Las hijas del visir 51 #2
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—Si entramos, no sabemos qué nos podemos encontrar en su interior ni adónde conduce esa sala —razonó Sat-Ire, alzando la voz para que la escucharan.

En el otro extremo del corredor, los guardias intentaban defender el paso, pero, poco a poco, los rebeles iban haciéndolos retroceder.

—Entremos y ya valoraremos las opciones una vez hayamos asegurado el acceso —atajó Zayineth con urgencia.

Al atravesar la puerta, se encontraron con una sala rectangular excavada en la roca.

Aquella estancia parecía estar destinada a guardar la lencería, vestidos y túnicas sacerdotales y materiales de sanación, como vendas, aceites esenciales y productos medicinales.

Todo estaba en perfecto orden, dando a entender que nadie había pasado antes por allí.

Entre Hapuseneb y Zayineth bloquearon la puerta de acceso con estanterías y pesadas bancas, y tomaron la única vía de salida, un pasillo que descendía en línea recta. El corredor estaba iluminado por lámparas de aceite suspendidas en nichos y por alguna antorcha que colgaba de la pared.

—Esto me da mala espina —comentó Tiaret con semblante serio.

—¿Tenemos otra opción, hermana? —terció Zayineth.

El olor a resina y mirra era intenso en su interior. A cada paso, el sonido del combate se iba aplacando, hasta que quedó engullido por la montaña.

—Por aquí —indicó Hapuseneb al llegar a una encrucijada—. Si no recuerdo mal, esta galería conduce a los almacenes generales. Desde allí, podríamos salir por los túneles del servicio.

Sin embargo, al final del corredor se encontraron con un obstáculo con el que no contaban. Había un muro cerrándoles el paso.

—¿Qué significa esto? —preguntó Neferura.

El sumo sacerdote se acercó y descubrió que aquella estructura había sido levantada recientemente.

—El adobe está aún fresco, pero no tiene sentido que hayan bloqueado el único acceso a los almacenes —advirtió Hapuseneb.

—A no ser que exista otro —aventuró Zayineth, inspeccionado la pared—. ¡Aquí está! —exclamó mientras introducía la mano en un hueco disimulado en el muro.

En su interior había un asa de cuerda que, tras accionarla, descubrió el contorno de una puerta. Hapuseneb la ayudó a empujarla y se abrió otro pasillo que continuaba descendiendo hacia un nivel inferior.

—Tiaret, dame una de las antorchas. Yo me encargaré de abrir el paso —dijo Zayineth, mostrando un puñal.

Volvieron a cerrar el acceso e iniciaron un pronunciado descenso. El trayecto se hizo eterno, aunque, por el silencio reinante, todo parecía indicar que nadie los perseguía. Al fondo de la galería se veía una luz. Aceleraron el paso y entraron en una sala circular, perfectamente iluminada.

Zayineth, que fue la primera en entrar en la cámara, sintió el frío tacto del filo de una espada en la garganta.

—Tira ese puñal, y los otros que escondes, y ponte en aquella pared —ordenó una voz distorsionada y metálica.

Obedeció, y los demás hicieron lo mismo. En el centro de la estancia había una mesa rectangular de piedra cubierta con papiros, mapas del templo y copas de vino medio vacías. Ante ellas, cuatro figuras enmascaradas los observaban en silencio, armados con sendas espadas.

Hapuseneb, que entró en último lugar, se enfrentó al ser que ocultaba su rostro tras una máscara de halcón.

—¿Crees que ocultándote detrás de Horus hallarás la salvación de tu alma? —lo increpó.

—¡Cállate y ocupa tu lugar!

El sumo sacerdote, que sintió el filo de la espada en el abdomen, decidió ser prudente para no poner en peligro a sus protegidas y se colocó delante de ellas, de espaldas a la pared.

Uno de los acólitos enmascarados se encargó de cerrar la puerta antes de ocupar nuevamente su puesto.

—¡Pagaréis muy cara esta traición! —voceó la princesa Neferura, mientras se abría paso entre sus compañeras.

