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La gran inauguración
Hatshepsut era consciente del riesgo que entrañaba una inauguración multitudinaria, teniendo en cuenta que una peligrosa organización criminal estaba conspirando contra ella y Neferura.
Sin embargo, cancelarla habría resultado más peligroso en un plano político: sus enemigos lo habrían interpretado como un signo de debilidad.
Además, era poco probable que los instigadores intentaran un alzamiento contra la reina, habida cuentas de las grandes medidas de seguridad que se habían desplegado para la ocasión.
La montaña sagrada parecía despertar junto con la nueva morada de la eternidad de la reina faraón.
Ante los ojos de los invitados, el templo emergía como una prolongación natural del acantilado, tallado con una precisión casi divina.
Las tres terrazas se alzaban, una sobre otra, unidas por rampas procesionales cubiertas de lino y flores de loto.
El aire estaba impregnado de mirra y del dulce perfume de las miles de guirnaldas que colgaban de las columnas.
Al llegar la comitiva a la primera terraza, se encontraron con el amplio patio frontal, flanqueado por unas estatuas osíricas de la reina.
Cerca de allí, frente al pórtico meridional y junto a la base de la rampa central, se exhibían las ofrendas traídas desde Punt para la ocasión: cestas de mirra, ébano, oro y pieles de leopardo.
Al fondo, los sacerdotes de Amón entonaban cánticos sagrados, mientras la muchedumbre que se había desplazado desde Tebas alzaba los brazos en señal de adoración hacia su reina.
Sin duda, Hatshepsut se estaba dando un verdadero baño de masas ante su máximo rival y ante los instigadores de la conspiración, que, con total seguridad, estarían presentes en la inauguración.
Cuando ascendieron a la segunda terraza, los invitados pudieron disfrutar de los relieves pintados que narraban las hazañas del reinado de Hatshepsut: las expediciones a Punt, su coronación divina ante Amón y el nacimiento milagroso que la unía a los dioses.
En los pilares, las figuras de Neferura y de Tutmosis III aparecían grabadas a su lado sellando la continuidad dinástica; toda una declaración de intenciones de la reina.
Los sacerdotes de Montu y Amón portaban antorchas aromáticas, mientras que las damas de la corte, ataviadas con lino blanco y tocadas con flores frescas, llevaban pequeños cofres rituales y sistros que agitaban al paso de las autoridades.
Lentamente, la comitiva llegó a la tercera terraza y atravesó la gran sala hipóstila que conducía al santuario de Amón-Ra.
En su interior aguardaban las ofrendas principales.
Las paredes estaban cubiertas de pinturas policromadas que brillaban bajo la luz que entraba a través de las rendijas y celosías del techo: azul lapislázuli para el cielo, rojo ocre para la tierra, y oro puro en los nombres de la reina.
En el altar central se alzaba la estatua de Amón, revestida de metales preciosos, preparada para presidir la ceremonia de consagración.
Hatshepsut se sentó en su trono de ébano con incrustaciones de turquesa.
Vestía con una túnica de lino fino plisado, la doble corona Atef y el falso mentón ceremonial, símbolos de su soberanía masculina y femenina.
A su derecha, Neferura, ataviada con un vestido celeste y un pectoral de amatistas, irradiaba juventud y serenidad.
A su izquierda, Tutmosis III observaba a su corregente con una mezcla de admiración y recelo.
Tras ellos se encontraban los pilares vivos del poder de Tebas.
Hapuseneb, como sumo sacerdote de Amón, ocupaba un lugar primordial en la ceremonia.
A su lado, Senenmut, auténtico protagonista, posaba con gesto serio, sabedor de que su obra sería objeto de toda clase de críticas.
Djehuty miraba a su reina con orgullo y veneración; había luchado para alzarla al trono de las Dos Tierras tras la muerte del faraón Tutmosis II y se mantendría a su lado hasta que el destino decidiera poner fin a sus pasos.
Useramon y Rejmira, representantes de la Administración tebana, permanecían de pie junto a las columnas, atentos a cada gesto.
En un segundo nivel, se encontraban las compañeras de Neferura, ataviadas con unas bonitas túnicas ceremoniales, y el resto de autoridades del clero y de los cuerpos militares.
Hapuseneb alzó su báculo y se hizo el silencio. Los coros iniciaron el himno a Amón-Ra mientras los sacerdotes esparcían resina sobre las brasas para que se alzara una nube de humo blanco como una ofrenda al cielo.
El sumo sacerdote avanzó portando una jarra de oro repleta de agua del Nilo y la vertió sobre las manos de la reina.
—¡Salve a ti, Hatshepsut Maat-Ka-Ra [90] , hija de Amón, elegida de Ra! Tú que haces florecer las Dos Tierras, tú que restauras el orden y la justicia, que los dioses guarden en este templo tu morada en la eternidad —entonó Hapuseneb.
Las voces del coro se alzaron repitiendo:
—¡Maat-Ka-Ra, Maat-Ka-Ra, la amada de Amón!
