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Una inquietante visita
Senenmut no paraba de dar vueltas alrededor de la maqueta de Dyeser-Dyeseru que tenía sobre la mesa.
La obra ya estaba totalmente construida, después de quince años de arduo trabajo, pero aún faltaban algunos detalles antes de darla por acabada.
Los pintores estaban rematando los relieves de la expedición a Punt y la decoración de los santuarios.
Y había obreros realizando tareas de embellecimiento de los jardines, los estanques y la avenida procesional que unía el templo y el valle.
El arquitecto estaba tan ensimismado estudiando los bocetos de los relieves que no advirtió la entrada en su estudio de Hatshepsut acompañada de Hapuseneb.
—¿Tan absorto estás en tu trabajo que ignoras a tu reina? —proclamó, en voz alta, Hatshepsut.
Senenmut se giró, sobresaltado.
—Perdóneme, mi señora, pero el tiempo apremia y no hay manera de avanzar a buen paso.
No sé qué hacer con esos perezosos pintores.
Si los apremio para que trabajen más rápido, pierden el sentido de lo artístico y sus pinturas parecen obras ejecutadas por niños; pero si les doy libertad para que se esmeren en la ejecución, tardan una eternidad en completar un codo real de pared —se lamentó mientras se dejaba caer en la silla.
—El estrés te va a matar, amigo mío. Déjame ver lo que te traes entre manos —dijo Hapuseneb mientras le quitaba el boceto.
La calidad de los relieves pintados de la pared norte era loable.
Estaba ubicada en la segunda terraza del templo, en el pórtico de acceso al santuario de Amón.
En el boceto aparecía la escena en la que el dios Amón-Ra visita a la reina Ahmose, madre de Hatshepsut, transformado en su esposo.
Thot le anunciaba el nacimiento de una hija que reinaría sobre Egipto.
Ahmose aparecía sentada, tocada con una peluca tripartita, mientras el dios la impregna con el aliento divino de vida.
Los jeroglíficos recitaban: «El dios de los dioses engendró a su hija, la que gobernará las Dos Tierras» .
Aquel fragmento correspondía a la teogonía de Amón, y su función era legitimar el poder de Hatshepsut mostrando que no fue hija de un hombre, sino de Amón-Ra.
Un verdadero acto propagandístico que había ideado la reina para la posteridad.
—¡Deja de husmear en todo! —protestó Senenmut al tiempo que le arrebataba el boceto—. ¿Qué habéis venido a hacer aquí, mi señora? No quiero ser descortés con su excelencia, pero el tiempo apremia y voy muy retrasado para que todo salga perfecto el día de la inauguración.
A la reina se le nubló el semblante.
—¿Existe algo más importante que la seguridad de mi hija?
Senenmut palideció.
—No es eso, mi señora, pero falta un mes para…
—Sé que estás bajo una gran tensión por mi culpa y que no debo ser tan exigente contigo —señaló la soberana con un tono conciliador—.
Sin embargo, mi prioridad siempre será proteger a Neferura.
He querido reuniros hoy a mis dos consejeros más leales para que compartáis conmigo cómo van los avances en la investigación del paradero del devorador de almas.
¿Qué has averiguado al respecto, Hapuseneb?
—Todo indica que ha abandonado Tebas tras el asesinato de Pacer, mi señora —respondió—.
Llevamos semanas barriendo la ciudad, pero no hay ni rastro de él.
Los espías que envié a vigilar a los medjay aseguran que están tan perdidos como nosotros.
Ese asesino es experto en pasar desapercibido, sabe moverse en la oscuridad y no frecuenta tabernas, burdeles ni templos.
¡Es imposible dar con ese malnacido! —apuntó negando con un gesto.
—¿Y qué hay de Huy? —le inquirió Hatshepsut, con la frente perlada de sudor—. Por lo que sé, esa entrometida sigue postulando a su hija, Meritra-Hatshepsut, para que Tutmosis la tome por esposa.
—Y ese es su único objetivo, majestad —afirmó Hapuseneb—. Por otro lado, la lealtad de Rejmira hacia el faraón es intachable, pero el hecho de que el devorador de almas esté relacionado con Khnumose me hace sospechar que tal vez pueda tener vínculos con la organización.
De pronto, Hatshepsut sufrió un vahído y se tambaleó, amenazando con caer al suelo. Senenmut se apresuró a sostenerla y la acompañó hasta un diván para que pudiera sentarse.
—¿Le han vuelto a dar mareos? —le preguntó a Hapuseneb.
—Últimamente han empeorado sus síntomas [85] : tiene sed excesiva, se pasa el día con hambre y no deja de orinar, y, pese a que come adecuadamente, su fatiga va en aumento —le reveló—.
Precisamente, el médico de la reina la ha visitado esta mañana y le ha dado un revitalizante antes de venir aquí.