—¡Vuelve a tu sitio o serás la primera en morir! —ordenó el lugarteniente, provocándole un corte superficial en el antebrazo con el filo de la espada.

Sat-Ire se apresuró a tomar de la mano a Neferura, que se había quedado paralizada de terror.

—No es el momento de hacerse la heroína, amor —le susurró mientras la hacía retroceder—. ¿Puedes curarle la herida, Tiaret?

El lugarteniente se plantó delante de sus leales servidores y anunció:

—¡Por fin ha llegado el momento que tanto hemos ansiado! Un nuevo orden se iniciará cuando caiga la abominable estirpe de Hatshepsut y de Tutmosis. Podéis quitaros las máscaras para que vean vuestras caras antes de morir.

Uno a uno, los acólitos de la conspiración fueron desenmascarando sus rostros.

El primero fue el jefe Khnumose, desprendiéndose de la careta de Sobek.

La segunda en hacerlo fue Nebet-Iset, quitándose la máscara de Hathor.

Pahemre fue el tercero en hacerlo, mostrando su identidad tras la de Sejmet.

Por último, apareció Meriamon, cuyo rostro había permanecido oculto tras la máscara de un ibis, en clara alusión a Thot.

Solo quedaba descubrir quién se escondía tras la máscara de Horus, pero el individuo permaneció inmóvil.

—¿Temes que los dioses conozcan tu verdadera identidad? —le preguntó Hapuseneb con firmeza.

El lugarteniente soltó una carcajada.

—Me gané el favor de los dioses cuando decidimos restaurar el orden de Maat derrocando a un faraón débil y a una farsante usurpadora del trono.

—Solo un demente defiende su idea de un mundo ideal instaurando el caos en un templo sagrado —replicó Hapuseneb—.

Eres un cobarde que oculta sus debilidades bajo una máscara.

Aún estás a tiempo de salvar tu alma de la aniquilación.

Intuyo que eres próximo a la reina y que alguna vez la amaste.

Apelo a ese amor para que pongas fin a esta locura. Y lo mismo te digo a ti, Meriamon.

Otra carcajada, metálica y distorsionada, retumbó entre las cuatro paredes de la cámara.

—¿Te atreves a juzgar mi amor por Hatshepsut?

—replicó el enmascarado con rencor—. Mi honor ha sido tantas veces mancillado por una reina egoísta y egocéntrica que creí que algún día se me rompería el alma en mil pedazos.

¡No me des lecciones de decoro, Hapuseneb!

Me cansé de vivir esperando migajas de gratitud y no me arrepiento, ni un ápice, de formar parte de un nuevo ciclo de prosperidad para Egipto.

El sumo sacerdote supo que no había salvación posible para aquel traidor. Sin embargo, al posar la mirada en Meriamon, se negó a pensar que él no pudiera entrar en razón.

—¿Y qué dices tú, Meriamon? —apeló Hapuseneb—. ¿Vas a traicionar a tu verdadera familia?

El juez sostuvo la mirada.

—Tengo la obligación de hacer valer la regla de Maat, y hoy ejerceré con honor ese derecho que me otorgaron los dioses —dijo sin temblarle la voz.

—¡Maldito seas, bastardo! —lo increpó Zayineth—. Debí haberte matado cuando tuve la ocasión. Y aún no es tarde para hacerlo.

Hapuseneb se interpuso, entre Zayineth y el juez, y aprovechó el momento de confusión para desenmascarar a quien ocultaba su rostro tras una careta de halcón. Forcejeó con el enmascarado hasta que sintió un punzante dolor atravesándolo por debajo del esternón.

El lugarteniente, ante la inesperada artimaña de Hapuseneb, le había asestado una estocada mortal. El sumo sacerdote se sostuvo en los hombros del traidor y fijó la mirada en los ojos que lo observaban tras la máscara.

Fue entonces cuando lo reconoció.

—¿Eras tú, maldito…? —musitó mientras expelía una bocanada de sangre.

Aquellas fueron las últimas palabras de Hapuseneb.