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Atando cabos
Neferura tuvo que obligar a Sat-Ire a comer algo en una taberna antes de dirigirse hacia la casa de Neferkay, pues parecía que estaba a punto de desfallecer.
La gente se agrupaba en la entrada al ver la nutrida escolta que montaba guardia en la puerta, cosa que incomodaba sobremanera a la princesa.
Hatshepsut había redoblado las medidas de seguridad y Neferura tenía terminantemente prohibido abandonar el palacio sin la protección de un numeroso contingente de guardias reales.
Sat-Ire tenía el estómago revuelto y solo comió unas pocas cucharadas de unas gachas de cebada endulzadas con miel.
—¿Se te va pasando el mareo, Shaït? —preguntó la princesa.
—Ya me encuentro mucho mejor, amor. Solo tenía que abandonar aquel opresivo lugar y, sobre todo, alejarme de aquella inquietante mujer. Sabes lo mal que lo pasé cuando me llevasteis al templo a sanar de mis sueños —le recordó.
Neferura se acordaba vagamente de aquel suceso. La suma sacerdotisa de Mut había conseguido anular los sueños premonitorios de Sat-Ire, aunque le quedaron unas terribles pesadillas como secuela.
—¿Viste la expresión de Nebet-Iset cuando mencionaste la presencia de Anubis? —añadió—. Tenías razón, Shaït. Esa sacerdotisa debe de guardar alguna relación con tu sueño.
—Parece que poco a poco se va desenredando la madeja —comentó Sat-Ire, pensativa—. Ahora solo falta saber qué papel desarrolla Nebet-Iset en la organización.
—Tendremos que averiguarlo —apuntó la princesa.
Sat-Ire tenía mucho en qué pensar, y había demasiado bullicio en el local.
—¡Ya me encuentro mucho mejor, amor! —exclamó con el ánimo renovado—. ¿Vamos a ver a Neferkay?
—De aquí no nos moveremos hasta que te comas todas las gachas —la amenazó, a lo que Sat-Ire respondió con una pícara sonrisa—. ¡Y no pienses que voy a ceder a tus encantos, Shaït!
El trayecto hacia la casa de Neferkay se extendía por un camino empedrado que bordeaba los canales secundarios del Nilo que recorrían la ciudad.
Empezaba a atardecer cuando pasaron frente a los talleres de escultores, donde aún resonaban los golpes de cinceles moldeando la piedra.
Más adelante, cruzaron un mercado casi vacío, en el que las últimas vendedoras recogían sus cestas de higos y cebollas.
—Es maravilloso pasear por Tebas al caer el sol. La ciudad parece un bálsamo, y la luz tostada del atardecer la hace lucir con más embrujo, perfecta para un momento romántico —musitó Neferura mientras atravesaban un paseo bordeado por sicomoros.
—Esta noche necesito más acción y menos romanticismo, amor —señaló Sat-Ire, pellizcándole el trasero.
La casa se hallaba en la parte oriental de la ciudad, cerca del camino procesional de Karnak. Era una vivienda de muros altos que daba acceso a un patio donde florecían tamariscos.
La puerta de entrada estaba vigilada por dos soldados de Montu. Al acceder al recinto, les sorprendió ver a un nutrido número de guardias reales en formación y supieron que Neferkay tenía visita.
Ya en el interior de la casa, acompañaron a una sirviente por un corredor que las condujo hacia un patio interior donde se encontraba el resto de la compañía. Estaban sentados en unas banquetas, y, sobre unas mesitas bajas, se habían dispuesto bandejas con la cena.
—¡Por fin estáis aquí! —exclamó Neferkay al verlas entrar—. Estábamos a punto de empezar a comer sin vosotras. Sentaos y contadnos cómo os ha ido en el templo de Mut. Tranquilas, Hekhem no vendrá esta noche a casa —se apresuró a decir al ver las caras de las recién llegadas.
Tras relatar Sat-Ire lo acontecido con la suma sacerdotisa de Mut y el inesperado encuentro con Hekhem, llegó el turno de preguntas.
—¿Y cómo os ha ido a vosotros? —inquirió Neferura.
—El jefe Khnumose vive prácticamente encerrado en su cuartel general, obsesionado con dar caza al devorador de almas —explicó Tiaret—.
Tiene movilizados a un buen número de efectivos de medjay siguiendo su rastro y ha ampliado el radio de búsqueda más allá de la ciudad.
Sin embargo, desde que me encargo de las curas de su herida del muñón, no he detectado ningún comportamiento sospechoso.
Su actitud es ejemplar y la relación que mantiene con mi padre es estrictamente profesional.
—Esa información encaja con lo que Meriamon y yo hemos averiguado en los archivos del Per Ankh respecto al jefe de policía —intervino Zayineth—.
