Las hijas del visir 48
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El precio de la verdad

Hekai vigilaba la puerta del templo de Mut sentado cerca de un puesto de dátiles.

Vestía con una túnica corta de obrero de establo, manchada con polvo y paja, y sostenía una cuerda enrollada al hombro.

Tiaret esperaba al otro lado de la calle, con el cabello recogido en una trenza simple, vestida con una túnica modesta de lino beige y, sobre los hombros, un manto ligero.

En el brazo llevaba una cesta con vendas y ungüentos, como si fuera una sanadora de la Per Ankh.

Nebet-Iset apareció por el umbral como si de una diosa se tratara; con los ojos perfilados en kohl y su manto blanco de suma sacerdotisa de Mut envolviéndola con autoridad. No llevaba escolta ni sirvientas, aunque su sola presencia bastaba para intimidar a cualquiera.

Se incorporó al paseo de las esfinges y lo atravesó con paso altivo antes de internarse por una calle que conducía al este. La siguieron a una distancia prudencial mientras se avanzaba en una dirección que Tiaret conocía muy bien: la Casa de la Vida.

La sanadora se deslizó entre la muchedumbre, que a aquellas horas de la mañana abarrotaba la calles, hasta apostarse cerca de la entrada.

Desde aquel lugar podría observar con claridad los movimientos de Nebet-Iset.

Para su sorpresa, esta ingresó en el Per Ankh sin que los medjay que montaban guardia le dieran el alto.

Hekai se acercó a Tiaret y le preguntó:

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—Quédate aquí y vigila la salida. Este edificio tiene una única puerta de entrada y de salida —le reveló—. Si ha venido a reunirse con alguien en secreto, esta persona necesariamente tendrá que pasar por ahí.

—¿Y qué harás tú?

—Conozco la Casa de la Vida como la palma de mi mano —respondió ella antes de retirarse el velo de la cara—. Averiguaré qué la ha traído hasta aquí.

Tiaret entró en el edificio y no tardó en localizar a Nebet-Iset, que se adentró por un corredor lateral que conducía a la sala de estudio privado.

Había estado en aquel lugar en una ocasión con Hapuseneb, ya que era un espacio cuyo acceso estaba restringido a los altos funcionarios de la Per Ankh.

Por esa razón, le extrañó verla entrar con tanta naturalidad en una estancia que, según recordaba, solo custodiaba los registros privados y documentos confidenciales de la institución, y no comunicaba con ninguna dependencia más.

La sanadora se acercó a la puerta y se quedó plantada frente a ella, pensando qué excusa poner para entrar a un lugar prohibido. Finalmente, ocultó la cara con el velo y entreabrió la puerta, asomando la cabeza con timidez.

Para su sorpresa, solo vio a un viejo escriba sentado en un escritorio de ébano. El anciano alzó la mirada y preguntó:

—¿Qué haces aquí, muchacha?

Tiaret revisó con la mirada toda la sala, pero no halló a nadie más en aquel lugar.

—Lo siento, creo que me he equivocado —se disculpó antes de cerrar la puerta.

En aquel momento fue consciente de los muchos misterios que se ocultaban en todos los estamentos de poder y de los que ella era desconocedora.

No le quedaba más remedio que esperar, así que salió del pasillo y permaneció en uno de los vestíbulos cercanos, frecuentado por médicos y eruditos. Sabía que Nebet-Iset tendría que salir por allí.

La espera se hizo larga, pero finalmente vio pasar a la suma sacerdotisa con gesto de preocupación.

—Bien, veamos con quién se ha reunido —musitó sin apartar la mirada del corredor.

Fue pasando el tiempo y nadie más salió, excepto el viejo escriba que había visto en la sala privada. Este se detuvo a hablar con un erudito, que parecía estar esperándolo, y escuchó cómo le decía:

—Por hoy ya he acabado mi guardia. ¿Nos vamos a comer?

—Has salido más pronto que de costumbre —respondió el erudito—. ¿No te habrás olvidado de cerrar la puerta con llave, como la última vez?

El escriba le mostró una pieza de madera dentada, sonriendo con una mellada sonrisa.

Tiaret frunció el ceño, decepcionada. No solo había una habitación secreta oculta en algún lugar de la sala privada, sino que debía de haber también alguna otra salida que la comunicara con el exterior del edificio.

Corrió hacia la salida y no vio a Hekai. Su ausencia la tranquilizó, al deducir que su compañero habría decidido ir tras ella tras verla salir sola de la Per Ankh.

*

Una semana después, Hekhem se cubrió con un manto oscuro y salió del patio interior de su casa sin hacer ruido. Con anterioridad, se había deslizado en la habitación de su esposa para asegurarse de que dormía.

Sin embargo, Neferkay, que llevaba días percibiendo un comportamiento sospechoso en Hekhem, fingió estar dormida y estaba siendo testigo de su furtiva salida desde el quicio de la puerta.

La sacerdotisa salió tras él, camuflando su apariencia bajo una capa gris y con el corazón desbocado en el pecho. Al salir del portal, observó que Hekhem se alejaba por la calle principal, pero, cuando se disponía a seguirlo, alguien la detuvo, tomándola de la muñeca con suavidad.

