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Cuando se ciernen las sombras
A Neferkay la sorprendió el amanecer en el patio.
Se había pasado toda la noche saliendo y entrando de la casa para asomarse al portal.
No había pegado ojo, atrapada en mil pensamientos sobre lo que podía haberle sucedido a Hekai para que todavía no tuviera noticias de él.
Para colmo, Hekhem tampoco había regresado a casa. Y eso le dio muy mala espina.
Incapaz de contener por más tiempo los nervios, decidió tomar la iniciativa. Ordenó a una sirvienta que preparara un carruaje y una pequeña escolta con la intención de ir al templo de Mut. Era el único lugar en el que creía que podría encontrarse su esposo.
Al llegar, fue recibida por Pahemre.
—¿Qué la trae tan temprano por aquí, mi señora? —le preguntó con su habitual afabilidad.
—Buenos días, Pahemre —lo saludó Neferkay nada más bajar del carro—.
Anoche, Hekhem salió de casa con mucha prisa, y todavía no ha regresado.
He pensado que agradecería comer algo nutritivo después de una larga noche de trabajo.
Supongo que deben de estar hambrientos y he traído viandas para los dos.
—Me temo que su esposo no puede recibirla porque… —empezó a decir el lugarteniente.
—Solo le dejaré unos dulces y me iré —lo interrumpió—. No hace falta ni que me acompañe. Conozco el camino.
Pahemre se interpuso en su camino y, muy cortésmente, añadió:
—Hekhem partió hacia Menfis esta madrugada y tardará varias semanas en regresar —le explicó.
Neferkay no pudo ocultar su sorpresa.
—¿Mi esposo ha ido a Menfis? Qué extraño… No me comentó nada.
—Recibió la orden ayer por la tarde y parecía urgente, así que… —respondió con una fingida cordialidad—. ¿Se le ofrece algo más, mi señora?
Le parecía muy sospechoso aquel viaje sorpresa a Menfis, pero prefirió no seguir insistiendo.
—No, ha sido muy amable, Pahemre. No le molesto más y regresaré a casa antes de que el calor apriete.
La sacerdotisa dio media vuelta, pero Pahemre replicó:
—¿Y los dulces? ¿No me los dejará?
—¡Claro, qué despistada soy! —repuso mientras le daba una cesta repleta de pasteles de miel.
Mientras regresaba a la ciudad, Neferkay no cesaba de darle vueltas a la repentina desaparición de su marido. Resultaba evidente que Pahemre había inventado aquella excusa para ocultarle el verdadero paradero de su esposo, cosa que no le hizo presagiar nada bueno.
Neferkay tenía la intención de ir al templo de Amón. Sentía una gran desazón que solo se aplacaría en cuanto viera a Hekai. Sin embargo, decidió pasarse antes por su casa con la esperanza de que el servicio hubiera recibido noticias de Hekhem.
Decepcionada ante la ausencia de respuestas, apremió a sus escoltas para poner rumbo a Karnak.
Llegó al templo de Amón a mediodía, y se dirigió directamente al despacho de Hapuseneb. Al no encontrar al sumo sacerdote, corrió hacia las habitaciones. Por fortuna, se topó con varios de sus compañeros saliendo del archivo del templo. Estaba todos, excepto Hekai.
—¡Qué grata sorpresa, Neferkay! ¿Dónde has dejado a tu tortolito? —bromeó Zayineth.
A Neferkay le flaquearon las piernas.
—¿Qué te pasa? —preguntó Tiaret, acudiendo de inmediato junto a su hermana.
—¿Dónde está Hekai? —requirió con voz trémula—. Está todavía en la cama, ¿verdad? Seguro que llegó de madrugada y se le han pegado las sábanas. ¡Decidme que está durmiendo, por favor!
—Cálmate, hermana —dijo Tiaret, con suavidad—. Sabemos que Hekai se reúne contigo cada noche en tu casa. ¿Estás segura de que no está por allí?
Neferkay estaba totalmente fuera de sí.
—¿Podéis comprobarlo? ¿Por qué no vais a hacerlo? —rogó con los ojos cubiertos de lágrimas.
—Acabo de bajar de nuestra habitación y su cama ni siquiera está deshecha —intervino Meriamon—. Hekai no ha pasado la noche aquí. ¿Ha pasado algo que no sepamos, Neferkay?
Ella intentó contestar, pero el llanto le ahogó las palabras.
—¿Qué está pasando aquí? —voceó Hapuseneb mientras avanzaba por el corredor.
Su rostro era portador de malas noticias.
—¿Por qué traes esa cara, Hapuseneb? —preguntó Sat-Ire, inquieta.
