53 #2
—¿Crees que confiaré en ti solo porque me has liberado de la zorra de Nebet-Iset?
Conozco a los de tu calaña… No tienes escrúpulos ni valores, aunque te hagas llamar juez.
Has traicionado al bando de Neferura y ahora pretendes traicionar al de tu madre.
¡No tiene lógica! Métete tu demente trato por donde te quepa —concluyó.
—Comparto la opinión que tienes sobre mí casi por completo —alegó Meriamon—.
Sin embargo, te equivocas al afirmar que traicioné a mis compañeras.
Tomé la decisión de rescatarte y, como consecuencia, me vi obligado a revelar mi doble juego.
No fue algo premeditado; llámalo destino —añadió—.
A diferencia de mi madre, siempre voy con la verdad por delante y a cara descubierta, como puedes ver.
—Palabrerías de magistrado —atajó Nebamun, dejando el cuenco de guisado sobre el camastro—.
Si es cierto lo que dices, eres hermanastro de Pacer, y sabes, como lo sabía él, que soy un desalmado asesino.
¡Tenías que haber visto cómo temblaba tu hermano la primera vez que me vio!
—señaló—. Sin embargo, percibo que tus ojos no me miran ni con temor ni con prejuicios. Me intrigas, juez.
—¿Crees que no te tengo miedo? Estoy aterrado de tener frente a mí a un psicópata como tú, pero todos somos esclavos de nuestro pasado, seamos culpables o no de las decisiones que hayamos tomado —aseveró—.
Jamás osaría juzgarte quedándome únicamente con lo que muestras en la superficie, aunque tampoco justificaré los deleznables actos que has perpetrado.
Quiero que te quede claro, Nebamun. ¡Pagarás por todos ellos!
Nebamun lo escrutó con la mirada.
—¿Y pretendes poner fin a los planes de tu madre ayudado por un asesino? ¿En qué te convierte eso, Meriamon?
—¿Por qué percibo que ahora eres tú el que me está prejuzgando? —replicó—. En ocasiones, la única forma de vencer a tu enemigo es utilizar sus mismas armas, aunque para ello debamos escoger el camino más tortuoso. Pero eso ya debes de saberlo tú, ¿no es así?
—¿Y cuál es tu plan? —inquirió el asesino.
—Te lo revelaré cuando aceptes mi oferta —señaló—. Por el momento, debes recuperar fuerzas, o, de lo contrario, me podrás ser de muy poca ayuda. En unos días, cuando lo tenga todo organizado, retomaremos esta conversación.
El devorador de almas lo miró de soslayo.
—¿Y confías en que no te cortaré el cuello mientras duermes? —advirtió.
Meriamon le sostuvo la mirada y respondió:
—Ahora estamos juntos en esto, y es un riesgo que asumí desde el momento en que tomé la decisión de rescatarte. Las decisiones que no dependen de mí no me quitarán el sueño.
Por fortuna, a los pocos días, Mutnofret ordenó detener la búsqueda del devorador de almas tras encontrar el tesoro en una cámara mortuoria de Dyeser-Dyeseru.
Liberado de esa preocupación, Meriamon pudo dedicarse exclusivamente a diseñar con detalle su plan.
Para ello, acudía a todas las reuniones secretas que convocaba su madre para organizar la sublevación.
A medida que iba conociendo los detalles del alzamiento, adaptaba su estrategia. Todo debía suceder exactamente como había previsto Mutnofret si quería llevar a buen término su misión.
Cuando lo informaron de que el lugar escogido para la sublevación era el templo de Dyeser-Dyeseru, y que esta se produciría el mismo día de su inauguración, acabó de perfilar su plan. Había llegado el momento de retomar una conversación pendiente con Nebamun.
Meriamon se reunió con el devorador de almas en el jardín de la casa una semana antes de la rebelión.
—¿Has decidido si aceptas mi oferta? —le preguntó el juez.
El asesino, visiblemente recuperado, se sentó a su lado y fijó la mirada en el sicomoro que se alzaba frente a él.