Supongo que la tensión de los últimos meses está haciendo mella en su salud. Incluso tiene dolor de muelas.
—Deja de decir tonterías, Hapuseneb. Lo que me pasa es que ya estoy un poco vieja, pero no te quepa la menor duda de que voy a seguir dando mucha guerra —aludió la reina mientras intentaba incorporarse.
Senenmut la retuvo en el diván.
—Mi señora, no debe hacer esfuerzos en su estado.
En ese instante, se abrió la puerta y entró un escriba precipitadamente en el estudio del arquitecto. Su rostro palideció al ver a Hatshepsut y a Hapuseneb mirándolo con gesto de sorpresa.
—Lo lamento, mi reina —dijo postrándose de rodillas en el suelo—. ¡Que los dioses me priven de la visión por mi imperdonable falta!
A Senenmut le extrañó la forma de actuar de su aprendiz. Era una persona diligente y educada, de forma y trato, y jamás entraba en su despacho sin llamar a la puerta.
—¿Qué ha pasado, Phathemheb? —demandó el arquitecto.
—Algo anda mal en el templo —respondió, sin siquiera atreverse a alzar la vista.
Senenmut, visiblemente nervioso, se acuclilló a su lado y le apuró:
—Cuéntamelo todo. Y no obvies ningún detalle.
Phathemheb se incorporó y se quedó arrodillado, con las manos sobre los muslos.
—Alguien entró anoche en el recinto y rompió el precinto de una de las entradas del templo.
Nadie sabe cómo pudo eludir la vigilancia, pero lo cierto es que entró en el templo funerario con algún oscuro propósito y luego desapareció.
Hemos inspeccionado todos los rincones, aunque no hemos encontrado ni rastro del intruso —explicó el aprendiz, con la mirada clavada en el suelo.
—¿Habéis echado en falta algo? —se interesó Hapuseneb. El muchacho negó con la cabeza—. ¿Y han profanado el templo? —El joven volvió a negar—. Entonces, ¿con qué fin entraría a su interior?
—Ese es un misterio que aún no hemos podido resolver. Sin embargo, hay una cuestión que nos inquieta aún más —dijo con un hilo de voz.
—¡No te quedes ahí callado, hombre! ¡Habla! —le gritó Senenmut.
El aprendiz meditó por un instante.
—El intruso entró en el templo por una de las puertas de acceso, situada en un lateral de la terraza inferior. Hemos identificado las huellas de unas ruedas de carro que, por su profundidad, debía de estar muy cargado.
—Pero ¿no has dicho que no habían sustraído nada de su interior? —cuestionó el arquitecto.
—Y no falta nada, mi señor —insistió Phathemheb—. Eso es lo más extraño, ¿no cree?
Hatshepsut se levantó del diván y se acercó al muchacho.
—Hablas de un intruso. ¿Puede una persona sola llevar a cabo un plan tan arriesgado conduciendo un pesado carro de carga? —le preguntó.
—Solo hemos detectado las huellas de una persona allí —afirmó el aprendiz.
—Levántate y llévanos al lugar de los hechos —ordenó la reina—.
Hace tiempo que deseaba visitar mi templo, pero he tenido la cabeza demasiado ocupada en mis cábalas.
Tal y como están las cosas, tendremos que extremar las precauciones —dijo mientras se volvía hacia Hapuseneb—.
Moviliza a veinte de los mejores miembros de la guardia real para que refuercen la vigilancia de Dyeser-Dyeseru día y noche. ¿Nos vamos?
El sol de la mañana comenzaba a teñir de oro las columnas del templo de Millones de Años cuando la reina Hatshepsut-Maatkare descendió lentamente de su carro ceremonial, acompañada del sumo sacerdote de Amón, su arquitecto y el joven ayudante de este, y la cincuentena de soldados de la guardia real que custodiaban a la comitiva.
El aire era fresco, pero cargado de polvo. Frente a ella, el templo se alzaba con sus terrazas perfectamente alineadas contra el acantilado tebano, y, sin embargo, había algo en el ambiente que perturbaba su armonía.
El oficial al mando de la seguridad de Dyeser-Dyeseru se adelantó y se plantó ante la reina para darle el parte.
—Sea bienvenida, su excelencia real, hija de Amón y regente de las Dos Tierras. Hemos cerrado todo el recinto desde que los guardianes dieron la alarma esta madrugada, y nadie ha tocado nada desde que enviamos al muchacho a Tebas para informar a Senenmut —advirtió con serio semblante.
—Nos han comunicado que el intruso no se llevó ni profanó nada del templo, pero descubrieron las huellas de un pesado carro cerca de la puerta de acceso lateral de la terraza inferior. ¿Han podido averiguar algo? —quiso saber la reina.
