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Desenmascarando al traidor
Los pensamientos se atropellaban en la mente de Nebamun como un maremágnum de crueles imágenes.
En todas ellas, él moría y volvía a renacer como el devorador de almas, condenado a revivir el mismo calvario una y otra vez.
El encuentro con el enmascarado, la revelación de un falso adulterio, el veneno con el que asesinó al faraón, y sus manos ensangrentadas tras arrebatarle la vida a la única persona en el mundo que lo había amado.
Despertó sobresaltado, convencido de haber perdido la razón. Miró asustado a su alrededor hasta que descubrió que se encontraba tumbado sobre una mullida cama. Al principio, no supo dónde se hallaba, pero no tardó en reconocer los elementos que decoraban aquella austera estancia.
En el rincón oriental, había un altar doméstico de piedra caliza que estaba decorado con ofrendas: figurillas de Anubis, amuletos en forma de escarabeo y un recipiente con aceite de cedro.
Luego posó la mirada en las sábanas de lino fino que cubrían la cama.
Reconoció el delicado bordado en los cantos, con símbolos protectores de Hathor, obra de su prometida, Satsobek.
Junto al lecho, sobre una mesita de ébano, descansaba un frasco de alabastro que contenía aceite de moringa, el perfume que su amada solía usar.
Se levantó al escuchar una melodiosa voz fuera de la habitación.
Al poner un pie en el suelo, descubrió que estaba desnudo, y al observarse las manos y las piernas, fue consciente de que lucían jóvenes.
Sobre un baúl de madera reposaba la indumentaria de embalsamador real: una túnica de lino fino blanco, un cinturón de cuero suave y un pectoral adornado con incrustaciones de lapislázuli y oro.
Cada prenda estaba cuidadosamente doblada.
Se vistió y salió al patio. Sintió que los pulmones se le llenaron de aire fresco al ver a Satsobek sentada junto a la orilla de un estanque, tarareando una melodía mientras sus dedos jugaban con una flor de loto fresca recién cortada.
—Has tardado, Nebamun. Nunca llegas a tiempo para ver el amanecer —dijo antes de voltear la cabeza.
Ella lo miró con unos ojos negros, inmensos, colmados de amor. Vestía una túnica trasparente, que apenas tapaba su desnudez, y sus cabellos rizados le caían por encima de los hombros, realzando su belleza.
—¿Eres real? —preguntó Nebamun, con voz temblorosa.
—Tan solo soy un recuerdo, pero me alegra que aún me veas así de bonita.
Nebamun bajó la mirada. El remordimiento le impedía mirarla a los ojos.
—Te busqué entre los muertos, pero no te hallé ni tuve el consuelo de quedarme a purgar mi culpa en el Inframundo —susurró, derramando unas lágrimas.
—Porque no solo me mataste; me borraste de tu memoria de una forma cruel.
Su voz se volvió irreal, fantasmagórica, y la flor de loto se marchitó en un abrir y cerrar de ojos. Y de los pétalos ennegrecidos brotó una gota de sangre que se deslizó como una lágrima hasta caer al suelo.
Nebamun se postró a sus pies.
—Perdóname, amor mío —suplicó con la voz quebrada.
—No puedo hacerlo. No hasta que recuperes el amor que me profesabas. ¿Dónde lo ocultaste, Nebamun?
La culpa le nublaba la razón, y la dureza de la mirada de Satsobek se le clavaba como un aguijón en el corazón.
—No lo sé… Debió de volverme loco aquella droga que envenenó mis sentidos —balbució.
—¡Mientes! Sigues culpando a otros de unos actos que solo te pertenecen a ti.
Mientras no destierres el odio de tu corazón, yo no podré avanzar.
¿Por qué sigues martirizándome así? —reprochó mientras se arrodillaba a su lado—.
Nebamun, sé que una vez me quisiste. Por favor, dime dónde escondes tu mayor tesoro.
Nebamun apenas podía respirar. El rostro de Satsobek comenzó a difuminarse ante sus ojos, pero él se aferró a aquel sueño: no podía volverla a perder.
—¡No te vayas! —dijo tomándola de las manos—. Pronto vengaré tu muerte y nos reuniremos en el mundo de los muertos. Solo tienes que esperar un poco más.
Ella se soltó con brusquedad y lo miró con desprecio.
—¡Fracasarás otra vez! —le gritó—. Ella recuperará el tesoro y volverás a ser esclavo de su engaño.
