Las hijas del visir 52 #2
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Pahemre acentuó su ataque, en combinación con el jefe medjay , hasta que, en un lance, consiguió dejarle marcado el pómulo con el filo de su espada.

Confiado por la ventaja, el lugarteniente de Montu intentó apuñalarlo en el pecho aprovechando que Nebamun había descuidado su flanco para defenderse de Khnumose.

Para su desgracia, el devorador de almas sorteó el golpe en el último instante y contratacó con una estocada que le abrió una profunda herida en el dorso de la mano.

—¡Maldita escoria! Picas como un mosquito —se burló Pahemre.

—Dirás que muerdo como una serpiente —replicó Nebamun.

Por un momento, Pahemre solo sintió una quemazón en la mano, pero, a los pocos segundos, empezó a extenderse por el brazo y por todo su cuerpo.

—¿Qué me has hecho? —susurró, mareado.

—Aprender de esa zorra —respondió Nebamun, lanzando una mirada furtiva hacia Nebet-Iset.

Pahemre exhaló una bocanada de sangre antes de caer muerto. Khnumose comprendió que el devorador de almas había impregnado con algún mortal veneno el filo de su daga, y se retiró de inmediato de la lucha.

Nebet-Iset miró con desprecio al jefe medjay antes de enfrentarse con el devorador de almas.

—¿Hablas de mí, adefesio? —le espetó la suma sacerdotisa con tono desafiante—. ¡Ven a por mí!

Nebamun se fue acercando, esgrimiendo la daga. Nebet-Iset se ocultó detrás de Khnumose, sin perder de vista al devorador de almas. Nadie osaba a atacarlo.

—Jefe, has sido desleal conmigo, pero tú ya recibiste mi castigo. No te interpongas en mi camino y no te haré ningún mal —le advirtió.

El jefe medjay empujó a la sacerdotisa y echó a correr hacia la salida. No llegó a alcanzarla: Nebet-Iset lo derribó lanzándole un puñal que se le clavó en la espalda.

Nebamun sonrió ante aquel inesperado ataque.

—No soporto a los cobardes —alegó la suma sacerdotisa, sin perder de vista a su contrincante.

Con un rápido movimiento, Nebet-Iset le lanzó un alfiler impregnado en sheden [91] . Nebamun lo esquivó con el filo de su daga.

—¡Es mi turno! —gruñó el asesino mientras se abalanzaba sobre ella.

La suma sacerdotisa eludió el ataque, arrojándose al suelo y dando una voltereta antes de volver a incorporarse.

Sin darle tiempo para reaccionar, tomó tres agujas de un cilindro de madera que guardaba oculto bajo los pliegues de su vestido, y se las lanzó a la vez.

Una le pasó cerca de la oreja, la segunda se desvió lejos del objetivo, pero la tercera lo alcanzó en el pecho.

El devorador de almas esbozó un gesto de dolor, pero no bajó la guardia.

—Tú y tus truquitos, bruja —masculló, atravesándola con la mirada.

Al devorador de almas le flaquearon las fuerzas y clavó una rodilla en el suelo. Observó cómo Nebet-Iset se acercaba blandiendo la espada, confiada. Se detuvo frente a él, con la sonrisa pintada en la cara, y alzó el arma con ambas manos para asestarle la estocada final.

—¿Lo ves, hermana? Este maldito demonio ha vuelto a caer en la misma trampa.

Algo cambió en el gesto de Nebet-Iset al encontrarse con los ojos alerta de Nebamun. Ya era demasiado tarde. El devorador de almas se impulsó con la pierna que mantenía apoyada en el suelo y le ensartó la daga envenenada en el corazón.

—He aprendido la lección, zorra —le susurró al oído.

Bajo la capa, Nebamun llevaba un armazón de cobre recubierto por una piel de toro que le cubría el torso. Gracias a ello, la aguja envenenada nunca llegó a penetrar en la piel.

