabía que su madre le haría pagar un alto precio por recibir tal privilegio.
Como esperaba, Mutnofret no tardó en proponerle que se convirtiera en su espía infiltrado en la corte de Hatshepsut. Conocía la amistad que le profesaba Hapuseneb y confiaba en que él podría mantenerla al tanto de los movimientos del sagaz sumo sacerdote de Amón.
Meriamon aprovechó aquella oportunidad para investigar el entorno cercano de la reina, convencido de que su madre contaría con algún otro contacto en la corte. Tal vez incluso la identidad de aquel que se ocultaba tras una máscara de halcón.
*
El día de la inauguración del templo de Dyeser-Dyeseru, Meriamon se reunió con su madre y su tía en la sede secreta antes del alba.
Mutnofret ya se había puesto su vestido de gala, mientras Nebet-Iset jugueteaba con su máscara de Hathor.
La complicidad que se profesaban las hermanas era una de las cosas que Meriamon no había podido superar desde que era niño.
—¡Mira lo guapo que estás! —exclamó Mutnofret en cuanto lo vio entrar a la sala—. Acércate y pruébate la máscara, a ver si te queda bien.
Nebet-Iset se la entregó, pero Meriamon la miró con gesto de desaprobación.
—¿Es necesario, madre?
—¡Lo es! Debemos causar la mejor impresión a nuestros invitados, ¿no crees?
Meriamon se ajustó la máscara y volvió a experimentar la sensación que tuvo la primera vez que miró a través de aquellos ojos artificiales. Era una experiencia irreal, casi mareante, y se la tuvo que quitar a los pocos segundos.
—Al principio cuesta un poco adaptarse a ella, pero pronto te acostumbrarás —señaló Nebet-Iset al ver el contrariado gesto de su sobrino.
—¿No falta nadie más? —indagó Meriamon.
—Nos reuniremos con los demás en la cámara secreta del templo. ¿Nos vamos?
En la puerta los esperaba un carro tirado por dos caballos que los llevó hacia el templo de Millones de Años de Hatshepsut. Estaba amaneciendo, pero en las inmediaciones del templo había un hervidero de personas encargándose de los preparativos del evento.
Pasaron por los controles sin que nadie reparara en ellos y se dirigieron hacia una entrada lateral que había en la primera terraza destinada al paso de los sacerdotes y que comunicaba con todas las dependencias interiores del templo.
Senenmut se había encargado el día anterior de darles un plano con las indicaciones para que llegasen a la cámara secreta.