Era Hekai.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó Neferkay, sobresaltada.

—¿No es lo que hago todas las noches? —replicó, dedicándole una inquisidora mirada—. En cuanto lo he visto salir, sabía que ibas a cometer una imprudencia. ¿Se puede saber qué estabas a punto de hacer?

Desde la boda, Hekai se reunía en secreto cada noche con Neferkay para dar rienda suelta a sus pasiones carnales en clandestinidad.

—Hekai, es una oportunidad única para saber…

—¿Te has vuelto loca? —la cortó—. No permitiré que asumas ningún riesgo. Vuelve a casa, amor. Yo lo seguiré.

—Pero…

—No me entretengas o lo perderé.

Hekai no dio opción a réplica y echó a correr en cuanto vio a Hekhem torcer la esquina.

Neferkay se quedó inmóvil en el portal, viendo cómo el hombre que amaba arriesgaba su vida por ella. Y sintió un profundo vacío en su interior.

Hekhem caminó durante casi una hora por las calles del barrio sur hasta que llegó a una zona de graneros abandonados junto al canal.

Hekai se apostó tras una esquina y observó cómo unas sombras se colaban tras el supervisor en cuanto este entró en una nave.

Por un instante, se quedó paralizado de miedo, pero no podía dar marcha atrás.

Se armó de valor y se acercó cautelosamente hacia el granero.

Miró, a través de una rendija que había en los tablones de madera, y vio a Hekhem frente a tres figuras encapuchadas.

No hablaron. Un sujeto le ofreció una bolsa de tela negra, con la que Hekhem se cubrió la cabeza, mientras otro individuo le ataba las manos con una cuerda.

Acto seguido, un tercer hombre tomó a Hekhem del brazo y lo guio hacia una puerta situada al otro lado del granero.

Hekai contó el tiempo que tardaban los pasos en apagarse, y se deslizó tras ellos, abriendo la puerta con un leve empujón.

Los siguió por una galería que se extendía tomando una ligera pendiente.

El aire era sofocante y el corredor estaba apenas iluminado por unas antorchas colocadas de forma intermitente.

Avanzó sobre un piso cubierto de arena fina, procurando mantener la distancia necesaria para no perder el eco de los pasos de quienes lo precedían.

Tras un recodo, la galería desembocó en un oscuro callejón. Al salir, Hekai observó cómo los cuatro hombres giraban hacia la derecha. A partir de ese momento, siguió a la misteriosa comitiva por las callejuelas en dirección sur.

Después de un largo trayecto, el grupo tomó un camino de piedra que conducía hacia el desierto.

Poco a poco, la calle se ensanchó y se apareció un templo construido sobre un basamento de piedra arenisca.

Dos pilonos custodiaban la entrada, grabados con relieves del dios lunar Khonsu ofreciendo el ankh al faraón.

Los hombres entraron, a través de una gran puerta de madera que estaba entreabierta, y se perdieron en el interior.

Hekai no necesitaba ver más. Dio media vuelta, pero apenas había dado cuatro pasos cuando alguien emergió de un rincón y le bloqueó el camino.

—¿Quién anda ahí? —dijo una voz ronca.

El sacerdote quiso esquivarlo, pero otro hombre se le interpuso y lo derribó de un porrazo en la cabeza. Sintió un intenso dolor y, al instante, todo se volvió oscuridad.

**

Hekhem notó que aire había cambiado en cuanto llegó la sede secreta de la organización. Olía a humedad y a incienso quemado. De camino, había estado repasando la retórica del discurso que daría en cuanto se encontrara frente al líder.

De pronto, se detuvieron y sintió un escalofrío al percibir un abrumador perfume a flor de loto azul.

—¡Quitadle la capucha!

La voz, metálica y distorsionada, era la del líder.

Al principio le costó enfocar la vista, debido a la escasez de luz, pero no tardó en diferenciar una figura emergiendo de la penumbra. Llevaba el rostro velado con una máscara de Anubis. A su lado, su lugarteniente, vestido de negro y portando una máscara de Horus.

Uno de los hombres le pateó las pantorrillas para obligarlo a arrodillarse. El rostro del supervisor de Montu ardió de furia.

—¿Qué clase de trato es este? —protestó.

Como respuesta, recibió un golpe de porra en la cabeza. Hekhem empezó a temer que no había sido buena idea amenazar al líder para forzar una reunión. Así que contuvo su ira y adoptó una actitud cautelosa, casi sumisa.

—Me temo que no eres consciente del riesgo al que nos expones al exigir reunirte conmigo —señaló el líder—. Espero que el mensaje que tienes que darme valga la pena.

—Júzguelo usted mismo, mi señor —replicó Hekhem mientras le extendía un papiro enrollado—. El mensaje fue escrito de puño y letra del devorador de almas. Es la clave para dar con el tesoro oculto.

Uno de los custodios tomó el mensaje y se lo entregó al líder. Su lugarteniente orientó una antorcha hacia el escrito.

—Parece ser que confié una importante misión a las personas equivocadas —proclamó el líder una vez hubo leído el documento—. El jefe Khnumose pagó su error con su mano izquierda. ¿Cómo pagarás el tuyo, Hekhem?