Las hijas del visir 48 #2
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El supervisor de Montu no se quedó en blanco.

—Hice lo que creí correcto, mi señor. Pacer me entregó este documento el día de mi boda y pensé que lo más prudente era mostrárselo a usted en persona. ¡Perdóneme, si me equivoqué! —le suplicó, postrándose en el suelo.

—¡Qué necio eres! —dijo el líder mientras avanzaba unos cuantos pasos hacia él—. ¿Por qué no le diste este mensaje a Nebet-Iset? Ella me lo habría hecho llegar sin levantar sospechas y nos habría evitado problemas mayores.

—Era confidencial, mi señor.

—¡Cállate, estúpido! —bramó el lugarteniente—. ¿No sabes que te han seguido?

Hekhem escondió los ojos en el suelo.

—No entiendo…

—Que entre el intruso —terció el líder.

La puerta se abrió y entraron dos hombres arrastrando a un sujeto con el rostro ensangrentado, atado de pies y manos. Lo arrojaron al centro de la sala sin contemplaciones.

—¿Sigues sin entender? —preguntó el líder.

El supervisor de Montu alzó la vista y miró al desdichado que yacía en el piso. Bien fuese por los nervios o por la escasa luz, Hekhem no logró reconocer a aquel sujeto.

—No sé quién es. ¡Lo juro!

El lugarteniente tomó la mano del hombre y le sacó el anillo-sello del dedo.

—Su nombre es Hekai y es responsable de los establos del templo de Apis de Menfis —dijo tras observarlo bajo la luz de la antorcha—. ¿Te dice algo ese nombre?

—No, mi señor, jamás había oído ese nombre—se apresuró a decir.

Meriamon, que contemplaba aquella escena oculto en la penumbra, se quedó paralizado cuando vio el deplorable estado que mostraba Hekai. Sin embargo, no podía hacer nada por él. Su vida ya estaba sentenciada.

—¿Esa es tu última palabra? —preguntó el líder.

—¡Lo juro! ¡Lo juro por todos los dioses! —suplicó Hekhem.

El lugarteniente miró al líder y este asintió.

—Te creemos, Hekhem. Tranquilízate y ponte en pie. Veamos qué tiene que decirnos el intruso —dijo mientras les hacía un gesto a sus hombres—. ¿Habéis conseguido hacerlo hablar?

—No ha soltado prenda, mi señor —respondió un secuaz.

Sus súbditos agarraron de los brazos a Hekai y lo sostuvieron en volandas. El líder se acercó y le alzó la barbilla para mirarlo a los ojos.

—¿Qué hace un sacerdote de Menfis en Tebas? —le preguntó.

Hekai miró fijamente a los negros ojos que lo observaban tras la máscara y respondió:

—Intentar desenmascararte a ti y a tus fanáticos.

—Muy loable intención, pero creo que no eres consciente de tu delicada situación —replicó el líder—. Estás muerto si no nos dices qué saben de nuestra organización quienes te enviaron a espiarnos. ¿Vas a colaborar?

—¡Vete al infierno! —le escupió Hekai.

—Previsible e innecesaria respuesta —señaló el lugarteniente—. Lástima que tu querida Neferkay no volverá a ver tu bonita cara.

Hekhem frunció la frente, desconcertado.

—¿Qué ha querido decir, mi señor? —preguntó el supervisor de Montu, sintiendo cómo le hervía la sangre.

—¿Tan necio eres que ni siquiera sabes con quién se acuesta tu mujer? —replicó el lugarteniente.

Aquella revelación fue como un puñal clavado en su orgullo.

—Tranquilo, Hekhem. Hoy es tu día de suerte y podrás restaurar tu honor —añadió el líder mientras cortaba las ataduras con una daga—. Aún estás a tiempo de colaborar y salvar la vida. ¿No querrás dejar a solas al amor de tu vida con un marido que sabe la verdad?

Hekai sabía que no conseguiría proteger a su amada con su confesión.

—¡Jamás me haréis hablar! —replicó con los ojos cubiertos de lágrimas.

El supervisor del templo de Montu empuñó el arma y caminó lentamente hacia Hekai. Se detuvo frente a él y lo miró fijamente con los ojos inyectados en sangre.

—¡Te voy a desollar vivo, hijo de puta! —murmuró con rencor.

Hekai sonrió y su mente regresó al momento en el que conoció a Neferkay. Había sido tan feliz a su lado que supo que ni la muerte conseguiría arrancar de su corazón el amor que sentía por ella. «¡Nos veremos en la próxima vida, mi amor!», musitó antes de cerrar los ojos.

Con la primera estocada, le cercenó los genitales.

Los desgarradores gritos de Hekai espolearon la rabia de Hekhem, desatando su sádico frenesí.

Acto seguido, le sacó los ojos de las órbitas y le arrancó las orejas de cuajo.

Solo cuando el sacerdote cayó inconsciente, se dignó a darle la estocada mortal, hundiéndole la hoja de la daga en el corazón.

Hekhem soltó la empuñadura y la daga cayó con estrépito al suelo. Había matado al hombre que había ultrajado su honor, y, sin embargo, la humillación continuaba incendiándole la razón. Necesitaba más. Necesitaba acabar con la vida de su infiel esposa.

—Debo irme a casa —dijo con una ronca voz.

—¿No te interesa saber quién soy? —advirtió el líder mientras se retiraba la máscara de chacal.

Hekhem se giró y contempló al líder a la cara descubierta, a sabiendas de que aquella sería su sentencia de muerte.

—Mutnofret, ¡tenías que ser tú! —musitó esbozando una amarga sonrisa.

La líder desenvainó una espada y se lanzó sobre él, pero alguien se interpuso en su camino.

Era Meriamon.

—¡Detente, madre! Deja que yo me encargue de él.

Pese a que no sentía mucha simpatía por Hekai, la saña que había empleado el despreciable de Hekhem había sido innecesaria.

Él se encargaría de hacérselo pagar con la misma moneda.