—¿Qué me pedirás a cambio, Meriamon?
—Nada que no quieras darme una vez que hayas conseguido tu objetivo.
—¿Puedes ser más preciso?
—No voy a andarme con paños calientes —respondió—. Cuando consumes tu venganza, deberás morir y pagar por todas tus fechorías. Además, debe ser Zayineth quien acabe con tu vida.
El devorador de almas sonrió.
—¿Qué te hace pensar que aceptaré tus condiciones?
—Nebamun, hace muchos años que ya estás muerto —replicó el juez—. ¿Qué te atará a este mundo cuando no te queden motivos para seguir viviendo? ¿Acaso te incomoda morir a manos de una mujer?
—No es eso. De hecho, debí haber muerto a manos de esa mujer al menos dos veces.
—¿Entonces?
—Simplemente tengo curiosidad por saber qué te hizo tu madre para que la odies tanto.
—Te estás andando mucho por las ramas y aún no has contestado a mi pregunta. Primero debes aceptar mi oferta y luego te revelaré todo lo que quieras saber.
Nebamun sopesó por un instante la respuesta.
—¿Puedo fiarme de ti?
Meriamon sacó la daga del embalsamador y se la entregó.
—¿Responde esto a tu pregunta?
El devorador de almas empuñó la daga y respondió, sonriente:
—¿Qué debo hacer?
—El día de la inauguración del templo de Dyeser-Dyeseru, mi madre se alzará contra Hatshepsut y Tutmosis para dar un golpe de Estado delante del pueblo —comenzó a decir—.
Para el asalto dentro del recinto, cuenta con el ejército de Montu y con los medjay .
Si la sublevación tiene éxito, también dispondrá del apoyo de la división de Ptah de Menfis y de la división de élite de Nubia —añadió—.
La idea de Mutnofret es aprovechar el caos que se producirá cuando se inicie la sedición para conducir a la reina y al faraón a una cámara secreta donde los ajusticiará.
Una vez se haga con el poder el nuevo faraón, acusarán a la princesa Neferura y a sus más fieles aliados de alta traición, y los ejecutarán en público.
Así se asegurará de que los miembros de la corte supervivientes sean leales a su causa —dijo, fijando por fin la mirada en el asesino—.
Tú entrarás en juego cuando todos los miembros de la organización estén reunidos en esa cámara…
para que hagas lo que mejor sabes hacer —le reveló, aunque con semblante serio.
—¿Qué hay de malo en tu plan? —preguntó Nebamun, extrañado.
—Todavía no sé cómo conseguiré infiltrarte en el templo de Dyeser-Dyeseru —confesó—. Por ahora, es la única laguna que tiene mi estrategia.
—No te preocupes por ese escollo; sé cómo entrar en ese lugar sin ser visto —le reveló el asesino—.
Solo debes decirme dónde estará Mutnofret y allí me presentaré.
Del resto, no debes preocuparte. Me encargaré de asesinar a todos los que se hallen en la cámara secreta —declaró—. ¿Eso es todo, Meriamon?
—No, hay algo más que debes hacer —respondió—. Al lugarteniente de Mutnofret me lo debes dejar a mí. Cuando completes tu misión, debes provocar un incendio para que el fuego restaure la justicia de Maat y se cumpla la última parte de mi plan.
El devorador de almas asintió con gesto complaciente.
—Eres un gran estratega, juez. Pero aclárame un detalle, ¿cómo te asegurarás de que cumplo con mi palabra?
—Sé que lo harás —replicó—. Además, yo también estaré allí para asegurarme de ello. Espero que estés de acuerdo con las condiciones de mi trato.
—Es lo correcto, Meriamon. ¡Acepto tu propuesta!
—Aún queda una cosa más —dijo el juez, nublando el gesto.
Meriamon le susurró un mensaje secreto al oído. Luego guardó silencio y volvió a sumirse en sus pensamientos.
—¡Vaya, señor juez! ¡Es usted una caja de sorpresas! —se carcajeó Nebamun.