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La flor de Amón
La relación que mantenía Hekhem con la suma sacerdotisa del templo de Mut había sido tensa desde un inicio.
Acostumbrado a tratar con cargos militares, tras haber pasado gran parte de su juventud en las campañas bélicas dirigidas por el difunto faraón Tutmosis II, tener que rendirle cuentas a una sacerdotisa con carácter no era plato de gusto para él.
Hekhem había entrado en la organización cinco años atrás, después de recibir la visita de Nebet-Iset en el templo de Montu, el día que tomó posesión del cargo de supervisor del clero y los registros militares designado por Rejmira.
Le sorprendió que el templo de Mut, que hasta entonces nunca había tomado partido por ningún cargo político, se presentara a darle la enhorabuena por el ascenso.
Fue ella quien le propuso formar parte de la conspiración con la promesa de convertirlo en un alto funcionario de la corte del nuevo faraón. Aquella oferta era irrenunciable para un hombre tan ambicioso, y Hekhem la aceptó sin vacilar.
Sin embargo, en la primera reunión a la que fue convocado, comprendió que solo ocuparía un cargo intermedio dentro de la estructura piramidal en la que se constituía la organización.
En aquel primer encuentro participaron varios cargos estratégicos de la corte: Khnumose, jefe de los medjay ; Paneshy, capitán de las patrullas del Nilo; Satepnahk, alto magistrado de Menfis; Nebet-Iset, suma sacerdotisa de Mut, y Pacer, el escriba.
Todos ellos iban a cara descubierta, excepto los que ocupaban el lugar más alto en la cúspide: el líder, oculto tras una máscara de chacal, y su lugarteniente, cubierto por una de halcón.
No obstante, la circunstancia que le generaba más celos era saber que Nebet-Iset era la única miembro que tenía contacto directo con la cúpula de la conspiración. Y estaba casi convencido de que era una de las pocas personas que conocían la verdadera identidad de los líderes.
*
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Hekhem? —inquirió la suma sacerdotisa de Mut con los ojos encendidos.
—Yo también me alegro de verte, Nebet-Iset —dijo con una simulada sonrisa—. ¿Olvidaste que hoy es el día que debo rendirte cuentas?
—¡Déjate de tontadas y dime qué coño haces aquí! —le espetó.
Por lo general, era Pahemre quien acudía al templo de Mut a presentar los informes de seguridad del recinto sagrado, como el número de soldados asignados al recinto de Mut o entregas de grano, cerveza y aceites procedentes de los excedentes militares.
Por ese motivo, la presencia de Hekhem como emisario resultaba tan desconcertante para Nebet-Iset.
—Debo entregar un importante mensaje a nuestro líder, y es vital que lo haga sin demora. ¿Puedes encargarte?
La suma sacerdotisa lo atravesó con la mirada.
—¿Te han visto ellas aquí? —Hekhem la miró con altivez—. Te he preguntado si la princesa Neferura y su amante te han visto aquí.
—¿A qué viene tanto misterio? —replicó con ironía.
—¿Te has vuelto loco? —bramó Nebet-Iset—. Esta imprudencia puede costarnos muy cara, majadero.
—¿Cómo te atreves a hablarme así, perra?
La suma sacerdotisa lo abofeteó, dejándole marcadas las uñas en la mejilla. Hekhem apretó los puños, pero tuvo que contener su ira al verse rodeado por varias sacerdotisas armadas con unas afiladas dagas.
—Más te vale que ese mensaje sea importante o lo pagarás muy caro —sentenció ella.
Hekhem extrajo un papiro enrollado del interior de su túnica y se lo entregó. Era el documento que había redactado para concertar una reunión con el líder de la organización. Tras leerlo, Nebet-Iset alzó la vista con semblante serio.
—¿Tiene la suficiente importancia, mi señora? —murmuró el supervisor mientras se enjugaba la sangre de la mejilla con un pañuelo.
—¿Qué significa esto? ¿Para qué diablos quieres reunirte con el líder? —Hekhem la miró de soslayo—. ¡Habla!
—Eso no te compete, zorra —dijo arrastrando las palabras—. Asegúrate de que le llega este mensaje al líder y conciértame una cita cuanto antes con él. La viabilidad de la misión pende de un hilo y solo yo conozco la solución para ese problema.
Nebet-Iset negó con un gesto.
—Así que pretendes ser nuestro salvador, ¿verdad? —dijo con suavidad—. Si sabes algo sobre el tesoro perdido, dímelo ahora mismo y me encargaré de decírselo al líder. No temas… De ser cierta tu información, me aseguraré de que seas generosamente recompensado.
—¡Vete a la mierda, mujer! —escupió Hekhem—. Si el líder quiere recuperar su oro, no le quedará más remedio que hablar conmigo. Ya me aseguraré yo mismo de ser justamente recompensado.