Khnumose tiene en propiedad varios cobertizos en el puerto de Tebas y, durante un tiempo, sospechamos que podría utilizarlos para desviar fondos recaudados mediante posibles sobornos.
No obstante, todos ellos están vacíos, y Meriamon no ha hallado registros fraudulentos en los archivos de los escribas del puerto.
Sat-Ire empezó a ser consciente de que no sería tan fácil poder llegar a la raíz del problema.
—Debemos seguir tirando de estos hilos, pero ahora hemos de actuar con la máxima cautela —informó a sus compañeros—.
Estoy convencida de que Nebet-Iset desconfía de nosotras, y es muy probable que, a partir de ahora, sea más precavida en relación a nuestros movimientos.
Propongo que hagamos un cambio de roles: Tiaret y Hekai, os ocuparéis de hacerle un seguimiento a la suma sacerdotisa de Mut.
Vosotros dos —añadió, refiriéndose a Zayineth y Meriamon—, os centraréis en investigar al círculo más cercano de la corte de Hatshepsut en busca del infiltrado de la organización.
Neferkay, tú continuarás vigilando de cerca a tu marido.
—Finalmente, miró a Neferura—. Nosotras permaneceremos en el palacio.
Las cosas se están volviendo peligrosas y es mejor que te expongas lo menos posible ante nuestros enemigos.
Las caras tensas de sus compañeros no invitaban al optimismo, pero Sat-Ire estaba convencida de que aquel era el camino que debían seguir. No habían llegado tan lejos para desfallecer cuando estaban tan cerca de descubrir la verdad.
Aquella noche, al regresar al palacio de la reina, Sat-Ire se refugió en los brazos de Neferura y pasó toda la noche abrazada a ella. Necesitaba recargar su energía con la complicidad de la persona amada.
Pasaron dos días cuando, al anochecer, Zayineth entró en las dependencias de la princesa con la respiración entrecortada y un gesto de urgencia.
—¿Qué ha sucedido, hermana? —preguntó Sat-Ire, preocupada.
—¡Es Hatshepsut! —exclamó, mirando a Neferura—. Hapuseneb ha mandado llamar a Tiaret y parece ser que no se encuentra nada bien. La reina me ha pedido que vayas a verla.
Al llegar a las dependencias de la reina, se encontraron con un nutrido número de guardias personales del faraón vigilando las inmediaciones del edificio.
Hatshepsut se hallaba en su habitación, recostada sobre la cama. En la cámara estaban Tutmosis, Hapuseneb, Senenmut, Djehuty y Rejmira. Tiaret estaba a su lado, tomándole el pulso.
La princesa corrió a los brazos de la reina con los ojos encharcados en lágrimas.
—¿Cómo te encuentras, madre?
—No es nada, hija mía, solo los achaques de la edad —respondió con una sonrisa.
—¿Es verdad? —le preguntó a la médica.
Tiaret asintió, esbozando una sonrisa.
—¿Lo ves? —señaló, acariciándole la mejilla—.
Solo te he llamado para que comprobases por ti misma que me encuentro perfectamente bien.
Por desgracia, el entrometido de Hapuseneb ha insistido en llamar a Tiaret para que me tratara la mejor sanadora de todo Tebas.
Ella misma te dirá que gozo de la salud de un toro, ¿verdad?
—Majestad, si me permite el consejo —intervino Tiaret—, debería descansar más, seguir una dieta más saludable y mantener las preocupaciones alejadas, y en unos días volverá a mostrar el aspecto jovial al que nos tiene acostumbrados.
—¡Hazle caso, madre! —se apresuró a decir Neferura.
Sin embargo, al alzar la mirada y observar el semblante grave de los presentes, la princesa intuyó que algo más andaba mal, sobre todo cuando sus ojos se cruzaron con los de Senenmut.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
El arquitecto miró dubitativo a Hatshepsut y no dijo nada hasta que esta asintió.
—Esta madrugada, un intruso ha violado una de las puertas de acceso al templo de Dyeser-Dyeseru y ha entrado en su interior . Parece ser que no ha sustraído nada, pero tenemos la certeza de que ha dejado algo allí, aunque todavía no hemos logrado encontrarlo.
—Tenéis alguna sospecha sobre quién pudo ser —preguntó Neferura.
—El intruso desapareció sin dejar rastro, pero no debéis preocuparos, princesa. Nada ni nadie perturbará la seguridad del recinto sagrado el día de la inauguración. ¡Se lo prometo! —aseveró Senenmut.
Aquella noticia le dio muy mala espina a Sat-Ire, aunque decidió que no era el momento de hacerlo público. Había demasiados miembros de la corte en aquel lugar y era muy peligroso exponerse en aquel instante.