Hatshepsut tomó un frasco de aceite esencial de cedro y lo vertió delicadamente sobre el altar. El sumo sacerdote se acercó, con una figura de oro de la reina, y la colocó encima.
Cuando los asistentes alzaron la vista para escuchar los versos que cerrarían el ritual, al ver la majestuosidad que irradiaba Hatshepsut, creyeron estar delante del mismísimo dios.
La reina extendió las manos al cielo y proclamó:
—Por Maat, que sostiene la justicia con rectitud y benevolencia.
Por Amón, rey de los dioses y patrono de Tebas.
Yo, Maat-Ka-Ra, he hecho levantar esta casa eterna para que el alma de Egipto nunca muera.
Que quien profane este lugar pierda su nombre y su memoria.
Que quien lo honre sea bendecido en esta vida y en la otra.
El eco de sus palabras se entrelazó con los cánticos de los sacerdotes, los tonos melodiosos de los sistros y el perfume a incienso cuando los rayos de sol iluminaron el rostro de Hatshepsut como si Amón la reconociera como a una hija.
Al mediodía, Hapuseneb encendió el fuego eterno del templo y la reina Hatshepsut acompañada de su hija, salieron a recibir el amor de su pueblo.
Los sacerdotes golpearon con fuerza los tambores, y, sin embargo, estos no pudieron eclipsar los gritos de miles de gargantas resonando por el Valle de los Reyes.
—¡Vida, prosperidad y salud a Maat-Ka-Ra, hija de Amón, la que vive siempre en la verdad!
Una multitud aplaudía, las flores caían desde las terrazas y la reina sonreía acompañada de la princesa. Nadie, ni siquiera los más sabios, advirtió que, entre la pomposidad de aquel acto tan solemne, se cernía una sombra que iba a sumir la dicha de Hatshepsut en la oscuridad.
De pronto, tras las columnas y desde las escalinatas, comenzaron a salir decenas de hombres enmascarados blandiendo espadas.
Los guardias reales acudieron en defensa de las autoridades, pero eran muy pocos para frenar la oleada que se les echaba encima.
El contingente del ejército de Montu, encargado de la seguridad del ritual, parecía haber desaparecido de la escena dejando la protección de los regentes en manos de apenas una cincuentena de efectivos de la guardia real y de soldados de élite de la división de Amón.
En la explanada exterior, el grueso del ejército de la división de Amón, unos cuatrocientos efectivos entre la infantería y el cuerpo de arqueros, fue atacado por una fuerza combinada de mercenarios y medjay rebeldes que los superaba ampliamente en número.
Senenmut ordenó a los guardias que se replegaran hacia el interior del templo y retrocedió con ellos mientras intentaban mantener un cordón defensivo.
—¿Qué está sucediendo, Senenmut? —preguntó Hatshepsut, pálida de miedo.
—Finalmente, esos malditos han decidido ejecutar su conspiración delante del pueblo. Pero no os preocupéis, su alteza, dentro estaréis a salvo —respondió mientras le hacía un gesto a uno de los oficiales—. Reúne a tus soldados de élite y defiende con tu vida a los reyes. ¡Por Maat! ¡Protegedlos!
Las espadas empezaron a hablar en las inmediaciones de la tercera terraza. Las autoridades se dispersaron en medio del caos. Muchos de los asistentes, la mayoría de ellos miembros de la corte real, lograron refugiarse en el templo en una oleada desordenada.
Rejmira tomó una espada y se unió a los oficiales que defendían al faraón Tutmosis, mientras Senenmut permanecía con el grueso de los soldados defendiendo la entrada al templo.
Ante el empuje de los rebeldes, las autoridades se separaron en dos grupos.
El primero, formado por Tutmosis, Hatshepsut, Useramon y Djehuty, avanzó por la vía norte.
Con Rejmira al mando de los guardias reales, atravesaron el vestíbulo y se internaron en un corredor que llevaba a las salas de ofrendas.
Se abrieron paso entre los sacerdotes y cortesanos que huían del peligro hasta alcanzar la capilla de Anubis.
Hatshepsut llevaba la túnica manchada de sangre y polvo; a su lado, Tutmosis la sujetaba con firmeza del brazo mientras empuñaba una espada con la otra mano.
Desde allí continuaron retrocediendo hacia la galería trasera, donde había una puerta disimulada entre los relieves que desembocaba en el exterior del templo.
Tras un paso estrecho, el grupo logró salir al desfiladero que conectaba con el acantilado de Deir el-Bahari, y desde allí descendieron hacia las terrazas inferiores y lograron escapar sin ser vistos.
El segundo grupo, formado por Hapuseneb, la princesa Neferura, Sat-Ire y sus hermanas y Zayineth, inició la huida por la vía sur.
El grupo se internó por las salas de almacenaje mientras el humo de las primeras hogueras se filtraba desde el patio.
Las vasijas caídas habían derramado vino y aceites volviendo el suelo resbaladizo.
Aun así, consiguieron abrirse paso hasta encontrarse en un punto sin salida.
Ante ellos había una puerta semiabierta.