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Al amparo de la noche
El dolor y la rabia le reconcomían. El devorador de almas no dejaba de dar nerviosos paseos en su escondite sin poder quitarse de la cabeza la muerte de Pacer.
El escriba había sido un incordio para él desde que el jefe Khnumose le había encomendado ser su sombra en Coptos.
Detestaba su carácter alegre y díscolo, su desmesurado afán por la riqueza y las mujeres, y, sobre todo, el apego que sentía por una madrastra que lo abandonó siendo apenas un niño.
Sin embargo, sentía una gran pérdida. Pacer había sido la única persona que lo había tratado como a un igual, casi como a un amigo, y se sentía responsable de su muerte.
Su personalidad parecía haberse partido en dos mitades antagónicas desde el nefasto día en que Pacer murió. Por las mañanas despertaba como el viejo y amargado Nebamun, pero por las noches se convertía en el vengativo devorador de almas.
Nebamun aprovechaba la lucidez con la que amanecía todos los días para planificar con minuciosidad su venganza, mientras reservaba las noches para organizar la logística en los suburbios de Tebas.
El devorador de almas descubrió el poder que ejercía el oro sobre los hombres.
Gracias a él, compró la voluntad de los guardianes del templo de Dyeser-Dyeseru para ejecutar la parte más delicada de su ambicioso plan.
Para cualquiera que no supiera interpretar los designios orquestados por la mente enferma de Nebamun, sus actos podrían parecer la obra de un demente.
No obstante, el devorador de almas lo tenía todo bien calculado.
En primer lugar, debería poner a buen recaudo el ansiado tesoro; en segundo, había ideado un plan de contingencia destinado a arruinar el golpe de Estado que la lideresa de la conspiración pretendía ejecutar, en caso de que las cosas le salieran mal.
La noche en que ejecutaría su plan era perfecta: oscura y sin luna. El devorador de almas escogió el camino más largo y difícil, pero menos vigilado, para conducir el pesado cargamento de oro, y otros metales y piedras preciosas, hacia su destino final: el templo de Millones de Años de Hatshepsut.
Le llevó más tiempo del previsto cargar él solo con el carro por un sendero tan accidentado, bordeando precipicios y con un firme inestable.
Aun así, el cansancio y el dolor que le atenazaban los músculos y articulaciones se disipó cuando vislumbró la silueta de Dyeser-Dyeseru en la distancia.
Contemplar aquella magnífica construcción, edificada al pie de los acantilados del Valle de los Reyes, desempolvó unos recuerdos que creía olvidados y que le hicieron retroceder muchos años.
*
Nebamun conocía aquel lugar desde sus días de embalsamador real, cuando había trabajado en una necrópolis cercana. Sin embargo, no era un recuerdo glorioso, más bien lo contrario. Su regreso del mundo de los muertos lo había conducido a aquel lugar cuando el templo estaba en construcción.
Era también de noche, y únicamente estaba en pie la terraza inferior.
El hambre, el frío y el desconsuelo provocaron que se acercara hacia una luz que brillaba en uno de los laterales del templo.
Avanzó por el patio, cuyas columnas aún olían a yeso fresco y a incienso apagado, y se acercó a la puerta de la que emanaba aquella claridad.
En su interior halló a un anciano obrero, con la espalda encorvada, mientras removía una olla sobre un brasero. El rostro, cubierto de polvo, y las manos, surcadas de grietas, denotaban largos años de trabajo duro. A un lado, tenía dos jarras de vino, una de ellas completamente vacía.
Nebamun aún llevaba su elegante túnica de embalsamador real, si bien parecía un andrajo, y llevaba oculto el rostro bajo una capucha. El viejo ni se inmutó cuando vio una sombra acercándose lentamente hacia él; estaba demasiado ebrio para que sus sentidos lo alertaran de cualquier peligro.
—¿Puedo quedarme un rato para calentarme con el fuego? —le solicitó Nebamun, con voz ronca.
Hacía tanto tiempo que no hablaba que tenía la lengua cuarteada y la garganta en carne viva. El viejo alzó la mirada y le hizo un gesto con la mano para que tomara asiento.
—¿Qué te trae por aquí, joven?