—No… Esta vez no fallaré, amor. ¡Lo juro!
Satsobek soltó una carcajada perversa.
—Ya sabe dónde lo ocultaste —le reveló, atravesándolo con la mirada—. Y ya no hay esperanza para nosotros.
Nebamun creyó volverse loco.
—¡No puede ser! —bramó mientras se golpeaba la cabeza—. Nadie más que yo sabe que lo sepulté en el templo de Millones de Años de Hatshepsut. ¡Confía en mí, Satsobek!
Una ráfaga de aire arremolinó los cabellos de Satsobek, liberando un dulce aroma a loto. Nebamun la miró contrariado.
—¡Claro que confío en ti, amor mío! —dijo ella, antes de estallar en carcajadas al ver su expresión—. El problema, estúpido, es que tú sigues confiando en tu mente enferma. ¡Nos vemos en el infierno, Nebamun!
Las risas se tornaron estridentes, martilleándole la mente. Se golpeaba las sienes con los puños, en un vano intento de expulsar las voces que danzaban en su cabeza, pero no lo consiguió. Sabía que algo iba terriblemente mal justo cuando un jarro de agua fría lo despertó de aquella pesadilla.
Durante un instante, no supo dónde estaba. Abrió los ojos, confundido, y se encontró con el rostro sonriente de Nebet-Iset. La suma sacerdotisa sostenía una jarra vacía y lo miraba con gesto burlón.
—¿Qué me has hecho, zorra? —balbució el devorador de almas.
Intentó echarle las zarpas al cuello, pero estaba atado de pies y manos.
—No me mires así, hombre —dijo la suma sacerdotisa sin dejar de sonreír—.
Deberías agradecerme el reencuentro con tu amada Satsobek.
Fue efímero, sí, pero muy divertido… Cuando quieras repetir la experiencia, dímelo y te daré la fórmula de mi poción a base de Kyphi, extracto de loto azul y mandrágora [88] .
¡No sabes qué universos puedes descubrir junto a tu gran amor! —se mofó.
—¡Nunca os saldréis con la vuestra! —masculló—. No te he dicho en qué lugar oculté el tesoro y jamás lo encontraréis.
Nebet -Iset se carcajeó.
—Desde el primer momento has actuado como una marioneta al antojo de la persona que te destruyó —declaró, saboreando cada palabra—.
Sin embargo, debo reconocer que nos lo habéis puesto difícil desde que regresasteis a Tebas.
No es fácil poner sobre el alambre a una mujer tan astuta como nuestra líder.
—¡Aún no he acabado con vosotras! —bramó el asesino.
—Te equivocas, Nebamun —replicó ella con frialdad—. Esta vez no dejaremos cabos sueltos. Muy pronto te reunirás con tu prometida en el infierno.
El devorador de almas se revolvió como una serpiente acorralada.
—¿A qué esperas para hacerlo, arpía?
—La venganza se sirve fría. Deberías saberlo, memo —señaló—. Aún puedes sernos de utilidad, en el hipotético caso de que no demos con el tesoro. Hasta entonces…, disfruta de tus sueños.
A un gesto, unas jóvenes sacerdotisas inmovilizaron a Nebamun y lo obligaron a beber el narcótico elixir. El asesino opuso poca resistencia: llevaba días sin apenas comer y dormir, consumido por la obsesión de alcanzar su gran anhelo.
—¡Despierta, rápido!
La voz resonaba muy lejana y Nebamun pensó que volvían a asaltarle las pesadillas.
—Dejadme en paz… —farfulló.
—¡No cierres los ojos! ¡Mírame!
Se esforzó por abrir los párpados y creyó distinguir sombras delante de él. Sin embargo, el peso que lo vencía era demasiado fuerte como para mantener los ojos abiertos y volvió a sumirse en el sueño.
Despertó bruscamente, con la sensación de estar ahogándose, atrapando el aire a bocanadas.
—¡Por fin despiertas!
La visión se aclaró poco a poco. Era noche cerrada, y ante él se recortaba la silueta de una figura acuclillada.
—¿Quién eres? —preguntó con voz pastosa.
—Eso no importa ahora —replicó mientras le desataba las manos—. Tenemos que salir de inmediato este lugar.
En cuanto se sintió liberado, intentó lanzarse a su cuello, pero las fuerzas lo abandonaron y cayó de bruces al suelo.