—Señora, esas huellas se corresponden con un transporte común —respondió—. El eje parece más estrecho que el de los carros militares. Podría tratarse de uno de carga, como los que utilizan los comerciantes.
—Llévanos a ese lugar —lo instó Senenmut.
Bordearon los muros de la terraza inferior, avanzaron hasta llegar a la puerta auxiliar de acceso al templo, usada por los sacerdotes, albañiles y escribas.
En efecto, en las inmediaciones de la puerta podían observarse los surcos paralelos que había dejado el paso de un carro.
Hapuseneb se acercó e inspeccionó las huellas con detenimiento.
Como había anunciado el aprendiz, se apreciaban las pisadas de una única persona.
—Está claro que por aquí pasó un pesado cargamento —dijo el sumo sacerdote, sin apartar la mirada del suelo—.
El eje se hundió al entrar; fijaos en cómo la tierra se apiló hacia el interior del templo.
Al abandonar el recinto, en cambio, el carro iba más ligero, a juzgar por el tenue rastro que dejaron las ruedas cuando abandonaron el lugar —añadió, señalando la casi imperceptible huella que partía desde la puerta y se alejaba en dirección contraria.
Phathemheb siguió el leve rastro de las ruedas y descubrió que, más adelante, se fusionaba con marcas de ruedas más profundas.
Continuó siguiendo las huellas hasta que el terreno se volvió más duro y las señales desaparecieron por completo.
A partir de ese punto, el intruso pudo tomar diversas sendas, todas ellas sin vigilancia, lo que hacía imposible determinar de dónde procedía o hacia dónde se dirigía el carruaje.
—Fue muy astuto y regresó sobre sus pasos hasta borrar las huellas —les explicó el aprendiz en cuanto regresó.
—¿Y dónde diablos está el cargamento que trajo hasta aquí? —inquirió Hatshepsut.
El arquitecto se acercó a la puerta y la inspeccionó. Se inclinó sobre el lateral, donde el cierre había sido forzado con mesura. Había restos de aceite en la cerradura.
—Es aceite de cedro —dictaminó Senenmut—.
El intruso ha hecho un trabajo fino con la cerradura, de alguien que sabe abrir puertas sin apenas hacer ruido —añadió, con cierta admiración—.
Esta puerta da acceso a los almacenes generales del templo.
Es imposible que el intruso haya ocultado un pesado cargamento en su interior.
¿Han buscado bien? —le preguntó al oficial al cargo.
—Hemos inspeccionado varias veces todas las dependencias y no hemos hallado nada que no estuviera inventariado. También hemos interrogado a los sacerdotes y a los guardias. Nadie vio ni escuchó nada anoche.
Senenmut no recordaba haber diseñado una puerta secreta en aquel lugar, pero la terraza inferior fue la primera que se construyó y el tiempo podría haberlo borrado de su memoria. Decidió que revisaría los planos en cuanto regresara a su despacho.
—Quiero que interroguen a todos los guardias que hicieron el turno de noche y les saquen una confesión, aunque sea bajo tortura —le ordenó Senenmut al oficial—.
Pronto se inaugurará el templo de Millones de Años de la reina y no podemos permitirnos el lujo de dejar cabos sueltos. ¿Por qué me miras así, oficial?
—Mi señor, lo cierto es que los vigilantes que se encargaban de esa zona han desaparecido.
—¿¡Qué!? —bramó el arquitecto—. Ponte en contacto con el jefe Khnumose para que movilice a los medjay . Quiero que encuentren a esos traidores, aunque se tenga que poner a todo Tebas patas arriba.
El arquitecto no podía creer que hubiera sucedido aquel imprevisto a pocos días de la inauguración de Dyeser-Dyeseru.
—Empieza a hacer mucho calor, Senenmut —le comunicó Hapuseneb al ver que la reina respiraba con dificultad—. Voy a regresar a palacio con Hatshepsut. Ordena a tus hombres que vuelvan a registrar el templo hasta que den con el paradero del misterioso cargamento.
—Descuida. Me encargaré personalmente de llevar a término la investigación —aseveró—. Hatshepsut parece agotada. Encárgate de que el médico real revise su estado de salud y mantenme informado sobre su evolución.
Hapuseneb tomó del brazo a la reina y la acompañó al carruaje. Ya en la sombra y sentada sobre unos mullidos almohadones, Hatshepsut se quedó dormida. Aquel inesperado contratiempo había acrecentado su ansiedad, y su estado empeoraba por momentos.
—Pon rumbo al palacio, pero no vayas muy deprisa —le indicó al khety [86] .
En cuanto se pusieron en marcha, Hapuseneb entrecerró los ojos y meditó durante todo el camino sobre el misterioso cargamento que habían ocultado en Dyeser-Dyeseru.