—¿Cómo te atreves, maldito?
Nebet-Iset le soltó otra bofetada, pero Hekhem la esquivó, retorciéndole la muñeca. La sacerdotisa gritó de dolor, pero el supervisor tuvo que soltarla al sentir la punta de una daga en su entrepierna.
—¿A qué viene tanta violencia? —dijo recuperando la compostura—. He venido en son de paz.
—Estás caminando por terreno pantanoso —le advirtió mientras se masajeaba la dolorida muñeca—. Hapuseneb está investigando a los medjay , y esas entrometidas que acaban de salir del templo no han venido a verme por casualidad. ¿No te das cuenta de que nos están poniendo cerco, estúpido?
—Más razón para encontrar cuanto antes el tesoro perdido —replicó Hekhem—. Espero una pronta respuesta. Ya sabes dónde encontrarme, mi señora.
—¿No has escuchado mi advertencia? ¡Tu vida pende de un hilo! —lo amenazó Nebet-Iset.
—Deja de preocuparte por mí y haz lo que te digo. Más te vale no tenerme de enemigo.
—¿Me estás amenazando?
No hubo réplica. Hekhem dio media vuelta y se fue por donde había llegado.
La cabeza le daba vueltas y tenía palpitaciones; saber que su vida estaba en manos de aquella abominable mujer lo frustraba.
Sin embargo, temía más al devorador de almas y al uso que pudiera hacer de la información confidencial que poseía.
Si salía a la luz aquella verdad, no solo estaría perdido ante su líder. Todo lo que había construido con tanto esfuerzo se esfumaría como humo al viento.
**
El sol de mediodía y la humedad del ambiente hacían sofocante deambular por las calles de Tebas.
La avenida de las esfinges, que unía el templo de Mut con el gran recinto de Amón, hervía de vida.
Los vendedores de perfumes ofrecían preparados de aceites esenciales para enamorar o curar los dolores; los artesanos mostraban collares a los escribas que entraban a los talleres, y decenas de sacerdotes salían y entraban de las dependencias del templo con encargos urgentes.
Nebet-Iset, con el manto blanco de las sacerdotisas mayores de Mut, avanzaba lentamente entre la gente con una elegancia casi felina.
Su tocado de lino caía sobre sus hombros, y bajo su velo traslúcido, el kohl perfilaba unos ojos capaces de hacer palidecer a quien osara mirarlos.
Unos días antes había recibido dos visitas, una inesperada y otra indeseada, y sabía que probablemente la estarían siguiendo, pero no le importó.
La sacerdotisa atravesó el canal lateral del templo por un puente de madera y giró hacia el norte. La Casa de la Vida se hallaba no muy lejos, junto a una de las bibliotecas del templo principal de Karnak.
La fachada, blanca y sobria, estaba custodiada por dos pilares de piedra con inscripciones de sabiduría y fórmulas médicas.
El calor era intenso cuando Nebet-Iset alcanzó la entrada.
Dos jóvenes guardianes inclinaron la cabeza a su paso y continuaron hablando como si por allí no hubiese pasado nadie.
En el interior, el aire era más fresco. Los pasillos estaban perfumados con mirra y las paredes, revestidas con estantes repletos de tablillas y papiros.
El sonido de los cálamos raspando el papiro creaba una melodía casi hipnótica.
Al pasar junto un grupo de aprendices, escuchó que estaban recitando el himno a Thot, dios de la sabiduría.
Al llegar al fondo del corredor, la luz que entraba por las celosías formaba unos haces que parecían columnas de polvo dorado, y la sacerdotisa se plantó frente una puerta tallada con el signo del ibis y el disco lunar.
En su interior se abría una sala de estudio privada a la que solo tenían acceso los sumos sacerdotes y los escribas mayores.
Entró y se encontró con un anciano, vestido con una túnica ocre, que le hizo un gesto para que entrara.
Nebet-Iset avanzó hacia el lugar donde se ocultaba una puerta secreta, situada tras un panel de madera tallada.
La suma sacerdotisa presionó con suavidad y aquella cedió, mostrando una rampa que descendía por un pasillo envuelto en penumbras.
A medida que bajaba por el corredor, se acentuó el olor del incienso, mezclándose con el del polvo y haciendo que el aire fuera casi irrespirable.
Al final del pasaje, se abrió una estancia circular en la que únicamente había un brasero encendido que lanzaba hélices de humo azulado.
La sacerdotisa intuyó una presencia en la sala y sonrió.
De las sombras, emergió una figura vestida completamente de negro y con el rostro oculto tras una máscara de chacal.
—Me alegro mucho de verte, hermana —dijo Nebet-Iset.