El sumo sacerdote vaciló antes de hablar:
—Hemos encontrado el cuerpo sin vida de Hekai en la ribera occidental del Nilo —dijo al fin—. Todo indica que ha sido asesinado.
—¿Qué…? —balbució Neferkay antes de desplomarse inconsciente.
Tiaret se apresuró a sostenerla mientras los demás se arremolinaban a su alrededor.
—Dejadla respirar —ordenó la sanadora. Con el silencio, pudo tomarle el pulso y se tranquilizó al percibirlo estable y fuerte—.
Parece que está todo bien. Solo se ha desmayado por la impresión.
Necesito hacerle una exploración a fondo, pero me hace falta mi instrumental.
Meriamon, ¿puedes ayudarme a llevarla a mi habitación?
El juez la tomó en brazos y acompañó a Tiaret a la planta superior. El resto permanecieron en el pasillo, con gestos consternados.
—Has dicho que Hekai murió asesinado —comentó Neferura, rompiendo el silencio—. ¿Cuál es la hipótesis de su muerte?
—Por la forma en que lo apuñalaron, el asesino sentía una profunda animadversión hacia él.
—¿Quién pudo hacerle algo así? —señaló Zayineth con voz temblorosa—. No habrá sido obra del devorador de almas, ¿verdad?
El semblante de Hapuseneb se nubló.
—Todo apunta a crimen pasional —dijo—. Le mutilaron los genitales y otros órganos antes de asestarle la puñalada mortal.
—¿Crees que fue Hekhem? —aventuró Sat-Ire.
—Es el principal sospechoso, sobre todo porque también ha desaparecido de la ciudad —señaló—. He enviado a unos guardias reales al templo de Montu para que investiguen su paradero. Pronto tendremos noticias.
—No hace falta esperar —voceó Neferkay desde el pasillo—. Esta mañana he hablado con su lugarteniente y me ha dicho que Hekhem partió anoche hacia Menfis.
La sacerdotisa lucía un gesto cetrino, apenas se mantenía en pie y, a pesar de que tenía los ojos enrojecidos, no derramó ni una sola lágrima.
—¡Eres una cabezota, hermana! —la reprendió Tiaret, siguiéndola—. ¿Qué vas a ganar gastando las pocas fuerzas que te quedan?
—No pienso descansar hasta ver a Hekhem enfrentándose a la justicia de Maat —replicó antes de buscar con la mirada a Meriamon—. ¿Me ayudarás a que recaiga sobre ese bastardo todo el peso de la ley?
El juez se acercó asintiendo con la cabeza.
—Te lo prometo. Pero antes debes descansar. Nosotros nos ocuparemos de encontrar a Hekhem.
Neferkay parecía ida, con la mirada perdida.
—Quiero verlo —musitó la sacerdotisa—. ¿No me habéis oído? ¡Quiero ver el cuerpo de Hekai!
—¿Te has vuelto loca? —exclamó Tiaret.
—Él sacrificó su vida por nosotros; ¡por nuestro bebé y por mí! —anunció al tiempo que se acariciaba el vientre—. Necesito que sepa cuánto lo amamos antes de que parta para Occidente. Por favor, llevadme con Hekai —le rogó a Hapuseneb—. Necesito verlo una última vez.
El silencio volvió a engullirlo todo.
—Cariño, en tu estado necesitas descansar —insistió Tiaret—. Piensa en el bienestar de tu hijo.
—Ni el descanso ni el llanto me lo devolverán, lo sé —musitó—. Solo quiero estar a su lado para guiar su Ka por las tinieblas y que llegue a salvo a casa de Osiris. ¿Me acompañas o voy sola? ¿Dónde está, Hapuseneb?
—Pronto llegará su cuerpo a una de las salas anexas del templo de Amón. No estarás sola. Yo también te acompañaré —respondió el sumo sacerdote.
El desánimo parecía haberse apoderado de la voluntad de sus compañeros.
—¿Y nosotros qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí de brazos cruzados? —explotó Zayineth.
—Me encargaré personalmente de llevar el caso de la desaparición de Hekhem —intervino Meriamon—. Es vital que detengamos a ese depravado antes de que huya de la ciudad. Hasta donde sé, anoche no partió ninguna embarcación hacia Menfis.
—Hagamos lo siguiente —medió Sat-Ire—: Hapuseneb, acompaña a mis hermanas a ver a Hekai. Nosotros nos encargaremos de encontrar a Hekhem, aunque tengamos que remover el cielo y la tierra para dar con él.
*
En el otro extremo de la ciudad, una estilizada figura se deslizaba entre la multitud como una insondable sombra. Oculto en una larga capa, el devorador de almas seguía a su presa como un león a una gacela. Había sido paciente y su constancia, al fin, había dado resultados.