—¡Maldito! ¿No me vas a ayudar? —gruñó a la vez que intentaba incorporarse.
—¿Puedes ponerte en pie? Vamos, levántate, que yo te ayudo.
El sujeto le tendió la mano, pero Nebamun ni siquiera intentó asirla. Estaba exhausto.
—Agua… —murmuró—. Dame un poco de agua.
El desconocido le acercó un odre, y Nebamun bebió a cortos sorbos, aunque no paró de beber hasta vaciarlo.
—Come esto también. —Nebamun alzó la mano y cogió un trozo de pan de higos, que devoró con avidez—. ¿Crees que podrás caminar?
—¿Por qué me estás ayudando? —preguntó con desconfianza.
—Porque necesito saber qué le has dicho a Nebet-Iset.
El devorador de almas se rio.
—¿Y crees que te lo voy a decir a ti?
—¡Ya lo creo que sí! —atajó el hombre, poniéndole el filo de un cuchillo en el cuello—. ¿Acaso no quieres acabar la misión que tenías entre manos?
Al alzar la mirada, Nebamun percibió una sombra colándose en la estancia.
Tensó las piernas y aguardó, expectante.
En cuanto vio una oscura figura saltando sobre él, lanzó una patada sobre su libertador, que retrocedió, tropezando con el asaltante.
Este perdió el equilibrio y no pudo precisar su ataque; el brillo de las hojas de dos puñales zigzagueó ante de Nebamun.
La primera estocada la esquivó por bien poco, pero la segunda le alcanzó el hombro, aunque de forma superficial.
El asaltante cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra el altar. Nebamun aprovechó para correr hacia la puerta, pero su musculatura atrofiada solo le permitió avanzar con torpes pasos, y el agresor le cerró el paso antes de alcanzar la salida.
En ese instante, la luz de la luna apareció en el cielo nocturno, mostrando el rostro de su atacante. Era la mujer que casi había acabado con él en Coptos.
El juez, que se incorporaba con la espalda dolorida tras el choque, también la reconoció.
—¡Sabía que eras tú la escoria infiltrada en el palacio, Meriamon! —lo increpó Zayineth con rabia.
El juez la miró con serio semblante.
—Puedo explicártelo, de verdad… No es lo que parece.
—¿Cómo tienes los cojones de decirme eso? —le escupió—. He escuchado cómo le decías a ese demonio que tenía que acabar la misión que tenía encomendada. ¿Cómo has podido traicionarnos? ¡Ese monstruo asesinó a mi madre y a Nebuy, joder!
El devorador de almas lamentó no tener su preciada daga ni la vitalidad de antaño. Aquella contrincante habría sido una digna rival para él y habría disfrutado mucho arrebatándole la vida. Aun así, no se rendiría tan fácilmente.
—¿A qué esperas, zorra? —la provocó Nebamun.
Cuando Zayineth se abalanzó sobre él, hundió los dedos del pie en la arena y levantó una nube de polvo que le impactó en el rostro. El ardid la cegó por un instante, aunque lanzó una patada al bulto que el devorador de almas no pudo esquivar.
El asesino cayó al suelo, y antes de que pudiera reaccionar, Zayineth se sentó a horcajadas sobre él, inmovilizándole los brazos con ambas rodillas. Nebamun jadeaba, sin fuerzas para resistirse.
Zayineth alzó ambos brazos para descargar una mortal estocada, pero Meriamon la golpeó con una piedra en la cabeza, dejándola noqueada.
—¡Deprisa, Nebamun! ¡Levántate! —le instó mientras tiraba de él.
Ambos huyeron de la capilla justo cuando Zayineth comenzaba a recuperar el conocimiento. Solo pudo ver cómo el traidor de Meriamon escapaba con el devorador de almas.
—¡Mierda! ¡Joder! —musitó mientras trataba de incorporarse.
Había sospechado del juez casi desde el primer momento en que lo conoció.
No obstante, había tenido que aparcar sus recelos al saber que contaba con la total confianza de Pashedemheb y de Hapuseneb.
Aun así, procuró no quitarle el ojo de encima, y, gracias a ello, intuyó que algo iba mal cuando lo vio abandonar el templo de Amón al atardecer.
De nada le servía ahora saber que el traidor infiltrado en la corte de Hatshepsut era él. Lo había subestimado, y había perdido una gran oportunidad de vengar la muerte de Nebuy… y quizá de evitar un daño mayor.