—No lo sé… He visto luz y he venido, pero no sé por qué.
El anciano le dedicó una melancólica sonrisa.
—Este lugar parece mágico, ¿verdad? Pero está maldito, y la muerte acecha en cada rincón de este valle convertido en cementerio —señaló mientras perdía la mirada en el fuego.
—Tengo hambre —dijo el embalsamador.
El obrero empezó a reírse a carcajadas mientras buscaba a tientas la jarra de vino.
—¡Come todo lo que quieras! —señaló—. Lo único que necesito es emborracharme para que el sueño aplaque mi dolor.
Nebamun empezó a devorar el cuenco de gachas tibias y el mendrugo de pan que le tendió el viejo mientras observaba cómo vaciaba la segunda jarra de vino de un solo trago. El obrero eructó y, acto seguido, cayó de bruces al suelo.
La comida sabía a tierra y ceniza, pero al embalsamador le supo a gloria. Como aún tenía hambre, rellenó el cuenco con más gachas y, tras terminarlas, buscó algo de beber que no fuera vino. Por fortuna, encontró una vasija con agua en una sala anexa y pudo aplacar su sed.
Con el estómago calmado y el cuerpo atemperado, Nebamun inspeccionó el lugar mientras el viejo dormía la borrachera.
Resultó que, tras aquella sala, que hacía de vestíbulo, había un pasillo que comunicaba con tres estancias: un taller en el que se guardaban los materiales de la obra, como pigmentos, cal y herramientas; una galería de tránsito, sostenida por dos pilares toscos, y una pequeña estancia en la que había una mesita que seguramente utilizarían los escribas para anotar las medidas de los muros o las listas de materiales.
Más allá, al fondo, se encontraba un nuevo muro, que parecía ser el de más reciente construcción.
—Nadie sabe de este lugar —susurró el obrero a su espalda—. Llevo meses trabajando en secreto en ese proyecto por las noches, para que el bastardo de Senenmut no se dé cuenta de que he alterado sus planos originales.
Nebamun se giró y miró al anciano.
—¿Por qué? —se interesó.
El calor en aquella sala era insoportable, y el embalsamador se quitó la capucha, dejando su rostro al descubierto.
—¡Por todos los dioses! ¿Qué diablos eres tú? —balbució el obrero con la cara desencajada de miedo.
—Lo siento, señor, nunca debí venir aquí —dijo mientras pasaba por su lado, camino de la salida.
—¡Espera! —El embalsamador se detuvo en seco al percibir que el anciano lo retenía de la muñeca—. Nebamun, ¿eres tú?
—¿Qué…?
—Hijo mío, ¿has regresado del Inframundo? —musitó con los ojos cubiertos de lágrimas.
Nebamun no sabía qué hacer. Parecía que a aquel infeliz se le había muerto un hijo que se llamaba como él.
—Yo… Debo irme.
—¡No te vayas, Nebamun! ¡Por Amón, quédate conmigo! —le suplicó mientras se aferraba a su cintura.
Finalmente, decidió compadecerse de aquel pobre hombre y actuar como si fuera su difunto hijo.
—Lo siento, padre. No debí partir tan pronto hacia Occidente dejándote solo en este horrible mundo.
—¡La culpa la tiene él! ¡Maldito Senenmut, espero que te pudras en el infierno! —dijo escupiendo al suelo—. Pero eso no importa ahora, hijo mío. Por fin podrás tener tu morada de descanso eterno. Acompáñame.
El obrero se detuvo frente al muro que había levantado a espaldas del arquitecto.
Palpó la superficie hasta que halló una juntura, apenas visible a simple vista, y la presionó con cuidado.
Se escuchó un clic y una losa se desplazó con un gemido leve, revelando una escalinata que conducía a una cámara oscura excavada en la roca.
Dentro olía a humedad y a incienso rancio.
—¿Qué es este lugar, padre?
—Tu cámara mortuoria, hijo mío —le reveló—. Comunica con las partes nobles del templo para que puedas disfrutar de él en tu otra vida, igual que la reina. No moriré hasta ver concluida esta obra, y me aseguraré de que no te falte de nada en el más allá.
—¿Qué me pasó? No recuerdo cómo morí —preguntó Nebamun.
