Las hijas del visir 43 #2
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La guardiana de Mut se quitó la máscara de leona, dejando al descubierto unas facciones delicadas y armónicas: ojos almendrados, barbilla afilada y labios carnosos. Los cabellos, rizados y azabaches, cayeron por sus hombros como una fina lluvia, mimetizándose con el manto.

La suma sacerdotisa les hizo un gesto para que la siguieran y salieron de la sala hipóstila por un lateral.

Avanzaron por un pasillo columnado y se dirigieron al lago sagrado del Isheru.

Se purificaron en las transparentes aguas del manantial antes de presentar la ofrenda a Mut.

Sat-Ire evitó posar la mirada en la superficie cristalina, temerosa de lo que el reflejo pudiera revelarle.

Nebet-Iset entró en la sala de la diosa, y tras ella lo hizo Neferura. La última en hacerlo fue Sat-Ire, y quedó impresionada al contemplar la imponente estatua en obsidiana de Mut.

La diosa las observaba con sus ojos de lapislázuli mientras Sat-Ire dejaba el ramo de flores a sus pies y Neferura ungía la efigie con aceite de cedro. Sin embargo, había en la estancia una presencia más inquietante que la de la diosa: la de Nebet-Iset.

Tras las oraciones, la suma sacerdotisa las condujo de vuelta a la sala hipóstila.

—¿Te veo ansiosa, Sat-Ire? —le preguntó Nebet Iset, escrutándola con atención.

—Estando ante la diosa he tenido una pequeña revelación —replicó con un deje de misterio—. Anubis se ha manifestado, justo a su lado. ¿No le resulta inquietante?

Nebet-Iset arqueó las cejas y, por un instante, elevó ligeramente la comisura del labio.

—Que aparezca un dios poderoso durante un ritual de ofrendas no ha de resultar peculiar, aunque reconozco que, tratándose de Anubis, tal vez podría inquietar a un alma frágil como la tuya —señaló, esbozando una sonrisa—. ¿Y qué más has visto? Parece que la experiencia fue… reveladora.

—Nada más —atajó Sat-Ire.

—¿Estás segura? —insistió la suma sacerdotisa—. Te noto inquieta. ¿No seré yo la causante de tu desasosiego?

—No me haga caso, mi señora —declaró, intentando templar la voz—. Siempre la he recordado con cariño, desde que me trajeron a este templo por primera vez. Llegué moribunda a su casa y usted me ayudó a encontrar la paz. Como ve, le guardo una profunda gratitud.

—¿Recuerdas ese momento?

—Para bien o para mal, poseo una memoria prodigiosa, capaz de evocar cualquier recuerdo almacenado en ella —respondió mientras la buscaba con la mirada.

—¿Y recuerdas algo más? —preguntó Nebet-Iset, aceptando el envite.

—¿Qué debería recordar, mi señora? —replicó Sat-Ire, sosteniendo el cruce de miradas.

Hubo algo en el tono de Nebet-Iset que denostaba temor.

—Sigues pareciéndome una mujer fascinante —declaró, dibujando una sonrisa calculada—. Por favor, no dejéis pasar tanto tiempo en volver a visitarme.

—Así lo haremos —contestó Neferura, sintiendo cómo Sat-Ire se aferraba con fuerza a su mano.

La suma sacerdotisa las acompañó a la sala hipóstila, sumida en sus pensamientos.

—Debo dejaros aquí; mis obligaciones para con el templo me reclaman —dijo, sin ocultar una cordialidad impostada—. Por favor, convence a Hatshepsut de que venga a visitarme. Siempre será bienvenida a la casa de Mut, madre de todas nosotras.

Nebet-Iset dio media vuelta y desapareció.

En ese instante, los rayos de sol se colaron en la sala hipóstila inundándola de luz.

Neferura miró a Sat-Ire, que parecía ausente, y tiró suavemente de ella para alejarse cuanto antes de aquel lugar.

Sabía que el encuentro con Nebet-Iset la había afectado profundamente, sin duda influida por lo acontecido en su último sueño, y no quería que el influjo de la suma sacerdotisa debilitara aún más su energía.

Sin embargo, no habían dado ni cuatro pasos cuando se toparon con Hekhem, que emergió súbitamente tras una columna. El supervisor del templo de Montu no pudo esconder un incómodo gesto de sorpresa al toparse con ellas.

—Princesa Neferura, cuánto honor verla aquí —saludó, inclinando la cabeza—. No esperaba encontraros en el santuario a tan temprana hora de la mañana.

—El mismo pensamiento nos ha cruzado, Hekhem —señaló Sat-Ire, apareciendo junto a Neferura—. ¿Qué asuntos traen al emisario de Montu al templo de Mut?

—A veces, el dios de la guerra necesita del abrazo de una madre para regenerarse con la energía de la creación —improvisó—. Sin embargo, hoy he venido a presentar mi informe mensual a la suma sacerdotisa del templo.

—Entonces no te retenemos —dijo Neferura, dando por acabada la conversación.

—Me ha alegrado mucho verte, cuñada. Pásate un día por casa a comer. A tu hermana y a mí nos encantará pasar una velada en familia —dijo mirándola de soslayo.

—Igual nos vemos antes de lo que piensas, cuñado —replicó Sat-Ire.

Neferura sonrió y tiró de ella para reanudar la marcha. Hekhem las observó alejarse por el corredor y, cuando abandonaron la sala hipóstila, ya no pudo contener más la rabia.

—¡Maldita sea mi suerte! —masculló.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí, Hekhem?

La voz de la suma sacerdotisa surgió a su espalda. Y el tono no presagiaba nada bueno para el supervisor del templo de Montu.