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El plan de Meriamon
Meriamon no había parado de darle vueltas durante toda la noche a los sorprendentes acontecimientos ocurridos durante aquel día de locos.
Todo se precipitó cuando recibió un mensaje de uno de los espías que tenía infiltrado en la organización al amanecer.
Su tía, Nebet-Iset, había capturado al devorador de almas y había conseguido sonsacarle el lugar donde había ocultado el tesoro robado gracias a sus conocimientos alquímicos.
Aquella noticia le quitó el aliento, pues si Mutnofret disponía de los medios con los que comprar la voluntad de uno o varios generales de los ejércitos del faraón, la rebelión se alzaría en cuestión de días.
El juez aprovechó que Zayineth había acompañado a Tiaret a la Per Ankh para salir subrepticiamente del templo de Amón y dirigirse a casa de su madre. Sin duda, ella lo pondría en antecedentes y sabría de primera mano cuál era la gravedad de la situación.
Mutnofret recibió a Meriamon con la felicidad pintada en la cara.
—¡Hijo mío, has venido a verme justo en el mejor momento posible! ¡Tengo extraordinarias noticias para ti! —dijo mientras le daba un abrazo.
—¿A qué viene esa desbordante alegría, madre? —repuso él con una fingida sorpresa—. Te vi muy preocupada después de haber perdido el apoyo de Hekhem durante la última reunión secreta, y he venido para saber si Pahemre había aceptado ocupar su lugar.
—¡Eso no importa ahora! —exclamó con una radiante mirada—. Gracias a tu tía, sabemos dónde escondió ese demonio el tesoro.
—¡Por fin la fortuna se pone de nuestro lado! —señaló Meriamon, uniéndose a la alegría de su madre—. Pero, dime…, ¿cómo encontró Nebet-Iset el paradero del devorador de almas?
Mutnofret lo miró excitada por la emoción.
—No hizo falta que lo hiciera, pues él mismo la encontró —respondió con misterio—.
Una de las espías de tu tía descubrió a un sujeto sospechoso montando guardia en las inmediaciones del templo de Mut, y Nebet-Iset no tardó en averiguar que se trataba del devorador de almas —reveló—.
Ya sabes cómo es ella maquinando: se le ocurrió tenderle una trampa aprovechando que iba a hacer un retiro espiritual a la villa del Jardín de Neftis.
Y ese demonio cayó en su emboscada como un idiota.
¿Puedes creerlo? —se carcajeó—. Una vez lo redujo, con una de sus agujas impregnadas con sheden , no tardó en sonsacarle el escondite del tesoro.
Aún lo estamos buscando, pero no creo que tardemos en dar con él.
Meriamon respiró aliviado al escuchar que aún no lo habían encontrado, ya que eso implicaba que el devorador de almas seguía con vida.
—¿Y esa cara, hijo? ¿Acaso no estás contento con la noticia?
—¡Claro que lo estoy, madre! —afirmó—. Me siento aliviado. Cada vez me cuesta más mantener a esas entrometidas alejadas de las evidencias que puedan conducirlas a ti, y creo que alguna de ellas ya sospecha de mí —añadió pensando en Zayineth.
Mutnofret ensombreció el gesto.
—No debes preocuparte por ello. Pronto se alzará un nuevo orden en Egipto y ocuparás un papel protagonista.
Entonces podrás deshacerte tú mismo de ellas —aseguró mientras se le colgaba del brazo, sonriente—.
Por ahora, mantente alerta a cualquier novedad en palacio y avísame si surge algún problema.
Ya que has venido, ¿por qué no te quedas a comer?
Meriamon accedió de mala gana, ya que le urgía idear un plan con el que rescatar al devorador de almas de las garras de Nebet-Iset.
Al día siguiente, el juez siguió con su rutina diaria investigando pistas falsas junto a su inseparable Zayineth, aunque tenía la cabeza puesta en otro lugar.
La clave para desarticular desde la raíz la enrevesada trama con la que su madre había tejido su organización pasaba necesariamente por desvelar la identidad de su lugarteniente.
Y la pieza clave que le faltaba para destruirla era el devorador de almas.
Tras otra jornada estéril, Meriamon y Zayineth regresaron al templo al anochecer para reunirse con el resto de la compañía.
—Por las caras que traéis, no habéis descubierto nada nuevo, ¿verdad? —adivinó Hapuseneb cuando los vio llegar.
—¿Y vosotros? ¿Habéis tenido más suerte? —se interesó Zayineth, aunque intuía cuál sería la respuesta.
Neferkay, con unas marcadas ojeras, se encargó de contestar:
—Me temo que debemos dar por concluida la búsqueda de Hekhem. Es muy probable que la organización lo haya quitado de en medio también.
—No nos desanimemos —intervino Sat-Ire—. Tarde o temprano darán un paso en falso, lo sé. Nadie puede mantener un secreto oculto durante tanto tiempo.
—¿Vosotras tampoco habéis averiguado nada? —le preguntó Meriamon a la princesa.
—Tanto Khnumose como Nebet-Iset mantienen un perfil bajo y realizan sus respectivos trabajos con diligencia. ¡Me siento tan impotente! —respondió Neferura.
—No nos queda más remedio que ser constantes —señaló Hapuseneb—. Se hace tarde. Será mejor que nos retiremos a descansar.