El viejo lo miró con compasión.
—La codicia de ese maldito arquitecto se llevó tu joven vida por querer excavar demasiado rápido las entrañas de la roca —respondió—.
Le advertí que los dioses no entienden de prisas, pero no me hizo caso.
Todavía puedo escuchar el eco de los gritos de los que acabasteis sepultados bajo toneladas de tierra —añadió sin poder contener las lágrimas—.
Debí morir contigo aquel día, pero ahora sé que el misericordioso Amón tenía deparado otro destino para mí; y cumpliré con la voluntad de los dioses.
Nebamun lo miró en silencio. En su pecho creció una sensación nueva, amarga y luminosa.
No sabía si el viejo lo confundía con su hijo o si, de algún modo, los dioses también le habían concedido una segunda oportunidad para poner en orden sus asuntos pendientes.
En aquel instante tuvo la intuición de que ese casual encuentro lo había salvado de algo peor que la muerte: le había dado una razón para vivir.
Más tarde, aguardó a que el viejo se durmiera y abandonó sigilosamente la obra, sin saber que muchos años después regresaría a aquel lugar para ejecutar su venganza.
**
El viento del desierto soplaba con un gemido hueco y gélido. El devorador de almas se acercó al acceso lateral de Dyeser-Dyeseru y, como le habían prometido, no se encontró con nadie allí.
Se acercó a la puerta, untó con aceite de cedro un cincel y, con unos delicados golpes, quebró el sello y entró a su interior. Tras cerrar la puerta, encendió una lámpara y descubrió cuánto había cambiado aquel lugar.
Las paredes, otrora cubiertas por una fina capa de polvo de yeso, ahora lucían lisas y blancas. Recorrió el corredor, que se bifurcaba en las tres pequeñas estancias, y se dirigió hacia la cámara de los escribas. Allí debía encontrarse lo que Nebamun había venido a buscar.
El devorador de almas pasó la mano por el borde del muro hasta que percibió una ligera hendidura.
El pestillo, una losa más fina que las demás que encajaba con una precisión invisible, seguía donde él la recordaba.
Empujó la losa y esta cedió, revelando una escalinata estrecha que descendía a la cámara funeraria que el viejo obrero había construido en secreto para su difunto hijo.
Bajó y, al inspeccionar la estancia, descubrió una inscripción, en una de las paredes, que el anciano había grabado en memoria de su vástago: «Que Amón despierte a Nebamun en la mañana eterna» .
El destino había querido que la tumba del difunto hijo se convirtiese en el sepulcro del oro de los vivos.
Nebamun fue descargando, uno a uno, los cofres del carro a pulso para que no dejasen huella.
El oro brillaba, a la luz de la lámpara, como diminutas estrellas en el firmamento.
Concluida la tarea, el embalsamador dejó la lámpara en el suelo y se arrodilló junto al muro norte.
En aquel lugar debía haber un acceso oculto que comunicara con el resto de dependencias del templo.
Nebamun deslizó la mano por el muro y en un punto percibió una corriente de aire tibio filtrándose desde el otro lado.
Acercó la lámpara hacia la esquina inferior del muro, a ras de suelo, y detectó una marca en forma de pirámide en un bloque.
Nebamun presionó el borde, con la palma de la mano y la piedra cedió.
Empujó un poco más y la losa se deslizó como la grasa sobre el pan caliente, dejando abierta una oquedad.
No necesitaba ninguna prueba más. Llegado el momento, utilizaría aquella entrada secreta para culminar el último acto de su misión.
Volvió a dejar la losa colocada en su sitio y salió de la cámara sepulcral.
Ya en la estancia, empujó el pestillo hasta encajarlo y acompañó la losa hasta que se cerró.
Antes de marcharse, alisó la junta con el dedo hasta que el muro volvió a quedar impoluto y, durante el trayecto de salida, revisó que no quedaran marcas de su paso por allí.
Una vez se hubo cerciorado de que todo estaba en orden, apagó la lámpara y salió al exterior. Ajustó la puerta, nuevamente, dejándola en su sitio, y se dispuso a abandonar aquel lugar.
Solo el murmullo del viento fue testigo de su furtiva incursión en el corazón de Dyeser-Dyeseru.