Las hijas del visir 52
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Sublevación

El caos se había desatado en Dyeser-Dyeseru.

El pueblo fue testigo de un golpe de Estado perpetrado en uno de los lugares más sagrados de todo Egipto, a la vista de los dioses.

Las escalinatas, otrora impolutas, estaban teñidas de sangre, y los cuerpos sin vida de nobles, soldados y rebeldes se extendían por todas las terrazas del templo mostrando un macabro mosaico de muerte.

Entre el desorden, surgió la solemne figura de un ser, vestido completamente de negro, con el rostro oculto bajo una máscara de Anubis.

El sujeto subió lentamente por las escaleras que conducían a la terraza superior acompañado por un ejército de acólitos, todos ellos también enmascarados.

Tras coronarla, se volvió hacia la multitud con los brazos alzados al cielo.

Poco a poco, se fue haciendo el silencio en el valle hasta que toda la explanada se quedó mirando, expectante, al misterioso ser.

—¡Querido pueblo de Egipto! —proclamó al tiempo que bajaba los brazos—.

Los dioses me han encomendado restaurar el orden cósmico de Maat, pues han escuchado vuestras plegarias.

Durante mucho tiempo, las riendas del Alto y Bajo Egipto han estado en manos corruptas que solo ansían el poder a costa del sufrimiento de su pueblo.

Mientras vosotros pasabais hambre, la insaciable vanidad de Hatshepsut ha levantado este monumento para su honor y gloria, desoyendo vuestro clamor.

¿Por qué se construyen lugares para el descanso eterno más magníficos que los palacios en los que residen en vida?

¿Por qué lo hacen mientras vosotros soportáis penurias?

¡Os lo diré! Porque el poder de las Dos Tierras está repartido entre una serpiente bicéfala que vela únicamente por sus propios intereses —promulgó ante el desconcierto de la multitud—.

Hoy sois testigos de un cambio anunciado por los dioses.

Ha llegado el momento de derrocar a una impostora que desde hace años se hace llamar faraón y quiere perpetuar su linaje ofreciéndole el trono a su hija Neferura.

Pero también es hora de derrocar a un faraón que ha sido un títere en manos de Hatshepsut, un rey que no ha tenido la valentía de tomar las riendas de nuestros destinos por temor a mancharse las manos de sangre.

»Muy pronto, Egipto se verá regenerado por un nuevo amanecer, y un faraón justo, pero valiente, asumirá el control de su gobierno bajo la batuta de Maat.

Un rey que velará para que vuestras condiciones de vida sean su máxima prioridad y hará de las Dos Tierras un lugar mejor donde vivir —anunció, alzando de nuevo los brazos al cielo.

La muchedumbre contempló atónita al misterioso ser enmascarado, y el miedo acabó por eclipsar el ambiente festivo del lugar.

Tras la arenga, Mutnofret descendió con paso triunfal hacia la segunda terraza, dejando el control de la situación a su ejército. Todavía no había decapitado a la serpiente bicéfala, y la lideresa puso rumbo hacia la cámara secreta escoltada por su guardia personal.

—No dejéis pasar a nadie y manteneos vigilantes. Ante cualquier novedad, avisadme sin demora —ordenó al oficial.

Mutnofret atravesó un pórtico de columnas de piedra caliza que recorría todo el patio, dejando a un lado la gran puerta axial que conducía al corazón del templo, y se dirigió hacia una de las capillas laterales, situada en el ala sur.

Las columnas de la capilla de Hathor estaban decoradas con iconografías de la diosa: los capiteles tenían forma de rostros de Hathor y relieves donde la diosa amamantaba a la reina Hatshepsut.

Mutnofret los miró con desprecio antes de entrar al interior del templo.

Tras una pared al fondo se escondía la galería que conducía a la cámara secreta.

Avanzó por ella hasta que se detuvo frente a la puerta. Antes de entrar, se desenmascaró. Quería que los presentes la reconocieran y pensó: «¡Jamás volveré a ocultarme tras una máscara!».

Nada más entrar, se llevó la primera decepción.

En un rincón de la cámara, sentadas y atadas de manos, vio a la princesa Neferura y sus compañeras. Ninguna de ellas reconoció a la mujer que se acercaba mirándolas con frialdad.

Mutnofret se detuvo ante el cuerpo sin vida de Hapuseneb y se volvió hacia su lugarteniente.

—¿Dónde están Hatshepsut y Tutmosis? —preguntó con una cordialidad contenida—. ¡Te he preguntado que dónde está esa escoria!

Neferura se levantó y se enfrentó la a líder.

—Así que tú eras la persona que deseaba mi muerte.

¡Qué decepción! —le soltó, mirándola por encima del hombro—.

Esperaba encontrar a una mujer de mirada firme y aura de autoridad.

¿Y qué tengo delante de mí? Una persona frustrada e insegura, incapaz de transmitir la más mínima señal de autocontrol. ¿Así pretendes gobernar Egipto?