La persecución finalizó en una lujosa mansión caída en desgracia tras la inesperada muerte de su dueño, un noble contable y escriba de la corte de Tutmosis III. Su nombre era Ramose, y las malas lenguas hablaban de suicidio: decían que había perdido casi toda su fortuna en desastrosas inversiones.
La casa se encontraba en el valle de los Nobles de Tebas, en un área rodeada por pequeños senderos y antiguas capillas privadas, en la ribera occidental del Nilo.
La villa, conocida como el Jardín de Neftis, se extendía tras unos altos muros de adobe.
Era un oasis de frescor que lindaba con las dunas doradas del desierto.
Nada más atravesar la puerta, se abría un anchuroso jardín que conducía a un estanque rectangular de aguas poco profundas salpicadas de nenúfares rosados y blancos.
Una mamá pato junto a sus patitos nadaban entre los tallos de papiro de la orilla, mientras a ambos lados del estanque se alzaban filas de árboles frutales que impregnaban el aire con sus dulces fragancias.
El devorador de almas vio cómo la dama, vestida como una novicia, se introducía en el interior de la villa y la siguió a cierta distancia.
Ella tomó un sendero que comunicaba con un pabellón porticado, cubierto con cortinas de lino azul y decorado con pinturas de ofrendas a Amón.
En un rincón más apartado, bajo un emparrado de vides, había una pequeña capilla doméstica destinada a la diosa Hathor.
Hacia allí se dirigió la dama, ajena al peligro que se estaba cerniendo sobre ella.
El asesino se acercó a la capilla, sonriente. ¡Por fin la fortuna parecía acompañarlo! Podría interrogar a Nebet-Iset en un apartado lugar, sin testigos ni interrupciones. Más tarde, tendría tiempo de sobra para dejarse llevar por sus más bajos impulsos.
La puerta estaba semiabierta. Sobre el dintel, una inscripción grabada en pintura roja proclamaba: «Aquí el alma se purifica y el corazón se equilibra en la balanza de Maat» .
Dos estatuillas de Hathor y Osiris, talladas en piedra pulida y cada una del tamaño de un niño, flanqueaban el acceso.
Le sorprendió que a los pies de las figuras hubiese ofrendas frescas: flores, pan de centeno y cuencos con leche y miel.
«Esta hacienda debe de ser una tapadera de la organización.
Parece abandonada de puertas para afuera, pero, tras el umbral, revela otra verdad», meditó Nebamun mientras husmeaba el interior.
Era una capilla rectangular, con apenas diez codos reales de profundidad por seis de ancho.
El techo era bajo y estaba pintado de azul oscuro, tachonado de estrellas doradas que parecían flotar en una noche perpetua.
Las paredes mostraban relieves policromados con escenas de ofrendas, en las que Ramose y su esposa presentaban flores, vino y pan ante Hathor y un Horus alado.
En el centro de la estancia se elevaba un altar de alabastro, sobre el cual reposaba una pequeña estatua en oro de Hathor.
Frente a él, la esbelta figura de Nebet-Iset realizaba las ofrendas a la diosa.
A sus pies, una lámpara de aceite mantenía una llama constante, símbolo del alma que nunca se apaga.
—No te quedes ahí parado, Nebamun. En un momento estoy contigo —dijo la suma sacerdotisa, con un dulce tono de voz.
El devorador de almas titubeó, mientras inspeccionaba el espacio en busca de algún peligro oculto, pero finalmente atravesó el umbral.
—Debo reconocer que tienes arrestos al venir a este apartado lugar sola e indefensa, señora de Mut —dijo, humedeciéndose los labios.
Nebet-Iset se giró y lo miró sonriente. En ese instante, Nebamun percibió un sutil aroma a loto azul que lo desconcertó.
—¿Sola? Tal vez —respondió, avanzando unos pasos hacia él—. ¿Indefensa…? ¡Nunca!
El devorador de almas no pudo esquivar el objetó que le lanzó Nebet-Iset con la mano derecha; estaba demasiado cerca. Al momento, sintió una punzada en el cuello y se llevó la mano para extraer la afilada punta de un alfiler.
—¡Maldita arpía! —masculló mientras empuñaba su daga—. ¿Crees que con este juguete podrás doblegarme?
No llegó a dar un paso. El mareo lo asaltó de inmediato. Las extremidades comenzaron a entumecerse y apenas podía sostenerse en pie. Intentó avanzar hacia aquel rostro que lo miraba sonriente, pero su cuerpo no respondió.
Poco a poco, su mente se fue nublando hasta sumergirse en las tinieblas.