Meriamon esperó a que todos se quedaran dormidos para abandonar el templo. Lo que ignoraba era que alguien seguía muy despierta.
*
—¿Quién eres?
La voz ronca de Nebamun lo expulsó de sus pensamientos. Miró a su alrededor y le costó comprender que se hallaba en la casa donde se había ocultado junto al devorador de almas tras rescatarlo de las garras de Nebet-Iset.
El sol empezaba a filtrarse por las rendijas de la celosía indicando que un nuevo día había comenzado. El juez observó a Nebamun, que estaba echo un ovillo, tapado con una manta a los pies de un camastro. Parecía imposible que aquel ser desvaído en realidad fuera un abominable asesino.
—¿Ya estás despierto? Voy a preparar algo de comer —dijo mientras se levantaba del banco en el que se había recostado.
Tenía los músculos entumecidos por la postura y se dirigió, renqueante, hacia la cocina.
—Te he preguntado quién diablos eres tú —murmuró Nebamun.
El juez detuvo el paso y se giró.
—Mi nombre es Meriamon —respondió con voz cansina—. ¿Cómo te encuentras? Parece que Zayineth consiguió herirte.
El devorador de almas tenía una herida en el brazo.
—No ha sido nada, solo es un leve rasguño —señaló—. Conoces a esa perra, ¿verdad?
—Sí, es…, bueno, era mi compañera.
—¿Y por qué la atacaste? —insistió Nebamun.
—¿A qué viene este interrogatorio? —atajó Meriamon, con la mente aún embotada—. Te he liberado, y en cuanto te encuentres mejor, te explicaré los motivos. ¿No te basta con esa respuesta?
El devorador de almas arrugó el gesto.
—Llevo horas dándole vueltas a este asunto, y si no obtengo una explicación convincente, quizá descubras que no ha sido una buena idea salvarme la vida —aseveró arrastrando las palabras.
—¿Te has mirado a un espejo? —replicó el juez, con una sonrisa irónica—. Voy a prepararte algo nutritivo, pues debes recuperar tu vitalidad y no disponemos de mucho tiempo para hacerlo —añadió mientras retomaba el camino hacia la cocina.
En una olla hirvió unas lentejas rojas en una base de caldo al que agregó trozos de pato, copos de cebada machacados y un sofrito de ajo y cebolla. Al final de la cocción, adicionó unos higos y dátiles para aumentar el valor energético.
El apetecible olor del guiso captó la atención de un hambriento Nebamun.
—¿Qué es?
—Huele rico, ¿verdad? Es un estofado del retorno del Ka . ¿Quieres probarlo?
No esperó a que respondiera y le sirvió un buen cuenco de lentejas. El devorador de almas se las comió con avidez y, en cuanto se las acabó, extendió el cuenco.
—¿Puedes ponerme un poco más?
Meriamon lo rellenó y se quedó mirando cómo engullía el guiso.
—Has tenido suerte de salir con vida de esta, Nebamun —comentó—. Nebet-Iset es una mujer despiadada y conoce bien lo que les haces a las mujeres. En cuanto hubieran encontrado el tesoro que les robaste, te habría procurado una muerte lenta y dolorosa —le desveló.
El asesino dejó de comer y lo miró con recelo.
—Conoces mi nombre, sabías dónde me encontraba y te has tomado muchas molestias para rescatarme. ¿Por qué?
—Antes de responderte, quiero que me digas cómo descubriste que Nebet-Iset formaba parte de la organización —replicó Meriamon.
—Supe que esa arpía estaba en el ajo cuando me enteré de que el depravado de Hekhem había desaparecido pocos días después de que fuera a visitarla al templo de Mut —declaró—.
Ahora es tu turno. Es obvio que tú también perteneces a esa organización, y, por la información que manejas, debes de ser uno de los peces gordos. ¿Quién eres en realidad?
El juez caviló por unos segundos antes de contestar:
—Soy el hijo de la persona que te convirtió en el monstruo que eres —le reveló—. Mi madre se llama Mutnofret, y la mujer que te drogó y te sonsacó dónde ocultabas el tesoro es mi tía. ¿Responde eso a tu pregunta?
—¿Qué…? —balbució Nebamun mientras buscaba a tientas sobre el colchón.
—¿Buscas esto? —preguntó Meriamon, mostrándole su daga de embalsamador.
El devorador de almas intentó arrebatársela, pero el juez la puso fuera de su alcance con facilidad.
—¿Dónde la has encontrado, bastardo? ¡Devuélvemela!
—Te la devolveré, pero con una condición —señaló mientras volvía a guardarla—. Debes aceptar la oferta irrechazable que voy a hacerte.
—Habla —replicó Nebamun.
—Te ofrezco la cabeza de la mujer que arruinó tu vida a cambio de que me ayudes a destruir su organización.
Se produjo un contenido silencio. El devorador de almas estaba escamado. Ya había sido engañado en otras ocasiones y no volvería a cometer el mismo error.
—¿Cómo sé que cumplirás con tu palabra? —dijo finalmente—. Nadie en su sano juicio sería capaz de vender a su propia madre a un asesino si no tuviera motivos muy poderosos para hacerlo. ¿Los tienes, Meriamon?
—Lo sabrás si aceptas la oferta —respondió el juez.
Nebamun se carcajeó.