Mutnofret no pudo ahogar un grito de horror al ver a su hermana agonizando en el suelo, envuelta en un charco de sangre.

—¡Hijo mío, ven! —señaló la lideresa al ver que Nebamun fijaba la mirada en Meriamon.

El devorador de almas miró a los presentes y sentenció:

—Solo me interesa ella. Los demás podéis salir de aquí.

—¿Y tú, no vas a hacer nada? —le recriminó Mutnofret a su lugarteniente.

Este la apartó de un empujón y arrojó la espada al suelo, antes de dirigirse apresuradamente hacia la puerta de la cámara.

—¿Adónde crees que vas? —bramó Meriamon.

El juez le cerró el paso, amenazándolo con su espada.

—Aparta de mi camino, insensato —replicó el lugarteniente.

—Antes de que huyas como un cobarde, quiero verte la cara.

El enmascarado intentó sortear al magistrado, pero este se lo impidió poniéndole la afilada hoja en la garganta.

—He dicho que te quites esa maldita máscara —insistió Meriamon, fuera de sí.

El sujeto obedeció, mostrando su verdadera identidad. Tras la careta, apareció el rostro de Senenmut.

—¡No puede ser! —musitó Neferura mientras se ponía en pie—. ¿Por qué nos has traicionado?

La princesa no podía comprender por qué Senenmut la miraba con desprecio y altivez. Él había sido todo para ella; un padre, un confidente y un mentor.

—Porque me cansé de ser la sombra de Hatshepsut y el tercero en discordia, tras Hapuseneb y Djehuty —respondió con una forzada sonrisa—.

Porque me harté de amar sin ser correspondido y de recoger tan solo las migajas de su afecto.

Todo su amor era para ti —declaró mientras se tragaba las lágrimas—.

Y porque quería que la historia me recordase por algo más que por ser el arquitecto principal de su templo de Millones de Años.

—¿Te parece poco honor, Senenmut? —clamó Neferura con los ojos anegados.

—¡Sí, lo es! —replicó—. Es insuficiente y denigrante vivir a la sombra de una mujer que se cree más hombre que yo.

Nací para ser alguien más grande, y no me conformaré con recibir lo que desechan los demás.

—Entonces se volvió hacia Meriamon—. ¿Y tú qué estás mirando?

Ya has visto mi cara. ¿Y ahora qué? Tú estás metido en este embrollo tanto como yo.

¿Acaso sentías celos de que acaparara la atención de tu madre?

—Te equivocas —respondió con rabia contenida—. Quería verle el rostro al inmundo ser que asesinó a mi padre.

Senenmut se quedó blanco ante aquella acusación, aunque no tardó en recuperar su talante altivo.

—¿Me culpas de matar a Paneb? Yo miraría hacia otro lugar antes de lanzar tal acusación —dijo volviéndose hacia Mutnofret—.

Sí, Meriamon, fui el brazo ejecutor que libró de este mundo a un hombre que antepuso a su familia por encima del deber de evitar una traición.

¿No lo sabías? —Se carcajeó—. El reputado y leal Paneb sabía que tu madre estaba orquestando asesinar a Tutmosis II y no hizo nada para impedirlo.

¿No convierte eso a tu padre en un traidor?

—Él era un buen hombre —replicó el juez, provocando la sonrisa de Senenmut—. No mancilles su nombre falseando la verdad. Mi padre no supo que el faraón estaba en peligro hasta que fue demasiado tarde para evitarlo. ¡Tú te encargaste de acallarlo!

—Tu padre era un cobarde, igual que lo has sido tú. ¿No negarás que durante todo este tiempo has tenido miedo a enfrentarte a mí? —le soltó con ironía.

—¡Vete al infierno, Senenmut! —murmuró el juez.

El juez le borró la sonrisa asestándole una puñalada bajo el esternón sin quitarle los ojos de encima.