La enmascarada se retiró la careta, mostrando unas bellas facciones, pese a rozar la cuarentena. Sus cabellos azabaches, largos y trenzados con hilos de oro y lapislázuli, hacían destacar unos perfilados ojos avellana en su rostro afilado.
—Mi pequeña niña, no soporto que el deber nos mantenga separadas, pero nuestra misión concluirá pronto y podremos resarcirnos del tiempo perdido —dijo dándole un emotivo abrazo—.
Entonces nos mostraremos tal y como somos ante el mundo y viviremos en plena libertad.
Pero, dime, ¿por qué me hiciste llamar? Tu mensaje me dejó profundamente preocupada.
Nebet-Iset le entregó el papiro de Hekhem.
—Creo que tenemos un delicado problema que tratar con urgencia —mencionó mientras la lideresa leía el mensaje.
—¿Ese imbécil exige reunirse conmigo? —dijo antes de romper el papiro en mil pedazos—. ¿Qué es lo que sabe ese pervertido, hermana?
—Desde que vino a visitarme, no ha salido de su cuartel general del templo de Montu y no se relaciona con nadie, ni siquiera con sus más allegados. Así que no he podido averiguar nada. Ese cretino sabe lo que se hace.
—¿Y su lugarteniente no sabe lo que se trae entre manos Hekhem?
—No le ha soltado prenda a Pahemre —le reveló—.
Sin embargo, hay algo que me tiene más preocupada.
El mismo día que Hekhem se presentó en el templo, también vinieron a visitarme la princesa Neferura y su amante, una guapa jovencita llamada Sat-Ire.
La recordarás porque la trajeron al templo de Mut siendo niña para que la diosa la tratara de sus premonitorias pesadillas.
La lideresa lo recordaba muy bien, pues había sido ella la que se había encargado de anularle el don con una potente droga. De repente, tuvo un mal presentimiento.
—Esa muchacha es una de las hijas de Rejmira, ¿verdad? —Nebet-Iset asintió—. ¿Para qué fueron a verte?
—Vinieron con la excusa de hacerle una ofrenda a la diosa en nombre de la reina Hatshepsut. Sat-Ire estaba tan asustada de verme que temblaba como un pajarillo —respondió sonriente.
—¿Crees que ella ha vuelto a tener sueños premonitorios? —le preguntó la lideresa con premura.
A Nebet-Iset no le agradó el tono que empleó su hermana.
—¿Por qué lo preguntas?
—Nunca he creído en las casualidades, y esa visita es muy sospechosa —replicó pensativa—. ¿Actuó Sat-Ire de forma extraña?
—Ahora que lo mencionas, tal vez sí… —admitió Nebet-Iset al recordar el incidente ocurrido durante el ritual—. Sat-Ire afirmó que se le había presentado Anubis en la capilla de Mut. ¿Qué sospechas, hermana?
—Si la intérprete de sueños vuelve a estar activa, estamos en un gran aprieto. ¿Cómo no me di cuenta antes? —se reprendió la lideresa.
La suma sacerdotisa nunca la había visto así.
—¿De qué estás hablando? Me estás preocupando.
—Cita a Hekhem en una semana, en el lugar de reunión y a la hora de costumbre —le ordenó—. Necesito saber qué tiene que decir ese desgraciado; tal vez también sepa algo sobre los movimientos que han hecho Sat-Ire y sus hermanas en los últimos meses.
—¿A qué te refieres?
La lideresa la miró fijamente a los ojos.
—Supe que las hijas de Rejmira habían salido de Tebas en secreto, pero creí que huían porque su padre quería casar a la mayor con Hekhem.
Ahora soy consciente del terrible error que cometí —añadió con gesto contrariado—.
Necesito hablar con mi hijo, pero no puedo contactar con él desde hace semanas.
Intenta ponerte en contacto con Meriamon y dile que también acuda a la reunión. ¿Podrás hacerlo?
—Por supuesto, hermana —respondió Nebet-Iset, cada vez más inquieta—. ¿Qué está pasando?
—A partir de ahora, sé discreta y extrema la precaución —sentenció la lideresa—. Me temo que hay demasiados ojos buscándome, y debo cegarlos antes de que logren encontrarme. Adiós, hermana.
Nebet-Iset vio cómo la lideresa desaparecía en la penumbra y, tras un instante de vacilación, dio media vuelta para salir de aquel lugar.
Ver de nuevo la luz del sol ahuyentó los oscuros presagios con los que había abandonado la sala secreta de la Per Ankh. «¡¿Cómo han osado esas malditas niñas acudir a mi casa a investigarme?!», pensó mientras se internaba por las abarrotadas calles de Tebas.
Nebet-Iset continuó su camino de regreso al templo de Mut con la mente hecha un hervidero.
Quizá por esa razón no advirtió que unos ojos la observaban desde la distancia.