—¡Cállate, estúpida! —se revolvió Mutnofret—. No eres más que una princesa decadente y malcriada. Me asquean tu prepotencia y altivez, sobre todo ahora que tu vida está en mis manos. Ya veremos dónde escondes el orgullo cuando te postres ante mí, suplicándome por conservarla.

—¿Crees que saldrás airosa de esta traición? —replicó la princesa, desafiándola con la mirada—. Tu plan está haciendo aguas antes de empezar; es evidente que no somos los que esperabas encontrarte aquí.

Mutnofret le hizo un gesto a su lugarteniente y este tomó del brazo vendado a Neferura y la obligó a sentarse al lado de sus compañeras, arrojándola al suelo de un empujón. La lideresa tenía preocupaciones más urgentes que escuchar los delirios de grandeza de una mocosa.

—¿Qué está pasando aquí? —interrogó a su mano derecha—. ¿Por qué no están presentes esas dos ratas?

—El caos y la confusión debieron de hacerles tomar un camino diferente al previsto —conjeturó el lugarteniente—. Lo dejé todo preparado para que la única vía de escape los condujeran hasta aquí. ¡No sé qué ha podido salir mal!

Neferura se carcajeó. Sat-Ire intentó frenarla, sujetándola del brazo, pero no lo consiguió. La princesa se incorporó y volvió a plantarse ante la lideresa con gesto provocador.

—¿Para esta chapuza necesitabas tanto oro y mancharte las manos de sangre?

—espetó—. Nunca estaréis a la altura de mi madre, traidores.

Y aunque yo muera, jamás accederéis al poder.

¿Sabéis por qué?, porque los dioses observan y juzgan, y esta rebelión no ha sido contra Hatshepsut y Tutmosis, sino contra el orden universal.

Mutnofret la abofeteó con violencia.

—¿Cómo te atreves a hablarme así, maldita? —bramó—. ¿Y por qué sigue con vida?

La lideresa le arrebató la espada a su lugarteniente y la esgrimió contra la princesa.

—Aún no es el momento, madre —intervino Meriamon con urgencia—. Antes debemos saber qué ha sido de Tutmosis y Hatshepsut o si han conseguido escapar. No podemos deshacernos de unas valiosas rehenes con las que negociar.

—¿¡Negociar!? —replicó Mutnofret, fuera de sí—. El destino de Egipto no se negocia.

—¡Madre, tienes que entrar en razón! —le gritó Meriamon—. Las rehenes son más valiosas con vida.

No podía negar aquella evidencia. Mientras no tuvieran la certeza de que los faraones estaban arrestados o muertos, no podían dar un solo paso en falso.

Mutnofret le entregó la espada a su lugarteniente y le ordenó:

—¡¿Qué hacéis ahí parados?! ¡Quiero que traigáis a Hatshepsut y a Tutmosis ante mí!

No había acabado de dar la orden cuando se escuchó un alboroto procedente de la galería.

Los miembros de la organización se pusieron en guardia y formaron un cerco con las espadas frente a la entrada de la cámara secreta.

Sat-Ire aprovechó el desconcierto para levantarse y llevar a Neferura a un rincón.

Las demás hicieron lo mismo, presintiendo que se avecinaba tormenta.

En ese instante, se abrió la puerta de golpe y apareció el devorador de almas empuñando su daga. Iba a cara descubierta y llevaba el cuerpo cubierto por una capa de lino fino, blanca e inmaculada.

—¡Por fin estamos cara a cara! —exclamó en cuanto su mirada se cruzó con la de la lideresa.

Mutnofret se quedó paralizada por un momento, sin saber cómo reaccionar.

—¡No os quedéis mirando! ¡Matadlo! —ordenó finalmente.

El devorador de almas se relamía los labios de la emoción. Después de haber estado arrastrando el alma por el fango durante tantos años, por fin había llegado el momento de su redención.

—¡Venga, jefe, anímate a atacarme! Los amigos primero —señaló Nebamun mientras blandía la daga.

Khnumose, que se sabía inferior, reculó y se resguardó tras la mesa.

—¡Maldito cobarde! —masculló Pahemre.

El soldado, curtido en mil batallas, hizo rotar el mango de su espada mientras se acercaba al devorador de almas.

Anular a aquella especie de espectro, con la piel pegada a los huesos, no debía ser una tarea complicada para él.

Sin embargo, ignoraba la virtud que distinguía a Nebamun: no temer a la muerte.

Pahemre esgrimía la espada con movimientos perfeccionados en el campo de batalla, rápidos y precisos, pero predecibles.

El asesino se defendía a una distancia prudencial.

El lugarteniente de Montu empezó a impacientarse y, ante la pasividad de su adversario, lo asedió a estocadas y fue cerrando el cerco hasta que lo acorraló contra la pared.

Nebamun las esquivaba una tras otra; apenas se defendía, centrado en resistir y esperar su momento.

Al ver que el devorador de almas estaba en dificultades, Khnumose se sumó al ataque, espoleado por el odio que le profesaba. No tendría otra oportunidad como aquella para acabar con la vida de aquel demonio que lo había mutilado.