—¿Qué has hecho, insensato? —gritó Mutnofret con el rostro desencajado.

Meriamon la miró con tristeza.

—Todo es por tu culpa, madre.

—No me mires así —reparó Mutnofret—. Tu padre era débil e influenciable.

Nunca tuvo el valor de tomar las decisiones que necesitaba este país.

Se negó a asesinar a Tutmosis II, y tampoco quiso derrocar a Hatshepsut porque decía que su estirpe procedía de los mismísimos dioses.

¿Puedes creerlo? —dijo con una mueca de rabia—.

Incluso me amenazó con revelárselo todo a Hatshepsut.

Él debía morir para salvar a Egipto de unos líderes decadentes, y encontré a un hombre con las suficientes agallas para hacerlo.

Nadie es más importante que Egipto, hijo mío. Ni siquiera tú.

—¿Has querido alguna vez a alguien que no seas tú misma, madre? —preguntó Meriamon con los ojos enrojecidos—. Madre…, ¿me has querido alguna vez?

Mutnofret no respondió. Su mirada lo dijo todo.

Nebamun se acercó al juez y le preguntó:

—¿Te has acabado de despedir de ella?

Meriamon asintió al tiempo que escondía la vista en el suelo.

—¿Te has vuelto loco, hijo mío? ¿No vas a hacer nada? —le recriminó Mutnofret al ver que el devorador de almas se iba acercando lentamente a ella.

El juez tuvo que apelar a los pocos arrestos que aún le quedaban para responder:

—Tú misma lo has dicho, madre. Nadie es más importante que Egipto.

Cuando el devorador de almas degolló a Mutnofret, no experimentó ningún sentimiento ni emoción. Nada. Se sintió vacío, como si con ella se desvanecieran también sus recuerdos más amargos.

Meriamon se acercó y posó la mano en su hombro.

—Debes acabar la faena, Nebamun —señaló.

*

El grueso de las tropas de la división de Amón fue movilizado al templo funerario y tomó completamente desprevenidas a las fuerzas sublevadas.

Como las superaban en número, consiguieron sofocar la rebelión con rapidez.

La mayoría de los conspiradores se rindieron, y los que intentaron resistirse fueron aniquilados por los soldados del faraón.

El pueblo aclamó a Tutmosis y a Hatshepsut cuando aparecieron en la terraza superior del templo de Dyeser-Dyeseru.

El orden había vuelto a ser instaurado y la mayoría de personas respiraron más tranquilas al saber que los traidores habían sido derrotados.

Sin embargo, la alegría apenas duró unos minutos.

Una nube de humo negra comenzó a elevarse desde uno de los laterales del templo.

Los sacerdotes y los soldados se afanaron por sofocar el incendio durante horas.

Al atardecer, cuando por fin pudieron entrar en el ala quemada, descubrieron unos cuerpos calcinados en una de las cámaras.

Estaban tan deteriorados que solo pudieron identificarlos por las pertenencias.

Hatshepsut se quedó consternada al enterarse de que entre los cuerpos hallados se encontraban el de su única hija, Neferura, el de Hapuseneb y el de Senenmut.

Los tres pilares fundamentales de su existencia habían desaparecido al mismo tiempo.

Aquel sería un duro golpe del que jamás llegaría a recuperarse.

Rejmira también tuvo malas noticias. Su hija menor, Sat-Ire, también fue hallada entre las víctimas del incendio. Por fortuna, sus otras dos hijas y Zayineth consiguieron salir con vida del interior de la cámara antes de que fuera arrasada por las llamas.

Sin embargo, aquel incidente no quedaría registrado para los anales de la historia por expreso deseo de la reina. Los registros oficiales tampoco contarían la traición de Senenmut ni la rebelión que estuvo a punto de cambiar la historia de Egipto para siempre.

Tutmosis III se encargaría, muchos años después, de intentar borrar de la historia a la reina Hatshepsut y a sus principales aliados.